La mujer nicaragüense no tiene un tipo marcadamente definido entre
las del resto de Centroamérica; pero hay en ella algo especial que la
distingue. Es, y ya lo he hecho observar en otra parte, una especie
de languidez arábiga, de _nonchalance_ criolla, unida a una natural
elegancia y soltura en el movimiento y en el andar. Como en las
Antillas, como en casi todas las Repúblicas sudamericanas, abunda
el color moreno, el cabello negro; pero no son escasas las rubias.
Solamente que el clima no deja durar mucho los oros de los primeros
años. Así, el rubio claro o áureo se torna en castaño; las cabelleras
se obscurecen, prevaleciendo tan sólo el encanto de la mirada azul. Los
cascos de ébano o azabache son de copiosa riqueza. La herencia española
delata su procedencia extremeña, castellana o andaluza. Sorprende
gratamente el gran número de cuerpos altos y esbeltos que caminan con
singular gallardía. «En cierta manera--dice Havelock Ellis--, puede
atribuirse especialmente a sus peculiaridades anatómicas el andar
de la española. Su paso--que se distingue también en todo lugar en
que las mujeres acostumbran llevar carga a la cabeza, como en las
romanas de las colinas albanas y en algunas partes de Irlanda--es
el porte erguido y digno, acompañado de sobrios movimientos, como
sacerdotisa que llevara los sagrados vasos. A la vez, el andar de la
española, no exenta de altiva dignidad humana, tiene en sí algo de la
graciosa condición de un animal felino, cuyo cuerpo todo es vivo y sus
movimientos mesurados, sin exceso ni superfluidad alguna.» Todo esto
es aplicable a la mujer nicaragüense, sobre todo a la mujer popular,
pues en las familias acomodadas no es rara la señorita educada en
ciudades europeas que ha adquirido maneras y aires extranjeros; cuando
menos, las que han estado en colegios religiosos, la parsimonia un
poco _sacré coeur_; o la señorita educada en los Estados Unidos,
ademanes norteamericanizados y modos demasiado amazónicos para una
raza de gracia. De mí diré que después de tantos años de ausencia
y de haber recorrido tantos países, encontré en mis compatriotas un
encanto que por un lado me parecía lleno de atractivo exótico, y por
otro reavivaba en mi memoria impresiones ya casi perdidas en la lejanía
de mis primeros años. Habituado al bullicio de las grandes ciudades, a
las comunes y sabidas elegancias femeninas de las populosas metrópolis,
me sentía dulcemente subyugado por las figuras como de misterio que
en aquel ambiente voluptuoso solía percibir en los salones, visibles
desde la calle, salones en donde, por la noche, se mecen perezosa y
tropicalmente en las sillas de junco; o en los tibios crepúsculos, a
las puertas de las casas, como es usual, donde se admira la gentileza
de tanta pálida beldad de grandes ojeras, no lejos de los jardines que
esparcen por oleadas embriagadores perfumes de flores que causan casi
como una grata angustia. El desarrollo de la planta humana es allí
prodigioso. Hay niñas espléndidas, semejantes a rosas o a frutas. En
el pueblo de León, en el mercado, por ejemplo, he visto jovencitas de
doce, de trece, de catorce años, ya listas para la maternidad en la
más precoz de las adolescencias. Y recordaba la graciosa _boutade_ de
Maurice Donnay: «... et tu n'ignores pas que dans les pays chauds, on
est plus vite arrivé à l'âge de puberté que sous nos froids climats
d'Europe, les républiques sudaméricaines ayant pour devise: ¡Puberté,
Égalité, Fraternité!» En verdad, allí pueden encontrarse esos tipos de
adolescentes a la oriental que de tan caprichoso modo se describen en
_Las mil noches y una noche_, que tradujo el doctor Mardrus.
No es en los bailes o en las recepciones, que son más o menos iguales
en todo país civilizado, en donde más demuestran su especial donosura
las damas de aquella tierra, sino en ciertos paseos campestres, y,
sobre todo, en las fiestas a la orilla de los lagos o en las riberas
del mar. Allí cantan y danzan gallardamente aires y sones del país, o
alegres fandangos y músicas de España que quedaron desde la época de la
colonia. Todo ello es muy patriarcal, muy primitivo, si gustáis; pero
para mí de un deleite irreemplazable.
Por una temporada en Poneloya, cuando se admiran esas noches «que bien
pudieran ser días donde no hay noches como ellas», según la estrofa
del poeta colombiano, daría yo cien veces los halagos europeos de la
cosmopolita costa de Azur, o cualquiera de los lugares famosos por sus
casinos, _kursales_ y demás edenes de artificio.
