Llegó el día de la corrida.
Su excelencia, acompañado de su esposa, la altiva doña Angela Cevallos,
Real Audiencia y gran comitiva de ayudantes y amigos, ocupaba la galería
de palacio, y el Ilmo. Las Heras, con el cabildo eclesiástico,
mostrábase en los balcones de la casa arzobispal.
En las barandas de los portales estaba lo más granado de la
aristocracia limeña, así damas como caballeros, y el pueblo ocupaba
andamios colocados bajo la arquería de los portales y gradas de la
catedral.
Pasando por alto la descripción del toril, situado en la esquina de
Judíos, el lujo de las enjalmas, adornos de la plaza, distribución de la
cuadrilla y otras menudencias, que no es mi ánimo escribir un relato
circunstanciado de la función, vengamos al quinto toro.
Era éste el famoso _Relámpago_, gateado, de Retes, enjalma carmesí
bordada de plata, obsequio del gremio de pasamaneros.
Recibiólo Casimiro Cajapaico en un alazán tostado, raza del Norte
(Andahuasi), y le sacó cuatro suertes revolviendo y dos a la carrera.
Entró Juanita Breña, en un zaino manchado, raza de Chile, y le dió tres
suertes, sentando el caballo en la última para esperar nueva embestida.
¡Por la encarnación del diablo que se lució la _china_!
A ésta, como a Cajapaico, le arrojaron de todas las barandas muchísimos
pesos fuertes y aun monedas de oro.
Después que los chulos se desempeñaron bastante bien, mandó el
ayuntamiento tocar banderillas. Cantoral le clavó con mucha limpieza y a
volapié, a topacarnero o al quiebro, que de ello no estoy seguro, un par
de rehiletes de fuego en el cerviguillo.
Tocaron a muerte, y armado de estoque y bandola se presentó Lorenzo
Pizí, vestido de morado y plata. Encaminóse a la galería del virrey, y
después de brindarle el toro con la frase «por vuecencia, su
ascendencia, descendencia y toda la noble concurrencia», tomó pie frente
a las gradas y a seis varas del pilancón que por ese lado tenía la
monumental fuente de la plaza.
Fray Pablo, que asistía a la lidia desde uno de los andamios del portal
de Botoneros, se puso a gritar desaforadamente:
--¡Quítate de ahí, negro _jovero_, que no tienes vuelo! Acuérdate de la
lección y no me vayas a dejar feo.
Pero Lorenzo Pizí no tuvo tiempo para atender observaciones y cambiar de
sitio; porque el gateado, que era pegajoso y ligero de pies, se le vino
al bulto, y después del primer pase de muleta, sin dar espacio al
matador para franquear el pilancón y ponerse del lado del cuerno tuerto,
revolvió con la rapidez de su nombre y en los pitones levantó ensartado
el matachín.
Un grito espantoso, lanzado a la vez por quince mil bocas, resonó en la
plaza, sobresaliendo la voz del mercedario.
--¡Zapateta! ¿No te lo dije, negro bruto? ¿No te lo dije?--y terciándose
la capa brincó del andamio y a todo correr se dirigió al pilancón.
El toro dejó sobre la arena al moribundo Pizí para arrojarse sobre el
intruso fraile, quien con mucho desparpajo se quitó la capa blanca y se
puso a sacarle suertes a la navarra, a la verónica y a la criolla, hasta
cansar al bicho, dando así tiempo para que los chulos retirasen al
malaventurado torero.
Ante la gallardía con que fray Pablo burlaba a la fiera, el pueblo no
pudo dejar de sentirse arrebatado de entusiasmo, y palmoteando lo lucido
de las suertes, repetían todos:
--¡Buena laya de fraile!
Viven aún personas que asistieron a la corrida y que dicen no ha pisado
el redondel capeador más eximio que fray Pablo Negrón.
Muerto el _Relámpago_ a traición, por los desjarretadores y el
puntillero Beque, pues ni Esteban Corujo, que era el primer espada, tuvo
coraje para estoquearlo, llevaron a nuestro fraile preso al convento de
la Merced.
Dicen que allí el comendador fray Mariano Durán reunió en la sala
capitular a todos los padres graves, y que éstos, cirio en mano,
trajeron a su escandaloso compañero, al que el Superior aplicó unos
cuantos disciplinazos. Item, se le declaró suspenso de misa y demás
funciones sacerdotales y se le prohibió salir del convento sin licencia
de su prelado.
Fray Pablo se fastidiaba soberanamente del encierro en los claustros y
su salud empezó a decaer. Alarmados los conventuales, consultaron
médicos, y éstos resolvieron que sin pérdida de minuto saliese de Lima
el enfermo.
Enviáronlo los buenos padres a tomar aires en la Magdalena, pueblecito
distante dos millas de la ciudad, amonestándolo mucho para que no
volviese a sacar suertes a los toros.
Sermón perdido. Fray Pablo recobró la salud, como por ensalmo, tan luego
como pudo ir de visita a Orbea, Matalechuzas y demás haciendas del valle
y echar la capa al primer bicho con astas. Al fin encontróse con la
horma de su zapato en un furioso berrendo que le dió tal testarada
contra una tapia, que le dejó para siempre desconcertado un brazo y, por
consiguiente, inutilizado para el capeo.
Verdad es que, como a los músicos viejos, le quedó el compás y la
afición, y su dictamen era consultado en toda cuestión intrincada de
tauromaquia. El hombre era voto en la materia, y a haber vivido en
tiempo de la _república práctica_, creada por el presidente D. Manuel
Pardo--y cuyos democráticos frutos saborearán nuestros choznos,--habría
figurado dignamente en una de las juntas consultivas que se inventaron;
verbigracia, en la de instrucción pública o en la de demarcación
territorial.