APÉNDICE II.

NOCIONES DE LOS ESCRITORES ANTIGUOS SOBRE LA

EXISTENCIA DE TIERRAS OCCIDENTALES.

Aristóteles, _De Cœlo_, II, 14 al final:

«Es evidente que la Tierra no sólo es redonda, sino también una esfera

pequeña, pues no haría una mudanza tan sensible con una traslación tan

rápida; en virtud de la cual los que opinan que el lugar próximo á las

Columnas de Hércules está unido con el inmediato á la región indiana, y

de este modo afirman que hay un solo mar, no parecen opinar cosas muy

inverosímiles. Dicen esto también conjeturándolo de los elefantes,

porque en las dos comarcas extremas hay esta casta de animales, como que

en los dos extremos se producen efectos semejantes á causa de su unión.»

Precede á este párrafo una discusión muy luminosa de los argumentos que

pueden alegarse en favor de la esfericidad y del poco volumen de la

Tierra, argumentos tomados de las leyes de la atracción ó de la

gravitación[258], en la forma de la sombra de la Tierra proyectada en la

Luna durante los eclipses, y en la idea de la rapidez con la cual las

alturas (meridianas) de los astros cambian cuando se avanza desde Egipto

ó desde Chipre, hacia las regiones boreales.

El ingenioso argumento que Aristóteles deduce de la existencia de los

elefantes en las opuestas costas del África occidental y de la India,

fúndase en la casi unión de las tierras. En las dos extremidades del

οἰκουμένη deben encontrarse producciones análogas; lo cual no es

la teoría tan vulgarizada en la antigüedad de la semejanza de las

producciones en las mismas latitudes, teoría cuyas consecuencias

exageró extraordinariamente Ptolomeo en su disputa con Marino de Tyro

sobre la posición de Agisymba (Ptol., _Geogr._, I, cap. IX), y que

llega á ser errónea, tanto por las grandes inflexiones de las líneas

isotermas, como á causa de las misteriosas y complicadas relaciones

que determinaron primitivamente la distribución de los seres

organizados.

El pasaje de Aristóteles es citado, con algunas ligeras variaciones,

pero sin olvidar los elefantes, en el _Imago Mundi_, de Pedro de Ailly

(caps. VIII y XLIX); en el _Compendium Cosmographicum_ (cap. XIX) y el

_Mappa Mundi_ (cap. _De figura terræ_). Cito estos tratados para

recordar cuántas veces encontraba en ellos Colón el «_principium Indiæ

valde accedens ad fines Hispaniæ_».

* * * * *

Aristóteles, _De Mundo_, cap. III.

«El lenguaje de los hombres ha dividido la tierra habitable en islas y

continentes, por ignorar sin duda que toda ella es una isla rodeada por

las aguas del Atlántico: mas es probable que haya tierras muy lejanas

separadas por el mar, de ellas algunas mayores que ésta (que habitamos),

algunas menores, pero de las cuales ninguna está al alcance de nuestras

miradas, pues á la manera que estas islas que conocemos se refieren á

estos mares, de igual suerte esta tierra habitada se refiere al mar

Atlántico, y otras muchas habitables á todo el mar. Por que éstas

también son islas rodeadas por grandes mares.»

El capítulo comienza con un elocuente párrafo sobre la figura de la

tierra, llena de vegetales, fertilizada por todos lados con aguas

corrientes, embellecida por la permanencia de seres inteligentes:

después Aristóteles ó, mejor dicho, uno de los discípulos de

Aristóteles, autor de la compilación, pasa á consideraciones sobre la

distribución de las masas continentales en muchos grupos rodeados por el

Océano.

* * * * *

Aristóteles, _Meteorológica_, II, 5.

«De lo cual resulta que hoy pintan por manera ridícula el ámbito de la

tierra, pues á la parte de la tierra habitada danle figura circular; y

que esto no es posible, reconocido está juntamente por la razón y la

experiencia. La razón, por su parte, nos muestra cómo la tierra

habitable es ciertamente limitada en cuanto á la latitud, mas en cuanto

á la longitud puede ser que forme circuito, ya por lo templado del clima

(como quiera que no sufre excesivo frío ni calor por su longitud, sino

por su latitud, en términos que, como por alguna parte no lo impida la

mole del mar, toda ella es accesible), ya también, según lo que nos

consta de cuanto hemos averiguado por las navegaciones y viajes, pues la

longitud difiere mucho de la latitud. En efecto, la distancia de las

Columnas de Hércules á la India es, á la que hay de la Etiopía al lago

Meotis y á los límites de la Escitia, mayor que cinco comparado con

tres, si se quiere medir tanto las navegaciones como los viajes por

tierra hasta donde es posible la exactitud en estas cosas. Y eso que la

extensión de la tierra habitada, en cuanto á su latitud, tenémosla

explorada hasta los parajes que no están habitados; porque aquí por el

frío, allí por el calor, nada más puede habitarse; mas las tierras que

yacen al otro lado de la India y de las Columnas de Hércules, á causa

del mar, no parecen unirse de suerte que por esta unión resulte una

continua tierra habitable. Mas como sea necesario que haya al otro polo

un lugar, así como este que nosotros habitamos se refiere al polo que

está sobre nosotros, es evidente que no sólo las demás cosas, sino

también la constitución de los vientos, guarden correspondencia de

suerte que, así como para nosotros sopla el aquilón, así también para

ellos sople un viento de la parte de aquella Osa que allí hay, el cual

en ninguna manera es posible que penetre acá, ya que ni aun ese mismo

aquilón que en nuestra región hay, invade toda la parte habitada de la

tierra.»

La teoría de las corrientes aéreas condujo á Aristóteles á discutir la

forma de la masa continental habitable, cuya superficie y contornos

determinan en parte la dirección de las corrientes que van del uno al

otro polo. Del Sur al Norte las temperaturas extremas del calor y del

frío fijan los límites de la extensión del οἰκουμένη en

latitud, porque Aristóteles consideraba las líneas isotermas paralelas

al Ecuador, lo que no es exacto, pero no pudo comprenderse sino después

de un conocimiento íntimo de la temperatura de las costas orientales de

Asia y de América. Nada impide al hombre habitar las tierras que, como

un anillo, rodean el globo de Este á Oeste, á menos que el mar no corte

este anillo en alguna parte formando un estrecho. Aristóteles entrevé

que la forma de la tierra habitable es muy extensa en longitud, pero

todavía no la compara á una clámide. Esta comparación, muy significativa

á causa de la dirección de las costas de África, pertenece á

Eratósthenes (_Strabon_, II, página 173 y 179. Alm.).

* * * * *

Aristóteles, _De Mirab. Auscult._, cap. 84, p. 836.

«Dícese que en el mar que se extiende más allá de las Columnas de

Hércules fué descubierta por los cartagineses una isla, hoy desierta,

que tanto abunda en selvas, como en ríos aptos para la navegación, y

está hermoseada con toda suerte de frutos, la cual dista del Continente

una navegación de muchos días. Como los cartagineses la visitasen á

menudo y aun algunos de ellos, atraídos por la fertilidad del suelo, la

habitasen, los jefes de los cartagineses prohibieron bajo pena de la

vida que nadie navegase á aquella isla, y acabaron con todos los

indígenas, ya para que no esparciesen la noticia de su arribo, ó ya con

el fin de que la multitud no se juntase contra ellos, reconquistase la

isla y la arrancase á la utilidad de los cartagineses.»

Un pasaje semejante, pero mucho más detallado, encuéntrase en _Diodoro

de Sicilia_, V, 19 y 20. El paisaje está embellecido por una región

montuosa, el aire es de una templanza constantemente igual: «diríase que

es más bien habitación de los dioses que de los hombres». Sin embargo,

Diodoro no confunde esta tierra deliciosa con el Elíseo de Homero, las

Islas Afortunadas de Píndaro ó el sitio del Jardín de las Hespérides, el

Hesperitis continental (IV, 27). Habiendo empezado los fenicios á fundar

colonias más allá de Gades, arrastrados por las tempestades, llegaron á

una isla. La dirección de la navegación, que el pseudo Aristóteles no

indica, era de la Lybia hacia el Poniente.

Cuando los tyrrenos adquirieron la dominación del mar, intentaron

también enviar allí colonias; pero lo impidieron los cartagineses[259],

quienes esperaban, si su ciudad era alguna vez destruída y continuaban

siendo dueños del Océano, poder encontrar un refugio en esta isla, que

los vencedores desconocerían. Sabido es que el nombre de tyrrenos, unido

al de pelasgos, tuvo grande extensión hasta en la época del Periplo,

atribuído á Scylax de Caryando, que hasta á Roma la sitúa en la

Tyrrenia. (Hudson, _Geogr. Min._, t. I; Scyl. Car., pág. 2.)

El sabio autor de _La Geografía de Aristóteles_, M. Königsmann,

conjetura que al hablar el filósofo Estagirita de los antiguos

tratados de comercio ajustados entre cartagineses y tyrrenos, quiso

designar el tratado romano, cuya traducción conservó Polibio[260]; pero

Diodoro, en el pasaje que discutimos, alude sin duda á época mucho más

antigua.

Según Estrabón (lib. VI, pág. 410), inmediatamente después de la guerra

de Troya, la dominación de los piratas tyrrenos oponíase al

establecimiento de colonias en Sicilia, y se cree generalmente que la

fundación de Gades y de Utica por los fenicios es anterior á Homero en

más de siglo y medio; y como la fundación de Cartago casi coincide con

la renovación de los juegos olímpicos por Iphito[261], esta vaga

tradición de la isla Afortunada de los cartagineses, de la cual querían

apoderarse los tyrrenos, corresponde, al parecer, á tiempos, no diré

míticos, pero sí muy obscuros.

Sorprende, sin duda, ver que, en la época del descubrimiento del Nuevo

Continente, hayan fijado tanto la atención de los literatos españoles

estos pasajes de las _Relaciones maravillosas_ de Diodoro Sículo,

pasajes que en los tiempos modernos, cuando una buena crítica guiaba ya

las investigaciones filológicas, han ocasionado también extrañas

aplicaciones. El célebre historiador de América, Gonzalo Fernández de

Oviedo, que pasó treinta y cuatro años en Tierra Firme, en el Darien,

Cartagena y Haïti[262], afirma, sin fijar la atención en la frase

«navegación de algunos días», empleada por los escritores antiguos, que

esta Antilla de los cartagineses designaba á Haïti ó Cuba. Pero D.

