Los mosquitos de Santa Rosa

Cruel enemigo es el zancudo o mosquito de trompetilla, cuando le viene

en antojo revolotear en torno de nuestra almohada, haciendo imposible el

sueño con su incansable musiquería. ¿Qué reposo para leer ni para

escribir tendrá un cristiano si en lo mejor de la lectura o cuando se

halla absorbido por los conceptos que del cerebro traslada al papel, se

siente interrumpido por el impertinente animalejo? No hay más que cerrar

el libro y arrojar la pluma, y coger el plumerillo o abanico para

ahuyentar al mal criado.

Creo que una nube de zancudos es capaz de acabar con la paciencia de un

santo, aunque sea más cachazudo que Job, y hacerlo renegar como un

poseído.

Por eso mi paisana Santa Rosa, tan valiente para mortificarse y soportar

dolores físicos, halló que tormento superior a sus fuerzas morales era

el de sufrir, sin refunfuño, las picadas y la orquesta de los alados

musiquines.

Y ahí va, a guisa de tradición, lo que sobre tema tal refiere uno de los

biógrafos de la santa limeña.

* * * * *

Sabido es que en la casa en que nació y murió la Rosa de Lima hubo un

espacioso huerto, en el cual edificó la santa una ermita u oratorio

destinado al recogimiento y penitencia. Los pequeños pantanos que las

aguas de regadío forman, son criaderos de miriadas de mosquitos, y como

la santa no podía pedir a su Divino esposo que, en obsequio de ella,

alterase las leyes de la naturaleza, optó por parlamentar con los

mosquitos. Así decía:

--Cuando me vine a habitar esta ermita, hicimos pleito homenaje los

mosquitos y yo: yo, de que no los molestaría, y ellos, de que no me

picarían ni harían ruido.

Y el pacto se cumplió por ambas partes, como no se cumplen... ni los

pactos politiqueros.

Aun cuando penetraban por la puerta y ventanilla de la ermita, los

bullangueritos y lanceteros guardaban composturas hasta que con el alba,

al levantarse la santa, les decía:

--¡Ea, amiguitos, id a alabar a Dios!

Y empezaba un concierto de trompetillas, que sólo terminaban cuando Rosa

les decía:

--Ya está bien, amiguitos: ahora vayan a buscar su alimento.

Y los obedientes sucsorios se esparcían por el huerto.

Ya al anochecer los convocaba, diciéndoles:

--Bueno será, amiguitos, alabar conmigo al Señor que los ha sustentado

hoy.

Y repetíase el matinal concierto, hasta que la bienaventurada decía:

--A recogerse, amigos, formalitos y sin hacer bulla.

Eso se llama buena educación, y no la que da mi mujer a nuestros nenes,

que se le insubordinan y forman algazara cuando los manda a la cama.

No obstante, parece que alguna vez se olvidó la santa de dar orden de

buen comportamiento a sus súbditos; porque habiendo ido a visitarla en

la ermita una beata llamada Catalina, los mosquitos se cebaron en ella.

La Catalina, que no aguantaba pulgas, dió una manotada y aplastó un

mosquito.

--¿Qué haces, hermana?--dijo la santa.--¿Mis compañeros me matas de esa

manera?

--Enemigos mortales que no compañeros, dijera yo--replicó la

beata.--¡Mira éste cómo se había cebado en mi sangre, y lo gordo que se

había puesto!

--Déjalos vivir, hermana: no me mates ninguno de estos pobrecitos, que

te ofrezco no volverán a picarte, sino que tendrán contigo la misma paz

y amistad que conmigo tienen.

Y ello fué que, en lo sucesivo, no hubo zancudo que se le atreviera a

Catalina.

También la santa en una ocasión supo valerse de sus amiguitos para

castigar los remilgos de Frasquita Montoya, beata de la Orden Tercera,

que se resistía a acercarse a la ermita, por miedo de que la picasen los

jenjenes.

--Pues tres te han de picar ahora--le dijo Rosa,--uno en nombre del

Padre, otro en nombre del Hijo y otro en nombre del Espíritu Santo.

Y simultáneamente sintió la Montoya en el rostro el aguijón de tres

mosquitos.

Y comprobando el dominio que tenía Rosa sobre los bichos y animales

domésticos, refiere el cronista Meléndez que la madre de nuestra santa

criaba con mucho mimo un gallito que, por lo extraño y hermoso de la

pluma, era la delicia dé la casa. Enfermó el animal y postróse de manera

que la dueña dijo:

--Si no mejora, habrá que matarlo para comerlo guisado.

Entonces Rosa cogió el ave enferma, y acariciándola, dijo:

--Pollito mío, canta de prisa; pues si no cantas, te guisa.

Y el pollito sacudió las alas, encrespó la pluma, y muy regocijado soltó

un

¡Quiquiriquí!

(¡Qué buen escape el que di!)

¡Quiquiricuando!

(Ya voy, que me están peinando.)

Las mejores tradiciones peruanas · 第 103 / 206 题