XVIII

Clarísima luz entró de improviso en la mente del afligido viejo;

desaparecieron las percepciones vagas, las ideas confusas, para dar

paso a aquella siempre fija, inmutable y luminosa, que había dirigido

su voluntad durante tanto tiempo, llenando toda su vida moral.

—Ya estoy en mí —dijo en tono de seguridad y convicción—. Soledad...,

¡tú y yo en este sitio! Al fin, al fin Dios ha señalado mi día. ¿No lo

decía yo?... ¿No decía yo que al fin vendría la hora sublime? ¡Destino

honroso el nuestro, hija mía! He aquí que no solo heredas mi gloria,

sino que la compartes, y los dos juntamente, unidos aquí como lo

estuvimos allá, somos llamados...

—Silencio —gritó Chaperón bruscamente—. Responda usted a lo que le

pregunto: ¿cómo se llama usted?

—Excusada pregunta es esa —repuso con aplomo y dignidad don Patricio—,

pues todo el mundo sabe en Madrid y fuera de él que soy Patricio

Sarmiento, adalid incansable de la idea liberal, compañero de Riego,

amigo de todos los patriotas, defensor de todas las constituciones,

amparo de la democracia, terror del despotismo. Soy el que jamás tembló

delante de los tiranos, el que no tiene en su corazón una sola fibra

que no grite _libertad_, y el que aun después de muerto sacará la

cabeza de la sepultura para gritar...

—Basta —dijo Chaperón, notando que las palabras del reo provocaban

murmullos—. Charlatán es el viejo... Responda usted. ¿Conoce a esta

joven?

—¿Que si la conozco? ¡Que si conozco a Sola...! Si no temiera faltar al

respeto que debo a todo juez, quienquiera que sea, diría que es necia

pregunta la que vuecencia acaba de hacerme. Esta es mi hija adoptiva,

mi ángel de la guarda, mi amparo, mi compañera de vida, de muerte,

de cielo y de inmortalidad. Dios, que dispone todas las grandezas,

así como el hombre es autor de todas las pequeñeces, ha dispuesto que

este ángel divino me acompañe también ahora. ¡Admirable solución de

la Providencia! Yo creí haberla perdido, y la encuentro junto a mí en

la hora culminante de mi vida, cuando se cumple mi destino; aparece

a mi lado, no para darme esos triviales consuelos que no necesita

mi corazón magnánimo, sino para compartir mi sacrificio, y con mi

sacrificio, mi gloria. Adelante, señores jueces, adelante. Acaben

ustedes. Soledad y yo nos declaramos reos de amor a la libertad, nos

declaramos dignos de caer bajo vuestras manos, y confesamos haber

trabajado por el triunfo del santo principio, ahora y antes y siempre,

porque para ello nacimos y por ello morimos.

Causaba diversión a los diablillos menores y aun al diablazo grande el

desenfado del buen viejo, por lo cual no habían puesto tasa a la charla

de este. Mas Chaperón, que deseaba concluir pronto, dijo al reo:

—¿Es cierto que esta joven recibió un paquete de cartas de los

emigrados para repartirlas a varias personas de Madrid?

—¿Y eso se pregunta? —replicó Sarmiento como si admirara la candidez

del vestiglo—. ¿Pues qué había de hacer sino trabajar noche y día por

el triunfo de la sagrada causa?... ¿No he dicho que para eso nacimos y

por eso morimos?

Soledad miraba con ojos muy compasivos a su amigo y al juez

alternativamente. Mas pronto dejó de mirarlos y se reconcentró en sí

misma, mostrando estoica indiferencia hacia aquel lúgubre diálogo entre

un insensato y un verdugo. Había hecho ya con Dios pacto de resignación

absoluta, y se entregaba a la voluntad divina, prometiendo no oponer

ninguna resistencia a los accidentes humanos, ni aceptar otro papel

que el de víctima callada y tranquila. Entre el instante en que la

sacaron desmayada de la caverna del gran esbirro, hasta aquel en

que le pusieron delante a su compañero de infortunio, habían pasado

para ella horas muy angustiosas. Pero su espíritu se había rendido

al fin, aceptando la fórmula esencial del cristiano, que es rendirse

para vencer y perderse absolutamente para absolutamente salvarse. Si

algún combate sostenía aún su alma, era porque el propósito de pensar

solamente en Dios no podía cumplirse aún con rigurosa exactitud.

