II

Conocido el carácter del de Castelfuerte, es de suponer que se le subió

la mostaza a las narices. En el primer momento estuvo tentado de saltar

por sobre la cadena y los privilegios, aprehender a la insolente limeña,

y con sus pergaminos nobiliarios encerrarla en la _cochera_, que así se

llamaba un cuarto de la cárcel de corte destinado para arresto de

mujeres de vida airada.

Pero, calmándose un tanto, reflexionó que haría mal en extremarse con

una hija de Eva, y que su proceder sería estimado como indigno de un

caballero. «Aindamáis, pensó, la mujer esgrime la lengua, arma ofensiva

y defensiva que la dió naturaleza; pero cuando la mujer tiene editor

responsable, lo más llano es irse derecho a éste y entenderse de hombre

a hombre.»

Y, pensado y hecho, llamó a un oficial y enviólo a las volandas donde el

marido de doña Margarita, que se encontraba en la hacienda a pocas

leguas de Lima, con una carta en la que, después de informarle de los

sucesos, concluía diciéndole:

«Tiempo es, señor mío, del saber quién lleva en su casa los gregüescos.

Si es vuesa merced, me lo probará poniendo en manos de la justicia,

antes de doce horas, al que se ha amparado de faldas; y si es la

irrespetuosa compañera que le dió la Iglesia, dígamelo en puridad para

ajustar mi conducta a su respuesta.

»Dé Dios Nuestro Señor a vuesa merced la entereza de fundar buen

gobierno en su casa, que bien lo ha menester, y no me quiera mal por el

deseo.--_El marqués de Castelfuerte._»

A la burlona y amenazadora carta del virrey, contestó el marido muy

lacónicamente:

«Duéleme, señor marqués, el desagrado de que me habla: y en él

interviniera, si la carta de vuecencia no encerrara más de agravio a mi

honra y persona que de amor a los fueros de la justicia. Haga vuecencia

lo que su buen consejo y prudencia le dicten, que en ello no habré

enojo; advirtiendo que el marido que ama y respeta a su compañera de

tálamo y madre de sus hijos, deja a ésta por entero el gobierno del

hogar, en el resguardo de que no ha de desdecir de lo que debe a su fama

y nombre.

»Guarde Dios los días de vuecencia, para bien de estos pueblos y mejor

servicio de su majestad.--_Carlos de ppp._»

Como se ve, las dos epístolas eran dos cantáridas, chispeantes de

ironía.

Al recibir Armendáriz la contestación de D. Carlos lo mandó traer preso

a Lima.

--¡Y bien, señor mío!--le dijo el virrey.--Conmigo no hay cháncharras

máncharras. Doce horas de plazo le acordé para que entregase al reo. ¿En

qué quedamos? ¿Han de ser mangas o tijeretas?

--Será lo que plazca a vuecencia, que aunque me acordara un siglo no

haría yo fuerza a mi mujer para que entregase al que sufre persecuciones

por la justicia.

--¡Que no!...--exclamó furioso el marqués.--Pues esta misma noche va

usted con títeres y petacas desterrado a Valdivia; que ¡por mi santo

patrón el de las azucenas! no ha de decirse de mí que un maridillo

linajudo me puso la ceniza en la frente. ¡Bonito hogar es el de vuesa

merced, en donde canta la gallina y no cacarea el gallo!

Pero como en palacio las paredes se vuelven oídos, súpose en el acto por

todo Lima que en la fragata _María de los Angeles_, lista para zarpar

esa noche del Callao, iba a ser embarcado el opulento Don Carlos. Doña

Margarita cogió el manto y, acompañada de dueña, rodrigón y paje, salió

a poner la ciudad en movimiento. El arzobispo y varios canónigos,

oidores, cabildantes y caballeros titulados fueron a palacio para

pretender que el marqués cejase en lo relativo al destierro; pero su

excelencia, después de dar órdenes al capitán de su escolta, se había

encerrado a dormir, previniendo al mayordomo que, aunque ardiese Troya,

nadie osara despertarlo.

Cuando al otro día asistió el virrey al acuerdo de la Real Audiencia, ya

la _María de los Angeles_ había desaparecido del horizonte. Uno de los

oidores se atrevió a insinuarse, y el marqués le contestó:

--Que doña Margarita entregue al delincuente, y volverá de Valdivia su

marido.

Pero doña Margarita era de un temple de alma como ya no se usa. Amaba

mucho a su esposo; mas creía envilecerlo y envilecerse accediendo a la

exigencia del marqués.

En punto a tenacidad, dama y virrey iban del potencia a potencia.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 55 / 206 题