El señor Morano ha interpretado _Hamlet_ por un procedimiento epiceno.

En partes, según la escuela de montaña rusa. En partes, según la escuela

del naturalismo en zapatillas. Aquellas obras que, como _Hamlet_, están

urdidas con la delgada urdimbre de los problemas eternos del espíritu

humano, es pecaminoso y funesto interpretarlas por procedimientos

epicenos. Es como si para ver una bella estatua sumergimos la mitad de

ella en agua, con lo cual la quebramos y achatamos. Agua, aire u otro

ambiente cualquiera más sutil, la atmósfera en que se envuelve ha de

tener unidad.

[Nota: IMPOSIBILIDAD DEL ACTOR PERFECTO.

LA SERIEDAD]

Es excusado declarar que no me empuja animadversión ninguna hacia el

señor Morano. Yo quisiera que el señor Morano fuera, en efecto, un gran

actor, un actor perfecto. La culpa no es mía, ni de él tampoco. La culpa

no es de nadie, o, si acaso, lo será de la naturaleza misma de las

cosas. Quiero decir que quizá sea imposible que haya un actor

verdaderamente grande, acabado, perfecto y tal que a todo el mundo

satisfaga. En todas las demás artes se puede llegar a la perfección, o,

cuando menos, a un grado de excelencia que linde con la perfección. En

el arte escénico, no. En las demás artes el artista puede inspirarse en

un ideal de perfección, porque goza la libertad de poner límites a su

obra, conforme a su sensibilidad y facultades, y dentro de este recinto

que él, a su arbitrio, traza y delimita, le es fácil apurar los medios

de expresión, depurándolos más cada día. Por ejemplo: el pintor puede

seleccionar, como materia estética para su obra total, la figura, el

paisaje o la naturaleza muerta. Dentro de la figura, puede inclinarse a

los cuadros de composición o al retrato. El paisajista puede

circunscribirse a una manera única de paisaje; jardines, cumbres

nevadas, crepúsculos, grandes perspectivas, etc, etc., y aun a un

linaje exclusivo de árboles. Claro es que, cuanto más se limite la

materia estética, más probabilidades habrá de acercarse a la perfección,

a la maestría. Otro tanto ocurre con el escritor. El escritor puede, si

le place, y sin menoscabo de su fama, escribir solamente en prosa o

solamente en verso; puede, y en ocasionas, debe, cultivar solamente un

género de poesía, conforme a su sensibilidad y facultades. Tan perfecto

puede ser un poeta jocoso como un poeta lamentoso un poeta pastoral como

un poeta cívico, un poeta lírico como un poeta épico, cada cual en su

orden. Son, pues, todas estas artes, susceptibles de perfección, porque

el artista puede limitarse. Mas el arte del actor es, por naturaleza,

ilimitado. Exige del artista universalidad de sensibilidad y de

facultades. Sensibilidad y facultades para la música, ya que el elemento

musical es un hemisferio del arte escénico; recitado y coro valen tanto

como melodía y armonía. Actor que carece de sensibilidad y facultades

melódicas no habla, emite aire desagradablemente sonoro. Actor que

carece de sensibilidad y facultades armónicas convertirá el diálogo y la

voz coral de las muchedumbres, si por ventura intervienen en la obra

representada, en un ruido de patulea, siendo así que los diversos

timbres del diálogo y la sonoridad de la muchedumbre tienen un valor de

unidad armónica. El actor debe poseer sensibilidad y facultades

pictóricas, pues la visualidad del color es otro elemento del arte

escénico. Sin esta sensibilidad y facultades para la estética del órgano

visual, el actor habrá, por fuerza, de confiar al acaso la selección de

su atavío, del de sus subordinados, del atalaje y decorado de la escena.

