III

Cuéntase que el Mikado, al ver en un álbum, regalo del presidente

Porfirio Díaz, fotografías de soldados del Ejército mejicano, hizo

notar al ministro de Méjico el parecido de ellos con sus soldados

nipones. Tal recuerdo me vino al ver evolucionar a los soldados

nicaragüenses, que, por otra parte, han demostrado poseer, a más del

físico, otras cualidades japonesas. El tipo indígena puro o el mestizo

tiene mucho de azteca. «Los primeros habitantes (nicaragüenses)--dice

Gámez--, de origen mongólico, como los demás del continente americano,

hicieron en sus primitivos tiempos la vida nómada de los pueblos

salvajes; pero parece ser muy cierto que inmigrantes de Méjico y de

las naciones vecinas, que llegaban organizados en tribus, fueron

sucesivamente ocupando el territorio y formando de una manera

paulatina la sociedad aborigen de estos pueblos.» Entre los nacionales

se encuentra una interesante variedad etnográfica. Existen los tipos

completamente europeos, descendientes directos de españoles o de

inmigrantes europeos, sin mezcla alguna; los que tienen algo de mezcla

india, o ladinos; los que tienen algo de sangre negra, los que tienen

de indio y de negro, los indios puros y los negros. De éstos hay muy

pocos[1]. En el carácter han dejado su influjo los hábitos coloniales y

la agilidad mental primitiva. «Y nunca indio, a lo que alcanzo, habló

como él a nuestros españoles.» Tal dice Francisco López de Gómara,

refiriéndose al cacique Nicaragua o Nicarao, que dió nombre a aquellas

tierras americanas. El conquistador Gil González de Ávila, después que

hubo tomado posesión de aquellas regiones y hubo bautizado la bahía de

Fonseca, en recuerdo del obispo de Burgos, y gratificado a una isla con

el nombre de su sobrina Petronila, se había encontrado con el cacique

Nicoián, al cual y a toda su gente logró convertir. «Informóse--dice

Gómara--de la tierra y de un gran rey llamado Nicaragua, que a

cincuenta leguas estaba, y caminó allá. Envióle una embajada, que

sumariamente contenía fuese su amigo, pues no iba por le hacer mal;

servidor del emperador que monarca del mundo era, y cristiano, que

mucho le cumplía, e si no que le haría guerra».

[1] Según los cálculos de Paul Levy, en su obra sobre

Nicaragua, las proporciones son: indio, 550 por 1.000;

mestizo, 400 por 1.000; blanco y criollo, 45 por 1.000; negro,

5 por 1.000

»Nicaragua, entendiendo la manera de aquellos nuevos hombres, su

resoluta demanda, la fuerza de las espadas y braveza de los caballos,

respondió por cuatro caballeros de su corte «que aceptaba la amistad

por el bien de la paz, y aceptaría la fe si tan buena le parecía como

se la loaban.»

Los españoles fueron bien recibidos por el jefe indio y se trocaron

dádivas. Un fraile iba allí, mercedario, que predicó el cristianismo y

anatematizó las antiguas costumbre. Nicaragua y sus gentes aceptaron

pasablemente todo, menos dos cosas: que se les prohibiese la guerra y

la alegría, «ca mucho sentían dejar las armas y el placer». Dijeron que

«no perjudicaban a nadie en bailar y tomar placer, y que no querían

poner al rincón sus banderas, sus arcos, sus cascos y penachos, ni

dejar tratar la guerra y armas a sus mujeres, para hilar ellos, tejer

y cavar como mujeres y esclavos». Como el peruano Atabaliba con el P.

Valverde, Nicaragua arguyó varios puntos de religión, «que agudo era,

y sabio en sus ritos y antigüedades. Preguntó si tenían noticia los

cristianos del gran diluvio que anegó la tierra, hombres y animales, e

si había de haber otro; si la tierra se había de trastornar o caer el

cielo; cuándo y cómo perdería su claridad y curso el sol, la luna y las

estrellas, que tan grandes eran; quién las movía y tenía. Preguntó la

causa de la oscuridad de las noches y del frío, tachando la natura, que

no hacía siempre claro y calor, pues era mejor; qué honra y gracias se

debían al Dios trino de cristianos, que hizo los cielos y sol, a quien

adoraban por Dios en aquellas tierras; la mar, la tierra, el hombre que

señorea, las aves que volan y peces que nadan, y todo lo del mundo.

Dónde tenían de estar las almas, y qué habían de hacer salidas del

cuerpo, pues vivían tan poco siendo inmortales. Preguntó asimesmo si

moría el santo padre de Roma, vicario de Cristo, Dios de cristianos;

y cómo Jesús, siendo Dios, es hombre, y su madre, virgen pariendo; y

si el emperador y rey de Castilla, de quien tantas proezas, virtudes

y poderío contaban, era mortal; y para qué tan pocos hombres querían

tanto oro como buscaban. Gil González y todos los suyos estuvieron

atentos y maravillados oyendo tales preguntas y palabras a un hombre

medio desnudo, bárbaro y sin letras, y ciertamente fué un admirable

razonamiento el de Nicaragua, y nunca indio, a lo que alcanzó, habló

tan bien a nuestros españoles.»

