Años llevaba ya D. Angel Malo de alcalde de Paucarcolla cuando llegó al
pueblo, en viaje de Tucumán para Lima, un fraile conductor de pliegos
importantes para el provincial de su orden. Alojóse el reverendo en casa
del alcalde, y hablando con éste sobre la urgencia que tenía de llegar
pronto a la capital del virreinato, díjole D. Angel:
--Pues tome su paternidad mi mula, que es más ligera que el viento para
tragarse leguas, y le respondo que en un abrir y cerrar de ojos, como
quien dice, llegará al término de la jornada.
Aceptó el fraile la nueva cabalgadura, púsose en marcha, y ¡prodigioso
suceso!, veinte días después entraba en su convento de Lima.
Viaje tan rápido no podía haberse hecho sino por arte del diablo. A
revienta-caballos habíalo realizado en mes y medio un español en los
tiempos de Pizarro.
Aquello era asunto de Inquisición, y para tranquilizar su conciencia
fuése el fraile a un comisario del Santo Oficio y le contó el romance,
haciéndole formal entrega de la mula. El hombre de la cruz verde
principió por destinar la mula para que le tirase la calesa, y luego
envió a Puno un familiar, provisto de cartas para el corregidor y otros
cristianos rancios, a fin de que le prestasen ayuda y brazo fuerte para
conducir a Lima al alcalde de Paucarcolla.
Paseábase éste una tarde a orillas del lago Titicaca, cuando después de
haber apostado sus lebreles o alguaciles en varias encrucijadas,
acercósele el familiar, y poniéndole la mano sobre la espalda, le dijo:
--¡Aquí de la Santa Inquisición! Dése preso vuesa merced.
No bien oyó el morisco mentar a la Inquisición, cuando, recordando sin
duda las atrocidades que ese tribunal perverso hiciera un día con sus
antepasados, metióse en el lago y escondióse entre la espesa _totora_
que crece a las márgenes del Titicaca. El familiar y su gente echáronse
a perseguirle; pero poco o nada conocedores del terreno, perdieron
pronto la pista.
Lo probable es que D. Angel andaría fugitivo y de Ceca en Meca hasta
llegar a Tucumán o Buenos Aires, o que se refugiaría en el Brasil o
Paraguay, pues nadie volvió en Puno a tener noticias de él.
Esta es mi creencia, que vale tanto como otra cualquiera. Por lo menos
así me parece.
Pero los paucarcollanos, que motivos tienen para saber lo positivo,
afirman con juramento que fué el diablo en persona el individuo que con
capa colorada salió del lago, para hacerse después nombrar alcalde, y
que se hundió en el agua y con la propia capa cuando, descubierto el
trampantojo, se vió en peligro de que la Inquisición le pusiera la
ceniza en la frente.
Sin embargo, los paucarcollanos son gente honradísima y que sabe hacer
justicia hasta al _enemigo malo_.
¡Cruz y Ave María Purísima por todo el cuerpo!
Desde los barrabasados tiempos del rey nuestro señor D. Felipe III,
hasta los archifelices de la _república práctica_, no ha tenido el Perú
un gobernante mejor que el alcalde de Paucarcolla.
Esto no lo digo yo; pero te lo dirá, lector, hasta el diputado por
Paucarcolla, si te viene en antojo preguntárselo.