D. Joaquín de la Pezuela y Sánchez, teniente general de los reales
ejércitos, caballero gran cruz de la orden de Isabel la Católica y
primer marqués de Viluma, estaba al mando de las tropas que en el
Alto-Perú combatían a los insurgentes, cuando, por haber insistido
Abascal en renunciar el cargo de virrey, fué nombrado para sucederle, y
tomó posesión del puesto el 17 de agosto de 1817. En sus oficios de
renuncia habíalo Abascal recomendado al monarca como el más digno de
reemplazarlo en las funciones de virrey.
Pezuela que, en la clase de general, había sido el organizador del
cuerpo de artillería y quien dirigió la fábrica del cuartel de Santa
Catalina, fué siempre el favorito de Abascal, que influyó para que
obtuviera ascensos en su carrera. Parece, sin embargo, que al sentarse
el marqués de Viluma bajo el solio de los virreyes, no correspondió con
la gratitud que a su benefactor debía. Así lo deduzco de los siguientes
párrafos que extracto de un escritor contemporáneo.
Pezuela, criatura de Abascal, que desde comandante de artillería lo fué
elevando hasta hacerlo nombrar virrey, apenas se vió en palacio se
ocupaba en censurar, con los bajos cortesanos que rodean al sol que
nace, las medidas de su respetable antecesor, deshacía cuanto él había
dispuesto, hostilizaba a sus adeptos, le desconocía ciertas
prerrogativas de virrey cesante y, por fin, rodeaba de espías al anciano
marqués de la Concordia, quien mientras terminaba sus arreglos de viaje
a Europa, vivía en casa de un amigo en la calle de la Recoleta.
Tres días antes de partir, envió Abascal un recado a Pezuela pidiéndole
órdenes. El virrey, correspondiendo a ese acto de social etiqueta, fué
de tiros largos a casa de Abascal, que lo recibió en cama por hallarse
enfermo. Al entrar el marqués de Viluma al dormitorio, lo hizo
exclamando:
--¡Excelentísimo compañero!
--¿Quién es?--dijo Abascal sacando su blanca cabeza por entre las
cortinas del lecho.
Turbado Pezuela por lo extraño de la pregunta, repuso:
--¡Cómo! ¿No me conoce vuecelencia? Soy Pezuela.
--¿Pezuela?--insistió el marqués de la Concordia.--¿Ese a quien hice
coronel de artillería? ¿Ese a quien hice general en jefe?
--Sí, sí--balbuceó el virrey.
--¡Ah!--exclamó Abascal incorporándose en la cama.--Si es ese mismo,
déme usted un abrazo.
Como veremos después, a su turno tuvo también Pezuela que habérselas con
un ingrato. Lo midieron con la misma vara con que él midió a Abascal.
La casa que habitó Pezuela antes de ser virrey fué la llamada hoy de los
Ramos, en la calle de San Antonio, vecina al monasterio de la Trinidad.
En ella nació su hijo el ilustre literato D. Juan de la Pezuela, conde
de Cheste y actual director de la Real Academia Española.
Bajo el gobierno del marqués de Viluma se implantaron cuatro máquinas a
vapor, traídas de Inglaterra, para desaguar las minas del Cerro de
Pasco; se recibió una real cédula aboliendo las abusivas _mitas_, y se
experimentó en Lima una epidemia, a la que, por la suma debilidad en que
quedaban los convalecientes, bautizó el pueblo con el nombre de
_mangajo_. El mangajo fué un catarral bilioso con síntomas parecidos a
los de la fiebre amarilla. Quizá desde entonces viene el decir en Lima,
por todo hombre desgarbado y sin vigor físico: «¡Vaya usted con Dios,
mangajo!»
En cuanto a sucesos revolucionarios, los más notables de esa época
fueron el suplicio en la plaza de Lima de los patriotas Alcázar, Gómez y
Espejo; las excursiones de lord Cochrane y el apresamiento, en la rada
del Callao, de la fragata _Esmeralda_, cargada con dos millones de
pesos; el desembarco de San Martín en Pisco, la defección del batallón
de Numancia, la derrota del general español O’Reilly, que se suicidó un
mes más tarde arrojándose al mar, y el curioso incidente de haberse
recibido un día por el virrey, a las dos de la tarde, la noticia oficial
del descalabro de los patriotas en Cancharayada, y una hora después,
cuando entregados al regocijo estaban los realistas de la capital
quemando cohetes y repicando campanas, fondeó en el Callao otro buque
portador de documentos que anunciaban la victoria de Maypú, en que quedó
aniquilado el dominio español en Chile. Entre la primera y segunda
batalla mediaron diez y seis días.
En 1816 había llegado al Perú D. José de Laserna, con el carácter de
mariscal de campo y enviado por el rey para mandar el ejército que
maniobraba sobre Tupiza; mas a fines de 1819 vino de España su
destitución, porque lo acusaron ante el monarca de ser masón o
propagandista de doctrinas liberales y opuestas al absolutismo despótico
que imperaba en la metrópoli. Pezuela se negó a enviarlo a Madrid, y
escribió a Fernando VII abogando por Laserna y pidiendo se le dejase en
el Perú, donde tenía el gobierno necesidad de sus servicios. En España
esperaban a Laserna la cárcel y el destierro. Iniciadas en septiembre de
1820 las conferencias o armisticios de Miraflores entre los comisionados
de San Martín y los de Pezuela, púsose Laserna a la cabeza del partido
de oposición, y el 28 de enero de 1821 amotinóse el ejercito acantonado
en Asnapuquio, intimando al marqués de Viluma que en el término de
cuatro horas entregase el mando al teniente general Laserna, proclamado
virrey por los motinistas. Pezuela, sin elementos para resistir y
procediendo con patriotismo, puso el poder en manos de su ingrato amigo.
Los revolucionarios de Asnapuquio habían principiado por emplear la
difamación como arma contra el virrey. Una mañana apareció este pasquín
en el primer patio de palacio:
«Nació David para rey,
para sabio Salomón,
para soldado Laserna,
Pezuela para ladrón».
Dicen que la injuria llegó a lo vivo al marqués de Viluma, que
ciertamente no era merecedor del calificativo. Pezuela manejó con
pureza los caudales públicos.
En caso de muerte o imposibilidad física de Pezuela era al general Lamar
a quien correspondía ejercer interinamente el cargo de virrey; pero
aparte de que Lamar no era motinista ni ambicioso, por su condición de
americano mirábanlo los militares españoles con desafecto. El honrado
Lamar no se dió por entendido del desaire y siguió sirviendo con lealtad
al rey hasta que, sin desdoro para su nombre y fama, pudo en 1823
cambiar de bandera.
Para el orden numérico y cronológico de la historia es Laserna el último
virrey del Perú; pero para mí--será ello una extravagancia--la lista de
los verdaderos virreyes termina en Pezuela. En Laserna veo un virrey de
cuño falso; un virrey carnavalesco y de motín; un virrey sin fausto ni
cortesanos, que no fué siquiera festejado con toros, comedias ni
certamen universitario; un virrey que, estirando la cuerda, sólo alcanzó
a habitar cinco meses en palacio, como huésped y con la maleta siempre
lista para cambiar de posada; un virrey que vivió luego a salto de mata
para caer como un pelele en Ayacucho; un virrey, en fin, prosaico, sin
historia ni aventuras. Y virrey que no habla a la fantasía, virrey sin
oropel y sin relumbrones, es una falsificación del tipo, como si
dijéramos un santo sin altar y sin devotos.