RICARDO PALMA

Inauguramos esta Colección con el nombre universalmente admirado de

Ricardo Palma. Es el más ilustre literato vivo del Continente, el

«decano» como él dice sonriendo.

A los ochenta años mantiene intacta esa juventud espiritual que recuerda

por su vivacidad, por su _gentilézza_, la gloriosa y florida ancianidad

de Voltaire. «Las goteras de esta casa vieja--nos escribía

últimamente--continúan amagando el derrumbe final». Pero la casa es

fuerte como las mansiones hidalgas; y en su eminente balconaje, sobre el

terroso blasón, hay rosas nuevas.

La misma juventud inmarcesible tienen las páginas que siguen. Fueron

escritas en muy diversas épocas, algunas son de años maduros, pero

parecen todas obra de una mocedad sonriente y colmada, una mocedad que

recibiera, de alguna hada limeña y libertina, el milagroso don de la

simpatía. Por que no es solo un burlón, un exquisito incrédulo, el que

divaga por el antaño quimérico y probable. Se ríe y se conmueve. La

Ironía y la Piedad, las dos musas favoritas de Anatole France, inspiran

también la fantasía del historiador sentimental.

Las «tradiciones» de Palma son historia y lirismo indisolublemente

amalgamados. ¿Hasta dónde son verídicos los cuentos? ¿Cuándo suplió la

fantasía las lagunas del añoso cronicón? Muy poco poeta sería quien

quisiera exactamente averiguarlo. Ni nos dá tiempo de saberlo el

narrador: la verdad histórica le sirve solo de trampolín. En el becerro

de convento, en las cuatro líneas de una crónica apolillada, halla

pretexto esa imaginación que crea y adivina. Resurge, avanza, danza como

en los viejos relojes de montante, un cortejo de señores, de damiselas y

de bigardos que se anima con el compás de la hora grácil... Desaparecen

las figuras en el paisaje de reloj, la música se extingue y el

tradicionista se ha callado. Las tradiciones son brevísimas, sin duda

por malicia del relojero espiritual. Estas «novelas homeopáticas», según

las llama el mismo Don Ricardo, dejan siempre, con la resonancia

evocadora, el prurito de algo más. Como los niños, estamos siempre

pidiéndole una conseja nueva.

Y el abuelo es infatigable. Ha escuchado a todas las «tías Catitas», y

todos los ilustres centenarios. Sabe dramas pavorosos y cuentos verdes,

amores tétricos y devaneos majos, historias de almas en pena y regodeos

de frailes, todo el auténtico Decamerón de su alegre Lima, pero también

el Año Cristiano de su ayer devoto, crédulo y ensalmado.

¿Era posible resumir en trescientas páginas tan diferentes aspectos de

esta vena magistral? Lo hemos ensayado, por lo menos. Los seis tomos

compactos de las Tradiciones completas no llegaron siempre, a causa de

su misma amplitud, al más vasto público. Se imponía ya la selección

manuable que intentamos.

Así, mondada y como realzada la obra antigua en un estuche nuevo, se

verá quizás mejor cuanto debemos a este iniciador, a quien le cabe la

legítima gloria de haber creado el cuento americano. Hoy que volvemos

los ojos a nuestra realidad local, después de tantas excursiones, no

siempre felices ni oportunas, sabremos rendir pleito homenaje a Ricardo

Palma. Porque rompió con los románticos, se fatigó de traducir a Hugo; y

en su ciudad natal, urgentemente, cuando los vestigios coloniales

peligraban, empezó a fabricar estos retablos, estas gavetas frágiles,

estos zahumados y sobrios relicarios, antes de que un pasado encantador

se desmenuzara en la historia sin poetas y se extinguiera para siempre

su lejana gracia adorable.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 8 / 206 题