Los estudiantes de Derecho canónico, o sea de último año de leyes, eran
conocidos con el nombre de _cónsules_, y gozaban de la prerrogativa de
salir a pasear los jueves desde las tres o cuatro de la tarde hasta las
siete de la noche.
Una tarde, jueves por más señas, presentóse en la puerta del zapatero
una tapada de saya y manto que, a sospechar por el único ojo
descubierto, lo regordete del brazo, las protuberancias de oriente y
occidente, el velamen y el _patiteo_, debía ser una limeña de rechupete
y palillo.
--Maestro--le dijo,--tenga usted buenas tardes.
--Así se las dé Dios, señorita--contestó Halicarnaso inclinándose hasta
dar a su cuerpo la forma de acento circunflejo.
--Maestro--continuó la tapada,--tengo que hablar con un _cónsul_ que
vendrá luego. Tome usted cuatro pesos para cigarros y déjeme entrar en
la trastienda.
Halicarnaso, que hacía mucho tiempo no veía cuatro pesos juntos, rechazó
indignado las monedas, y contestó:
--¡Niña! ¡Niña! ¿Por quién me ha tomado usted? ¡Vaya un atrevimiento!
Para tercerías busque a Margarita _la Gata_, o a Ignacia _la Perjuicio_.
¡Pues no faltaba más!
--No se incomode usted, maestrito. ¡Jesús y qué genio tan cascarrabias
había usted tenido!--insistió la muchacha sin desconcertarse.--Como yo
le creía a usted amigo de D. Antonio..., por eso me atreví a pedirle
este servicio.
--Sí, señorita. Amigo y muy amigo soy de ese caballerito.
--Pues lo disimula usted mucho, cuando se niega a que tenga con él una
entrevista en la trastienda.
--Con mi lesna y mi persona soy amigo del colegial y de usted, señorita.
Zapatero soy, y no conde de _Alca_ ni marqués de _Huete_. Ocúpeme usted
en cosas de mi profesión, y verá que la sirvo al pespunte y sin andarme
con tiquis miquis.
--Pues, maestro, zúrzame ese zapato.
Y en un abrir y cerrar de ojos, la espiritual tapada rompió con la uña
la costura de un remonono zapatito de raso blanco.
Como no era posible que Halicarnaso la dejase pisando el santo suelo,
sin más resguardo que la media de borloncillo, tuvo que darla paso libre
a la trastienda.
Por supuesto que el galán se apareció con más oportunidad que fraile
llamado a refectorio.
El zapatero se puso inmediatamente a la obra, que le dió tarea para una
horita.
Mientras palomo y paloma disertaban probablemente sobre si la luna tenía
cuernos y demás temas de que, por lo general, suelen ocuparse a solas
los enamorados, el buen Halicarnaso decía, entre puntada y puntada:
--En ocupándome en cosas de mi arte... nada tengo que oponer...
Conversen ellos y zurza yo, que no hay motivo de escrúpulo.
Y luego al clavar estaquillas canturreaba:
«La pulga y el piojo
se quieren casar:
por falta de trigo
no lo han hecho ya.»