Y pasaron años.
Y doña Margarita enviaba por resmas cartas y memoriales a la corte de
Madrid, y se gastaba un dineral en misas, cirios y lámparas, para que
los santos hiciesen el milagro de que Felipe V le echase una filípica a
su representante.
Y en estas y las otras, D. Carlos murió en el destierro.
Y Armendáriz regresó a España en 1730, donde fué agraciado con el toisón
de oro.
Bajo el gobierno de su sucesor, el marqués de Villagarcía, salió D.
Alvaro de Santiponce a respirar el aire libre; y para quitar a la
justicia la tentación de ocuparse de su persona, se embarcó sin perder
minuto para una de las posesiones portuguesas.
El marqués de Castelfuerte se disculpaba de este abuso de autoridad,
diciendo: «Cometílo para que los maridos aprendan a no permitir a sus
mujeres desacatos contra la justicia y los que la administran; pero dudo
que aproveche el ejemplo; pues por más que se diga en contrario, los
hijos de Adán seremos siempre unos bragazas, y ellas llevarán la voz de
mando y harán de nosotros cera y pábilo.»