XXI

Decir cuánto padeció el magnánimo espíritu del presidente de la

Comisión militar en aquellos días, fuera imposible. Había en el fondo,

muy en el fondo de su alma, perdido entre el légamo de abominables

sentimientos, un poco de equidad o rectitud. Verdad es que esta virtud

era un diminuto corpúsculo, un ser rudimentario, como las _moneras_ de

que nos habla la ciencia; pero su pequeñez extraordinaria no amenguaba

la poderosa fuerza expansiva de aquel organismo, y a veces se la

veía extenderse tratando de luchar en las tinieblas con el cieno que

la oprimía, y de abrirse paso por entre la masa de hierbas inmundas

y groseras existencias que llenaban todo el vaso de la conciencia

chaperoniana.

Convencido de la inocencia de Cordero y de su hija, don Francisco

sentía que la _monera_ de su alma le gritaba con vocecita casi

imperceptible que les pusiera en libertad. Sus compañeros de Comisión,

aunque generalmente deliberaban y votaban por fórmula, dejándole a él

toda la gloria de la iniciativa (y reservándose solo los sueldos),

opinaban también que Cordero debía ser absuelto. Los últimos escrúpulos

de don Francisco se disiparon con las declaraciones de Rafael

Seudoquis, el cual, si al principio se mostró reservado, después, por

la virtud de un hábil interrogatorio capcioso, echó gran luz sobre

el suceso de las cartas, dejando ver la inculpabilidad absoluta del

tendero de encajes y de su hija.

La declaración de Soledad, la de Seudoquis, la opinión de todos los

individuos de la Comisión militar, las gestiones del habilidoso Bragas

y su propia conciencia (guiada esta vez por el mísero corpúsculo que

crecía en el fondo de ella), decidieron a don Francisco a firmar

la orden de excarcelación, novedad inaudita en aquellas diabólicas

regiones, cuya semejanza con el infierno se completaba por la

imposibilidad de que salieran los que entraban.

Pero aquí comenzaron las tribulaciones del funcionario absolutista

(y no es forzoso ponernos de su parte), porque el mismo día en que

dictara la excarcelación recibió tales vejaciones y desaires de sus

amigos los voluntarios realistas, que estuvo a punto de reventar de

cólera, aunque la desahogaba con votos y ternos, asociando la vida del

Santísimo Sacramento a todas las picardías habidas y por haber. Al ir

por la mañana al tribunal para oír misa, vio un pasquín infamante en

la esquina de la parroquia de San Nicolás, en el cual documento se

hablaba de las onzas de oro que percibía _el brigadier tragamuertos

por cada preso que soltaba_. Recibió diversos anónimos amenazándole

con descubrir sus artimañas, y supo que en el cuerpo de guardia habían

pintado los voluntarios su simpática imagen pendiente de la horca, con

amenos versículos al pie.

«Esos bergantes, a quienes se permite la honra de parecerse a los

soldados —decía para sí midiendo con las piernas, al modo de compás,

el suelo de su despacho—, se van a figurar que reinan con Fernando

VII... Sí..., como no les corten las alas, ya verán qué bonito se va

a poner esto... ¿Tenemos aquí otra vez la Milicia nacional? Porque

es lo mismo, llámese blanco, llámese negro, es exactamente lo mismo.

Miserables saltimbanquis, ¿de qué me acusáis? ¿De que no castigo a

los conspiradores? ¿Pues qué he de hacer, marmolejos con fusil, sino

castigarlos? ¿Entendéis vosotros de ley, borrachos? ¡Que no castigo las

conspiraciones!... ¡Que desde que sucedió lo de Almería y Tarifa no ha

sido condenado ningún conspirador! ¿Pues no está ahí Seudoquis? ¿No

están también sus cómplices, sus infames cómplices?... ¡Porque estos

sí que son malos! Ahí les tenéis, presos por conspiración. ¿Queréis

más, ladrones de caminos? Ahí tenéis a Seudoquis, a quien veréis en

la horca; ahí tenéis a la muchachuela, a quien veréis en la horca...

¿Queréis más carne muerta, cuervos? ¡Por vida del Santísimo! ¿Queréis

también al imbécil?...».

—Señor Lobo, a ver esa causa.

Lobo, que silenciosamente cortaba su pluma, diole las últimas

raspaduras, y hojeó después varios legajos.

—Al punto voy, excelentísimo señor —dijo melifluamente.

Aquel día se notaba en el licenciado un extraordinario recrudecimiento

de amabilidad y oficiosa condescendencia.

—Esa endiablada causa, excelentísimo señor..., aquí la tenemos. Abulta,

abulta que es un primor. Ya se ve: como que está llena de picardías...

No vaya a creer vuecencia que consta de dos o tres pliegos, como

algunas. Esto es un archivo. Y que he trabajado poco en gracia de

Dios... No, no es tan fácil hinchar un perro.

—De Seudoquis no se hable —dijo Chaperón tomando asiento frente a su

asesor, e implantando los dos codos sobre la mesa para unir las manos

arriba, de modo que resultaba la perfecta imagen de una horca—. Ese

está juzgado. En cuanto a la joven, su culpabilidad es indudable, y yo

creo que debemos ahorcarla también. ¿Qué le parece a usted, licenciado

de todos los demonios?

—¿Quiere vuecencia que le hable como jurisconsulto o como amigo?

—preguntó Lobo con cierto misterio.

—Como usted quiera, hombre, como usted quiera, con tal que hable claro.

—¿Como jurisconsulto?

—¡Dale...!

—Como asesor opino... Señor don Francisco, haga usted lo que más le

acomode. Ahora, si me consulta vuecencia como amigo... ¿Quiere que le

hable con completa claridad y confianza?

—Sí.

—Pues, en confianza, si la Comisión ahorca a esa madamita, me parece

que hace una gran barbaridad.

—¿Eh?

—Una barbaridad de _a folio_.

—¿Por qué?

—Porque es inocente.

—¿Esas tenemos?... ¡Por vida del Santísimo! —exclamó con ira—. Como

usted no tiene la responsabilidad de este delicado cargo; como a usted

no le acusan de tibieza, ni de benignidad, ni de venalidad... Ya les

echaré yo un lazo a mis detractores... Pero vamos al caso. ¿Dice usted

que es inocente?

—Sí, y lo pruebo —repuso Lobo tomando la más solemne expresión de

gravedad judicial.

—Lo prueba, lo prueba... —dijo Chaperón con sarcástica bufonería—.

Lo que usted probará será el aguardiente, si se lo dan. Grandísimo

borracho, escriba usted, escriba usted mi fallo.

—Escribiremos, excelentísimo señor —dijo Lobo resignadamente, como el

que, habiendo recibido una coz, no se cree en el caso de devolver otra.

Chaperón encendió un cigarro. Después de la primera chupada, dijo:

—La condeno a pena ordinaria de horca.

Luego se quedó un rato contemplando la primera bocanada de humo que

salía del horrendo cráter de sus labios.

El terror de 1824 · 第 23 / 32 题