Pocos días después llegaban una tarde a Chipán treinta soldados al mando
de dos oficiales. Precisamente era la tropa contra la que se había
batido el infortunado Félix.
El cura Gutiérrez salió a recibir a los huéspedes, y los comprometió a
que descansasen en el pueblo hasta el día siguiente. Alojó en su casa a
los oficiales, les dió una opípara cena, se fingió ante ellos más
vivanquista que el mismo Supremo Director, y brindó por que el diablo se
llevase cuanto antes a Castilla y la junta de gobierno. En seguida
convidó a los oficiales y tropa para una _pachamanca_ o almuerzo de
despedida en las afueras del pueblo, convite que ellos aceptaron
gozosos, por aquello de que el buen militar debe llevar siempre un
sueldo, una comida y un sueño adelantados.
Los vecinos del pueblo se escandalizaron por tan repentino cambio de
opinión en su pastor, y un indio que cerca de éste ejercía los oficios
de _pongo_ y cocinero, contóle la murmuración pública.
D. Mauricio Gutiérrez dejó vagar por sus labios una sonrisa infernal, y
dijo a media voz:
--¡Brutos!
--Eso mismo les he dicho yo--añadió el _pongo_.--Brutos, que quieren
saber más que el _taita_ cura y que no adivinan que cuando él festeja a
los vivanquistas, lo hace con su segunda.
El cura se aproximó al indio, y le deslizó al oído algunas palabras.
El _pongo_ anduvo aquella noche por el campo, y en la madrugada volvió a
la casa parroquial, en cuya puerta lo esperaba Gutiérrez.
--¿Traes eso?--le preguntó el cura.
--Sí, _taita_--contestó el indio, sacando de debajo del poncho un manojo
de floripondios encarnados (_huar-huar_) y unas ramitas de hierba
parecida al perejil.
Y sin hablar más palabra, cura y criado entraron en la cocina.