Decir cuánto padeció el magnánimo espíritu del presidente de la
Comisión militar en aquellos días, fuera imposible. Había en el fondo,
muy en el fondo de su alma, perdido entre el légamo de abominables
sentimientos, un poco de equidad o rectitud. Verdad es que esta virtud
era un diminuto corpúsculo, un ser rudimentario, como las _moneras_ de
que nos habla la ciencia; pero su pequeñez extraordinaria no amenguaba
la poderosa fuerza expansiva de aquel organismo, y a veces se la
veía extenderse tratando de luchar en las tinieblas con el cieno que
la oprimía, y de abrirse paso por entre la masa de hierbas inmundas
y groseras existencias que llenaban todo el vaso de la conciencia
chaperoniana.
Convencido de la inocencia de Cordero y de su hija, don Francisco
sentía que la _monera_ de su alma le gritaba con vocecita casi
imperceptible que les pusiera en libertad. Sus compañeros de Comisión,
aunque generalmente deliberaban y votaban por fórmula, dejándole a él
toda la gloria de la iniciativa (y reservándose solo los sueldos),
opinaban también que Cordero debía ser absuelto. Los últimos escrúpulos
de don Francisco se disiparon con las declaraciones de Rafael
Seudoquis, el cual, si al principio se mostró reservado, después, por
la virtud de un hábil interrogatorio capcioso, echó gran luz sobre
el suceso de las cartas, dejando ver la inculpabilidad absoluta del
tendero de encajes y de su hija.
La declaración de Soledad, la de Seudoquis, la opinión de todos los
individuos de la Comisión militar, las gestiones del habilidoso Bragas
y su propia conciencia (guiada esta vez por el mísero corpúsculo que
crecía en el fondo de ella), decidieron a don Francisco a firmar
la orden de excarcelación, novedad inaudita en aquellas diabólicas
regiones, cuya semejanza con el infierno se completaba por la
imposibilidad de que salieran los que entraban.
Pero aquí comenzaron las tribulaciones del funcionario absolutista
(y no es forzoso ponernos de su parte), porque el mismo día en que
dictara la excarcelación recibió tales vejaciones y desaires de sus
amigos los voluntarios realistas, que estuvo a punto de reventar de
cólera, aunque la desahogaba con votos y ternos, asociando la vida del
Santísimo Sacramento a todas las picardías habidas y por haber. Al ir
por la mañana al tribunal para oír misa, vio un pasquín infamante en
la esquina de la parroquia de San Nicolás, en el cual documento se
hablaba de las onzas de oro que percibía _el brigadier tragamuertos
por cada preso que soltaba_. Recibió diversos anónimos amenazándole
con descubrir sus artimañas, y supo que en el cuerpo de guardia habían
pintado los voluntarios su simpática imagen pendiente de la horca, con
amenos versículos al pie.
«Esos bergantes, a quienes se permite la honra de parecerse a los
soldados —decía para sí midiendo con las piernas, al modo de compás,
el suelo de su despacho—, se van a figurar que reinan con Fernando
VII... Sí..., como no les corten las alas, ya verán qué bonito se va
a poner esto... ¿Tenemos aquí otra vez la Milicia nacional? Porque
es lo mismo, llámese blanco, llámese negro, es exactamente lo mismo.
Miserables saltimbanquis, ¿de qué me acusáis? ¿De que no castigo a
los conspiradores? ¿Pues qué he de hacer, marmolejos con fusil, sino
castigarlos? ¿Entendéis vosotros de ley, borrachos? ¡Que no castigo las
conspiraciones!... ¡Que desde que sucedió lo de Almería y Tarifa no ha
sido condenado ningún conspirador! ¿Pues no está ahí Seudoquis? ¿No
están también sus cómplices, sus infames cómplices?... ¡Porque estos
sí que son malos! Ahí les tenéis, presos por conspiración. ¿Queréis
más, ladrones de caminos? Ahí tenéis a Seudoquis, a quien veréis en
la horca; ahí tenéis a la muchachuela, a quien veréis en la horca...
¿Queréis más carne muerta, cuervos? ¡Por vida del Santísimo! ¿Queréis
también al imbécil?...».
—Señor Lobo, a ver esa causa.
Lobo, que silenciosamente cortaba su pluma, diole las últimas
raspaduras, y hojeó después varios legajos.
—Al punto voy, excelentísimo señor —dijo melifluamente.
Aquel día se notaba en el licenciado un extraordinario recrudecimiento
de amabilidad y oficiosa condescendencia.
—Esa endiablada causa, excelentísimo señor..., aquí la tenemos. Abulta,
abulta que es un primor. Ya se ve: como que está llena de picardías...
No vaya a creer vuecencia que consta de dos o tres pliegos, como
algunas. Esto es un archivo. Y que he trabajado poco en gracia de
Dios... No, no es tan fácil hinchar un perro.
—De Seudoquis no se hable —dijo Chaperón tomando asiento frente a su
asesor, e implantando los dos codos sobre la mesa para unir las manos
arriba, de modo que resultaba la perfecta imagen de una horca—. Ese
está juzgado. En cuanto a la joven, su culpabilidad es indudable, y yo
creo que debemos ahorcarla también. ¿Qué le parece a usted, licenciado
de todos los demonios?
—¿Quiere vuecencia que le hable como jurisconsulto o como amigo?
—preguntó Lobo con cierto misterio.
—Como usted quiera, hombre, como usted quiera, con tal que hable claro.
—¿Como jurisconsulto?
—¡Dale...!
—Como asesor opino... Señor don Francisco, haga usted lo que más le
acomode. Ahora, si me consulta vuecencia como amigo... ¿Quiere que le
hable con completa claridad y confianza?
—Sí.
—Pues, en confianza, si la Comisión ahorca a esa madamita, me parece
que hace una gran barbaridad.
—¿Eh?
—Una barbaridad de _a folio_.
—¿Por qué?
—Porque es inocente.
—¿Esas tenemos?... ¡Por vida del Santísimo! —exclamó con ira—. Como
usted no tiene la responsabilidad de este delicado cargo; como a usted
no le acusan de tibieza, ni de benignidad, ni de venalidad... Ya les
echaré yo un lazo a mis detractores... Pero vamos al caso. ¿Dice usted
que es inocente?
—Sí, y lo pruebo —repuso Lobo tomando la más solemne expresión de
gravedad judicial.
—Lo prueba, lo prueba... —dijo Chaperón con sarcástica bufonería—.
Lo que usted probará será el aguardiente, si se lo dan. Grandísimo
borracho, escriba usted, escriba usted mi fallo.
—Escribiremos, excelentísimo señor —dijo Lobo resignadamente, como el
que, habiendo recibido una coz, no se cree en el caso de devolver otra.
Chaperón encendió un cigarro. Después de la primera chupada, dijo:
—La condeno a pena ordinaria de horca.
Luego se quedó un rato contemplando la primera bocanada de humo que
salía del horrendo cráter de sus labios.