¿Y la política? Yo no me ocupo ahora en la política... Mas sí os diré
que hay su buena dosis de falta de justicia cuando en el Río de la
Plata, pongo por caso, se llama a aquellos países las «republiquetas»,
con el mismo tono con que los ingleses llaman a todo el continente
hispanoparlante _South America_... Ante todo, esas cinco patrias
pequeñas que tienen por nombre Guatemala, El Salvador, Nicaragua,
Costa Rica y Honduras han sido y tienen necesariamente que volver a
ser una sola patria grande. Monsieur Levasseur, administrador del
Colegio de Francia, presentaba hace pocos meses al público una obra
interesante sobre las riquezas de la América Central. El autor de ese
libro es M. Désiré Pector, consejero del Comercio Exterior, antiguo
cónsul general de Nicaragua y Honduras en París. Monsieur Pector es
bien conocido entre los americanistas; ha asistido a casi todos los
Congresos especiales y publicado opúsculos y libros merecedores de
todo aplauso. En _La Nación_, de Buenos Aires, hace ya tiempo apareció
un artículo suyo sobre uno de los trabajos lingüísticos del general
Mitre. En esta última obra sobre la América Central el autor pone a la
vista los elementos de vida y de prosperidad de las cinco Repúblicas.
Monsieur Levasseur dice: «De cualquier modo que sea, Centroamérica ha
tomado participación en el desenvolvimiento demográfico y económico
que caracteriza el período contemporáneo en los países civilizados.
Algunas cifras bastan para probarlo. En 1674 se calculaba la población
de las cinco Repúblicas en 2.580.000 almas; en 1907 ella es, poco más
o menos, de almas 4.295.000. (M. Levasseur se queda corto. Hoy pasa
la población centroamericana de cinco millones de habitantes). El
comercio exterior se calculaba en 32 millones de francos (16 millones
de importación y 16 de exportación) en aquella primera fecha, y en
la segunda, en 215 millones (importación, 98.435.000 francos, y
116.600.000 de exportación)». La importancia minera de Nicaragua sola
acaba de ser demostrada en un extenso y práctico estudio publicado en
los Estados Unidos. El país adelanta. El progreso se hace notar. Pero
la mala fama de las «republiquetas», diréis, está en sus continuas
revoluciones. Ellas han sido precisas muchas veces. Y ¿en qué pueblo en
formación no las ha habido? Diríanse las fiebres del desarrollo. Mas la
administración Zelaya en la tierra nicaragüense logró imponer el orden
después de varias tentativas de perturbación de la paz, y el orden ha
producido en poco tiempo una transformación.
Al día siguiente de mi llegada a Managua, me dijeron: «Mañana espera a
usted el Presidente». Yo no había tratado nunca al general Zelaya. Le
conocía por la prensa, por los elogios de sus partidarios de Nicaragua
y por los denuestos de sus enemigos emigrados. Los primeros entonaban
el natural himno. Los segundos le hacían aparecer como «el perturbador
de la paz en Centroamérica», como un sátrapa cruel y terrible, como
uno más en la lista de los famosos sultanes hispanoamericanos que han
obscurecido y enrojecido la historia de nuestras nacionalidades. Un
espadón, un machete. Nada más.
Me encontré con un caballero culto, de noble presencia, correcto,
serio, afable. Estaba en compañía de su esposa, una dama de gran
belleza, que junta a la mayor distinción una sencillez encantadora. Es
de origen belga, y su apellido es Cousin. El Presidente fué educado
en Francia, en Versalles. Su padre fué íntimo amigo y compañero del
célebre luchador de la Unión Centroamericana Máximo Jerez. De él
heredó el general Zelaya el culto por ese ideal patriótico y por los
principios liberales. Por ellos ha luchado soldado valeroso desde los
tiempos en que el Presidente Barrios, de Guatemala, quiso realizar por
la fuerza la unidad de las cinco Repúblicas. En Nicaragua le alaban
los liberales por haber quitado el Poder al partido conservador, que
dominaba desde hacía treinta años. Uno de sus biógrafos resume de esta
manera la historia de sus esfuerzos y de sus victorias: «Era en la
época de la administración Sacasa. Los conservadores se pronunciaron
en Granada en 28 de Mayo de 1893, y Zelaya y sus partidarios, a fin
de destronar el establecido Gobierno de León, se unieron a ellos,
para separarse después de conseguida la victoria. Zelaya venció en el
sitio de la Barranca, y desplegó tanto ingenio táctico y perspicacia
estratégica, que ganó la entusiasta estimación de los conservadores.
