CUENTO DISPARATADO DE LA TÍA CATITA

Que no hay causa tan mala que no deje resquicio para defensa, es lo que

querían probar las viejas con la frase: «Traslado a Judas.» Ahora oigan

ustedes el cuentecito: fíjense en lo substancioso de él y no paren

mientes en pormenores; que en punto a anacronismos, es la narradora

anacronismo con faldas.

Mucho orden en las filas, que la tía Catita tiene la palabra. Atención y

mano al botón. Ande la rueda y coz con ella.

* * * * *

Han de saber ustedes, angelitos de Dios, que uno de los doce apóstoles

era colorado como el ají y rubio como la candela. Mellado de un diente,

bizco de mirada, narigudo como ave de rapiña y alicaído de orejas, era

su merced feo hasta para feo.

En la parroquia donde lo cristianaron púsole el cura Judas por nombre,

correspondiéndole el apellido de Iscariote, que, si no estoy mal

informada, hijo debió ser de algún _bachiche_ pulpero.

Travieso salió el nene, y a los ocho años era el primer mataperros de su

barrio. A esa edad ya tenía hecha su reputación como ladrón de gallinas.

Aburrido con él su padre, que no era mal hombre, le echó una repasata y

lo metió por castigo en un barco de guerra, como quien dice: «anda,

mula, piérdete.»

El capitán del barco era un gringo borrachín, que le tomó cariño al

pilluelo y lo hizo su pajecito de cámara.

Llegaron al cabo de años a un puerto; y una noche en que el capitán

después de beberse setenta y siete _grogs_ se quedó dormido debajo de la

mesa, su engreído Juditas lo desvalijó de treinta onzas de oro que tenía

al cinto, y se desertó embarcando en el _Chinchorro_, que es un botecito

como una cáscara de nuez, y... ¡la del humo!

Cuando pisó la playa se dijo: «pies, ¿para qué os quiero?» y anda, anda,

anda, no paró hasta Europa.

Anduvo Judas la Ceca y la Meca y la Tortoleca, visitando cortes y

haciendo pedir pita a las treinta onzas del gringo. En París de Francia

casi le echa guante la policía, porque el capitán había hecho parte

telegráfico pidiendo una cosa que dicen que se llama extradición, y que

debe ser alguna trampa para cazar pajaritos. Judas olió a tiempo el ajo,

tomó pasaje de segunda en el ferrocarril, y ¡abur!, hasta Galilea. Pero

¿adónde irá el buey que no are?, o lo que es lo mismo, el que es ruin en

su villa, ruin será en Sevilla.

Allí, haciéndose el santito y el que no ha roto un plato, se presentó al

Señor, y muy compungido le rogó que lo admitiese entre sus discípulos.

Bien sabía el pícaro que a buena sombra se arrimaba para verse libre de

persecuciones de la policía y requisitorias del juez; que los apóstoles

eran como los diputados en lo de gozar de inmunidad.

Poquito a poco fué el hipocritonazo ganándole la voluntad al Señor, y

tanto que lo nombró limosnero del apostolado. A peores manos no podía

haber ido a parar el caudal de los pobres.

Era por entonces no sé si prefecto, intendente o gobernador de Jerusalén

un caballero medio bobo, llamado D. Poncio Pilatos el catalán, sujeto a

quien manejaban como un zarandillo un tal Anás y un tal Caifás, que eran

dos bribones que se perdían de vista. Estos, envidiosos de las virtudes

y popularidad del Señor, a quien no eran dignos de descalzar la

sandalia, iban y venían con chismes y más chismes donde Pilatos; y le

contaban esto y lo otro y lo de más allá, y que el Nazareno había dado

proclama revolucionaria incitando al pueblo para echar abajo al

gobierno. Pero Pilatos, que para hacer una alcaldada tenía escrúpulos de

marigargajo, les contestó: «Compadritos, la ley me ata las manos para

tocar ni un pelo de la túnica del ciudadano Jesús. Mucha andrómina es el

latinajo aquel del _hábeas corpus_. Consigan ustedes del Sanedrín (que

así llamaban los judíos al Congreso) que declare la patria en peligro y

eche al huesero las garantías individuales, y entonces dense una

vueltecita por acá y hablaremos.»

Anás y Caifás no dejaron eje por mover, y armados ya de las

_extraordinarias_, le hurgaron con ellas la nariz al gobernante, quien

estornudó _ipso facto_ un mandamiento de prisión. Líbrenos Dios de

estornudos tales _per omnia sæcula sæculorum. Amén_, que con _amén_ se

sube al Edén.