El nicaragüense se distingue en toda la América Central por condiciones

de talento y de valor. A la levadura primitiva se agregaron elementos

coloniales. Si, una vez proclamada la independencia, hubo descuido

en la general cultura, fué a causa de las inquietudes incesantes que

mantuvieron a todos los cinco Estados centroamericanos en continuas

agitaciones y guerras.

El historiador de Indias ya citado hace notar el estado de relativo

adelanto que encontraron en algunas tribus de Nicaragua los

conquistadores. «Sea como fuere, que cierto es que tienen estos que

hablan mejicano por letras las figuras de los de Culúa, y libros de

papel y pergamino, un palmo de anchos y doce largos, y doblados con

fuelles, donde señalan por ambas partes de azul, púrpura y otros

colores, las cosas memorables que acontecen; e allí están pintadas sus

leyes y ritos, que semejan mucho a los mejicanos, como lo puede ver

quien cotejare lo de aquí con lo de Méjico.»

Y en otro lugar: «Los palacios y templos tienen grandes plazas, y las

plazas están cerradas de las casas de nobles y tienen en medio de ellas

una casa para los plateros, que a maravilla labran y vacían el oro.»

Esta condición aun hoy puede admirarse en los trabajos de orfebrería

nicaragüense. Tales labores he mostrado yo a mis amigos europeos,

que las han comparado con manufacturas de Tifany o Froment-Meurice.

Escultores y pintores hay asimismo que, sin haber frecuentado nunca

talleres ni museos, pues no han salido del país, producen obras que me

han causado sorpresa y admiración. Así los que actualmente decoran la

catedral de León, bajo el cuidado del obispo Pereira.

Ciertos indios fabrican utensilios de barro que no son inferiores a

los que produce la alfarería peninsular en Andújar; las «tinajitas»

de allá alegran la vista y refrescan el agua en los estíos, como las

españolas alcarrazas. La habilidad original y criolla se manifiesta

en esteras o «petates», en hamacas tejidas de la fibra de la «cabuya»

o de la pita, teñidas con los colores que extraen del mismo modo

que los abuelos, colores que hacen rememorar cómo ante no sé cuál

tapiz oriental evocara un expresivo pintor francés la comparación

de un «perroquet». Se hacen en los telares rebozos de hilo y de

seda, semejantes a chales indios; se labran en el duro hueso de un

fruto de palmera, el «coyol», sortijas y pendientes que se dijeran

de azabache. Y se descubre en las mentes una natural claridad de

entendimiento y una facultad de asimilación que hacen que se aprendan

con facilidad y acierto importadas industrias extranjeras. Los zapatos

son famosos, y podrían pasar los de algunos fabricantes por los que

en las zapaterías sevillanas han llenado el gusto del coronado que

tiene por nombre Eduardo VII. Aprovechando la riqueza de los bosques,

que es extraordinaria, combinan los carpinteros y ebanistas piezas

de exposición que son maravillosos mosaicos. Sorprenden las vivaces

disposiciones mecánicas. El primer automóvil que haya llegado a la

República fué el del presidente Zelaya. Con él fué un _chauffeur_

francés. Al poco tiempo los buenos conductores no escaseaban. Y

hasta algo como un Charles Cros nicaragüense ha habido que haya

experimentado allá un sistema de teléfono sin hilos mucho antes de

las hoy triunfantes tentativas de electricistas europeos. Me refiero

al doctor Rosendo Rubí, que obtuvo en Washington una patente el año de

1900.

Si el clima predispone para la fatiga y hay en él el tropical incentivo

de la pereza, adelanta, sin embargo, la actividad artesana. Managua,

León, Masaya, Granada, Rivas, Matagalpa, son centros principales de

trabajo. Aunque las condiciones de vida del país son tan diversas de

las que hacen levantar tantas protestas al obrero en naciones europeas

y americanas, no ha dejado de sentirse por allá uno que otro vago soplo

de espíritu socialista; mas no ha encontrado ambiente propicio en donde

nadie puede morirse de hambre ni hay vida de dominadores placeres.

El nicaragüense es emprendedor, y no falta en él el deseo de los viajes

y cierto anhelo de aventura y de voluntario esfuerzo fuera de los

límites de la patria. En toda la América Central existen ciudadanos de

la tierra de los lagos que se distinguen en industrias y profesiones,

algunos que han logrado realizar fortunas y no pocos que dan honra al

terruño original. No es el único el caso del navegante matagalpense de

que hablara Ángel Ganivet; y en Alemania, en Francia, en Rumania, en

Inglaterra, en los Estados Unidos, sé de nicaragüenses trasplantados

que ocupan buenos puestos y ganan honrosa y provechosamente su vida.

Recuerdo que, siendo yo cónsul de Nicaragua en París, recibí un día la

visita de un hombre en quien reconocí por el tipo al nicaragüense del

pueblo. Me saludó jovial, con estas palabras, más o menos: «No le vengo

a molestar, ni a pedirle un solo centavo. Vengo a saludarle, porque es

el cónsul de mi tierra. Acabo de llegar a Francia en un barco que viene

de la China, y en el cual soy marinero. Es probable que pronto me vaya

a la India». Se despidió contento como entrara y se fué a gastar sus

francos en la alegría de París, para luego seguir su destino errante

por los mares.

El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros Obras Completas, Vol. XVII · 第 6 / 27 题