Al hogar no ha llegado el modernismo, y, generalmente, se procura
contentar los deseos del buen Fr. Luis de León. Las familias numerosas
abundan, pues la fecundidad es extraordinaria y no se sospecha ni se
desea sospechar a Malthus. A pesar de la victoria de los principios
radicales en la política, la mujer, como en casi todos los países,
conserva la religiosidad y mantiene las prácticas de devoción. La
ortodoxia se muestra, sobre todo, en las gentes distinguidas y ricas.
Las aristocracias en todas partes son las mantenedoras de la tradición
y las sostenedoras del culto. Allá, los donativos para ello no escasean
entre las pudientes. Por ejemplo: la iglesia de San Juan de Dios, de
León, debe mucho a la munificencia de la esposa de uno de los más
meritorios hombres públicos: me refiero a doña Soledad de Sánchez; y
en la catedral, en altares y cuadros, queda el nombre de una mi señora
tía, ya difunta: doña Rita Darío de Alvarado. El demasiado fervor ha
hecho _dupes_ algunas veces a los creyentes. Recuerdo que allá, en los
años de mi infancia, los jesuitas ponían un buzón místico en la iglesia
de la Recolección, buzón que recogía las cartas que se escribían no
sé ya más si a San Ignacio, a San Luis Gonzaga o a la Virgen María,
los cuales contestaban por medio de sus reverencias los padres
confesores. Otra vez es un sacerdote trashumante llamado «el padre de
la campanilla», pues milagrosamente se oían en su cuerpo los sonidos
de un timbre... El tunante era poseedor, a lo que entiendo, del primer
reloj con timbre que haya llegado al país... Y quien daba la hora era
él... Otra, y reciente, es un falso cura mejicano que estuvo diciendo
misa y predicando; se ganó la buena voluntad de todos, y cierto día
resultó ser un bribón que desapareció con un buen montón de dinero
de sus feligreses... Mas en París hemos visto famosos ejemplares de
esa especie, y las devotas del _Faubourg_ han sido más de una vez tan
esquilmadas como las devotas nicaragüenses.
El valor, la voluntad de sacrificio, la abnegación, son cualidades
que allá se admiran en la mujer, y de ello se han visto pruebas
repetidas en las muchas guerras que han conmovido el país, desde la
independencia hasta nuestros días, y en tiempo de la dominación
española se admiraron ejemplos de bravura y de decisión femenina,
«Entre las mujeres españolas--dice Ellis--en épocas pasadas, a pesar
de las costumbres moriscas de encerramiento, eran comunes el valor y
las cualidades bélicas»; y H. C. Lea, en su _History of the Inquisition
in Spain_, dice que «combatían y defendían su partido en las intrigas
facciosas con más ferocidad que los hombres». Cuando Nicaragua fué tan
atacada por los piratas, sobre lo cual narra Ooexmelin tan curiosas
cosas en su rara _Historia de la piratería_, hubo un caso de valor
mujeril que Gámez refiere de la manera siguiente: «... Pero al mismo
tiempo que los piratas amenazaban por el Realejo, cuatrocientos
filibusteros ingleses y franceses desembarcaron en Escalante, puerto
del mar del Sur, a veinte leguas de Granada, sobre la cual se
dirigieron inmediatamente. Los granadinos, noticiosos de la próxima
llegada del enemigo, se fortificaron precipitadamente con catorce
piezas grandes de artillería y seis pedreros. A las dos de la tarde del
7 de Abril de 1865 se presentó el enemigo, y después de un corto fuego
se posesionó de la ciudad. Al día siguiente pidieron el rescate de la
población, y como no se les llevó pronto, incendiaron el convento de
San Francisco y diez y ocho casas principales, saquearon la población
y se retiraron con la pérdida de trece hombres, pasando por Masaya y
otros pueblos, hasta salir por Masachapa. Viva todavía la impresión
de tan alarmante suceso, el 21 de Agosto de 1865, los filibusteros,
al mando del pirata Dampier, desembarcaron en un estero inmediato al
Realejo, y encaminándose por un río que entra en el playón de Jaguei,
se internaron en León con objeto de dar una sorpresa; mas no pudieron
evitar que el vecindario y las autoridades se apresuraran a la defensa,
aunque con atropellamiento y sin orden. Al presentarse el enemigo, la
suegra del gobernador, doña Paula del Real, tocó la caja, y por esta
razón se dió su nombre al estero por donde penetraron los ingleses.»