Pensaba en algo que no era Dios; pero aun así, iba conquistando la

tranquilidad y un pasmoso equilibrio moral, porque había arrojado fuera

de sí valerosamente toda esperanza.

—Usted sabrá sin duda a quién venían dirigidas esas cartas —preguntó

Chaperón a Sarmiento.

—¿Pues qué?... ¿Ella no lo ha dicho?... —repuso el anciano, nuevamente

admirado de la ignorancia del tribunal—. Esto no puede considerarse

como delación, porque esas personas son leales patricios que también

anhelan llegue la coyuntura de sacrificarse por la libertad. Nosotros

no tenemos secretos; nosotros, como los héroes de la antigüedad, lo

hacemos todo a la luz del día. Fue preciso prestar un servicio a

la santa causa, facilitando las comunicaciones entre todos los que

conspiran dentro y fuera por hacerla triunfar, y lo prestamos, sí,

señor, lo prestamos a la clarísima luz del sol, _coram populo_. Las

cartas eran cuatro.

—Atención —dijo don Francisco acercándose a la mesa de los escribanos.

—Una era para don Antonio Campos, ese gran patriota que acaba de llegar

de Tarifa y Almería; otra para un oficial de la antigua guardia, que se

llama Ramalejo; la tercera venía dirigida a don Roque Sáez y Onís, y la

cuarta a doña Jenara de Baraona.

—Muy bien —gruñó Chaperón, asemejándose mucho en su gruñido al perro

que acaba de encontrar un hueso perdido—. Veo que el viejo y la niña

son la peor casta de conspiradores que se conoce en Madrid.

—Sí —dijo Sarmiento con exaltación—, insúltenos usted... Eso nos

agrada. Los insultos son coronas inmarcesibles en la frente del justo.

Mire usted las espinas que lleva en su cabeza aquel que está en la cruz.

—Silencio —gritó Chaperón—. Veo que él es tan parlanchín como ella

hipocritona. Ya sabemos lo de las cartas, linda pieza... Ahora el buen

viejo nos informará de todas las particularidades que hayan ocurrido

en la casa. ¿Tiene noticia de que entrara en estos líos don Benigno

Cordero?

—¡Cordero! —exclamó Sarmiento con asombro—. Cordero es un hombre

vulgar, un tendero, un quídam... ¿Cómo puede ser capaz semejante hombre

de intervenir en un complot de esos que solo acometen las almas grandes

y valerosas?

—¿Seudoquis fue muchas veces a la casa?

—Dos veces, dos. Para nada hay que mentar a Cordero. Nuestra gloria es

nuestra, señor mío, y de nadie más. ¡Ay de aquel que intente quitarnos

una partícula de ella, siquiera sea del tamaño de un grano de alpiste!

Nosotros, nosotros solos somos los héroes, nosotros las víctimas

sublimes. Fuera intrusos y gentezuela que se presenta en el festín de

la gloria con sus manos lavadas, reclamando lo que no les pertenece ni

han sabido ganar con su abnegación. ¡Nosotros solos, ella y yo, nadie

más que ella y yo!

—El que enviaba las cartas —añadió don Francisco dando un paso hacia

Sarmiento— ¿no hablaba de lo de Almería y Tarifa, ni de la revolución

que estaban preparando?