Fernando Colón, en la _Vida_ de su padre (cap. IX), dice: «Si Oviedo se

hubiese hecho explicar el texto de Aristóteles por un hombre que lo

entendiese bien, no habría hallado palabra de alguna isla de las Indias

Occidentales.» Al censurar á Oviedo, hace D. Fernando Colón otra

suposición no menos atrevida, pues cree que «los cartagineses

descubrieron las Cassitérides, que hoy llamamos Azores, ocultándolas

mucho tiempo por la cantidad de estaño que sacaban de ellas todos los

años; y puede ser que éstas sean las islas de que Aristóteles quiso

hablar. Si se me opone, añade don Fernando, que el filósofo hace mención

de una isla que tenía muchos ríos grandes, navegables, que no hay en las

Azores, y sí en la Española y Cuba, respondo que pudo haberse engañado

describiendo aquello de que habla.»

Á primera vista parece raro ver confundidas aquí las islas Azores y las

Sorlingas con la misma denominación de Cassitérides[263], pues esto

equivale á extender por extraño modo una denominación vaga en Herodoto,

y que sólo se refiere al sitio de una producción metálica, mejor

determinado aún por los romanos de la época de Estrabón, desde que P.

Licinio Craso examinó las minas de estaño y reconoció que se había

llegado en ellas á poca profundidad. Equivale, pues, esto á la

suposición de Festo Avieno, que sitúa Albión y Ierné (Insula sacra) en

el paralelo del cabo Finisterre y las Islas del Estaño, islas

Oestrymnidas[264], en el paralelo del cabo de San Vicente, casi en la

latitud de las Azores. Como Avieno (y esto es muy raro en un autor de

fines del siglo IV, tan alejado de los tiempos de Columela, el traductor

de Magón) autoriza positivamente sus afirmaciones con el testimonio de

los anales cartagineses (_Hæc nos, ab unis Punicorum annalibus. Prolata

longo tempore, edidimus tibi._--_Ora mar._, versículos 414 y 415), debía

esperarse encontrar en estas obras alguna alusión á una isla que fijó la

atención del Senado de Cartago, que citan Aristóteles y Diodoro, y que

excitó la curiosidad de los eruditos contemporáneos de Colón.

El comentador de las _Mirabiles Auscultationes_, el docto Beckmann,

discutió la opinión de los filólogos que creyeron reconocer el Brasil ú

otras partes de América en este pasaje y en el mar de Sargazo de

Aristóteles. El juicioso Weseeling, después de examinar estas dudosas

interpretaciones, termina diciendo: «Fabulis ad finia sunt quæ de hac

insula produntur, _id tamen indicantia_ obscuram ejus regionis, quam

Americam vocamus, famam in Carthaginiensium navigationibus ad veterum

aures dimanasse.»

Mr. Heeren cree que esta isla, tan pintorescamente descrita, es la isla

de Madera, descubierta por los portugueses Juan Gonzalves Zarco y

Tristán Vas (1420), sin rastros de habitación, y que la fuerza de las

corrientes que impulsa al SE. y al S.-SE. impidió á los navegantes de la

antigüedad, que prudentes y tímidos no se apartaban de las costas,

descubrirla.

La indicación «isla despoblada» excluye las islas Canarias, habitadas

antiguamente por los guanches, según se cree, y que, célebres por su

aridez, no tienen «los ríos navegables» de que habla Aristóteles, aunque

Plinio (libro VI, 32), Solino (cap. 70) y hasta Ducuil (_De mensura

orbis terr._, VII, pág. 40 Walck.) les atribuyen «amnes siluris

piscibus abundantes.»

Creo que es imposible, en vista de tantas descripciones inseguras, fijar

una localidad determinada. La tradición es muy antigua, porque la frase

de «asilo ofrecido en el caso de un revés de fortuna ó de la ruina de

Cartago», es de Diodoro, aunque pudiera muy bien ser un rasgo oratorio,

añadido después de la destrucción de la ciudad de Dido.

Este mismo asilo fué también una esperanza para Sertorio (Plutarco, _In

vita Sertor._, cap. 8; Salustio, _Fragm._, 489) cuando por la

desembocadura del Bætis vió entrar dos barcos procedentes «de dos islas

atlánticas, situadas, según se creía, á diez mil estadios de distancia.»

Las _Relaciones maravillosas_, única fuente á que podemos remontar,

fueron compiladas, por lo menos, antes de la terminación de la primera

guerra púnica, porque describen (cap. 95, pág. 211, Beckm.) á Cerdeña

tiranizada por los cartagineses. El interés con que éstos envolvían en

el misterio sus navegaciones lejanas, sólo hace posibles vagas

conjeturas. El azar de las tempestades (el descubrimiento de Porto Santo

por Zarco y Vas en el siglo XV fué un suceso de esta clase; Barros, Déc.

I, libro I, cap. 2, pág. 27, ed. de Lisboa de 1788) puede, sin duda,

llevar muy lejos; pero el regreso de los barcos alejados de su ruta por

las tempestades ó por la fuerza de las corrientes y desprovistos de

brújula, sería mucho más difícil.

* * * * *

Estrabón, lib. I, pág. 11, Alm.:

«Tampoco parece verosímil que el Océano Atlántico sea doble mar, que

esté dividido por estrechos istmos, los cuales impidan que pueda ser

recorrido en naves; por el contrario, es mucho más probable que todo él

esté unido y sea continuo. Porque los que han acometido la empresa de

darle la vuelta navegando, y después han retrocedido, dicen que no

volvieron atrás por impedirles tierra ninguna que llevasen adelante su

navegación, sino que retrocedieron de aquel mar navegable por la escasez

y desamparo de recursos.»

Este pasaje de Estrabón no se relaciona directamente con el que trata de

la posibilidad de navegar desde las costas occidentales de Iberia á las

costas orientales de la India. No se trata de una tierra semejante al

continente americano, que al Norte y al Sur se uniría á las tierras

polares, impidiendo, como una barrera, la navegación de Este á Oeste. Se

ve, por lo que precede y por otro texto (lib. I, pág. 57, Alm.; pág. 33,

Cas.), que la palabra _circum naviguer_ no está tomada en el sentido de

navegar alrededor del globo, sino en el de rodear la masa terrestre

conocida (ἡ οἰκουμένη) y situada por completo, según el sistema

de Strabón, en un cuadrilátero al norte del Ecuador.

Este geógrafo rechaza la idea de la división del Océano en muchas

cuencas, y acaso alude, como observa Monsieur Gosselin, á la hipótesis

de un mar Erythreo mediterráneo, supuesto por Marino de Tyro y por

Ptolomeo. Si la extremidad sudeste de Asia se replegaba para prolongarse

hacia el Oeste y unirse al Cabo Prasum, la circumnavegación de África,

desde el golfo arábigo hasta la Mauritania, era imposible. Ya hice

comprender antes que afortunadamente ni Isidoro de Sevilla (Orig., XIV,

capítulo 5), ni Sanuto, que tanta influencia ejercieron en los proyectos

de Gama y de Magallanes, aceptaron ni propagaron este falso concepto de

un mar Erythreo (mar de la India), considerado como cuenca cerrada.

Estrabón refiere (I, pág. 11, Alm.) lo que de la «isla de la tierra

habitada» ha sido ya examinado, por el Oriente á lo largo de la

India y por Occidente lo ocupado por los Iberos y los Maurusianos.

«Cierto es, dice, que navegantes que partieron de puntos opuestos

ἀντιπεριπλέοντες no se han encontrado.» Esta disertación debía

conducirle al natural resultado de saber si la división del Océano

en muchas cuencas, ó la existencia de istmos, podrían impedir á los

navegantes rodear la tierra habitable.

Vuelve Estrabón á esta idea de los istmos, al hablar de la vuelta al

África. «Todos los que parten (lib. I, página 57, Alm.; pág. 32, Cas.),

sea del mar Erythreo, sea de las Columnas de Hércules, se han visto

forzados á volver por el mismo camino, lo que generalmente hace creer en

la existencia de algún istmo que forma barrera, mientras por todas

partes, y particularmente al Mediodía, el mar Atlántico es continuo.»

Esta continuidad de los mares encuéntrase también enunciada, con mucha

precisión, en Herodoto (I, 202). «Todo el mar que recorren los Helenos y

el que está situado fuera de las Columnas, al cual se da el nombre de

Atlántico, y el mar Erythreo, forman un solo mar.» Si después (IV, 8)

refiere «que los Griegos del Ponto Euxino hacen nacer el Océano al Este

(lo cual es contrario á la idea homérica de las fuentes del río

Océano), y dicen que corre alrededor de la tierra, sin probarlo con la

experiencia», no se retracta, sin embargo, sobre lo que ha dicho en el

primer libro: limítase á exponer lo que ha sabido, distinguiendo entre

la opinión y el hecho.

Preciso es, además, no olvidar que tanto en Strabón como en

Eratósthenes, la denominación de mar Atlántico se extiende á todas

las partes del Océano. Según el primero, las costas de la India

Meridional (lib. II, página 192, Alm., pág. 130, Cas.) están bañadas

por el Atlántico; las regiones más orientales y más meridionales de

la India (lib. XV, pág. 1.010, Alm., pág. 689, Cas.) se prolongan

εἰς τὸ Ἀτλαντικὸν πέλαγος. Desde que, por los progresos de la

navegación y de los conocimientos geográficos, la imagen del _río

Océano_ homérico, que rodea el disco terrestre, se fué engrandeciendo

y adaptando á las observaciones positivas, el nombre anterior á

Herodoto y que remonta á los tiempos de Solón (Olimpiada 54),

aplicado al principio al mar Exterior, á la porción de Océano

próxima á las Columnas de Hércules, fué extendido á todos los mares

que rodeaban los continentes entonces conocidos y les servían de

mutua comunicación. De igual modo, después de la expedición de

Alejandro, los nombres de Taurus y de Cáucaso se aplicaron á todas

las cordilleras de Asia que se extienden al través de este vasto

continente de Oeste á Este hasta las costas de Sinoe y de los Seres.

La escuela de Aristóteles (_De Mundo_, cap. 3) se expresa en el mismo

sentido, y en el bello pasaje de Cicerón (_Somn. Scip._, cap. 6), que

ya he tenido ocasión de citar antes, el orador dice terminantemente:

«Esta tierra que habitáis es una islilla «circumfusa illo mari quod

_Atlanticum_, quod _Magnum_; quod _Oceanum_ appellatis in terris.»

Esta sinonimia de Atlántico y de Océano, en general, no se encuentra,

sin embargo, en todos los clásicos romanos; exceptúanse Pomponio

Mela y Plinio. Este último llama _Mare magnum_, no como Cicerón

y Séneca (_Nat. Quæst._, II, 6), al mar que rodea el οἰκουμένη,

sino especialmente á la parte próxima á las costas occidentales de

Europa, ó sea al Atlántico propiamente dicho, lo cual recuerda la

denominación de _Gran Océano_ que, á ejemplo de Fleurieu, dan los

geógrafos modernos, con más justo motivo, al mar Pacífico.

