AQUÍ SE AMANSAN LEONES.

El virrey llamó a su plumario, y le dijo: «Ponga usted debajo y con

iguales letrones:

»CUANDO SE CAZAN CACHORROS.»

Y ordenó que por tres días permaneciesen los letreros en la puerta.

Y pasaban semanas y meses, y apenas si se hacía sentir la autoridad del

marqués. Empleaba sus horas en estudiar las costumbres y necesidades del

pueblo y en frecuentar la buena sociedad colonial. No perdía, pues, su

tiempo; porque antes de echarla de gobierno, quería conocer a fondo el

país cuya administración le estaba encomendada. No le faltaba a su

excelencia más que decir:

«Yo no soy de esta parroquia,

yo soy de Barquisimeto;

nadie se meta conmigo,

que yo con nadie me meto.»

La fama que lo había precedido iba quedando por mentirosa, y ya se

murmuraba que el virrey no pasaba de ser un memo, del cual se podía sin

recelo hacer giras y recortes.

¿La Audiencia acordaba un disparate? Armendáriz decía: «Cúmplase, sin

chistar ni mistar.»

¿El Cabildo mortificaba a los vecinos con una injusticia? Su excelencia

contestaba: «_Amenemén, amén_.»

¿La gente de cogulla cometía un exceso? «Licencia tendrá de Dios,»

murmuraba el marqués.

Aquel gobernante no quería quemarse la sangre por nada ni armar camorra

con nadie. Era un _pánfilo_, un bobalicón de tomo y lomo.

Así llegó a creerlo el pueblo, y tan general fué la creencia, que

apareció un nuevo pasquín en la puerta de palacio, que decía:

Las mejores tradiciones peruanas · 第 81 / 206 题