El Convenio de Sábana Grande dió término a la campaña, abatiendo a
Sacasa y dejando en lucha a los partidos históricos[5]. La paz duró
pocos días. El 11 de Julio de 1895 se pronunció el cuartel de León
por Zelaya, proclamándole Presidente de la República, cuyo hecho
estuvo a punto de ser su ruina. Los conservadores le guardaron en
Managua como rehén, y los liberales perdieron con su ausencia a su
jefe. No vaciló Zelaya en esta emergencia, y, acompañado de algunos
valientes, rompió por entre las filas enemigas, consiguiendo reunirse
a los revolucionarios en Nagarote. Organizada la revolución, púsose
en marcha hacia León, en donde, con rapidez y acierto, formó la junta
del Gobierno de que él fué escogido Presidente; asumió el mando de
las fuerzas, marchando sobre Managua, en donde penetró vencedor,
después de una lucha sangrienta, el día 25 de Julio. Los conservadores
imploraron la paz, que les fué concedida. En Centroamérica se formó en
seguida un gran partido radical, armado y decidido, que dominó a los
conservadores. Zelaya ejerció el gobierno provisional, dando pruebas
de rara justicia y habilidad, mientras se reunía la Convención que le
eligió Presidente por cuatro años. La carta que se dió en Nicaragua
fué una remembranza fiel de la Constitución de Río Negro, resumen del
derecho individual victorioso sobre la tradición autoritaria y heraldo
de las conquistas democráticas de la República. Así, después de tantos
años de guerras, de revoluciones y de luchas intestinas, la floreciente
República de Nicaragua pudo al fin descansar bajo un Gobierno liberal
y honrado, por lo cual los efectos de una buena administración dieron
los frutos deseados por todo el país.» Naturalmente, los miembros del
partido derrotado han lanzado sus protestas, y han procurado hacer ver
en el exterior bajo una luz poco propicia la obra del general Zelaya.
Han tergiversado hechos, han atacado de diversas maneras la actual
administración, han desempeñado el papel de todas las oposiciones. Un
caso, por ejemplo. Se me había dicho que allá imperaba un régimen de
terror, que el cadalso político se había levantado muchas veces y que
no existía la menor manifestación de libertad. Pues bien; he llegado
y he podido cerciorarme de que jamás se ha sacrificado a nadie por
motivos políticos; que los únicos fusilamientos que se recuerden son
los de los militares complicados en el atroz crimen de la voladura de
un cuartel, donde hubo tantas pobres víctimas. A los conspiradores
se les ha, cuando más, alejado del país. He podido ver allá mismo
transparentarse ambiciones que en países vecinos hubieran sido vistas
como sospechosas; he oído en varias partes palabras de descontentos,
y he podido ver tal publicación llena de ataques al Gobierno, que en
otras repúblicas habría sido harto peligrosa para sus autores. Mas
de arriba se ha logrado imponer una voluntad de paz y de trabajo; y
como se dice, el movimiento se ha demostrado andando. Lo realizado en
bien de la República y de su adelanto, es la mejor prueba de tales
asertos. Se ha establecido la libertad religiosa; el laicismo en la
educación; la amplia libertad de testar; el mantenimiento del _habeas
corpus_; «el voto activo, irrenunciable y obligatorio»; la justa
representación de las minorías; el establecimiento de una sola Cámara;
la incompatibilidad entre el ejercicio de la representación popular
y puestos de Gobierno; el _self government_; la nueva ley Electoral;
la secularización de cementerios; el divorcio tal como se ha adoptado
en Francia, y mucho antes que en Francia[6], aumento progresivo de las
rentas públicas; desarrollo de la instrucción; aumento de escuelas;
cumplimiento exacto en el arreglo de la Deuda, cuyos cupones nunca han
dejado de pagarse, a veces con anticipación; creación de nuevas líneas
férreas; ley de trabajo en protección de los trabajadores; mejoramiento
de puentes y caminos; aumento de la pequeña Marina del país; apoyo a
Empresas agrícolas y forestales que, como las de la costa atlántica,
son para la República un venero de riqueza; el muelle del puerto al
Pacífico de Corinto. «Por otra parte--dice el mismo Presidente--, no se
ha circunscrito la presente administración a mantener lo que encontró;
antes bien, lo ha modificado, lo ha ampliado, lo ha puesto, en fin, a
la altura de las necesidades que ha de llenar.» La industria minera ha
adquirido un crecido desenvolvimiento. Se ha establecido en la capital
un Museo; en las ciudades el antiguo aspecto colonial ha cambiado,
viéndose ahora un aire urbano, elegante y moderno, por parques, calles
y edificios nuevos.