El pasaje de Estrabón (I, pág. 11, Alm., pág. 5, Cas.) termina con una

larga disertación contra Hipparco, que había puesto en duda la

continuidad de los mares. Creo sin embargo que Mr. Gosselin se equivoca

(en la _Geografía de los Griegos analizada_, pág. 52; en las

_Investigaciones sobre la Geografía sistemática y positiva de los

antiguos_, t. I, páginas 45, 133, 194, y en las notas á la traducción

francesa de Estrabón, t. I, pág. 12) al atribuir tan positivamente á

Hipparco la hipótesis enunciada por Marino de Tyro y Ptolomeo acerca de

la cuenca cerrada ó _mediterránea_ del mar Erythreo y sobre el

_continente desconocido_ que une la península de Thinæ al cabo Prasum.

No encuentro prueba alguna de esta afirmación. Mr. Gosselin se funda en

el texto de que tratamos y en la idea de Hipparco de que «la

circumnavegación de África era imposible»; pero el párrafo citado por

Gosselin no dice tal cosa, y Estrabón sólo habla «de la desigualdad del

fenómeno de las mareas en las diversas regiones pelásgicas observada por

Seleuco el Babilonio, y de la afirmación de Hipparco suponiendo que, aun

siendo iguales las mareas, no probaría este hecho la continuidad

absoluta de los mares que rodean el globo.» Este razonamiento general y

vago dista mucho de la hipótesis de la unión de Thinaæ al cabo Prasum,

que M. Gosselin, por lo demás tan exacto y digno de elogio, ha

consignado dos veces en cartas particulares (_Rech._, t. I, Pl. I, Trad.

de Strabón, t. I, Pl. 2).

En un pasaje notable de Plutarco (_De Facie in orbe lunæ_; pág. 921,

19) se notan claramente estos mismos istmos del Atlántico («del gran mar

ó mar exterior»), pero reflejados en el disco lunar, si, conforme al

sistema de Agesianax, que aun en nuestros días lo acepta el pueblo en

Persia, la luna refleja como un espejo el paisaje terrestre y las

desigualdades de la superficie de nuestro planeta. Plutarco, que pudo

ver el texto de Strabón, alega en este diálogo, para combatir la verdad

de un sistema catóptrico tan raro, la continuidad de los mares, todos

los cuales se comunican sin istmos interpuestos. Extraño error el de

buscar en la porción de la luna iluminada directamente por el sol la

configuración de nuestros continentes, como, según la observación de un

astrónomo ilustre, M. Aragó, puede conocerse en la luz cenicienta de la

luna el estado medio de diafanidad de la atmósfera terrestre.

La vasta extensión de los mares que separa las costas occidentales de

Iberia de las costas orientales de Asia, donde Estrabón, siguiendo á

Eratósthenes, hace desembocar el Ganges, encuéntrase también indicada

en la frase bastante impropia de que «la Iberia y la India, comarcas

que sabemos son, la una la más oriental y la otra la más occidental

de todas, son respectivamente antípodas.» (Estrabón, lib. I, pág.

13, Alm.; pág. 7, Cas.). Como ambas regiones están situadas en el

mismo hemisferio boreal, y supuestas en un mismo paralelo, hubiera

sido preciso emplear la palabra περίοικοι y no la de ἄντοικοι, como

sostiene Mr. Gosselin[265], quien observa además muy juiciosamente

que, según los principios admitidos por Estrabón sobre la longitud de

la tierra habitable, esto es, sobre la distancia desde la Iberia á la

India más oriental, la extensión del Atlántico interpuesto resulta

para el paralelo del _diafragma_, es decir, el de Rodas, no de 180°,

sino de 134.000 estadios en un perímetro ecuatorial de la tierra de

252.000 estadios (lo que suma más de 236°).

Debemos decir, sin embargo, que Estrabón añade prudentemente á la

palabra antípodas, con que designa á los periecos, la frase «en cierto

modo».

* * * * *

Estrabón, lib. I, págs. 113, 114:

«Así, pues (según pone empeño en persuadirnos Eratósthenes), si no se

opusiese la inmensidad del mar Atlántico, podríamos navegar en el mismo

paralelo desde España hasta la India por todo aquello que resta, quitada

dicha distancia (esto es, la longitud de la tierra habitada), la cual

excede á la tercera parte de todo el círculo, toda vez que el círculo

tirado por Thinas, donde nosotros hemos medido los estadios que hay

desde la India á España, es menor de 200.000..... Pues llamamos tierra

habitada aquella en que habitamos y tenemos conocida. Mas puede en la

misma zona templada haber hasta dos tierras habitadas y aun más,

señaladamente junto al círculo que se traza por Thinas y el mar

Atlántico.»

Es este un pasaje, como hemos manifestado muchas veces en esta

disertación, paralelo, por decirlo así, al que se lee en Aristóteles

(_De Cœlo_, II, 14). No cabe duda de que Estrabón, al hablar de la

posibilidad de la navegación desde la Iberia á la India, atribuye esta

opinión al segundo libro de la geografía de Eratósthenes (Estrabón, lib.

I, pág. 62, Cas.) y no á Pytheas, como supone un geógrafo moderno[266],

á quien se deben excelentes investigaciones acerca de la geografía

antigua.

Admitiendo Eratósthenes la esfericidad de la tierra (Estrabón, lib. I,

pág. 107, Alm.; pág. 62, Cas.) debía fácilmente adquirir la opinión de

la posibilidad de navegar desde Iberia á la India; pero, como era

natural, la extensión del Atlántico en el paralelo de Thinæ (el

_diafragma_ de Dicæarco) parecíale un obstáculo insuperable. La medida

numérica de esta extensión del Atlántico resulta de la extensión en

longitud del οἰκουμένη valuada en poco menos de 82.000 estadios

en el paralelo de Thinæ.

Según lo que Estrabón manifiesta en el cap. 4 del lib. II y en el

15 del XI acerca de la forma general y de la dimensión de la tierra

habitada, los resultados numéricos que establece, sea por el sistema

de Eratósthenes ó por el de Posidonio, se encuentran con mucha

facilidad y, lo que es más seguro, se les encuentra, comparando _en

cada sistema_ los datos parciales, con los perímetros enteros, muy

diferentemente valuados por cada uno de estos antiguos geómetras, sin

necesidad de recurrir á una comparación con las medidas actuales. «La

porción del hemisferio septentrional comprendida entre el ecuador y

un paralelo próximo al polo tiene la figura de una _vértebra_[267]

σπóνδυλος (Cod. París, 1393: σπóνδειλον que Mr. de Brequigny propone

inútilmente convertir en σπονδεῖον, copa empleada en las libaciones).

La superficie de esta vértebra ó zona esférica, que representa la

zona templada septentrional, comprenderá dos cuadriláteros cuyas

costas estarán hacia el Norte, á la mitad del círculo paralelo al

ecuador y próximo al polo (1.400 estadios más allá de Ierné), y hacia

el Sur, una mitad del Ecuador.»

Ahora bien; en uno de estos cuadriláteros es donde Estrabón sitúa la

isla que forma nuestra tierra habitada, «doble más larga que ancha», que

tiene la figura de una clámide y cuya anchura se aminora mucho hacia las

extremidades, especialmente hacia el Oeste (II, pág. 177, Alm.; pág. 116

Cas.).

Como el paralelo de Thinæ, suponiendo, como Eratósthenes el perímetro

ecuatorial de 252.000 estadios, no llega á 200.000 estadios (Estrabón

hubiera dicho más exactamente algo menos de 203.000); y como la longitud

de la tierra habitada de Oeste á Este, desde el cabo Sagrado á Thinæ es,

en el mismo paralelo del diafragma, de 70.000 estadios (Estrabón, II,

páginas 137 y 177; XI, pág. 789, Alm., ó II, pág. 83, 116, XI, página

519, Cas.), justo es decir, como lo hace Estrabón en el párrafo (pág.

113, Alm.; págs. 64 y 65 Cas.) que tanto preocupó en la Edad Media hasta

Colón, que las tierras ocupan «más de la tercera parte» del círculo que

pasa por Rodas y Thinæ, dos puntos que en la antigüedad se suponían en

la misma latitud, aunque probablemente hubiese entre ellos una

diferencia de 24°. Quedaban, pues, unos 130.000 estadios para el

recorrido por mar, para ir de Iberia á la India «por un mismo paralelo»

á aquella India[268] _Eoo adposita pelago_ (Mela, III, 17). Allí se

encuentra, como dice Estrabón en otro párrafo (II, pág. 173. Alm.; pág.

113 Cas.) «la vasta extensión y la soledad de los mares que no se puede

atravesar».

Pero lo que hace más notable el texto que analizamos y lo que parece que

llamó más la atención de los escritores de los siglos XV y XVI (la gran

época de los descubrimientos), es la afirmación de Estrabón de «que en

la misma zona templada que habitamos, y sobre todo en las inmediaciones

del paralelo que pasa por Thinæ y atraviesa el mar Atlántico, pueden

existir _dos tierras habitadas y acaso más de dos_.» Esta es una

profecía de la América y de las islas del mar del Sur, más razonada y

menos vaga que la profecía de la _Medea_ de Séneca.

En el segundo libro (pág. 179, Alm.; pág. 118, Cas.) aun alude Estrabón

á esta probabilidad de la existencia de tierras desconocidas situadas

entre la Europa occidental y el Asia oriental. «El dar idea exacta,

dice, de las demás porciones del globo, ó siquiera de la totalidad de

esta _vértebra_ ó zona de que hemos hablado, es asunto propio de otra

ciencia (no pertenece al campo de la geografía positiva), como también

examinar si la _vértebra_ está habitada en el otro _cuadrilátero_, como

en el que nos encontramos. Suponed, en efecto, que lo esté, _como es muy

probable_; no lo estará por pueblos del mismo origen que nosotros, y,

por tanto, esta tierra habitada debe ser distinta de la nuestra. Sólo,

pues, la nuestra es la que vamos á describir.»

