III

Llegó el día de la corrida.

Su excelencia, acompañado de su esposa, la altiva doña Angela Cevallos,

Real Audiencia y gran comitiva de ayudantes y amigos, ocupaba la galería

de palacio, y el Ilmo. Las Heras, con el cabildo eclesiástico,

mostrábase en los balcones de la casa arzobispal.

En las barandas de los portales estaba lo más granado de la

aristocracia limeña, así damas como caballeros, y el pueblo ocupaba

andamios colocados bajo la arquería de los portales y gradas de la

catedral.

Pasando por alto la descripción del toril, situado en la esquina de

Judíos, el lujo de las enjalmas, adornos de la plaza, distribución de la

cuadrilla y otras menudencias, que no es mi ánimo escribir un relato

circunstanciado de la función, vengamos al quinto toro.

Era éste el famoso _Relámpago_, gateado, de Retes, enjalma carmesí

bordada de plata, obsequio del gremio de pasamaneros.

Recibiólo Casimiro Cajapaico en un alazán tostado, raza del Norte

(Andahuasi), y le sacó cuatro suertes revolviendo y dos a la carrera.

Entró Juanita Breña, en un zaino manchado, raza de Chile, y le dió tres

suertes, sentando el caballo en la última para esperar nueva embestida.

¡Por la encarnación del diablo que se lució la _china_!

A ésta, como a Cajapaico, le arrojaron de todas las barandas muchísimos

pesos fuertes y aun monedas de oro.

Después que los chulos se desempeñaron bastante bien, mandó el

ayuntamiento tocar banderillas. Cantoral le clavó con mucha limpieza y a

volapié, a topacarnero o al quiebro, que de ello no estoy seguro, un par

de rehiletes de fuego en el cerviguillo.

Tocaron a muerte, y armado de estoque y bandola se presentó Lorenzo

Pizí, vestido de morado y plata. Encaminóse a la galería del virrey, y

después de brindarle el toro con la frase «por vuecencia, su

ascendencia, descendencia y toda la noble concurrencia», tomó pie frente

a las gradas y a seis varas del pilancón que por ese lado tenía la

monumental fuente de la plaza.

Fray Pablo, que asistía a la lidia desde uno de los andamios del portal

de Botoneros, se puso a gritar desaforadamente:

--¡Quítate de ahí, negro _jovero_, que no tienes vuelo! Acuérdate de la

lección y no me vayas a dejar feo.

Pero Lorenzo Pizí no tuvo tiempo para atender observaciones y cambiar de

sitio; porque el gateado, que era pegajoso y ligero de pies, se le vino

al bulto, y después del primer pase de muleta, sin dar espacio al

matador para franquear el pilancón y ponerse del lado del cuerno tuerto,

revolvió con la rapidez de su nombre y en los pitones levantó ensartado

el matachín.

Un grito espantoso, lanzado a la vez por quince mil bocas, resonó en la

plaza, sobresaliendo la voz del mercedario.

--¡Zapateta! ¿No te lo dije, negro bruto? ¿No te lo dije?--y terciándose

la capa brincó del andamio y a todo correr se dirigió al pilancón.

El toro dejó sobre la arena al moribundo Pizí para arrojarse sobre el

intruso fraile, quien con mucho desparpajo se quitó la capa blanca y se

puso a sacarle suertes a la navarra, a la verónica y a la criolla, hasta

cansar al bicho, dando así tiempo para que los chulos retirasen al

malaventurado torero.

Ante la gallardía con que fray Pablo burlaba a la fiera, el pueblo no

pudo dejar de sentirse arrebatado de entusiasmo, y palmoteando lo lucido

de las suertes, repetían todos:

--¡Buena laya de fraile!

Viven aún personas que asistieron a la corrida y que dicen no ha pisado

el redondel capeador más eximio que fray Pablo Negrón.

Muerto el _Relámpago_ a traición, por los desjarretadores y el

puntillero Beque, pues ni Esteban Corujo, que era el primer espada, tuvo

coraje para estoquearlo, llevaron a nuestro fraile preso al convento de

la Merced.

Dicen que allí el comendador fray Mariano Durán reunió en la sala

capitular a todos los padres graves, y que éstos, cirio en mano,

trajeron a su escandaloso compañero, al que el Superior aplicó unos

cuantos disciplinazos. Item, se le declaró suspenso de misa y demás

funciones sacerdotales y se le prohibió salir del convento sin licencia

de su prelado.

Fray Pablo se fastidiaba soberanamente del encierro en los claustros y

su salud empezó a decaer. Alarmados los conventuales, consultaron

médicos, y éstos resolvieron que sin pérdida de minuto saliese de Lima

el enfermo.

Enviáronlo los buenos padres a tomar aires en la Magdalena, pueblecito

distante dos millas de la ciudad, amonestándolo mucho para que no

volviese a sacar suertes a los toros.

Sermón perdido. Fray Pablo recobró la salud, como por ensalmo, tan luego

como pudo ir de visita a Orbea, Matalechuzas y demás haciendas del valle

y echar la capa al primer bicho con astas. Al fin encontróse con la

horma de su zapato en un furioso berrendo que le dió tal testarada

contra una tapia, que le dejó para siempre desconcertado un brazo y, por

consiguiente, inutilizado para el capeo.

Verdad es que, como a los músicos viejos, le quedó el compás y la

afición, y su dictamen era consultado en toda cuestión intrincada de

tauromaquia. El hombre era voto en la materia, y a haber vivido en

tiempo de la _república práctica_, creada por el presidente D. Manuel

Pardo--y cuyos democráticos frutos saborearán nuestros choznos,--habría

figurado dignamente en una de las juntas consultivas que se inventaron;

verbigracia, en la de instrucción pública o en la de demarcación

territorial.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 152 / 206 题