De la propia suerte que toda obra dramática debe ser, auditivamente, una

sinfonía, debe ser, visualmente, una armonía de color. Tanto como

cualquier otro factor, la manera de vestir y presentar una obra puede

determinar su éxito, y, en todo caso, es imprescindible para su plena

realización artística. No se alude aquí a las ricas telas y los muebles

de precio. Con rasos y tisúes y costosos muebles, todos hemos visto

obras que revelaban, en el director de escena, absoluta ausencia de

sentido artístico y de buen gusto. Por el contrario, es empeño hacedero

dar una sensación artística con telas baratas y un ajuar modesto. Es

cuestión de saber entonar el conjunto. Las pocas veces que en Madrid

hemos visto la escena artísticamente aderezada y las figuras

artísticamente vestidas no ha sido en los grandes teatros, sino en las

salas de variedades; cierto que de raro en raro. En este sentido,

Tórtola Valencia ha sido una iniciadora; iniciadora de un arte en el

cual ningún gran empresario ni actor ha tenido a bien iniciarse. Y, sin

embargo, los arreos de la Tórtola Valencia, vistos de cerca, en su

camarín, eran sobremanera humildes y simples. Porque así como el

protagonista de un cuadro es la luz, por cuya virtud todo se

transfigura, en la zona pictórica del arte escénico la realidad suprema

es igualmente la luz. Actor que ignore el goce de la luz y los secretos

de la luz con que ha de mostrarse en escena, será siempre un actor

deficiente. El actor ha de poseer sensibilidad y facultades

escultóricas, por las razones que hemos apuntado en nuestro último

ensayo. Ha de poseer también sensibilidad y facultades para todos los

géneros literarios. Tomemos, como ejemplo aclaratorio, la representación

de una obra cualquiera de Shakespeare. En ella hallaréis, de seguro,

muestra, y aun diremos modelo y arquetipo de todos los géneros

literarios: de la novela, por la manera de desarrollar la fábula y de

presentar los caracteres; de la literatura ética, sentenciosa y docente,

pues cada personaje encierra, al fin y a la postre, la síntesis de una

norma moral; de esa literatura, de todo punto sutil y casi etérea, que

llamaríamos platónica, cuya sustancia es el éxtasis del comprender, del

penetrar, del puro conocer, emoción intelectual, aunque estas dos

palabras, a primera vista, se dijera que no se avienen; de todas las

variedades de la poesía, la épica, la patética, la lírica en todos sus

visos y gradaciones, la bucólica, la satírica y la bufa sin intención

satírica, todas, en suma. Por esta razón, lectores y comentadores de

Shakespeare sostienen que este autor es irrepresentable. Pero es que

toda obra que merezca la pena de representarse es igualmente

irrepresentable.

Sin la satisfacción de todas las exigencias enumeradas, no imagino cómo

pueda haber un actor perfecto. Ni tampoco imagino cómo pueda haber

hombre capaz de satisfacerlas.

A causa de la ilimitación de la materia estética que se le ofrece, el

actor está condenado a no alcanzar la perfección del arte escénico. Es

inconcebible el actor universal. Así como los pintores, aun los más

afamados, repiten de continuo un tipo de mujer, los actores, aun los de

mayor nombradía, en habiéndolos visto en dos o tres obras

características, están ya vistos para siempre. No crean nuevos

personajes; reproducen el tipo ya creado. Pues precisamente estos

actores son los que tengo por buenos, aun cuando, vulgarmente y con

error, se entienda que el buen actor ha de ser diferente de sí mismo en

cada obra. Si la perfección sólo se alcanza mediante la limitación

impuesta a la obra, siendo, como es, el arte escénico ilimitado, el

actor debe, en fuerza de estudio y con sumo tino, crearse a sí mismo una

limitación, si aspira a la excelencia, cuando no a la perfección.

El error de quienes entienden que el buen actor debe ser diferente de sí

mismo en cada obra, proviene de creer que el arte escénico es

simulación. El arte escénico, como cualquier otro arte, es,

fundamentalmente, sinceridad.

Si el arte del actor ha de ser, ante todo, sincero, henos aquí que al

primer paso tropezamos ya con la primera limitación que el actor debe

imponerse. Debe formarse un repertorio de aquellos caracteres dramáticos

homogéneos y semejantes, por la naturaleza de sus pasiones y la manera

de reaccionar ante la vida, a la sensibilidad del actor que ha de

representarlos, y a propósito para que hallen en las facultades de dicho

actor expresión cumplida y conmovedora. Es decir, que, lo primero, el

actor debe limitarse a vivir escénicamente aquellos caracteres que

convienen con el suyo, que le emocionan en lo más recóndito de sus

entrañas y le captan el espíritu en su totalidad. En la representación

de estos personajes le es lícito adoptar procedimientos realistas

(realistas, no naturalistas). Pero como quiera que la gran mayoría de

las creaciones no convendrán con su sensibilidad y facultades, y, de

otra parte, no podrá eximirse de representarlas (ya que el arte

dramático no se ha hecho para ofrecer coyuntura en que el actor vanidoso

se muestre, como imagina el señor Morano, sino con fines más

provechosos, altos y trascendentales), en casos tales el actor deberá

impersonalizar, despersonalizar al personaje en cuanto le sea dado,

deberá reducir la parte realista de la acción a una extrema sobriedad y

encomendar la expresión del carácter a la voz, a modo de eco de un

espíritu. Sara Bernhardt, en _Hamlet_, era no más que una estatua

inmóvil, tras de una bruma, y una voz, que no se sabía de donde venía.