La existencia de una tierra ó de muchas tierras en el Atlántico al

Este de Thinæ parecía, pues, muy probable al juicioso geógrafo de

Amasia, que temía extraviarse en el vasto campo de la geografía

conjetural. La relación del pasaje que citamos con el que trata

de las dimensiones y de las divisiones de la tierra habitada,

la expresión _otro cuadrilátero_ de la _vértebra_ (de la zona

septentrional) que ha sido descrita, compuesta de dos cuadriláteros,

de los cuales uno comprende nuestro οἰκουμένη, no deja duda de que

Estrabón, después de elogiar las grandes expediciones de los romanos,

tan útiles á los progresos de la geografía, y «de su compañero y

amigo Elio Galo» vuelve incidentalmente á la existencia de las

tierras habitadas, no descubiertas aún, situadas acaso en el paralelo

de Rodas y de Thinæ. Este otro οἰκουμένη del hemisferio boreal era,

pues, completamente distinto de la _otra parte del mundo_ que, á

imitación de Crates (Estrabón, I, pág. 54, Alm.; pág. 31, Cas.), se

admitía en el hemisferio austral, más allá del brazo oceánico que

ocupa la zona tórrida, y era diferente del _alter Orbis_ de Mela (I,

9, 4; III, 7, 7) y de la _cuarta parte del mundo_[269] de Isidoro de

Sevilla (_Orig._, XIV, c. 5, ed. Venet., 1483, pág. 71, b.)

La comparación de la forma del οἰκουμένη con una clámide se

encuentra en Estrabón cuatro veces, y la analogía se funda,

principalmente, al parecer, en dos circunstancias: primero en ser

preciso que la longitud, la extensión de derecha á izquierda del vestido

que ha de envolver al caballero y la extensión (longitud) de Este á

Oeste de la tierra habitada, sean mucho más considerables, en general,

que la altura de la clámide ó la extensión del οἰκουμένη de

Norte á Sur. Esta circunstancia se encuentra efectivamente en la

descripción de Alejandría. Estrabón compara el terreno que ocupa esta

ciudad á la figura de una clámide, cuya longitud entre las dos costas

bañadas, una por el mar y otra por el lago Maréotis, es de 30 estadios,

mientras los istmos que determinan la anchura no son más que de 7 á 8

estadios, estando contenidos entre el mar y el lago (lib. XVII, pág.

1143, Alm.; pág. 793, Cas.). El οἰκουμένη es mucho menos ancho

en las extremidades al Este y al Oeste, sobre todo hacia el Oeste. Á

pesar de la desproporción de las dos dimensiones á lo ancho y á lo

largo, de extensión en longitud y latitud, la semejanza de formas exige

que hacia la mitad del largo llegue el ancho á su máximum. Esta

condición, como juiciosamente observa Mr. de Gosselin, la establece

Estrabón cuando discute dónde está colocada, en el paralelo de Rodas, la

mitad de lo largo y si á este punto corresponde la mayor anchura de la

clámide. La idea sistemática acerca de la forma del manto de la tierra

habitada está, al parecer, geográficamente bastante justificada, porque

el máximum de anchura corresponde, en efecto, entre los meridianos de

Bodas y de Artemita en Babilonia. Encuentro que en la Edad Media se vió

hasta los broches (fibulæ) de la clámide[270].

La discusión acerca de la clámide y de la anchura de la tierra habitada

en el meridiano de Artemita ó de la desembocadura del mar

Hircano-Caspiano, termina comparando la parte boreal de Asia con un

cuchillo; comparación que recuerda las de hojas de plátano ó piel de

pantera, tan comunes entre los geógrafos griegos, y que ha parecido

ininteligible á los traductores modernos[271]; pero, según opina Mr.

Boeckh, observó Estrabón la configuración del segmento de tierra

comprendido entre el mar Glacial y la cordillera del Tauro que, con los

nombres sucesivos de Cáucaso (de Alejandro), de Imaüs, de Émodus, de

Ottorocorras y de Montañas de Seres, suponíase cruzaba toda el Asia de

Oeste á Este hasta el mar Oriental (_Eoum pelagus_); compara este

segmento con la forma de un cuchillo, cuyo lomo encorvado lo representa

la costa del mar Boreal y el filo la cordillera del Tauro, que se

prolonga en línea recta.

Si con este motivo cito al erudito é ingenioso filólogo, colega mío en

la Academia, es para ofrecerle al mismo tiempo el testimonio de mi mayor

reconocimiento por el cuidado con que rectifica las traducciones latinas

de muchos textos de Aristóteles y de Estrabón (por Joannes Agyropoulos,

Budée, Vatable y Xylandro), como también por los consejos que tuvo la

bondad de darme cuando sometí á su examen trabajos que me han ocupado

tantos años. Mencionar este auxilio de la crítica y de la amistad, no es

hacer á Mr. Boeckh responsable de las apreciaciones, muchas veces vagas

y atrevidas, que pueda contener mi obra.

* * * * *

Estrabón, lib. ---- pág. 161, Alm:

«Sospecha también Posidonio que la longitud de la tierra habitada mide

al pie de 70.000 estadios, que viene á ser, en lo que se toma, la mitad

del círculo entero. Así, dice, navegando desde el Occidente con viento

de Levante, encontrarás otro tanto espacio hasta las Indias.»

Siendo el perímetro equinoccial supuesto por Posidonio de 180.000

estadios, el perímetro del paralelo de 36° («del en que se ha tomado la

medida de la tierra habitada») es necesariamente de 145.600 estadios

(Gosselin en la traducción de Estrabón, t. I, pág. 270, nota 1.ª), de

los cuales 70.000 estadios ó la mayor extensión del οἰκουμένη

de Este á Oeste son, en efecto, próximamente la mitad. Estrabón no

emplea mucha exactitud en la reducción de los perímetros pertenecientes

á diferentes latitudes.

Es difícil comprender por qué los comentadores han querido sustituir

ζέφυρος á εὖρος; y hacer navegar desde Iberia á la India con un

viento continuo del Oeste. Las palabras ἀπὸ τῆς δύσεως, en el texto

cuya traducción cito, designan el punto de partida, y «ese viento

continuo del Este» casi recuerda los vientos alisios de un paralelo

más meridional.

* * * * *

Séneca, _Cuestiones Naturales_. Prefacio:

«¡Cuan mezquinas juzga las proporciones de su domicilio terrestre!

¿Cuánto es, en efecto, el espacio que media entre las últimas costas de

España y la India? Poquísimos días de navegación, si el viento impulsa

la nave.»

Á primera vista parece que este párrafo alude á los de Aristóteles, _De

Cœlo_, II, 14, y de Estrabón, I, página 113, Alm.; pág. 64, Cas.; pero

la analogía sólo se refiere al camino por donde se puede navegar desde

Iberia á la India. Colón, en su carta á la reina Isabel, fechada en

1498, confunde todos los textos de los autores antiguos para apoyar su

opinión de que los mares eran poco extensos.

«El Aristótel dice que este mundo es pequeño y es el agua muy poca, y

que fácilmente se puede pasar de España á las Indias, y esto confirma

Avenruyz (Averrhoes) y le alega el cardenal Pedro de Aliaco, autorizando

este decir y aquel de Séneca, el cual conforma con éstos, diciendo que

Aristóteles pudo saber muchos secretos del mundo á causa de Alejandro

Magno, y Séneca á causa de César Nero.» Mas ¿por qué inadvertencia pudo

Séneca, autor tan grave y tan cuidadoso del estilo, escribir

_paucissimorum dierum spatio_? He aquí una cuestión difícil de resolver.

Recordando lo que precede en el prólogo de las _Quæstiones naturales_,

se reconoce que Séneca ha querido presentar el ejemplo de una cortísima

extensión. La tendencia moral característica del estóico ecléctico, que

vivía en tiempos siniestros, explica por qué insiste en el contraste

entre la pequeñez de esta tierra, «punctum[272] stud in quo bellatis, in

quo regna disponitis», y la grandeza de los espacios interplanetarios,

«sursum ingentia spatia sunt, in quorum possessionem animus admittitur».

Cuando el hombre, espectador curioso del universo, ha contemplado el

curso majestuoso de los astros y «esa región del cielo que ofrece á

Saturno (velocissimo sideri) un camino de treinta años», al volver la

vista hacia la tierra, desprecia la pequeñez de su estrecho domicilio.

¿Cuánto hay desde las últimas costas de España hasta la India? El

espacio de muy pocos días, si el viento es favorable al barco.

Mr. Ruhkopf, en sus _Adnotationes ad Quæst natur._ (Sen. Op., t. V, pág.

11), sostiene que la India de Séneca son las islas Canarias, porque,

según Ptolomeo, dice Ruhkopf, la India oriental se aproxima al África

_occidental_ (?), no estando separados ambos países por grande extensión

de mar, ni, por consecuencia, muy alejadas las islas Canarias de la

India. Difícil es coger el hilo de este razonamiento, y en la geografía

de Ptolomeo no conozco absolutamente nada que justifique la supuesta

aproximación entre la India y las Islas Afortunadas. La _tierra

desconocida_, ligada á la Península de Catigara, se une «al cabo Prasum,

al promontorio Rhapta y á la parte austral de Azania», y encerrando la

cuenca del mar Erythreo, ninguna relación tiene con la costa

_occidental_ de la Libia. Ptolomeo habla tres veces de esta cuenca

cerrada y de la existencia de esta _tierra desconocida_ (lib. IV, cap.

9; lib. VII, caps. 3 y 5), siempre que menciona el mar de la India (lib.

IV, capítulo 8; lib. VI, cap. 5; lib. VII, cap. 2) y no designa los

límites.

Además, no hay prueba alguna de que la hipótesis de la escuela de

Alejandría acerca de la contigüidad del África al Sur del cabo Prasum

con Catigara sea de Hipparco, y, en general, anterior á Séneca, que

vivió más de un siglo antes que Marino de Tyro y Ptolomeo. La

explicación que del pasaje de Séneca da Mr. Ruhkopf es, por tanto,

inadmisible, y debe creerse que el filósofo de la corte de Nerón

presentaba á veces sus ideas algo exageradas, como frecuentemente apela

á la hinchazón y al énfasis en la forma de expresarse.

* * * * *

Séneca, _Medea_, act. II, v. 371 et seq. _Chorus in fine_, página 281:

«Nil, qua fuerat sede, reliquit

Pervius orbis.

Indus gelidum potat Araxem:

Albim Persæ, Rhenumque bibunt.

Venient annis sæcula seris

Quibus Oceanus vincula rerum

Laxet, et ingens pateat tellus,

Tethysque novos detegat orbes,

Nec sit terris ultima Thule.»

«En este orbe accesible, nada permanece donde estuvo; el indio bebe el

agua del helado Araxe, los Persas las del Elba y el Rhin. Vendrán siglos

en que el Océano abrirá sus barreras y aparecerán nuevas tierras; Tetis

descubrirá nuevos orbes, y no será Thule la última tierra.»