A fin de que los corchetes no diesen golpe en vago, resolvieron aquellos

dos canallas ponerse al habla con Judas, en quien por la pinta

adivinaron que debía ser otro que tal. Al principio se manifestó el

rubio medio ofendido y les dijo: «¿Por quién me han tomado ustedes,

caballeros?» Pero cuando vió relucir treinta monedas, que le trajeron a

la memoria reminiscencias de las treinta onzas del gringo, y a las que

había dado finiquito, se dejó de melindres y exclamó: «Esto es ya otra

cosa, señores míos. Tratándome con buenos modos, yo soy hombre que

atiendo a razones. Soy de ustedes y manos a la obra.»

La verdad es que Judas, como limosnero, había metido cinco y sacado

seis, y estaba con el alma en un hilo temblando de que, al hacer el

ajuste de cuentas, quedase en transparencia el gatuperio.

El pérfido Judas no tuvo, pues, empacho para vender y sacrificar a su

Divino Maestro.

Al día siguiente y muy con el alba, Judas, que era extranjero en

Jerusalén y desconocido para el vecindario, se fué a la plaza del

mercado y se anduvo de grupo en grupo ganoso de averiguar el cómo el

pueblo comentaba los sucesos de la víspera.

--Ese Judas es un pícaro que no tiene coteja--gritaba uno que en sus

mocedades fué escribano de hipotecas.

--Dicen que desde chico era ya un peine--añadía un tarambana.

--Se conoce. ¡Y luego, cometer tal felonía por tan poco dinero! ¡Puf,

qué asco!--argüía un jugador de gallos con coracita.

--Hasta en eso ha sido ruin--comentaba una moza de trajecito a media

pierna.--Balandrán de desdichado, nunca saldrá de empeñado.

--¡Si lo conociera yo, de la paliza que le arrimaba en los lomos lo

dejaba para el hospital de tísicos!--decía con aire de matón un jefe de

club que en todo bochinche se colocaba en sitio donde no llegasen

piedras.--Pero por las _aleluyas_ lo veremos hasta quemado.

Y de corrillo en corrillo iba Judas oyéndose poner como trapo sucio. Al

cabo se le subió la pimienta a la nariz de pico de loro, y parándose

sobre la mesa de un carnicero, gritó:

--¡Pido la palabra!

--La tiene el extranjero--contestó uno que por la prosa que gastaba

sería lo menos vocal de junta consultiva.

Y el pueblo se volvió todo oídos para escuchar la arenga.

--¿Vuesas mercedes conocen a Judas?

--¡No! ¡No! ¡No!

--¿Han oído sus descargos?

--¡No! ¡No! ¡No!

--Y entonces, pedazos de cangrejo, ¿cómo fallan sin oirlo? ¿No saben

vuesas mercedes que las apariencias suelen ser engañosas?

--¡Por Abraham, que tiene razón el extranjero!--exclamó uno que dicen

que era regidor del municipio.

--¡Que se corra traslado a Judas!

--Pues yo soy Judas.

Estupefacción general. Pasado un momento gritaron diez mil bocas:

--¡Traslado a Judas! ¡Traslado a Judas! ¡Sí, sí! ¡Que se defienda! ¡Que

se defienda!

Restablecida la calma, tosió Judas para limpiarse los arrabales de la

garganta, y dijo:

--Contesto al traslado. Sepan vuesas mercedes que en mi conducta nada

hay de vituperable, pues todo no es más que una burleta que les he hecho

a esos mastuerzos de Anás y Caifás. Ellos están muy sí señor y muy en

ello de que no se les escapa Jesús de Nazareth. ¡Toma tripita! ¡Flojo

chasco se llevan, por mi abuela! A todos consta que tantos y tan

portentosos milagros ha realizado el Maestro, que naturalmente debéis

confiar en que hoy mismo practicará uno tan sencillo y de pipiripao como

el salir libre y sano del poder de sus enemigos, destruyendo así sus

malos propósitos y dejándolos con un palmo de narices, gracias a mí que

lo he puesto en condición de ostentar su poder celeste. Entonces sí que

Anás y Caifás se tirarán de los pelos al ver la sutileza con que les he

birlado sus monedas en castigo de su inquina y mala voluntad para con el

Salvador. ¿Qué me decís ahora, almas de cántaro?

--Hombre, que no eres tan pícaro como te juzgábamos, sin dejar por eso

de ser un grandísimo bellaco--contestó un hombre de muchas canas y de

regular meollo que era redactor en jefe de uno de los periódicos más

_populares_ de Jerusalén.

Y la turba, después de oir la opinión del Júpiter de la prensa,

prorrumpió en un: «¡Bravo! ¡Bravo! ¡Viva Judas!»

Y se disolvieron los grupos, sin que la gendarmería hubiese tenido para

qué tomar cartas en esa manifestación plebiscitaria, y cada prójimo

entró en casita diciendo para sus adentros:

--En verdad, en verdad que no se debe juzgar de ligero. Traslado a

Judas.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 154 / 206 题