He aquí un dechado para representar todo un linaje de obras de difícil

encarnación.

En resolución: limitación del actor por medio de la sinceridad.

Respecto a las demás exigencias que antes enumerábamos, la mayor parte

de ellas se satisfacen con laboriosidad y estudio.

Cuando el arte escénico es simulación, entonces carece de seriedad. Se

dirá que el teatro es una diversión, que al teatro se va a divertirse.

Quizá se añada que el arte ha sido un juego en sus orígenes y que

siempre conserva, en su esencia, algo de juego. Bien. Pero es que el

primer postulado del juego y la primera condición para el juego es la

seriedad. Seriedad que no consiste en la gravedad del rostro o en las

palabras severas, sino en una como graciosa enajenación de la propia

vida y voluntario sometimiento a una ley que nosotros no hemos

estipulado. Sin esta plenitud de entrega de nuestra vida y esta

disciplina a una ley rígida, no hay juego ni diversión. El juego, para

que sea juego, no se puede tomar en broma. La seriedad del juego puede

ir acompañada de la risa, pero no de la broma. Juego en que se hace

trampas, no nos divierte. Porque la trampa es la mayor falta de

seriedad; es la simulación, la insinceridad. Los juegos de azar son los

juegos más divertidos, porque son los más serios. Se juega en ellos

hasta con la muerte, y muchas veces la muerte gana la partida.

Pues bien: el arte dramático español contemporáneo y el arte escénico

español contemporáneo son tan aburridos (con raras excepciones) porque

son meras simulaciones, porque carecen de seriedad. Por eso el público

cada día se aparta más de los teatros, aburrido de las trampas.

El señor Morano se pone barbas postizas de todas las formas imaginables,

representa con naturalidad todos los personajes imaginables, se viste

con todos los colores imaginables, da todos los gritos imaginables, se

pone en todas las posturas imaginables haciendo todas las muecas

imaginables y eyaculando todos los estertores imaginables; pero el señor

Morano, como actor, carece de seriedad. Este es su único defecto.

[Nota: LA REALIDAD ARTÍSTICA]

CREEMOS SINCERAMENTE que los únicos valores positivos en

la literatura dramática española de nuestros días (nos referimos tan

sólo a los autores en activo, a los que proveen de obras los

escenarios), son don Benito Pérez Galdós, y, en un grado más bajo de la

jerarquía, los señores Alvarez Quintero y don Carlos Arniches. (No

aspiramos a imponer a nadie nuestra opinión. Cuantas opiniones se

sustenten a este respecto, nos parecen muy respetables).

Así como la obra dramática de don Benito Pérez Galdós es obra íntegra y

perfecta, en la cual la diversidad de elementos sociales, históricos,

éticos y estéticos se funden con rara armonía y grandeza, en la obra de

los señores Alvarez Quintero y de don Carlos Arniches, bien que no sea

de tan alta complexión como la obra galdosiana, se hallan vitalmente

encarnados cuándo unos, cuándo otros, algunos de aquellos elementos,

dándole, sin duda, una fuerza de continuidad y permanencia con que

presumo que ha de resistir los ultrajes del tiempo. La realidad y la

gracia son los elementos que, sobre todo, avaloran la obra de los

señores Alvarez Quintero y de don Carlos Arniches. En cuanto a la

realidad, me parece que son más densas de realidad las obras del señor

Arniches que las de los señores Quintero. En cuanto a la gracia, me

parece que la de los señores Quintero es de más noble alcurnia que la

del señor Arniches. No ignoro que habrá quien me salga al paso afirmando

que el pueblo bajo de Madrid y Andalucía no son tales y como aparecen en

la obra de don Carlos Arniches y de los señores Alvarez Quintero; que

estos autores inventan y falsifican a su placer. No seré yo quien lo

niegue. No conozco bastante al pueblo bajo madrileño ni la región

andaluza para dictar veredicto sobre su parecido o desemejanza con las

obras aludidas; ni me importa. Precisamente, ese mal llamado inventar y

falsificar es lo que, en términos de arte, se denomina crear. La

creación artística no se concibe que sea copia mecánica de la realidad

exterior, ni la realidad artística es tal realidad, por doblarse

meticulosamente a imitar la realidad exterior. La realidad artística es

una realidad _sui generis_. Las obras de arte son reales o no lo son,

viven o no viven, en virtud de un don peregrino de que está dotado el

verdadero artista, el don de crear, que no porque se ajusten o aparten

del modelo imitado. Para juzgar de la realidad de una obra no

necesitamos cotejarla con el modelo, ni siquiera se nos ocurre de

primera intención que haya podido tener modelo.