Este es el pasaje tantas veces citado por Cristóbal Colón, Pedro Mártir

de Anghiera, Oviedo y Herrera. Es inútil discutir aquí, como lo hizo

Fernando Colón, quién sea el verdadero autor de _Medea_[273], porque un

texto de Quintiliano (_Inst. Orat._, IX, 2, § 9) la adjudica

terminantemente, según parece, al filósofo preceptor de Nerón, L. Annæus

Séneca, y un rasgo satírico de Tácito[274] indica además «que el

preceptor componía con frecuencia versos, desde que se aficionó á ellos

el discípulo». Lo que aquí importa es fijarse en la relación de las

ideas que conducen al poeta á hacer la profecía, por cierto bastante

vaga, «de las nuevas tierras» que serán descubiertas en los siglos

venideros; profecía que, según el geógrafo Ortelio, se aplicaba á

América, con tanto más motivo, cuanto que Séneca había nacido en Iberia.

Comienza el coro celebrando el valor de los navegantes (_Audax nimium,

qui freta primus_, etc.) en una época en que ni se guiaban por los

astros, ni los vientos tenían aún nombres especiales; pero desde que los

Argonautas hicieron su gloriosa expedición, la mar está abierta por

todas partes y no se necesita el navío _Argos_, construído por mano de

Minerva. Cualquier barco recorre la alta mar; el mundo entero llega á

ser de acceso fácil (permeable, _pervius orbis_). El Indio llega hasta

el helado Araxes (sin duda el de Herodoto, I, 201, t. V, páginas

200-204, Schwigh, que forma el límite de Persia y del país de los

Massagetas, es decir, el Iaxantes ó Sir Daria), el Persa bebe las aguas

del Elba y del Rhin.

En este cuadro de las comunicaciones de los pueblos, sobradamente

magnífico, aun para el reinado de Nerón, el poeta, siguiendo la

costumbre de los griegos, presta los conocimientos de su época á los

tiempos de Medea. La idea del contraste entre las primitivas y tímidas

navegaciones (_sua quisque piger littora tangens_), y esta comunicación

rápida desde la India hasta las orillas del Rhin, conduce á la profecía

que termina el coro. «Cuando el Océano haya roto los lazos (_vincula

rerum_) con que sujeta, según la Geografía homérica, el orbe

terrestre[275], y este orbe quede libre á toda comunicación (_ingens

pateat tellus_), entonces, en los siglos futuros, Thetis descubrirá las

nuevas tierras (_novos detegat orbes_), y no será Thule el punto más

lejano del mundo conocido».

La elevación del estilo y el tono patético de la inspiración han dado

á las últimas frases del coro una importancia que profecía tan vaga y

desprovista de todo color local jamás tuviera, si hubiese revestido

la forma sencilla de una conjetura geográfica. Cuando Estrabón nos

dice (I, pág. 113 Alm.; pág. 64 Cas.) que en el Océano Atlántico,

en la parte del hemisferio boreal que no está ocupada por nuestra

tierra habitada, podría muy bien existir otro οἰκουμένη y aun muchos,

_sobre todo_ en el paralelo de Tinæ, que es el de la mayor extensión

continental de Europa y de Asia, profetiza, es decir, adivina (así me

parece) por modo mucho más feliz el descubrimiento de América y de

las islas del mar del Sur.

El rápido desarrollo de la navegación de Myos Hormos en las orillas del

mar Rojo, hacia las costas de la India, desde la conquista de Egipto por

los romanos (Estrabón, II, pág. 179 Alm.; pág. 118 Cas.); los

descubrimientos más allá de las Islas Británicas, y en general hacia el

Norte; acaso también algunas expediciones militares de los romanos al

interior de África, enardecieron la imaginación de Séneca[276], y el

coro que acabamos de analizar no parece imitado de alguna de las

numerosas tragedias del mismo título de Neophrón de Sicyonio, de Herillo

ó de Philisco, ninguna de las cuales ha llegado á nosotros.

Acaso la rápida celebridad de este pasaje de la _Medea_, desde que se

aplicó al descubrimiento del Nuevo Mundo, dió ocasión á una superchería

de anticuario que sólo conocemos por la narración del geógrafo

Ortelio[277]. En 1508 ocurrió á un portugués, vecino de una aldea cerca

del cabo de la Rocca, hacer grabar en una losa estos malos é

ininteligibles versos:

Volventur saxa litteris et ordene rectis,

Cum videas Occidens, Orientas opes.

Ganges, Indus, Tigris, erit mirabile visu,

Merces commutabit suas uterque sibi.

La losa fué enterrada hasta que se comprendió que la humedad había

atacado la superficie; desenterrada después, mostrada á los curiosos y

descrita por los entusiastas como inscripción sibilina. El jurisconsulto

César Orlando descubrió el fraude, y Resende lo denunció en las

_Antiquitates Lusitaniæ_.

Después de la supuesta profecía de Séneca, lo que más preocupaba á los

autores españoles en la época del descubrimiento de América era la gran

catástrofe de la Atlántida de Solón. Cierto es que no recuerdo haber

encontrado cita alguna de la Atlántida en las cartas de Cristóbal Colón

ó en los fragmentos de su Tratado de la conquista del Santo Sepulcro;

pero su hijo habla de la _Isla Atlántica_, confundiéndola, según

manifesté antes, con la isla _Atalante_, frente á la Eubea que, por las

narraciones de Tucídides[278], de Séneca y de Estrabón sabemos que la

destruyeron los terremotos, hacia la Olimpiada 88.

Herrera dice que se inventó tomar la _Atlántida_ de Platón por una de

las Antillas de _Barlovento_ para amenguar la gloria del descubrimiento

del Almirante. Por mi parte, no he de promover de nuevo una cuestión

geológica tan fastidiosamente rebatida. Los problemas de la geografía

mítica de los Helenos no pueden ser tratados con arreglo á los mismos

principios que los problemas de la geografía positiva, puesto que se

presentan como imágenes veladas de contornos indeterminados. Lo que

Platón hizo[279] para fijar estos contornos y agrandar las imágenes,

aplicándoles las ideas de una teogonía y de una política más modernas,

sacó el mito de la Atlántida del ciclo primitivo de las tradiciones, á

las cuales pertenece el Gran Continente Saturniano (Plutarco, _De facie

in orbe lunæ_, p. 941, 2), la isla encantada, en la que Briareo vela

junto á Saturno dormido, y la Meropis de Theopompo. Lo que importa

recordar aquí es la relación histórica del mito de la Atlántida, con

Solón. En su expresión más sencilla, designa el mito la época de «una

guerra de pueblos que vivían fuera de las Columnas de Hércules contra

los que están al Este» (Crit., p. 108). Es, pues, una irrupción que

procedía del Oeste.

En la tierra _Merópida_[280] de Theopompo y en la tierra Saturniana de

Plutarco vemos, como en la Atlántida, un continente en cuya comparación

nuestro οἰκουμένη forma una pequeña isla. La destrucción de la

Atlántida, á causa de los terremotos, relaciónase con la antigua

tradición de la Lyctonia, mito geológico que se refiere á la cuenca del

Mediterráneo, desde la isla de Chipre y la Eubea, hasta Córcega, y que

acaso en tiempos recientes, pero á imitación de la sabia escuela de

Alejandría, sirvió para formar sistemas geológicos, por las tradiciones

primitivas de los Helenos, y fué celebrado en las Argonáuticas del falso

Orfeo (276). Este mito de la Lyctonia, muy antiguo por cierto, que

indicaba un peligro, una amenaza al continente y á las islas griegas que

los Atlantes quieren conquistar, ¿sería poco á poco transportado al

Oeste, más allá de las Columnas?

Es también muy notable que, entre todos los mitos cosmológicos que

acabamos de citar, la Lyctonia y la Atlántida sean los únicos que, bajo

el imperio de Neptuno, cuyo tridente hace temblar la tierra, queden

destruídos á causa de grandes catástrofes. Los continentes Saturnianos

no presentan esta particularidad, y por ello mismo la Atlántida, á pesar

de su origen probablemente egipcio y extraño á Grecia, páreceme reflejo

de la Lyctonia. Los grandes trastornos geológicos ó, si se quiere, la

creencia en ellos, que ocasionaba el aspecto de la superficie del globo,

las penínsulas, la posición relativa de las islas y la articulación de

los continentes, debían preocupar los ánimos en todos las costas del

Mediterráneo, aun en Egipto, que, como suponían los sacerdotes, estaba

menos expuesto que cualquier otro país á que las revoluciones físicas,

bruscas y parciales, interrumpieran el orden regular de los fenómenos

periódicos.

La libertad extrema[281] con que Platón, especialmente en el _Critias_,

trata el asunto de la Atlántida, ha hecho, naturalmente, dudoso el

relacionar este mito con Solón. Platón estaba emparentado con la familia

de este legislador, y á la vez con la de Critias. El bisabuelo de éste,

á quien hace figurar en los diálogos, llamábase Dropides, y era amigo

íntimo de Solón, que le ha citado en sus versos. El relato de Platón

ofrecería menos dificultad cronológica, dado el intervalo de doscientos

diez años entre la vejez de Solón y la de Platón, durante el cual se

sucedieron tres generaciones de la descendencia de Dropides, si por una

alteración, sin duda censurable, del texto, fuese éste y no Solón quien

refiriese á Critias, abuelo del interlocutor, lo que había sabido por

Solón de la catástrofe de la Atlántida. Este Critias, hijo de Dropides,

contando noventa años (cuando el interlocutor sólo tenía diez), excitado

por un concurso de jóvenes, que cantaban los versos de Solón, empezó á

narrar la historia de los Atlantes, tal y como se expone en los dos

diálogos del _Timeo_ y del _Critias_. Además se hace decir á Critias, el

interlocutor, que conservaba las notas de Solón, en las cuales discutía

éste los nombres propios traducidos por él, del egipcio al griego, y que

quería poner en su poema. Para dar más importancia á su relato hubiera

podido Platón referir todos estos hechos en una novela histórica,

favoreciendo su parentesco con Solón la verosimilitud de la fábula.