—Nosotros —repuso Sarmiento con desdén—, no nos ocupamos de frívolos

detalles. ¡Almería, Tarifa! ¿Qué vale eso ni qué significa? Hechos

aislados que ni precipitan ni detienen el hecho principal, que es la

victoria de la libertad. ¡Si al fin tiene que ser, si ha de venir tan

de seguro como saldrá el sol mañana!... Que se frustre una intentona,

que salga mal un desembarco, que fusiléis a trescientos o a mil o a

un millón de patriotas..., nada importa, señores. Lo que ha de venir,

vendrá. Si pretendéis atajarlo con patíbulos, vendrá más pronto. Los

patíbulos son árboles fecundos, que con el riego de la sangre dan

frutos preciosísimos. Echad sangre, más sangre; eso es lo que hace

falta. Las venas de los patriotas son el filón de donde mana la nueva

vida.

»No me habléis de conspiraciones parciales: yo no entiendo de eso.

El que escribió las cartas, lo mismo que mi hija, lo mismo que yo,

cooperamos con nuestra voluntad y nuestros deseos más íntimos y más

ardientes en ese gran complot moral, cuyas ramificaciones se extienden

por todo el mundo. ¡Ah!, señores, no conocéis la gran conspiración del

tiempo. A ella pertenezco, a ella pertenecen todas vuestras víctimas...

Ea, despachemos pronto. Basta de fórmulas y de procedimientos necios.

El patíbulo, el patíbulo, señores, esa es nuestra jurisprudencia.

De él hemos de salir triunfantes, trocados de humanos miserables en

inmaculados espíritus. Lo mismo nos da que nos ahorquéis de esta o

de la otra manera, más o menos noblemente. ¿A los mártires del circo

romano les importaba que el tigre que se los comía tuviera la oreja

negra o amarilla? No, porque no atendían más que a la sublime idea; lo

mismo nosotros no atendemos más que a esta idea que nos lleva en pos

del suplicio, la cual es como un fuego sacrosanto que nos embelesa y

nos purifica. No tenemos ya sentidos, no sabemos lo que es dolor... ¡La

carne!... ¡Ah!, no nos merece más interés que el despreciable polvo

de nuestros zapatos. Adelante, pues. Cumpla cada uno con su deber: el

vuestro es matar, el nuestro sucumbir carnalmente, para vivir después

la excelsa, la inacabable y deliciosa vida del espíritu... Vamos allá:

¿en dónde, en dónde está esa bendita horca?

Había tanta naturalidad en las entusiastas expresiones del exaltado

viejo patriota, y al propio tiempo un tono de dignidad tan majestuoso,

que los empleados de la Comisión, así militares como civiles, no podían

resistir al deseo de oírle. Aunque el sentimiento que a la mayoría

dominaba era de burla con cierta tendencia a la compasión, no faltaba

quien oyese al estrafalario viejo con un interés distinto del que

comúnmente inspiran las palabras de los tontos. El mismo Chaperón se

mostraba complacido, sin duda porque le divertía su víctima, haciéndolo

mucho más barato que el célebre gracioso Guzmán, que empezaba su

carrera en el teatro del Príncipe. Poro como la dignidad del tribunal

no permitía tales comedias, don Francisco mandó al reo que diese por

terminada la representación.

Los polizontes que se quedaron registrando la casa de Sola,

aparecieron. Habían encontrado alguna cosa de gran valor jurídico;

habían hecho provisión de pedacitos de papel, fragmentos de cartas, sin

olvidar un polvoriento retrato de Riego, hallado entre los bártulos de

don Patricio; dos o tres documentos masónicos o comuneros, y una carta

dirigida al maestro de escuela. Examinolo todo ávidamente Chaperón, y

lo entregó después a Lobo para que constase en el proceso. En tanto,

don Patricio se acercaba a su compañera de infortunio y en voz baja le

decía:

—Ánimo, ángel de mi vida, cordera mía. Que en esta ocasión solemne

no deje de subir tu espíritu a la altura del mío. Inspírate en mí.