Hallábame yo en el estreno de _La Malquerida_, que, por cierto, fué

clamorosamente ovacionada. Durante todo el primer acto, allí no sucedía

cosa de interés. Unos hombres y unas mujeres de pueblo entraban y

salían; se decían futilidades...; total, nada. Terminado el acto, se me

acercó un admirador del autor.

--¿Qué le ha parecido a usted?--me preguntó.

--¡Pss! A mí, nada--le respondí, encogiéndome de hombros.

--Es un acto maravilloso de ambiente--aseguró el otro con mucho calor.

--¿De ambiente? ¿De qué ambiente?--interrogué, ya interesado.

--De ambiente de la Alcarria--respondió el otro con absoluta ingenuidad

y mal reprimido entusiasmo, y añadió:--Es la realidad misma.

--¿La realidad? ¿Qué realidad?--volví a preguntar.

--La de la Alcarria--respondió el otro, asombrado de que yo no alcanzase

a entenderle y mostrando la más benévola disposición por traer la luz a

mi espíritu.

--Yo no he estado nunca en la Alcarria--hube de confesar, un tanto

mohíno y ruboroso, temiendo que mi internuncio me echase en cara no

haber ido a la Alcarria antes del estreno.

--Pues este acto es la realidad misma.

Y, sin hacerme reproche alguno, comenzó a explicarme cómo las mujeres de

la Alcarria hablan exactamente como aquellas mujeres que salían a

escena, y otra porción de similitudes, con extremado detalle.

--Por lo que usted cuenta, calculo que ha vivido usted mucho tiempo en

la Alcarria--hube de observar, con intachable buena fe.

Mi hombre se corrió, se puso rojo hasta las uñas y murmuró:

--No, señor. No he estado nunca en la Alcarria, pero me han asegurado

que el acto es una copia exacta.

Yo acudí en su ayuda:

--No tiene usted por qué sonrojarse. Usted es un hombre ingenuo que ha

oído pregonar como raro primor artístico, esa fidelidad

imitativo-alcarreña, y así lo repite usted. Si el acto es la realidad

misma, o deja de serlo, no lo hemos de decidir por comparación con lo

que ocurre en la Alcarria. La realidad artística es una realidad

superior, imaginativa, de la cual participamos con las facultades más

altas del espíritu, sin exigir el parangón con la realidad que haya

podido servirle de modelo o inspiración; antes al contrario, rehuímos

ese parangón, que anularía la emoción estética y concluiría con la obra

de arte, o la reduciría a un tedioso pasatiempo. ¿Se figura usted que

para gozar de la realidad artística del cuadro de Rafael, titulado

_Desposorio de la Virgen_, por ejemplo, necesitamos conocer

personalmente al Padre Eterno y a los santos y personajes que aparecen

en la pintura? ¿Puede usted creer que para juzgar de la realidad

artística de Velázquez nos sea imprescindible que vuelvan a la vida y se

echen a pasear por el Museo del Prado, para nuestro particular

beneficio, reyes, príncipes, princesas, meninas, bufones, jayanes, y

tanto hombre y mujer, de toda condición, como Velázquez pintó? Y para

juzgar de la realidad artística de la música, ¿qué término de

comparación buscaría usted? En resolución: que si ese acto le ha dado la

emoción sincera de la realidad, es real, a pesar de su parentesco

alcarreño. Ahora que muchas veces se toma por realidad artística lo que

no es sino aparente parecido con la realidad histórica y pasajera. De

aquí las famas fugaces y las reputaciones caedizas. Pero el tiempo lo

va depurando todo; las realidades simuladas se desvanecen, consumen y

olvidan, y sólo perduran las realidades artísticas verdaderas, aquellas

que tienen una vida propia, y no el mentido y breve reflejo de las vidas

ajenas y transitorias.

No recuerdo si fueron éstas, puntualmente, mis palabras. En sustancia,

sí. De todas suertes, el episodio es rigurosamente histórico.