Recientemente se ha renovado la suposición[282] de que el mito de la

Atlántida no lo tomó Platón de Solón, sino que lo supo durante su viaje

á Egipto. Plutarco, en su _Vida de Solón_, devuelve, al parecer, al gran

legislador de Atenas el poema cuya existencia se pone en duda, y se lo

devolvería con irrecusable certidumbre, de no modificar sus ideas, como

las modificó, en vista de los diálogos de Platón. El biógrafo nos dice,

en efecto, que Solón «conferenció con los sacerdotes Psenophis y Sonchis

de Heliópolis y de Saïs, de quienes supo el mito de la Atlántida que

intentó, como afirma Platón, poner en verso y publicar en Grecia». Al

final de esta biografía añade «que Solón no terminó su poema, cuya

extensión le amedrentaba, por haber llegado á la vejez, y no por

ocupaciones políticas, como Platón supone». Esta rectificación á lo que

Platón afirma (_Tim._, vol. III, p. 21) y los nombres de dos sacerdotes

egipcios[283], que los diálogos no mencionan, indican, en mi opinión,

que Plutarco, á pesar de ser tan lejana la época, se inspiraba en

fuentes que nos son desconocidas. También M. Letronne, en su juicioso

_Ensayo sobre las ideas cosmográficas relacionadas con el nombre de

Atlas_, 1831, dice expresamente: «La fábula de Atlántida que Platón

cuenta y amplifica sin duda en el _Timeo_ y el _Critias_, fué tomada de

un poema _mythico político_ que Solón compuso al fin de su vida, para

despertar el valor y el patriotismo de los Atenienses y, con objeto de

darla mayor crédito, supuso que los sacerdotes de Saïs eran los autores

del primitivo relato. Solón murió en el año 559, antes de nuestra era, y

su poema debió ser compuesto entre 570 y 560, unos setenta años después

del viaje de Colæus de Samos, y más de doscientos años antes de la

redacción del _Critias_».

Observa el gran helenista, mi compatriota Mr. Boeckh, que la

reminiscencia de la guerra de los Atlantes en las pequeñas

Panatheneas, atestigua la gran antigüedad de la tradición de la

Atlántida, y prueba que no todo en este mito fué inventado por

Platón. «En las grandes Panatheneas se llevaba en procesión un

_peplum_ de Minerva, representando el combate de los gigantes y la

victoria de las divinidades del Olimpo. En las pequeñas Panatheneas

(hay que omitir el nombre del sitio donde se verificó la procesión,

porque la cita es un error del escoliasta) se llevaba otro _peplum_

que mostraba cómo los Atenienses, educados por Minerva, alcanzaron el

triunfo en la guerra de los Atlantes.» _Schol., in Rempubli._, I, 3,

1. (Bekkeri Comm. in Plat., II, pág. 395. Véanse también las mismas

informaciones en _Proclus_ in Tim., pág. 26). Añadamos á esto un

escolio conservado también por Proclus, pág. 54. «Los historiadores

que hablan de las islas del mar Exterior dicen que en sus tiempos

había siete islas consagradas á Proserpina, y otras tres de inmensa

extensión, consagradas la primera á Plutón, la segunda á Ammón y la

tercera (la de en medio, de mil estadios de extensión) á Neptuno. Los

habitantes de esta última conservaban, por sus antepasados, memoria

de la Atlántida, de una isla extraordinariamente grande, que ejerció

durante largo espacio de tiempo la dominación en todas las islas del

Océano Atlántico, y que también estaba consagrada á Neptuno.» Todo

esto lo ha escrito Marcelo ἐν τοῖς Αἰθιοπικοῖς. Hay un escolio del

_Timeo_ (17, 17 in Bekkeri Comm., II, pág. 427) literalmente copiado

de este pasaje.

Esta reminiscencia monumental de la guerra de los Atlantes en el

_peplum_ de las pequeñas Panatheneas, y este fragmento de Marcelo

conservado por Proclo, indicando el recuerdo de una catástrofe física

(la existencia de un mito de la Atlántida) más allá de las Columnas de

Hércules, quizá en las mismas islas Canarias[284], merecen seria

atención de los aficionados á penetrar en las tinieblas de las

tradiciones históricas.

En el gran Archipiélago de la India existe, según observación de M.

Raffles, una tradición, ó más bien una creencia análoga á la de la

destrucción de la Lyctonia y de la Atlántida.

Lo que primero importa en este género de investigaciones es comprobar la

antigüedad de un mito que equivocadamente se ha creído una ficción de la

vejez de Platón, una novela histórica como el _Viaje imaginario_[285] de

_Iambulo_ (Diod. II, 53-60), y los ochenta y cuatro libros de Antonio

Diógenes _sobre las cosas que se ven más allá de Thulé_.

Lo que en los mitos geológicos puede corresponder á los antiguos

recuerdos ó á especulaciones sobre la primitiva configuración de las

tierras, á la ruptura de los diques que separaban las cuencas marítimas,

constituye un problema distinto y acaso más insoluble. Estos Atlantes,

felices porque viven muy lejos, felices hasta por carecer de ilusiones

(Herodoto, IV, 184; Plinio, V, 8), son, según las ideas reinantes en la

extremidad civilizada de la cuenca oriental del Mediterráneo, entre los

Egipcios y los Helenos, un conjunto de pueblos del África boreal y

occidental, de raza tan distinta, sin duda, como los que al noroeste de

Asia confundiéronse por largo tiempo con la denominación vaga de Escytas

y Cimerianos. Los Atlantes de los tiempos históricos habitan al Este de

las Columnas de Hércules. Herodoto los pone á veinte jornadas de los

Garamantes; pero íntimamente ligado su nombre con el del monte Atlas,

pudo suponerse á los Atlantes míticos en la dirección del Oeste, más

allá de las Columnas de Hércules, según que la fábula del Atlas Montaña

ha ido retrocediendo progresivamente en esta misma dirección.

La guerra de los Atlantes con los habitantes de Cerné y las Amazonas,

tan confusamente tratada por Diodoro de Sicilia, tuvo por campo todo el

Noroeste de África, más allá del río Tritón (Herodoto, IV, 191), límite

entre los pueblos nómadas y los pueblos agrícolas y de más antigua

civilización, si cabe señalar localidad á una lucha en que intervienen

seres fabulosos, las Gorgonias.

Añadiremos que el lago Tritón, de que habla Diodoro (III, 52 y 56), no

está en las costas del Mediterráneo, sino en las del Atlántico. En esta

región (y el hecho es digno de tenerlo en cuenta, porque Diodoro no

menciona en parte alguna la destrucción de la Atlántida de Solón), eran

numerosas las grandes erupciones volcánicas. El mismo lago Tritón lo

hizo desaparecer un terremoto, desgarrando la tierra que lo separaba del

Océano (Diod., III, 53, 55). El recuerdo de esta catástrofe y la

existencia de la pequeña Syrte, atribuída, sin duda, á idéntico suceso,

hace que los escritores antiguos (Herodoto, IV, 179) confundan el lago y

la Syrte.

Algunos mitos del antiguo límite occidental del mundo pueden haber

tenido fundamento histórico. Una emigración de pueblos de Oeste á Este,

cuyo recuerdo, conservado en Egipto, pasó á Atenas y fué celebrado con

fiestas religiosas, puede pertenecer á tiempos muy anteriores á la

invasión de los Persas en Mauritania, cuyos rastros reconoció Salustio,

invasión que también para nosotros ha quedado envuelta en tinieblas

(Salustio, _Guerra de Yugurta_, cap. 18; Plinio, V, 8; Estrabón, XVII,

pág. 828 Cas.)

* * * * *

Macrobio, _Comentario al Sueño de Scipión_, lib. II, cap. 9.

«Vamos á demostrar ahora, según hemos prometido, que el Océano rodea la

tierra, no en uno, sino en dos sentidos diversos. Su primer contorno, el

que merece verdaderamente este nombre, es ignorado del vulgo, porque

este mar, considerado generalmente como el único Océano, es una

extensión del Océano primitivo, cuyo sobrante de agua le obliga á ceñir

de nuevo la tierra. La primera cintura que forma alrededor de nuestro

globo se extiende al través de la zona tórrida, siguiendo la dirección

de la línea equinoccial, y da la vuelta entera al globo. Hacia el

Oriente se divide en dos brazos, corriendo uno de ellos al Norte y otro

al Sur. La misma división de aguas se verifica al Occidente, y estos dos

últimos brazos van á encontrar á los que parten de Oriente. La

impetuosidad y la violencia con que chocan estas enormes masas, antes de

mezclarse, producen una acción y una reacción de donde resulta el

fenómeno tan conocido del flujo y del reflujo que se hace notar en toda

la extensión de nuestro mar, experimentándolo en sus estrechos como en

las partes más dilatadas, porque no es más que una emanación del

verdadero Océano. Este Océano, que sigue la línea trazada por el Ecuador

terrestre, y sus brazos, que se dirigen en el sentido del horizonte,

dividen el globo en cuatro porciones que forman otras tantas islas. Por

su corriente, á través de la zona tórrida, que rodea en toda su

extensión, nos separa de las regiones australes, y por medio de sus

brazos, que abarcan uno y otro hemisferio, forma cuatro islas: dos en el

hemisferio superior y dos en el inferior. Esto nos da á entender Cicerón

cuando dice: «_Toda la tierra es una pequeña isla_», en vez de «_Toda la

tierra que habitáis es una pequeña isla_», porque rodeando el Océano la

tierra en dos sentidos diversos, realmente la divide en cuatro islas: la

figura precedente da idea de esta división; veráse en ella el origen de

nuestro mar, que es una pequeña parte del todo, y también el del mar

Rojo, el del mar de las Indias y el del mar Caspio. No ignoro que, en

opinión de muchas personas, este último no tiene comunicación con el

Océano. Evidentemente los mares de la zona templada austral tienen

también su origen en el gran Océano; pero como estos países nos son aún

desconocidos, no debemos garantizar la exactitud del hecho.»

En este curioso pasaje, tan pesadamente escrito, manifiesta el

gramático, á la vez, una división de las tierras del globo en cuatro

masas continentales, separadas unas de otras por brazos del Océano; una

exposición de corrientes pelásgicas, y una teoría de las mareas, fundada

en el choque de corrientes opuestas.

Cicerón no admitía más que dos porciones de tierras habitables (_Sonm.

Scip._, cap. 6), una al norte y otra al sur del Ecuador. Si Cristóbal

Colón hubiera tenido noticia del comentario de Macrobio (y en 1492 se

habían publicado ya tres ediciones), le llamara poderosamente la

atención esta «terra quadrifida», de la cual hay dos masas en el

hemisferio boreal, casi conformes á las conjeturas de Estrabón (lib. I,

pág. 113, Alm.; pág. 64, Cas.); masas continentales de las cuales un

navegante que se dirigiera del Oeste al Este de la Iberia á las costas

Orientales de Asia, debía necesariamente encontrar en su camino la que

aun no había sido[286] vista por los habitantes de nuestro οἰκουμένη.

