Aquel mismo día, ¡por vida de la chilindraina!, ¡cuán amargas horas
pasó el pobre don Patricio! Habrían bastado a encanecer su cabeza si
ya no estuviera blanca, y a encorvar su cuerpo si ya no lo estuviera
también. Sus suspiros eran capaces de conmover las paredes de la
casa; sus lágrimas corrían amargas y sin tregua por las apergaminadas
mejillas. No podía permanecer en reposo un solo instante, ni distraerse
con nada, ni comer, ni aposentar en su cerebro pensamiento alguno, como
no fuera el fúnebre pensamiento de su desamparo y de la gran pena que
le desgarraba el corazón. Este lastimoso estado provenía de que Solita
había salido temprano, diciéndole:
—No sé cuándo volveré. Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás
nunca... Escribiré al abuelo diciéndole lo que debe hacer. Adiós...
Y dirigiéndole una mirada cariñosa, se limpió las lágrimas, y bajó
rápidamente la escalera y desapareció, ¡santo Dios!, como un ángel que
se dirige al cielo por el camino del mundo.
«¿Será posible que haya salido hoy para Inglaterra? —se preguntaba
don Patricio, apretándose el cráneo con las manos para que no se le
escapara también—. ¡Pero cómo, si aquí está toda su ropa, si no ha
hecho equipaje, si en la cómoda ha dejado todo su dinero!... ¿Pues a
dónde ha ido entonces?... Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás
nunca... Nunca, nunca».
Y repetía esta desconsoladora palabra como un eco que de su cerebro
a sus labios saliera. Otro motivo de gran confusión para él era que
Soledad había despedido a la criada el día anterior. Estaba, pues, el
viejo solo, enteramente solo, encerrado en la espantosa jaula de sus
tristes pensamientos, que era como una jaula de fieras. Pasaba de un
sentimentalismo patético a la desesperación rabiosa, y si a veces
secaba sus lágrimas despaciosamente, otras se mordía los puños y se
golpeaba el cráneo contra la pared. En los momentos de exaltación
recorría la casa desde la sala a la cocina, entraba en todas las
piezas, salía para volver a entrar, daba vueltas, y tropezaba y caía
y se levantaba. Como entrara en la alcoba de Sola y viera su ropa, se
abalanzó a ella, hizo con febril precipitación un lío, y oprimiéndolo
contra su pecho cual si fuera el cuerpo mismo de la persona amada y
fugitiva, exclamó así con lastimero acento:
—Ven acá, paloma... Ven acá, niña de mi corazón... ¿Por qué huyes de
mí? ¿Por qué huyes del pobre viejo que te adora? Ángel divino, ángel
precioso de mi guarda, cuya hermosura no puedo comparar sino a la de
la diosa de la Libertad, circundada de luz y sonriendo a los pueblos;
adorada hija mía, ¿en dónde estás? ¿No oyes mi voz? ¿No oyes que te
llamo? ¿No ves que me muero sin ti? ¿No te sacrifiqué mi gloria?...
¡Ay!... Mi destino, mi glorioso destino ahora me reclama, y no puedo
ir, porque sin ti soy un miserable y no tengo fuerzas para nada.
Contigo al suplicio, a la gloria, a la inmortalidad, a los Elíseos
Campos; sin ti a la muerte oscura, a la ignominia. Sola, Sola de
mi vida, ¿en dónde estás? Dímelo, o revolveré toda la tierra por
encontrarte.
Esto decía, cuando llamaron fuertemente a la puerta. Más ligero que una
liebre fue y abrió... No era Sola quien llamaba: eran seis hombres,
que sin fórmula alguna de cortesía se metieron dentro. Uno de ellos
soltó de la boca estas palabras:
—¿No es este el viejo Sarmiento que predicaba en las esquinas?...
Echadle mano mientras yo registro.
—¡Ah!... —exclamó don Patricio algo confuso—. ¿Son ustedes de la
policía?... Sí, yo recuerdo..., conozco estas caras.
—Procedamos al registro —dijo solemnemente el que parecía jefe de los
corchetes—. Toda persona que se encuentre en la casa, debe ser presa.
Cuidado no se escape el abuelo.
—Quiere decir —balbució Sarmiento— que estoy preso.
—Ya se lo dirán allá —replicó el polizonte desabridamente—. Andando...
Llévenme para allá al vejete, que aquí nos quedamos dos para despachar
esto.
Según la orden terminante del funcionario (que era un funcionario
vaciado en la común turquesa de los cazadores de blancos en aquella
infame y tenebrosa época), Sarmiento fue inmediatamente conducido a la
cárcel, y solo por un exceso de benevolencia, incomprensible y hasta
peligrosa para la reputación de aquella celosa policía, le dieron
tiempo para ponerse el sombrero, recoger el pañuelo y media docena de
cigarrillos.
