Algunas semanas pasó el cura Gutiérrez oculto en una cueva del empinado
Carhua-rasu, y volvió al pueblo cuando tuvo noticia de la caída del
Directorio.
Sabido es que todo revolucionario triunfante se hace de la vista gorda
sobre los excesos y crímenes de sus partidarios, y el general Castilla
no quiso ser la excepción de la regla.
Hablábase un día, delante del eterno vicario Don Agustín Guillermo
Tincope de Quisurucu, de cómo el cura Gutiérrez había encontrado en el
nuevo gobierno valedores que echaran tierra sobre el envenenamiento. Uno
de los murmuradores sostuvo que sólo en estos excomulgados tiempos de la
República quedaban impunes los delitos, doctrina que sacó de sus
casillas al buen anciano; porque interrumpiendo al maldiciente, dijo:
--En todo tiempo, así en los del rey como en los de la patria, el que no
tiene padrino se queda moro; y si no, oigan ustedes lo que presencié en
Lima, en el primer año de este siglo décimonono y bajo el gobierno del
virrey inglés:
«Oidor de la Real Audiencia era el doctor Mansilla, quien entre sus
esclavos tenía un negrito _chamberí_, al cual mimaba más de lo preciso.
El engreído muchacho, conocido en Lima por el apodo de _Aguacero_, se
hizo un cortacaras, _chuchumeco_ y ratero famoso; y aunque cada mes, por
lo menos, tenía trabacuentas con la justicia, salía bien librado, porque
el señor oidor interponía su influencia y respetos.
»Una noche fué pillado _in fraganti_ delito de robo con escalamiento de
paredes, en unión de otros cinco traviesos; y después que cantaron de
plano el _mea culpa_, el juez de la causa sentenció a todos a ser
azotados en la plaza pública, atados a la picota o rollo que vecino a la
horca existía frente al callejón de Petateros.
»Llegada la hora de que saliesen los reos, su señoría el oidor se apeó
de la calesa en la puerta de la cárcel, y le dijo al juez:
--»Oiga usted, mi amigo: lo que es a mi negrito, ni usted ni nadie lo
azota, que su amo soy, y sólo yo tengo derecho para corregirlo cuando
cometa alguna travesura.
»El juez, que no tenía calzones para indisponerse con todo un oidor de
la Real Audiencia, torció la vara de la justicia; y los cinco pobres
diablos que no tuvieron cristiano que por ellos se interesase, fueron
atados al rollo.
»El verdugo Pancho Sales, armado de rebenque, gritaba al descargar cada
ramalazo sobre las espaldas del paciente prójimo:
--»Quien tal hace, que tal pague.
»Uno de los vapuleados se fastidió de oir la moraleja del _carnifex_, y
contestó:
--»Dé usted fuerte, bien fuerte, _ño_ Panchito, que yo no tengo espalda,
y la que usted azota es ajena; que si espalda tuviera, como el negrito
_Aguacero_, no me vería en este trance.
»Conque apliquen ustedes el cuento y no me vengan con que estos son
mejores o peores que aquellos tiempos, que en el Perú todos los tiempos
son uno; pues el ser blandos de carácter y benévolos con el pecador, lo
traemos en la masa de la sangre; y el que la echa de más enérgico e
intransigente, puesto a la prueba, se torna un papanatas. Conque callar
y callemos, y que la justicia siga su curso, como en los tiempos del
oidor Mansilla. He dicho.»
--Y ha hablado usted como un libro--murmuró el sacristán.
Y el respetable vicario D. Agustín Guillermo Tincope de Quisurucu puso
fin a la plática, como yo lo pongo a esta tradición, añadiendo sólo que
la escena entre el verdugo y el azotado la refiere también Córdova y
Urrutia en sus _Tres épocas_.