Pienso que con esto queda patente lo que entiendo por realidad

artística. Pues este don de crear un mundo imaginado y darle realidad,

presumo que nadie, como no esté cegado de pasión, ha de negar que se

acredita y manifiesta generosamente en la parte más extensa de la obra

de los señores Alvarez Quintero. Ahora que este don está en ellos

limitado a las realidades volanderas, lindas y superficiales, ora

graciosas, ora melancólicas. En mi sentir, cuantas veces los señores

Alvarez Quintero han pretendido asomarse al horno donde se forjan las

realidades profundas y trascendentales, el vaho del fuego les ha cegado

la pupila; inclináronse a tientas por ver si alcanzaban algo; salieron

con ello a mostrarlo a las gentes, pensando conducir en las manos el

metal más noble e incorruptible, y, ciegos aún, no podían ver que eran

escorias. Esa actitud con que en diversas coyunturas han mostrado

orgullosamente la escoria por oro, parecerá, según se mire, si con ánimo

malicioso, ridícula, si con ánimo generoso, simpática, que, al fin y al

cabo, el aspirar a lo más siempre es loable, y los grandes empeños

merecen aprobación, alcáncense o no. (Me he servido de la alegoría

porque, siendo lo menos claro, en casos como éste resulta lo más claro.)

[Nota: LA MAJA DE GOYA]

DICEN QUE EXQUISITA JOYA, QUE HA FUNDIDO EN SU TURQUESA

EL SEÑOR DE VILLAESPESA,

es la tal _Maja de Goya_.

Este juicio alguien rebate,

y truena, con _voz traumática_,

que _eso_ no es obra dramática,

sino un puro disparate.

En trance tan problemático,

¿cómo tener el valor

de opinar, siendo el autor

muy amigo y muy simpático?

Mueven sonada querella

redondillas retumbantes

con la que llamó Cervantes

«hermosa y casta doncella».

¿Son los versos de relleno,

versos? ¿Sí? Pues los acato.

¿La poesía es sólo flato?

Si eso es poesía, bueno;

yo en la querella me inhibo

y al que ansíe ser poeta

le daré aquí la receta,

sin cobrar por el recibo.

Para salir bien del paso,

es la forma más sencilla

la estrofa de redondilla,

o de cuarteta, si acaso.

Escribirás, al principio,

un verso o dos: los postreros.

Después, llenas los primeros

con serrín, cascote y ripio.

La primera parte importa,

aunque no se diga nada,

para que vaya rimada

la estrofa, y no quede corta.

Acaso, en tu ingenuidad,

pienses que, si esta es la trama,

pudiera el poema o drama

reducirse a la mitad.

Y hasta temo que me arguyas,

allá en tu fuero interior,

que, para eso, lo mejor

fuera escribir aleluyas.

No te quiebres la chaveta.

Vete a favor de corriente.

En opinión de la gente,

¿quieres o no ser poeta?

Sin esfuerzo _ni porfía_,

a destajo y _sin tormento_,

por aquel procedimiento

harás mil versos al día.

Lleno de fama hasta el _tope_,

con alarde no _sofístico_

podrás hacer tuyo el dístico

que antaño compuso Lope:

_Y más de ciento en horas veinticuatro_

_pasaron de las musas al teatro._

No te detengan atascos.

Huye el estudio que _abruma_.

Deja que corra la pluma.

No te calientes los cascos.

De la gloria los _reflejos_

pondrán un nimbo a tu frente

si procuras, _diligente_,

aprovechar mis consejos.

A esta altura, _¡aquí fué Troya!_

No es posible dilatar

por más tiempo el disertar

sobre _La maja de Goya._

_Frío por la espalda siento._

_Estoy más muerto que vivo._

¿Cómo hallar un paliativo?

Ya está. _Ni blando ni esquivo_,

referiré el argumento.

Primer acto. La cortina

se alza y descubre la escena.

Es una espesura _amena_,

de los Madriles vecina.

_Con intuición de rayo,_

_y ya ni Dios lo remedia,_

vislumbramos la tragedia

luctuosa del dos de Mayo.

Un merendero, con parra.

Manolas, con redecillas.

Hay baile de seguidillas

y rasgueos de guitarra.

_Bien plantados y valientes,_

Pedro Romero, el torero,

y Malasaña, el chispero,

se hallan con los concurrentes.

Hablan todos con medida,

a lo florido y galán.