Si se figura al África austral separada de la Septentrional por una

irrupción del Océano y el istmo de Panamá roto, casi se encuentra la

tierra _quadrifida_ de Macrobio formada por la América del norte y la

del sur; el Asia, uniéndola su península occidental, que es Europa, y el

África austral. La existencia de un brazo del río Océano[287] ocupando

la parte media de la zona Ecuatorial, había sido afirmada desde los

tiempos de Alejandro, primero por Crates, después por Arato, Cleanthes y

Cleomedes; pero cuatro revulsiones _refluxiones_ de las aguas del E. y

del O. hacia el N. y el S. que están señaladas en un pequeño mapamundi

añadido á los manuscritos de Macrobio (ed. Biponte, pág. 154, tab. II),

y que, desprovisto de los cuatro golfos adoptados por todos los

geógrafos griegos, no es el que Macrobio tenía á la vista, ¿proceden de

la imaginación del comentador, ó están tomados de alguna fuente

desconocida?

La idea de explicar las mareas por las corrientes opuestas estaba muy

generalizada en la antigüedad, dando ocasión á ello la observación del

movimiento de las aguas en los estrechos, sobre todo al noreste de

Sicilia y en el Euripo que separa la Beocia de la Eubea. El sabio autor

de la _Geografía física de los antiguos_, Mr. Uckert, observa además, con

razón, que la teoría de Macrobio, contemporáneo de Avieno, tiene alguna

relación con las del retórico Eumenio y del poeta Claudio Rutilio

Numantiano, naturales ambos de las Galias, uno de Autum y otro de

Poitiers ó de Tolosa, y familiarizados por tanto, según creo, con los

fenómenos de las altas mareas en las costas occidentales de Francia.

Eumenio y Rutilio consideran también como causa principal de las mareas

el choque de las aguas pelásgicas á la salida de los canales (amnes

Occeani. Virgilio, _Geórg._, IV, 233; Oceanus refusus. Æ., VII, 225) que

separan «las diversas masas de tierras continentales». Admiten también,

pues, muchas tierras habitables en cuyas costas chocan las corrientes;

pero entre Eumeno, el panegirista de Constancio Chloro, muerto en el año

de 311, y el poeta Claudio Rutilio, sólo el primero es indudablemente

anterior á Macrobio.

* * * * *

Esdras, IV, 6:

«Y el tercer día ordenaste á las aguas reunirse en la séptima parte de

la tierra.»

Interesado Colón en persuadir á los monarcas españoles de que el mar

tenía poca extensión, llamóle la atención este pasaje de Esdras, y habla

extensamente de él en su carta de Haïti de 1498. Por el _Imago Mundi_

(cap. 9) del cardenal de Ailly conoció la opinión de que el mar sólo

ocupaba una séptima parte de la superficie del globo; opinión

manifestada tres veces en la historia de la creación del mundo, como

Esdras la refiere; pero Colón equivoca la cita, al suponer este pasaje

en el libro tercero.

Como pudiera suceder que la reina Isabel no tuviese muy en cuenta la

autoridad de Esdras, el Almirante, según antes vimos, añade: «La cual

autoridad es aprobada por Santos, los cuales dan autoridad al 3.º y

4.º libros de Esdras»; y presenta por ejemplo San Agustín y San

Ambrosio. Igual opinión sobre la santidad de los libros de Esdras tienen

d’Ailly[288] y Pico de la Mirandola; cosa tanto más sorprendente, cuanto

que, en los siglos posteriores á San Agustín, siempre ha sido

considerado apócrifo el libro 4.º de Esdras[289]. Posteriormente M.

Lücke ha explicado la probabilidad de que este libro haya sido

redactado, no en el cuarto, sino en el siglo primero de nuestra era, por

un judío griego, fuera de Palestina, y que pertenece al grupo de

escritos apocalípticos cuyo origen asciende á las pretendidas poesías de

los magos y á los oráculos sibilinos, en parte inventados, según las

investigaciones modernas, hasta en el cuarto y quinto siglos.

Es extraño encontrar en períodos del cristianismo en que la gran

extensión de las navegaciones al Noroeste y en el mar de la India había

hecho desaparecer de largo tiempo atrás la idea del Río Océano rodeando

el disco de la tierra, y cuando todos los geógrafos griegos y romanos

hablan ya de la _inmensidad_ del Atlántico, esta falsa idea de la

relación de los continentes y de los mares, y encontrarla en un libro

apócrifo, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis

de Esdras. Este sexto capítulo que cita Cristóbal Colón pertenece más

especialmente al ciclo de las visiones cosmológicas.

Según la opinión de uno de los sabios más versados en las creencias de

los pueblos armenios ó semíticos, M. Rosenmüller, de Leipzig, á quien he

consultado acerca del pasaje de Esdras, «los Hebreos en sus antiguos

libros no tienen absolutamente ningún dato numérico sobre la extensión

relativa de los continentes y de los mares, y ni se encuentra tampoco en

las paráfrasis caldeas, ni en los escritos talmúdicos y rabínicos. Pero

como los Judíos acostumbran á dividir la superficie del globo _en siete

climas_, y como el Génesis, I, 9, indica que las aguas fueron _reunidas

en un solo lugar_, no parece contrario al espíritu de la _exegesis_

talmúdica relacionar este lugar de la reunión de las aguas con una de

las siete zonas.» Añadiré á esta ingeniosa explicación que la división

en siete climas tiene sus raíces en las más antiguas tradiciones míticas

de la India.

Según una de las diferentes fases de la geografía[290] completamente

sistemática conservada por los Puranas, el disco terrestre está también

compuesto de siete zonas ó círculos concéntricos (_Dwipas_) con siete

climas[291] correspondientes; pero entre los Indios las siete zonas

terrestres están separadas por _siete mares_. Este arreglo no disminuye

seguramente la extensión de la masa total de las zonas líquidas, que se

distinguen con los nombres, más bien raros que poéticos, de _mares_ de

_leche cuajada_, de _azúcar_, y de _manteca clarificada_.

Probablemente por ignorar la importancia dada á este pasaje de Esdras,

en la serie de ideas y de ilusiones que condujeron y siguieron al

descubrimiento del Nuevo Mundo, ninguno de los comentadores de los

libros escritos originariamente en griego fijó su atención en esta

séptima parte de la superficie del globo que debía ser la única cubierta

por las aguas del Océano.

Se ve en el libro de Job, dice Herrera (Déc. I, lib. I, cap. 1, pág. 2),

el historiador de la conquista de América, que Dios ha querido tener el

Nuevo Mundo encubierto á los hombres para darlo á los Castellanos. En el

elocuente pasaje de Job, que sólo presenta una alegoría filosófica,

sería muy difícil encontrar alusión alguna á un descubrimiento

geográfico. «Quis est locus intelligentiæ? Absconditus est ab oculis

omnium viventium; volucres quoque cœli latet. Deus intelligit viam ejus,

et ipse novit locum illius. Ipse enim fines mundi intuetur, qui fecit

ventis pondus, et aguas appendit in mensura; quando ponebat pluviis

legem et viam procellis sonantibus: tunc vidit illam, et enarravit, et

præparavit, et investigavit» (cap. 28, 5, 20 á 26). Algún comentador

moderno[292] se ha ocupado de la interpretación de Herrera y de su

desenfado para torcer el texto.

Otro pasaje se encuentra en Esdras (lib. IV, cap. 7), que hubiera

llamado la atención de Colón, de estar puesto junto á la célebre

profecía del coro de la _Medea_ de Séneca. El autor griego hace decir á

Esdras: «et apparescens ostendetur quæ nunc subducitur terra», ó en un

giro de frase más análogo aún á los versos de Séneca, según la versión

etiópica, cuyo conocimiento debemos á los sabios de Oxford: «Apparebit

terra quæ nunc absconditur»[293].

Dadas las ideas que gobiernan el siglo XIX y durante el prodigioso

florecimiento de una civilización que sólo atiende al presente y á un

porvenir inmediato, cuesta trabajo comprender una época gloriosa para el

género humano en que, después de hechas grandes cosas, había

complacencia en volver la vista atrás y escudriñar pacientemente si

estas grandes cosas eran el cumplimiento de antiguas predicciones.

Deber del historiador es estudiar cada siglo según el carácter

individual y los rasgos distintivos de su movimiento intelectual, y

jamás sentiré el trabajo empleado en mis laboriosas investigaciones para

seguir la dirección de las ideas de Colón y de sus contemporáneos,

aunque me sean pagadas con algún desdén por parte de los que persisten

en un sistema opuesto.

* * * * *

En una obra de Plutarco, cuyo texto es incorrectísimo, pero está lleno

de consideraciones de física y de cosmología muy notables (y en gran

parte muy exactas), el diálogo _De Facie in orbe lunæ_, encuéntrase un

pasaje en el que el geógrafo Ortelio en el siglo XVI[294] creía

reconocer, no sólo las Antillas, sino todo el Continente americano. Esta

μεγάλη ἤπειρος, situado más allá de la Bretaña, hacia el

Noroeste, le recordaba sin duda las costas del Canadá y el camino que

los navegantes normandos encontraron, á principios del siglo XI, hacia

las partes más septentrionales de América. Inútil es detenerse en probar

lo que hay de aventurado y quimérico en estas interpretaciones.

El mito que ha llegado á nosotros en el pequeño Tratado de las manchas

de la luna, de Plutarco, pertenece á una serie de ideas íntimamente

relacionadas entre sí, más simbólicas que corográficas, que abarcan todo

el Occidente más allá de las Columnas de Hércules, llamadas antes

_Columnas de Briareo ó de Cronos_ (Saturno). Es un fragmento de

geografía mítica de los tiempos más antiguos, presentando, por decirlo

así, imágenes que se destacan en un horizonte brumoso, y que llegan á

ser movibles según las inspiraciones y las opiniones individuales del

narrador.

Examinar aquí la parte que los descubrimientos reales, favorecidos por

las corrientes y los vientos, ó las mentiras fenicias (los _cuentos de

navegantes_ que volvían de los _mares exteriores_), han podido tener en

estos conceptos cosmográficos que se repiten con bastante uniformidad á

través de los siglos más lejanos, sería empeñarse en una discusión

general que nos alejaría de nuestro asunto, y en la cual mi opinión

particular no podría tener peso alguno. «Las ideas que la poesía antigua

popularizó durante siglos, ejercieron poderosa influencia hasta en los

sistemas geográficos»[295].

Para comprender primero la posición del _Gran Continente_, de Plutarco,

relativamente á nuestra tierra habitada, recordaremos que, según la

narración de Sila, uno de los interlocutores en el diálogo, la isla de

Orgygia[296] está alejada cinco días de navegación de la Britannia hacia

el Oeste. Empleo á propósito la palabra Britannia, porque en un pasaje

de Procopio (_De bello Goth._, IV, 20), relacionado hace poco tiempo con

el de Plutarco, háblase de Brittia, isla situada entre Britannia y

Thulé.