Si doña Paula del Real toca la caja, la señorita Rafaela Herrera
dispara el cañón, no contra cierto joven marino inglés llamado Nelson,
que más tarde se encontraría en Trafalgar, según afirma el arzobispo
Peláez en sus _Memorias para la historia de Guatemala_, y luego el
historiador nicaragüense Tomás Ayón, pues Nelson estuvo en Nicaragua
en otra ocasión, sino contra otros enemigos, aunque siempre ingleses.
«En 1762--escribe Gámez--se presentaron los invasores amenazando el
castillo de la Concepción (hoy castillo Viejo) en momentos en que el
castellano de la fortaleza, Sr. D. Pedro Herrera, se encontraba enfermo
de tanta gravedad, que murió algunas horas antes que los ingleses
afrontaran las baterías. Este suceso, que coincidía con las miras
del enemigo, dejó acéfalo aquel punto militar, pues un sargento fué
cuanto quedó por jefe de la guarnición. El comandante de la flota,
informado de todo por algunos prisioneros que servían de atalayas en
puntos avanzados, mandó pedir al sargento las llaves del castillo,
y éste, olvidándose de su deber militar, se manifestaba dispuesto a
entregarlas, cuando la hija del castellano, que apenas contaba diez y
nueve años de edad, estimando como un legado el honor y la dignidad de
su difunto padre, cuyo cadáver tenía delante, se negó a sufrir tamaña
vejación, y, constituyéndose en jefe del castillo, hizo regresar al
heraldo con su contestación negativa. Los ingleses entonces rompieron
un fuego de escaramuza, creyendo que esto bastaría para lograr la
rendición; pero la señorita Herrera, educada en ejercicios varoniles
y conocedora del manejo de las armas, tomó ella misma el botafuego y
disparó los primeros cañonazos, con tal feliz acierto que del tercero
logró matar al comandante inglés y echar a pique una balandrita, de
tres que venían en la flota. Con este arrojo contuvo el ímpetu de los
invasores y mantuvo la acción en equilibrio por cinco días que duró
el fuego. Una circunstancia bien sencilla causó no poco temor a los
ingleses. Viendo la señorita Rafaela Herrera que la obscuridad de la
noche impedía distinguir las posiciones del enemigo, hizo empapar unas
sábanas en alcohol, y después de colocarlas sobre unas ramas secas, dió
orden de inflamarlas y echarlas al río. A su vista, los ingleses se
creyeron que se trataba del tradicional «fuego griego», no pudiéndose
explicar cómo podían sobrenadar sin apagarse aquellas masas de fuego;
y como la corriente las arrastraba hacia ellos, se llenaron de pánico
y huyeron, suspendiendo el ataque durante aquella noche. Cuando fué
de día los ingleses continuaron el interrumpido ataque; pero sin
éxito. Por la tarde suspendieron de nuevo sus fuegos, y a la mañana
siguiente se retiraron, dejando muchos muertos, varias embarcaciones
perdidas, algunos útiles, y, sobre todo, el triunfo de la mujer. El
acontecimiento causó gran regocijo en Granada y en todo el reino
de Guatemala, en donde se celebró con entusiasmo, y la joven heroína
fué colmada de alabanzas y bendiciones.»
Diez y nueve años después el Gobierno español expidió una Real cédula
otorgando a la señora doña Rafaela Herrera una pensión vitalicia en
premio de la heroica defensa que hizo del castillo de la Concepción en
1762. De tal guisa las nicaragüenses de ahora, las del pueblo, van a
las campañas, vivanderas, cantineras o compañeras del soldado; y a más
de una se la ha visto en funciones de guerra, virilmente pelear con su
fusil, como el más valiente. Y esa misma mujer es en su casa buena,
hacendosa y excelente para el amor. Lo que se llama las mengalas, o
sea las obreras, las que no usan el sombrero europeo de las clases
acomodadas, portan con garbo el antiguo chal, que, como los de la
India, las decora hermosamente, colgado de los hombros, hombros que
van desnudos como los de una dama en traje de etiqueta. Hay entre esas
mengalas ejemplares deliciosos que se dirían floración de una Andalucía
complicada del ancestral ensueño y voluptuosidades indígenas.
... Y tres niñas del mercado leonés, «trucheras», o vendedoras de
telas, quedarán en mi memoria cual si las hubiese visto en un zoco
arábigo miliunanochesco, libres de todo velo facial, en los tiempos del
gran califa Harum-Al-Raschid.