I
Laura Venegas era bella como un sueño de amor en la primavera de la
vida. Tenía por padre a D. Egas de Venegas, garnacha de la Real
Audiencia de Lima, viejo más seco que un arenal, hinchado de
prosopopeya, y que nunca volvió atrás de lo que una vez pensara.
Pertenecía a la secta de los infalibles que, de paso sea dicho, son los
más propensos a engañarse.
Con padre tal, Laura no podía ser dichosa. La pobre niña amaba locamente
a un joven médico español llamado D. Enrique de Padilla, el cual,
desesperado de no alcanzar el consentimiento del viejo, había puesto mar
de por medio y marchado a Chile. La resistencia del golilla, hombre de
voluntad de hierro, nacía de su decisión por unir los veinte abriles de
Laura con los cincuenta octubres de un compañero de oficio. En vano
Laura, agotando el raudal de sus lágrimas, decía a su padre que ella no
amaba al que la deparaba por esposo.
--¡Melindres de muchacha!--la contestaba el flemático padre.--El amor se
cría.
¡El amor se cría! Palabras que envenenaron muchas almas, dando vida más
tarde al remordimiento. La casta virgen, fiada en ellas, se dejaba
conducir al altar, y nunca sentía brotar en su espíritu el amor
prometido.
¡El amor se cría! Frase inmoral que servía de sinapismo para debilitar
los latidos del corazón de la mujer, frase típica que pinta por completo
el despotismo en la familia.
En aquellos siglos había dos expedientes soberanos para hacer entrar en
vereda a las hijas y a las esclavas.
¿Era una esclava ligera de cascos o se espontaneaba sobre algún
chichisbeo de su ama? Pues la panadería de D. Jaime el catalán, o de
cualquier otro desalmado, no estaba lejos, y la infeliz criada pasaba
allí semanas o meses sufriendo azotaina diaria, cuaresmal ayuno, trabajo
crecido y todos los rigores del más bárbaro tratamiento. Y cuenta que
esos siglos no fueron de librepensadores como el actual, sino siglos
cristianos, de evangélico ascetismo y suntuosas procesiones; siglos, en
fin, de fundaciones monásticas, de santos y de milagros.
Para las hijas desobedientes al paternal precepto se abrían las puertas
de un monasterio. Como se ve, el expediente era casi tan blando como el
de la panadería.
Laura, obstinada en no arrojar de su alma el recuerdo de Enrique,
prefirió tomar el velo de novicia en el convento de Santa Clara; y un
año después pronunció los solemnes votos, ceremonia que solemnizaron con
su presencia los cabildantes y oidores, presididos por el virrey, recién
llegado entonces a Lima.