II

Pocos días después llegaban una tarde a Chipán treinta soldados al mando

de dos oficiales. Precisamente era la tropa contra la que se había

batido el infortunado Félix.

El cura Gutiérrez salió a recibir a los huéspedes, y los comprometió a

que descansasen en el pueblo hasta el día siguiente. Alojó en su casa a

los oficiales, les dió una opípara cena, se fingió ante ellos más

vivanquista que el mismo Supremo Director, y brindó por que el diablo se

llevase cuanto antes a Castilla y la junta de gobierno. En seguida

convidó a los oficiales y tropa para una _pachamanca_ o almuerzo de

despedida en las afueras del pueblo, convite que ellos aceptaron

gozosos, por aquello de que el buen militar debe llevar siempre un

sueldo, una comida y un sueño adelantados.

Los vecinos del pueblo se escandalizaron por tan repentino cambio de

opinión en su pastor, y un indio que cerca de éste ejercía los oficios

de _pongo_ y cocinero, contóle la murmuración pública.

D. Mauricio Gutiérrez dejó vagar por sus labios una sonrisa infernal, y

dijo a media voz:

--¡Brutos!

--Eso mismo les he dicho yo--añadió el _pongo_.--Brutos, que quieren

saber más que el _taita_ cura y que no adivinan que cuando él festeja a

los vivanquistas, lo hace con su segunda.

El cura se aproximó al indio, y le deslizó al oído algunas palabras.

El _pongo_ anduvo aquella noche por el campo, y en la madrugada volvió a

la casa parroquial, en cuya puerta lo esperaba Gutiérrez.

--¿Traes eso?--le preguntó el cura.

--Sí, _taita_--contestó el indio, sacando de debajo del poncho un manojo

de floripondios encarnados (_huar-huar_) y unas ramitas de hierba

parecida al perejil.

Y sin hablar más palabra, cura y criado entraron en la cocina.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 116 / 206 题