Reflexiona en la gloria que nos espera y en el eco que tendrán nuestros

sonorosos nombres en los siglos futuros, perpetuándose de generación en

generación. ¿Por qué estás triste, y no alegre como unas castañuelas?

¿Por qué bajas los ojos en vez de alzarlos como yo, para tratar de ver

en el cielo el esplendoroso asiento que nos está destinado? Tu destino

es mi destino. Ambos están escritos en el mismo renglón. Hay gemelos

del morir como los hay del nacer: tú y yo somos mellizos, y juntos

saldremos del vientre de este miserable mundo a la inmensa vida del

otro... Posible es que no lo comprendieras antes, niña de mis ojos; yo

tampoco lo creía, y era engañado por hechos mentirosos. Tu proyecto

de abandonarme era una ficción del destino para sorprenderme después

con esta unión celestial. Mi entrada en tu casa, el amparo que me

diste, ¿qué significan sino la preparación para estas nuestras bodas

mortuorias, de las cuales saldremos unidos por siempre ante el altar

de la glorificación eterna? Tú necesitas de mí para este santo objeto,

así como yo necesito de ti... Bien sabía yo que conspirabas... ¡Y

conspirabas por la santa libertad! Bendita seas... Serás condenada y yo

también. ¡Seremos condenados!... ¿Ves cómo no es posible la separación?

¿Ves cómo lo ha dispuesto Dios así? Viviremos juntos eternamente.

¡Qué inefable dicha!... Solilla de mi vida, ten ánimo; que la flaca

naturaleza corporal no soborne con sus halagos tu alma de patriota.

Vive como yo la excelsa vida del espíritu. Desprécialo todo, mira al

cielo, nada más que al cielo y a mí, que soy tu compañero de gloria, tu

gemelo, tu segundo _tú_, a quien has de estar unida por los siglos de

los siglos.

Soledad miró a su amigo. La serenidad, que en él provenía de un loco

entusiasmo, provenía en ella de la resignación, ese heroísmo más

sublime que todas las exaltaciones del valor, y al cual damos un nombre

oscuro: lo llamamos paciencia, y germina como flor invisible y modesta

en el alma de los que parecen débiles.

—Veo que no lloras —dijo don Patricio observando aquel semblante

plácidamente tranquilo, a quien la virtud mencionada daba angelical

hermosura—. No lloras, no estás demudada...

—¿Yo llorar? ¿Por qué?

—Así me gusta —exclamó Sarmiento con entusiasmo—. ¡Oh almas sublimes!

¡Oh almas escogidas! ¡Y pensar que os han de intimidar horcas y

suplicios!... Señores jueces, aquí aguardamos la hora del holocausto.

Llevadnos ya; subidnos a esos gallardos maderos que llamáis infamantes.

Mientras más altos, mejor. Así alumbraremos más. Somos los fanales del

género humano.

Chaperón mandó que los dos reos fuesen conducidos cada cual a su

calabozo; mas como el alcaide manifestase la imposibilidad de ocupar

dos departamentos, se dispuso que ambos gemelos de la muerte fuesen

encerrados en un solo cuarto.

—Vamos —dijo don Patricio enlazando con su brazo la cintura de Sola.

Esta se dejó llevar. Cuando iban por la oscura galería, la joven

huérfana oyó claramente en su oído estas palabras, dichas en voz muy

baja, como un silbido:

—Señora, no se sofoque usted... Se hará un esfuercito por salvarla...

Una persona que se interesa por usted..., que se interesa, sí..., me

encarga de advertírselo.

Soledad volviose prontamente y vio unos ojos verdes y grandes, del

tamaño de huevos. Estos ojos brillaban, reflejando la claridad del

farol de los carceleros, en un semblante amojamado y partido en dos por

la hendidura sonriente de la prolongada boca, casi vacía. En vez de

tranquilizarse, Soledad tuvo miedo.

El terror de 1824 · 第 20 / 32 题