[5] El Presidente Sacasa, varón de prudencia, inspirado en
sentimientos patrióticos, quiso, ante todo, poner fin a la
guerra civil.
[6] Ultimamente la ley Selva--llamada así por el nombre del
distinguido diputado que la propuso--ha ampliado el divorcio
de una manera progresista y eficaz.
Zelaya ha sido admirado como un héroe de la guerra, pero no ha faltado
quien haga ver sus méritos y preeminencias como héroe de la paz. Fijaos
bien los que sabéis por experiencia lo que son los prestigios de los
caudillos, la dificultad que hay en las inorgánicas democracias para
transformar la obra activa de la guerra en la obra progresiva de la
paz. El general Zelaya es un ejemplo admirable. Un escritor de los más
discretos y de los de mayor carácter de su país resume en estas sanas
palabras esa página de política centroamericana. Habla de Zelaya, y
dice: «La trayectoria de su marcha política ha recorrido varias fases,
todas ellas bien marcadas y hondamente definidas. Tenido primero como
propagandista de su causa por su entereza de carácter y vinculaciones
populares; odiado luego por sus triunfos de revolucionario, destruyendo
abusos y rompiendo abiertamente con la tradición secular de inicuo
absolutismo; respetado después por haberse impuesto airosa y
noblemente a cuantos elementos y asechanzas se opusieron a su paso;
querido más tarde por el buen éxito de sus triunfos y por el notorio
mejoramiento de sus brillantes actos administrativos, es admirado, en
definitiva, por su tenaz brega y su resolución inquebrantable para
adquirir la paz, que a todos aprovecha y todos aplauden, asegurándola
para común y positivo interés de legítima victoria nacional». He
ahí al «perturbador de la paz en Centroamérica» como el verdadero
implantador de la paz. Nadie como él ha prestado su voluntad y su
influencia para lo que se puede llamar definitivo paso en favor de la
paz centroamericana: la Conferencia de Washington, y el establecimiento
de la Corte de Centroamérica en la ciudad costarricense de Cartago. Es
allí donde el creso Carnegie regaló medio millón de francos para un
edificio conmemorativo. Diréis que las Repúblicas pequeñas, como las
niñas pobres, pero honradas, no deben aceptar esos regalos. Mas sabed
que el Tío Samuel demuestra que va «con buen fin...» De todos modos,
Zelaya ha sido quien nos ha dado muestras de deseo de paz y voluntad
de unión. Eso se lo han reconocido en los Estados Unidos y en Méjico.
Y para concluir este capítulo, os diré que su elogio ha sido hecho
justamente por alguien cuyo nombre ha sido admirado y reconocido en el
mundo conforme con sus merecimientos y su autoridad universal. Quiero
nombrar a Teodoro Roosevelt.
Así pensaba yo escribir al salir en Managua del Campo de Marte, morada
presidencial, en una noche tibia y coronada de estrellas, al amor del
trópico natal.