Es claro, como que están

de jolgorio en la Florida.

Esmeraldas, sin _agravios_,

diamantes, perlas, rubíes

azucenas, alelíes,

vierten sin cesar los labios.

Todos sufren, _espantosa_,

_aunque a ninguno le arredra,_

la enfermedad de la piedra:

la de la piedra preciosa.

Rostro fiero, perfil corvo,

rojos e hirsutos mostachos,

se presentan dos gabachos,

que sufren el mismo morbo,

pues para pedir botellas,

_con frases nada sencillas,_

las piden en redondillas

y mentan soles, y estrellas,

y los rubíes sangrientos,

y el río Nilo, y la mar.

A la hora de pagar,

hacen grandes aspavientos.

Soltando la carcajada,

uno, el más desenfadado,

dice: «el oro del soldado

es el hierro de la espada».

Esto las chulas _ultraja_,

y para _los castigar_

amenazan con sacar

de la liga la navaja.

Cesa todo en un instante,

sin andar nadie a la greña.

Aparece la Cobeña,

como una chula de plante.

El torero, con _donosas_

imágenes, la requiebra,

como el que ensarta y enhebra

con la voz piedras preciosas.

Llega Goya, a quien _promulga_

la fama el mejor pintor.

Va vestido de un color

extraño: color de pulga.

Sin lastimar _su recato_

y encomiando aquella alhaja,

Goya le dice a la maja

que quiere hacer su retrato.

Ella acepta, en conclusión,

tras de algunos incidentes

que ahora no tengo en las mientes,

y, entonces, cae el telón.

Acto segundo. La casa

de la maja del retrato.

Fuera, tocan a rebato

y se asoma a ver qué pasa.

Se oye la repercusión

de un bombo, con fuerza herido.

Esto simula el sonido

de disparos de cañón.

La Cobeña, chilla airada.

Agítase, como fiera.

Mas con el ruido de fuera

no se le puede oír nada.

Cambio de decoración.

Cuartel, de gente _pletórico_,

al parecer, el histórico

Parque de Monteleón.

Sobre la entrada, tremola,

ígnea y gualda, nuestra enseña.

Canta un himno la Cobeña

a la bandera española.

Del cañón se oye el rugido

(bombo; ya estáis en el quid).

Villaespesa mata a Ruiz,

algo antes de lo debido[C].

La maja no se anonada,

y en tan triste situación,

¿qué hace? dispara un cañón

de ripia y tela pintada.

Cae nuevamente el telón.

Quinto cuadro. Unos momentos,

por dicha, tan sólo dura.

Despoblado. Noche oscura.

Luego, seis fusilamientos.

_Bajo el plomo vil e ingrato,_

_sin sudario ni mortaja,_

cae fusilada una maja,

que es la misma del retrato.

Cuadro sexto. Pero, no.

No se hallaba fenecida

la maja; sí sólo herida.

El buen Goya la buscó,

entre los muertos, _un rato_.

Dió con ella, y sin perder

tiempo, la trajo al taller

para acabar su retrato.

Con la última pincelada

del pintor que la retrata,

la maja estira la pata...

Y aquí no ha pasado nada,

sino que la tradición

revive, _¿quién lo diría?_

de Retes y Echevarría,

de Carulla y Camprodón.

[Nota C: Jacinto Ruiz de Mendoza, el llamado «Teniente Ruiz», no

murió el 2 de mayo de 1808, sino el 13 de marzo de 1809, en Trujillo.]

INDICE

Págs

Preámbulo 9

Casandra 17

Sor Simona 25

Sor Simona (continuación) 41

El liberalismo y la loca de la casa 51

Santa Juana de Castilla 87

Coloquio con ocasión de «una terrible leona» 97

El collar de estrellas 105

La ciudad alegre y confiada 125

La princesa Bebé 141

El mal que nos hacen 151

Los cachorros 159

Mefistófela 175

La inmaculada de los Dolores 189

La honra de los hombres 199

El teatro de bulevar 215

Don Juan 227

El actor Morano 237

La realidad artística 255

La maja de Goya 263

Typographical errors corrected by the etext transcriber:

la vida se ha de tomar en serio=> la vida se ha tomar en serio {pg 44}

lo monstruoso, y se convienten=> lo monstruoso, y se convierten {pg 45}

Que el Gobierno no se inmiscua en=> Que el Gobierno no se inmiscuya en

{pg 79}

Las máscaras, vol. 1/2 · 第 11 / 12 段