Á otras tres jornadas de camino, pero hacia el Poniente del sol en el

verano, es decir, al Oeste-Noroeste contando desde Europa, encuéntranse

otras tres islas, «en una de las cuales, según los Bárbaros (es la glosa

del texto tal y como ha llegado á nosotros), Júpiter encerró á Saturno;

pero esta designación de sitio y de prisión la contradice directamente

el resto de la narración.» Mi ilustre amigo M. Boeckh no duda de que el

texto ha sido alterado en algunas partes. Después que los _theoros_

permanecieron noventa días en estas islas, se les vió embarcarse para ir

más lejos y buscar el sitio donde Saturno dormitaba. M. Boeckh cree que

la prisión, y por consiguiente el sitio de la gran fiesta, era la misma

Orgygia, siendo preciso suprimir toda la glosa, que nada tiene que ver

con esta exposición de distancias, y que ha intercalado, según parece,

un escoliasta, en recuerdo de otro pasaje de Plutarco (_De defectu

Orac._, cap. 18), de que hablaré después.

Lejos de las tres islas, pero más cerca de ellas que de la de Orgygia,

está situado el Gran Continente que rodea el Océano, el gran mar

Cronnieno. Desde Orgygia á este Continente hay cinco mil estadios.

La idea de una masa continental más allá del Océano, en los confines del

disco de la tierra, encuéntrase también entre los Indios, en el mundo

(_loka_) situado más allá de los siete mares, como en las tradiciones

árabes[297] acerca de la montaña Kaf.

Advertiremos también que cuanto el narrador Sila cuenta á Lamprias (este

es el nombre del hermano de Plutarco)[298] lo sabe por boca de un

extranjero que, desde este país Saturniano, viene á Cartago, como

positivamente se indica en el diálogo sobre la luna. El mismo mito está

expuesto al fin del libro, aunque anunciado desde las primeras líneas,

en las cuales comienza hoy para nosotros el texto defectuoso; también se

menciona al navegante venido á Cartago, cuando Theón pregunta á

Lamprias, no si el globo lunar, que es una tierra celeste, está

efectivamente habitado por hombres, sino si se le puede considerar

habitable.

En fin, impaciente Sila, «en su cualidad de primer actor» (como narrador

del mito geográfico que el hombre misterioso, el viajero de la región

transatlántica del Noroeste le ha transmitido), comienza solemnemente

con el verso de Homero: «Lejos en el Océano está situada una isla

Orgygia.» Con la posición de esta isla relaciona la de las otras islas

Saturnianas y el Gran Continente, como antes hemos dicho. ¿Es esto puro

adorno poético? Al menos en otro pasaje también muy notable (_De defectu

Oraculorum_, cap. 18), donde se trata de nuevo el asunto de muchas islas

encantadas próximas á Britannia, en una de las cuales el titán Briareo

vigila al encarcelado Saturno, no se nombra la isla Orgygia. «El

trayecto del Océano Cronnieno es lento, á causa de los aluviones de los

ríos que descienden del Gran Continente, y hacen la mar _terrosa_ y

espesa.» Esto es un modo de explicar por la proximidad[299] de un Gran

Continente _el mare concretum, cœnosum, pigrum_ de los autores romanos,

y atribuir á depósitos de terrenos movedizos lo que otros, en las

regiones boreales, atribuyen á los hielos, y en los mares meridionales á

las algas marinas, es decir, á los bancos flotantes de fucus.

El Gran Continente de Plutarco se prolonga hacia el Norte[300] con la

regularidad de forma, á que los antiguos muestran mucha predilección,

respecto del golfo que conduce al mar Caspio ó de Hyrcania[301]. El Gran

Continente tiene también un ancho golfo como la Meótides y habitado por

pueblos de origen griego. Estos habitantes opinan que su país es un

continente, pero que nuestra tierra (Europa, Asia y la Libia) «es una

isla rodeada por el Océano». El mismo concepto exactamente se encuentra

en el mito geográfico de la Merópida de Theopompo. Sileno revela también

á los Phrigios que los Meropienos habitan un gran continente lejano y

que nuestra tierra es pequeñísima isla. Tal es también la frase de

Cicerón (_Somn. Scip._, 6): «Omnis enim terra quæ colitur á vobis, parva

quædam est insula.»

El Continente de Plutarco fué visitado por Hércules en su expedición

hacia el Oeste y el Norte, y los compañeros de Hércules introdujeron de

nuevo la lengua y las costumbres griegas, cuyo uso estaba casi olvidado.

Hércules es allí, después de Saturno, el más honrado. Como el planeta

Saturno, á quien llamamos Phænón, pero que los habitantes del continente

Cronieno nombran el Guardián de la noche, entra cada treinta años en la

constelación del Toro, este suceso se celebra con una gran fiesta, y se

efectúa el embarque, en cada una de estas fiestas, de los _theoros_ que

mucho tiempo antes están designados por la suerte.

El viaje de estos enviados es muy peligroso. Su primer destino es á las

islas que, según hemos dicho, están situadas delante del Gran Continente

y ocupadas por colonos griegos, sin mezcla de bárbaros. Estas islas

debían ser muy boreales, porque, durante treinta días, sólo una hora se

ocultaba el sol en el horizonte, y aun en esta breve noche había una luz

crepuscular. El monje irlandés Dicuil hubiera dicho que quedaba bastante

claridad para _buscarse los piojos_. Después de una permanencia de

noventa días, los enviados seguían adelante, con viento favorable, sin

duda para llegar á Orgygia.

En esta isla se gozaba de dulce temperatura; Saturno dormía en un antro

profundo, porque Júpiter le daba el sueño para tenerle sujeto.

Rodeábanle genios que le habían servido cuando aun mandaba á los dioses

y á los hombres, y estos genios referían los sueños proféticos de

Saturno, quien á su vez soñaba lo que Júpiter meditaba.

El extranjero por quien supo Sila todas estas maravillas vivió treinta

años en la misma isla sagrada, donde, sin trabajos materiales, sólo se

ocupaba de filosofía.

Después de haber experimentado todas las iniciaciones y aprendido la

física y la astrología, que está fundada en la geometría, tuvo vivo

deseo de visitar la grande isla, que es como llaman á nuestro

Continente. Habiendo pasado el período de treinta años, llegó una nueva

_theoría_, y el extranjero, después de saludar á sus amigos, se embarcó

y apareció en Cartago; pero la expresión «no os diré á través de qué

pueblos, por entre qué hombres pasó, qué escritos sagrados aprendió á

conocer y en cuántos ritos fué iniciado», demuestra bien que se trata de

un viaje por tierra.

El extranjero permaneció mucho tiempo en Cartago, es decir, en la ciudad

romana construída sobre las ruinas «de la antigua ciudad púnica, y allí

descubrió algunos escritos sagrados «que habían sido salvados (sin duda

cuando la destrucción de la ciudad de Dido por Scipión el Africano) y

que estuvieron largo tiempo ocultos y enterrados». Entre las divinidades

visibles dice que es la luna la que especialmente merece la veneración

de los hombres, etc., etc.

Llegando al asunto principal del tratado, discute de nuevo Sila los

puntos de filosofía natural, sin tocar al _mito geográfico_ del Gran

Continente Cronieno que fijó la atención de Ortelio. Al final del libro

es cuando el narrador afirma solemnemente que cuanto ha referido lo sabe

por boca del personaje misterioso que apareció en Libia y que éste «lo

aprendió de los genios que tenían á Saturno aletargado».

Seguramente este mito en su conjunto no es un entretenimiento del

espíritu, una novela filosófica debida solo á la imaginación de

Plutarco. Refiérese á una serie de ideas antiquísimas, á tradiciones ó,

si se quiere, á un sistema de opiniones[302] de las cuales han llegado á

nosotros algunos otros fragmentos en la Merópida de Theopompo y en el

pasaje que contiene el diálogo de Plutarco _Defectu Oraculorum_ (cap.

18). Este último presenta una descripción pintoresca de algunas islas

sagradas próximas á Bretaña y llamadas de los Demonios y de las grandes

almas de los héroes, sitio de tempestades y de meteoros luminosos. En

una de estas islas está encerrado Saturno, cuyo sueño vigila Briareo,

porque este sueño constituye los lazos que lo aprisionan (frase empleada

ya en el Tratado de la Luna). «El dios está rodeado de genios, que son

sus compañeros y servidores.»

El otro mundo[303], el _Gran Continente_, lo encontramos también en el

mito de la Merópida de Theopompo, cuento moral en forma cosmográfica.

Las revevelaciones que hace Sileno á Midas el Phrigio tienen, al

parecer, relación en su parte simbólica con antiguas tradiciones

religiosas, y tuvieron celebridad mucho tiempo después de los poetas y

de los filósofos alejandrinos, apareciendo como _favella de Sileno_ en

Cicerón (Tusc. Quæst., I, 38) el grave filósofo estóico.

Según Theopompo, elogiado por Dionisio de Halicarnaso y maltratado

por Estrabón, la tierra de los Méropes es una μεγάλη ἤπειρος más

allá del Océano. También los Méropes de Sileno están persuadidos de

que sólo su país es un continente y que nosotros habitamos en una

isla de poca extensión. Los adornos poéticos, tales como las dos

ciudades «del combate y de la piedad», los ríos del deleite y de la

tristeza, el oro más abundante que lo es el hierro entre los Griegos,

hombres de una raza gigantesca y de larga vida, instituciones y leyes

diametralmente opuestas á las nuestras, no faltan por cierto en esta

corta novela sentimental.

Ignórase si estaba comprendida en el _Liber admirabilium_ de Theopompo ó

en su Historia de Macedonia (_las Filípicas_). Deseosos los habitantes

de Meropis de visitar por curiosidad la pequeña isla que habitamos, al

partir del Gran Continente fueron primero á las tierras de los

hyperbóreos; pero volvieron poco satisfechos del estado de un pueblo que

los Griegos creían tan feliz. En toda esta ficción, donde consta la

antigua creencia de que existían otras tierras grandísimas, separadas de

nuestro οἰκουμένη, ninguna mención se hace de Saturno y de la

tierra Croniena. Sin embargo, la visita á los hyperbóreos, cuya comarca

estaba más próxima al Gran Continente de los Méropes, sitúa nuevamente

el mito de Theopompo hacia el Noroeste y lo relaciona también con la

tradición cuyo recuerdo nos ha conservado Plutarco.

Perizonio, que es tan juicioso, ha visto también en las revelaciones de

Sileno algunos indicios de América. «Non dubito quin veteres aliquid

sciverint quasi per nebulam et caliginem de _América_ partim ab antigua

traditione ab Ægyptiis vel Carthaginiensibus (!) accepta, partim ex

ratiocinatione de forma et situ orbis terrarum (Æliano, ed. Lugd., 1701,

pág. 217).

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 23 / 42 题