II

La flora tropical es de una belleza que causa como una sensación de

laxitud. El paisaje diríase que penetra en nosotros por todos los

sentidos, y hay una furia de vida que con su proximidad enerva. Se

creería que bajo la vasta techumbre azul de un firmamento que se

rayaría con una estrella, flota un efluvio estimulante para el espíritu

y para la sangre; pero cuyo estímulo se convierte en languidez, en

desmayo voluptuoso: un _far tutto_ que se deslíe en el _far niente_...

¿No acaba de saberse esta declaración reciente de cierto doctor: que

no es dudoso que un estímulo solar demasiado intenso y demasiado

prolongado conduce a la depresión, y que es a esa causa a la que

ciertamente hay que atribuir la _nonchalance_ de los habitantes de los

países cálidos?

... Solo, en el jardín de una casa amiga, he visto una tarde, en tibio

crepúsculo, algo semejante a una estagnación de las horas. Había calor

húmedo y voluptuoso, y el cielo, en que brillaban tan solamente,

diamantinos, dos o tres luceros, se me representaba como inmenso

invernáculo. No se sentía ni un soplo de aire; la vegetación hubiérase

dicho cristalizada en la absoluta inmovilidad de las hojas. Había

allí azucenas blancas de anunciación y otras semejantes a estilizados

lirios heráldicos; había rosas de olor y jazmines orientales que

constelan las verdes y espesas enredaderas en que crecen; había

una flor que se llama cundiamor, y otra que estalla para regar su

simiente, y la que se nombra bellísima, que evocaba para mí, rosada

y alegre, altares domésticos como los que se adornan en Diciembre

para celebrar la Concepción de María. Toda la circunstante naturaleza

me parecía contenida en un concentrado bloque de tiempo, atmósfera

de bella-durmiente-del-bosque, o del legendario monje extasiado que

escucha al pájaro paradisíaco.

El lujo del campo lo volví a admirar en plenas sierras. Se va a éstas

a caballo; a las más cercanas pueden llegar carruajes. Desde que se

sale de la capital y se comienza a subir, una temperatura dulce y

fresca sucede a los ardores de la ciudad. Se empieza a ver a un lado

y otro del camino rústicas fincas. Yo me deleitaba con las fragantes

vegetaciones, con los cafetales, que evocan poesía criolla y antillana,

sabrosos sentimentalismos líricos a lo mulato Plácido. Y hay en las

viviendas, cubiertas de tejas arábigas o de paja, tales ejemplares

de la mujer natural, mozas morenas, altas por lo general, de cuerpos

flexibles, muchachas bronce o cacao, o pálidas mestizas, que sugieren

fatigantes y agotadores cariños solares. Pongo por caso que tenéis

sed y os detenéis en una de esas posesiones en las que, desde vuestra

caballería, podéis ver el fogón de llamas de oro ante el cual se

preparan los yantares. Una campesina de esas os trae un agua fina,

fría y doblemente grata por ser servida en un guacal, esto es, en

una taza hecha de la corteza del fruto del jícaro, las cuales tazas

refrigeradoras suelen ser labradas e historiadas de escudos, aves,

panículos, grecas y letras. A la oferta del agua se agrega la visión

de unos lindos brazos, de unos lindos hombros y una rosada sonrisa. Y

todo esto bien os puede hacer pensar en algo de Biblia o en algo de

Conquista, en Rebeca o en doña Marina.

... Me engreía ver a un lado y otro del camino los arbustos cargados

de su fruto rojo y algunos aún como un manojo de tirsos llenos de su

blanca floración. Y calculaba al ver la feracidad de aquel terreno, en

que se suceden alturas y hondonadas, tupido de arbustos de riqueza,

cómo es de fecundo y próvido aquel suelo y cuánto hay que aguardar

de las horas futuras, cuando una apropiada y propicia corriente

inmigratoria contribuya a hacer la producción más abundante y más

proficua. La labor agrícola es allí la verdadera fuente de vida,

y el cultivo del café es el preferido; el grano de Oriente de que

hablara por primera vez en Europa el veneciano Próspero Alpino, y que

de Turquía fué con Jean Thevenot a Francia. «A principios del siglo

XVIII el café se llevaba de Arabia y costaba muy caro en los mercados

europeos; y el árbol era un objeto de curiosidad del que apenas se

habían encontrado cuatro o cinco ejemplares. El burgomaestre de

Amsterdam, según unos, o el Statuder de las Provincias Unidas, según

otros, regaló al rey Luis XIV un arbusto de café que el monarca francés

se dignó aceptar y confiar a los profesores de su jardín botánico.

Los naturalistas del jardín recibieron con júbilo la planta obsequiada

por los holandeses, le prodigaron los cuidados más asiduos e hicieron

cuanto les fué posible por que se reprodujese en los invernaderos.

Obtuvieron algunos retoños; pero daba lástima cultivar el café en

estufas donde las plantas se ahogaban por falta de aire, de cuyo suelo

artificial no sacaban sino un alimento insuficiente y poco salubre, y

donde les faltaba espacio para desarrollar sus ramas. El encargado del

jardín, que era el notable naturalista Antonio de Jussieu, pensó que

sería más cuerdo enviar aquella planta a un país donde encontrase el

calor vivificante del sol de los trópicos, la húmeda frescura de sus

noches y el riego abundante y tibio de sus lluvias periódicas. En su

concepto, la Martinica reunía las condiciones más favorables para hacer

la prueba. Un joven alférez de navío, sumamente celoso por el progreso

de las ciencias y amigo de Antonio de Jussieu, el caballero Déclieux,

partía para aquella colonia con el nombramiento de teniente-rey.