No se daba cuenta de lo que le pasaba el infeliz maestro, y durante el
trayecto de su casa a la cárcel de Corte, que no era largo, fue con los
ojos bajos, encorvado el cuerpo, las manos a la espalda, en un estado
tal de confusión y aturdimiento, que no veía por dónde pasaba, ni oía
las observaciones picarescas de los transeúntes. Cuando entraron en la
cárcel, el anciano se estremeció, revolviendo los ojos en derredor. Su
entrada había sido como el choque del ciego contra un muro, símil tanto
más exacto cuanto que don Patricio no veía nada dentro de las paredes
del lóbrego zaguán por donde se comunicaba con el mundo aquella mansión
de tristeza y dolor.
Lleváronle al registro y del registro a un patio, donde había algunas
personas que imploraban la misericordia de los carceleros para poder
ver a los detenidos. Hiciéronle subir luego más que de prisa por
hedionda escalera que se abría en uno de los ángulos del patio,
y hallose en un largo corredor o galería, que parecía haber sido
claustro, pero que tenía entonces tapiadas todas sus ventanas, sin
dejar más entrada a la luz que unos ventanillos bizcos en la parte más
alta.
Al entrar en la galería, Sarmiento oyó gritos, lamentos, imprecaciones.
Era al caer de la tarde, y como la luz entraba allí avergonzada,
al parecer, y temerosa, deteniéndose en los ventanillos por miedo
a que la encerraran también, no era fácil distinguir de lejos las
personas. Veíanse sombrajos movibles, los cuales, al acercarse a ellos,
resultaban ser la simpática humanidad de algún calabocero que entraba
en las celdas o salía de ellas.
Había centinelas de trecho en trecho, cuya vigilancia no podía ser muy
grande, porque a cada instante les era forzoso apartar de las puertas
de las celdas a personas importunas que iban a turbar la tranquilidad
de los reos. Las llorosas mujeres, abusando de los miramientos que se
deben a su sexo, molestaban a los señores cabos pidiéndoles noticias
de tal o cual preso, dándoles cualquier recadillo verbal o encargo
enojoso, como llevar pan a alguno de los muchos hambrientos que se
comían los codos dentro de las celdas. En una de estas debía de estar
encerrado un loco furioso, cuya manía era dar golpes en la puerta, con
lo cual estaban muy disgustados los carceleros, hombres celosísimos de
la paz de la casa. El dolor y la desesperación, callado el uno, ruidosa
la otra, hacían estremecer las frágiles paredes, porque el mezquino
edificio era indigno de la rabia que contenía, y a ser tal como a ella
cuadraba, hubiera tenido más piedras que el Escorial y más hondos
cimientos que el Alcázar de Madrid.
Sarmiento fue introducido en una pieza relativamente grande, cuya
suciedad parecía resumen y muestrario de todas las suertes de
inmundicia que los años y la incuria de los hombres habían acumulado
en la indecorosa cárcel de Corte. En la zona más baja, una especie de
faja mugrienta marcaba el roce de muchas generaciones de presos, de
muchas generaciones de alguaciles, de muchas generaciones de jueces
y curiales. Alumbrábala el afligido resplandor de un quinqué colgado
del techo, que parecía acababa de oír leer su sentencia de muerte, y
se disponía con semblante contrito a hacer confesión de sus pecados.
Como el techo era muy bajo, y los allí presentes se movían de un lado
para otro en torno al ajusticiado quinqué, las sombras bailaban en las
paredes haciendo caprichosos juegos y cabriolas. En el fondo había la
indispensable estampa de Su Majestad, y sobre ella un crucifijo cuya
presencia no se comprendía bien, como no tuviera por objeto el recordar
que los hombres son tan malos después como antes de la Redención.
Delante de Su Majestad en efigie y de la imagen de Cristo crucificado,
estaba en pie, apoyándose en una mesa, no fingido, sino de carne y
hueso, horriblemente tieso y horriblemente satisfecho de su papel, el
representante de la justicia, el apóstol del absolutismo, don Francisco
Chaperón, siempre negro, siempre de uniforme, siempre atento al crimen
para confundirlo donde quiera que estuviese, en honra y gloria del
trono, del orden y de la fe católica. Pocas veces se le había visto
tan fieramente investigador como aquella noche. Parecía que el tal
personaje acababa de llegar del Gólgota, y que aún le dolían las manos
de clavar el último clavo en las manos del otro, del que estaba detrás
y en la cruz, sirviendo de sarcástico coronamiento al retrato del señor
don Fernando.
A la derecha estaban junto a una mesa media docena de diablejos
vestidos con el uniforme de voluntario realista, y acompañados por el
licenciado Lobo, prestos todos a sumergir las plumas dentro de los
tinteros. La izquierda era ocupada por un banquillo pintado de color
de sangre de vaca: en él se sentaba alguien a quien don Patricio no
vio en el primer momento. El anciano no había salido aún de aquel
estupor que le acometió al ser conducido fuera de su casa; miró con
cierta estupidez al tremendo fantasma; miró después a toda la chusma
curialesca que le rodeaba, al licenciado Lobo; miró al santo Cristo,
al rey pintado, y por fin, clavando los ojos en el banco de color de
sangre, vio a su adorada hija y compañera.
—¡Sola!... ¡Hija de mi alma!... —gritó con alegría—. ¡Tú aquí...,
yo también..., parece que esto es la cárcel..., el suplicio..., la
gloria..., mi destino!...