La primera noche de su encierro, don Patricio y su compañera de cárcel
no durmieron. La prisión no pecaba ciertamente de estrecha; pero en
luces competía con la noche absoluta, siendo difícil asegurar quién
llevaba la ventaja, si bien al filo del mediodía parecía vencer la
cárcel a su rival, a causa de ciertas claridades que se entraban por
el enrejado ventanillo, temerosas y sobrecogidas de miedo, y embozadas
misteriosamente en espesas capas de telarañas. Dichas claridades
recorrían con pasos de ladrón el techo y las paredes, miraban con
cautela a los negros rincones y al piso, y a eso de las dos o las tres
volvían la espalda para retirarse, dejando la fúnebre pieza a oscuras.
Dos sillas, una tarima pegada a la pared y una mesa constituían el
mísero ajuar. Los ladrillos del suelo respondían siempre a cada pisada
de los presos con un movimiento de balanza y un sonido seco, señales
ciertas de su disgusto por verse molestados en su posición horizontal.
Seguramente ellos, como toda la casa, habrían vuelto con gozo a poder
de los padres del Salvador, sus antiguos dueños, hombres pacíficos que
jamás lloraban, ni hacían escándalos, ni pateaban desesperadamente, ni
pedían a gritos que les sacaran de allí.
La primera noche, como hemos dicho, Sarmiento y su amiga, no muy
bien avenidos con su residencia en tan ameno lugar, no durmieron
nada y hablaron poco. El viejo, como si su entusiasta locuacidad
delante del tribunal le hubiera agotado las fuerzas y secado el rico
manantial de sus ideas, estaba taciturno. Los excesos de espontaneidad
producían en él una reacción sobre sí mismo. Después de divagar por
el exterior, libre, sin freno, cual andante aventurero que todo lo
atropella, se metía en sí como cartujo. Soledad también sufría la
reacción correspondiente a una espontaneidad que sin duda le estaba
pareciendo excesiva. Pero su espíritu estaba tranquilo; su pensamiento,
pasada revista con cierto desdén a los sucesos próximos, se remontaba
orgulloso a las alturas desde donde pudiera descubrir horizontes más
gratos y personas más dignas de ocuparlo. Había llegado a adquirir la
certidumbre de un trágico fin; pero lejos de sentir el terror propio de
tales casos, muy natural en una débil muchacha inocente, se sobrepuso
con ánimo grandioso a la situación; supo mirar desde tan alto su propia
persona, su prisión, su proceso, sus verdugos, las causas e incidentes
de aquella lamentable aventura, que fue creciendo, creciendo, y bien
pronto cuanto la rodeaba, incluso Madrid, la nación y el mundo entero,
se quedó enano. ¡Admirable resultado del espíritu religioso y de la
elasticidad del corazón, cuya magnitud, cuando él se decide a crecer,
se pierde en lo infinito!
Al día siguiente, don Patricio, que había llegado ya al límite de su
tétrico silencio, y no podía permanecer más tiempo mudo, se expresó
así:
—Hija mía, me parece que esto es hecho.
—¿Por qué no te echas a ver si duermes un ratito? —le dijo Sola con
bondad—. La tarima no es como las camas de casa; pero a falta de otra
cosa...
—¡Dormir..., dormir yo! —exclamó Sarmiento con voz lastimera—. Ya el
dormir profundo está cercano. Te digo que esto es hecho.
—Sí; esto no puede ser más hecho... Ya que no quieres levantarte del
suelo, al menos tiéndete de largo y recuesta esa pobre cabecita sobre
mis rodillas.
Sola, que estaba sentada en la silla, se puso en el suelo, dando
después una palmada sobre su falda para indicar que podía servir
de blanda almohada. Don Patricio, sentado contra la pared, con las
rodillas en alto, los brazos cruzados sobre aquellas y la barba sobre
los brazos, formando con su cuerpo dos ángulos opuestos y muy agudos,
no quiso dejar tan encantadora postura de zigzag.
—No, niña mía; aquí estoy bien. Lo que te digo es que esto es hecho.
—Se me figura que estás cobarde, viejecillo tonto.
—¡Cobarde yo! —exclamó Sarmiento con un rugido—. No me lo digas otra
vez, porque creeré que me insultas..
—Como te he visto tan parlanchín delante de los jueces, y ahora tan
callado... —dijo la reo extendiendo su mano en la oscuridad para palpar
la cabeza del anciano.
—Es que el alma humana tiene grandes misterios, niña querida. Desde que
entramos aquí estoy pensando una cosa.
—Con tal que no sea algún disparate, deseo saberla.
—Pues verás... Me ocurre que esto es hecho, quiero decir, que se cumple
al fin mi altísimo destino, que las misteriosas veredas trazadas por el
autor de todas las cosas y de todos los caminos, me traen al fin a la
excelsa meta a donde yo quiero ir. Pero...
—Veamos ese pero, abuelito Sarmiento. Hasta ahora no había peros en ese
negocio del destino.
—Pero... hay una cosa en la cual yo no había pensado bien hasta que
salimos de aquel endiablado tribunal. Respecto de mi suerte no hay
duda... Pero ¿y tú?
—No tengo yo dudas respecto a la mía —dijo Sola con seriedad—. Los dos
moriremos.