El botánico le entregó el mejor y más vigoroso de los retoños,

recomendándole que no omitiese nada para llevarlo sano y salvo hasta

su destino. Déclieux prometió mostrarse digno de la misión que se le

confiaba y velar por el débil arbusto como por un niño enfermo.

»La travesía fué larga y penosa: escaseó el agua, y tripulantes y

pasajeros fueron puestos a ración; pero como el arbusto no estaba

comprendido en el reparto, habría perecido, si Déclieux, fiel a su

promesa y pareciendo presentir el gran elemento de riqueza que traía

consigo, no le sacrificara una parte de su escasa ración de agua. Aquel

arbusto de la Martinica fué el padre común de los millones de arbustos

que desde entonces han poblado las grandes plantaciones de América.

De la Martinica pasó a las Antillas, y un siglo después a Costa Rica,

de donde llegó a nosotros.» Tales son las palabras que sobre el café

escribe en su _Historia de Nicaragua_ D. José Dolores Gámez, cuyo

padre, que tenía su mismo nombre, fué quien durante la administración

Sandoval, por los años de 1845 a 46, cultivó la primera plantación

en las sierras de Managua. Hoy es el café de Nicaragua de los más

preciados en el mundo. No en vano el de Jinotega obtuvo en una de las

grandes recientes exposiciones el mejor premio por su aroma y calidad.

... Es de un «pintoresco» que deleitaría a Francis Jammes el

espectáculo de las labores en las sierras, en el tiempo del corte.

Hacen este trabajo por lo general mujeres, y en los pequeños

campamentos que se forman bajo los árboles protectores del café, no es

raro ver la parvada de hijos que afirma la fecundidad de la raza. Hay

hamacas tendidas bajo los frutos rojos, y los cantos del pueblo suelen

acompañar el trabajo. ¡Y qué gloria de vegetación, qué triunfo de vida

en todo lo que la mirada abarca después de ascender a la región en

donde el clima cambia y el aire es fresco, y los valles se extienden

como en visiones de edén, y hay toda la gama del verde, y un vasto

rumor se esparce de los sonoros bananeros o platanares, de los árboles

enormes y caprichosos sobre los que saltan las ardillas grises y vuelan

las palomas arrulladoras, y los carpinteros y los pitorreales, y toda

la fauna alada que haría las delicias de Ovidio!

... Desde la cumbre de las sierras pobladas de fincas divísanse el lago

de Managua, al fondo, y más cerca la laguna de Nejapa. Los colosales

volcanes semejan, en la diafanidad de los crepúsculos, calcados en

los cielos puros, extraordinarios fujiyamas, y la luz da la ilusión,

siendo de una transparencia de acuarela. Excursiones a caballo, paseos

a pie, salidas cinegéticas, distraen y alegran las horas. Suele haber

reuniones e improvisados bailes entre los vecinos de las propiedades;

y esas voluptuosas y como lánguidas damas que van a pasar días de

campo a las «haciendas», diríase que son las hadas de los parajes, las

divinidades vivas y carnales.

... Más de una vez pensé en que la felicidad bien pudiera habitar en

uno de esos deliciosos paraísos, y que bien hubiera podido tal cual

inquieto peregrino apasionado refugiarse en aquellos pequeños reinos

incógnitos, en vez de recorrer la vasta tierra en busca del ideal

inencontrable y de la paz que no existe. Pocas horas de mi existencia

habré pasado tan gratas y vividas como aquellas en que, al estallar

las mañanas en una cristalería de pájaros locos de vivir, salía yo con

mi escopeta, en compañía de un joven amigo, a recorrer los caminos, a

bajar por los barrancos, a buscar entre los ramajes la deseada caza.

Y al retorno, ningún plato de Champeaux o de la Tour d'Argent fuera

comparable con los que, perfumados de las hierbas y especias de la

tierra, regocijaban nuestro paladar y nos ponían, con el gusto de los

condimentos y la satisfacción de la gula, un humor semejante al de ese

modesto, pero excelente y bienhechor poeta que se llamó Baltasar de

Alcázar.

Entre todas las plantas que atraen las miradas, llévanse la victoria

palmeras y cocoteros, que en el europeo despiertan ideas coloniales,

los viajes de los antiguos bergantines y las inocencias de Pablo y

Virginia, de cuyo casto absurdo convencen los relentes de las selvas y

las continuas insinuaciones de la tierra. El Trópico transpira savias

amorosas; y allí Cloe daría a Dafnis las dulces lecciones de manera que

dejaría suspensa por el asombro encantado la pastoril flauta de Longo.

El bananero erige su ramillete de estandartes, de tafetanes verdes,

sobre los cuales, cuando llueve, vibra el agua redobles sonoros;

y las palmeras varias despliegan, unas, bajas, como pavos reales,

anchos esmeraldinos abanicos, otras, más altas, airosos flabeles;

las otras son como altísimos plumeros, orgullosas bajo el penacho,

ya entreabierta la colosal y oleosa y dorada flor del «coroso», ya

colgante la copiosa carga de cocos, cuya agua fresca y sabrosa es la

delicia de las canículas.

... En anchos y lisos secaderos pónese el café al sol, una vez cortado

y recogido. Luego pasará a las máquinas descascaradoras, que lo dejarán

limpio y listo para ser puesto en los sacos de bramante que han de ir a

los mercados yanquis, a los puertos del Havre o de Hamburgo. No es la

cosecha nicaragüense tan crecida como la de otros países vecinos; pero

en Nicaragua se produce ese grano fino que supera al mismo moka por

su sabor y perfume, y que se conoce con el nombre de caracolillo. Una

buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas

y tantos poemas como una botella de tinta.

El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros Obras Completas, Vol. XVII · 第 5 / 27 题