—¡Tú..., tú también!
Oyose un bramido de horror y después largo silencio.
—Eso no puede ser, eso es monstruoso, inicuo —gritó el preceptor
agitando en la oscuridad sus brazos.
—Ahora te espanta, viejecillo, y cuando estábamos en el tribunal te
parecía natural. ¿No decías: «moriremos los dos, somos mellizos de la
muerte...»? ¿No dijiste también: «vamos a la horca; mientras más alta
sea, mejor. Así alumbraremos más. Somos los fanales del género humano»?
—Verdad que tales cosas dije; pero has de tener en cuenta que yo
me hallaba entonces en uno de esos momentos de inspiración, en los
cuales pronuncio las sorprendentes piezas de oratoria que me han dado
tanta fama. Yo no esperaba encontrarte allí... ¡Ay, cuando te vi presa
y condenada por conspiradora..., porque tú has conspirado, niña de
mis ojos..., sentí una alegría tan grande...! Me pareció que Dios te
destinaba también al martirio; pero ahora veo que esto no debe ser.
Calmada aquella estupenda exaltación, la voz de la naturaleza ha
resonado en mí, diciéndome que no debo asociar a mi muerte a ningún
otro ser. Tú eres una muchacha oscura, y tu sacrificio no puede ser de
gran beneficio a la causa santa.
—¡Ah! —dijo Soledad sonriendo, pero sin que nadie pudiera ver su
sonrisa, como no fueran las mismas tinieblas—, ya comprendo: tienes
envidia de que vaya a quitarte un poquito de esa gloria.
—Tonta, pero tonta —replicó el anciano muy expresivamente—, si toda has
de heredarla tú, toda, toda. Si no es preciso que tú mueras como yo, ni
eso viene al caso.
—Los jueces no creerán lo mismo.
—¡Pues son unos bribones, unos...! —exclamó Sarmiento ronco de ira,
moviendo sus piernas para levantarse—. Yo les diré que eso no puede
ser... Les convenceré, sí; pues no he de convencerles...
Soledad se echó a reír.
—Te ríes... Pues esto es muy serio. Yo no creo que te condenen; pero si
te condenaran...
Oyose un chasquido que bien podía ser causado por una gran manotada
que el preceptor se dio en la cabeza.
—Sí, me condenarán —porque mi delito de recoger y repartir las cartas
está más que probado, y si no, con la declaración tuya...
—Yo declaré... ¿Qué declaré yo?
Soledad repitió a Sarmiento lo que él mismo había dicho respecto a las
cartas y a las personas que las recibieron.
—¡Yo declaré todo eso, yo! —dijo el patriota muy perplejo, como un
beodo que va poco a poco recobrando el sentido—. ¿Y por eso dices
que te condenarán?... Me parece que no estás en lo cierto. De ahí se
desprende que el delincuente, según ellos, soy yo, yo el conspirador,
yo el apóstol y el agente secreto de la libertad; y como yo tengo
además la nota de Demóstenes constitucional, y de haber revuelto a
media España con mis conmovedoras arengas, de aquí que yo sea el
condenado y tú no.
—Me parece —dijo la huérfana tocando el hombro de Sarmiento— que mi
viejecito ve las cosas al revés. Yo seré condenada, y él irá a un sitio
donde se vive muy bien y tratan caritativamente a los pobres.
—¡Por vida de ochenta millones de chilindrainas! —gritó Sarmiento
poniéndose de un salto en pie—. No me digas que tú serás condenada a
muerte sin mí, porque me vuelvo loco, porque soy capaz de derribar
de un puñetazo esas férreas puertas, y hacer añicos a Chaperón y los
demás jueces, y demoler a puntapiés la cárcel y pegar fuego a Madrid
entero... ¡Tú condenada a muerte!
—Somos los fanales del género humano.
—No, no; esa es una figura de retórica, tonta —dijo el fanático pasando
del tono trágico al familiar—. Aquí no hay más fanal que yo. Tú me
acompañas en mi última hora, me acompañas, ¿entiendes?..., pero no
mueres. ¡Morir tú!... ¿por qué, ángel delicado, inocente?... ¿Habrá
un juez que falle tal infamia?... Si tu muerte no es provechosa a la
santa causa... ¿A qué ni para qué? Yo solo, yo solo, ¿lo entiendes
bien? ¡Yo solo! Este es el destino, esta la voluntad, esto lo que está
trazado en los libros inmortales, cuyos renglones dicen a cada siglo
sus grandezas, a cada generación su papel, a cada hombre su puesto...
Pobre y desvalida niña de mis entrañas, no me digas que vas a morir
también, porque me siento cobarde, me convierto de águila majestuosa
en tímido jilguerillo, se me van las ideas sublimes, se me achica el
corazón, me siento caer desplomándome como una torre secular, sacudida
por temblores de tierra, me evaporo, niña mía, desfallezco, dejo de ser
un Cayo Graco para no ser más que un Juan Lanas.
Arrastrándose por el suelo, Sarmiento tanteaba con las manos en la
oscuridad hasta que dio con el cuerpo de Sola. Echándose entonces como
un perro, hundió la cabeza en su regazo. Soledad no dijo nada.