I.

Condiciones personales de Cristóbal Colón.

Lo que más halaga é instruye en la historia filosófica de los

descubrimientos y en la exposición de las sutiles correlaciones que no

advierten las inteligencias vulgares, es seguir la marcha de los

inventores. La exactitud de esta idea, expresada por un sabio cuyos

brillantes descubrimientos en las ciencias físicas le dieron justa

fama[1], compréndese especialmente al recorrer la historia de la

Geografía.

En las precedentes páginas he intentado profundizar algunos de los

antiguos misterios de la cosmografía mítica. Hemos visto que la Edad

Media fundaba sus esperanzas del éxito de empresas marítimas en estas

creencias, de las cuales las más generalizadas situaban las tierras

desconocidas al Occidente del Atlántico y del Mar Cronieno.

Desde Colæus de Samos, el primer griego que, siguiendo las huellas de

los fenicios, pasó más allá de las columnas de Briareo ó de Hércules,

hasta la era del infante D. Enrique y de Cristóbal Colón, la serie de

los descubrimientos hacia el Oeste fué progresiva y por largo tiempo

contínua.

En la historia de la Geografía todos los hechos aparecen íntimamente

relacionados entre sí; y bajo este punto de vista los descubrimientos

del siglo XV preséntanse frecuentemente á nuestra imaginación como

reminiscencias de las edades anteriores. Si la segunda mitad de dicho

siglo es una de las épocas más memorables de la vida de los pueblos

occidentales, débese á la conexión que se observa en los esfuerzos,

sistemáticamente dirigidos al mismo objeto.

Un historiador sagaz descubre, en la larga serie de generaciones que se

renuevan, el rastro de ciertas tendencias comunes á los habitantes del

litoral mediterráneo, y podría decirse que, desde los tiempos más

remotos, tuvieron la mirada fija en el estrecho por donde la cuenca de

este mar comunica con el _Río Océano_. El horizonte huye

progresivamente, al parecer, ante la intrepidez de los navegantes.

Limitado al principio delante de la Pequeña Syrte, retrocede poco á poco

hacia Tartessus y las islas Afortunadas. En la Edad Media esa misma

costa de Tartessus, el Potosí del antiguo mundo semítico ó fenicio,

conviértese en punto de partida para el descubrimiento de América; como

gérmenes cuyo crecimiento se sofoca ó retarda largo tiempo, y que de

pronto se desarrollan por virtud de un conjunto de circunstancias

extraordinarias.

Muchas veces no es este concurso en manera alguna accidental. Los hechos

que en determinadas épocas de la historia nos revelan inesperado

engrandecimiento del poder del género humano, son producto, como en la

naturaleza orgánica, de una acción lenta y casi siempre de difícil

comprensión. Aparece un mundo nuevo, se descubre un nuevo camino á la

India, al llegar el término del plazo durante el cual preparan estos

grandes sucesos algunas de las causas generales que influyen

simultáneamente en los destinos de los pueblos.

Los descubrimientos marítimos del siglo XV débense al movimiento impreso

á la sociedad por el contacto de las civilizaciones árabe y cristiana;

débense al adelanto del arte naval, fecundado por las ciencias; á las

necesidades siempre crecientes de los productos del mundo oriental; á la

experiencia que adquirieron los marinos en lejanas expediciones

comerciales ó de pesca; al impulso, en fin, del genio de algunos hombres

instruídos, audaces y pacientes.

Esta triple cualidad de instrucción, audacia y prolongada paciencia,

debemos encontrarla especialmente en Cristóbal Colón.

Al principio de una nueva era, en el límite incierto en que se confunden

la Edad Media y los tiempos modernos, esta gran figura domina el siglo

del cual recibió el impulso y al cual, á su vez, dió nueva vida. El

descubrimiento de América fué sin duda imprevisto. Colón no buscaba el

continente que las conjeturas de Strabón situaban entre las costas de

la Iberia y del Asia oriental, en el paralelo de la isla de Rodas,

precisamente donde el antiguo mundo tiene más desarrollo, es decir,

mayor extensión. Murió sin saber lo que había descubierto, persuadido de

que la costa de Veragua formaba parte del _Cataï_ y de la provincia de

_Mango_[2] y de que la gran isla de Cuba era «una tierra firme del

principio de las Indias[3], desde donde se podía volver á España sin

atravesar mares (por consecuencia, siguiendo el camino de Este á

Oeste).»

Al surcar Colón un mar desconocido pidiendo á los astros la dirección de

la ruta por medio del empleo del astrolabio recientemente inventado,

buscaba el Asia por la vía del Oeste conforme á un plan preconcebido, no

como aventurero que fía su suerte al acaso. Su éxito fué una conquista

de la reflexión, y bajo este punto de vista Colón se encuentra muy por

encima de los navegantes que acometieron la empresa de doblar el cabo de

la extremidad de África, siguiendo, por decirlo así, los contornos de un

continente de forma piramidal, cuyas costas orientales visitaban los

árabes. Sin embargo, no todos los datos de geografía física en que se

fundaba lo que acabo de llamar una conquista de la reflexión eran

igualmente exactos. El Almirante no sólo estrechaba el Atlántico y la

extensión de todos los mares que cubren la superficie del globo, sino

reducía también las dimensiones del mismo globo. «_El mundo es poco;

digo que el mundo no es tan grande como dice el vulgo._»

La gloria de Colón, como la de todos los hombres extraordinarios que por

sus escritos ó sus actos han agrandado la esfera de la inteligencia,

tanto se basa en las condiciones de talento y en la fuerza del carácter

cuyo impulso realiza el éxito, como en la poderosa influencia que han

ejercido, casi siempre sin saberlo, en los destinos del género humano.

Es indudable que en el mundo intelectual y moral los pensamientos

creadores han dado casi siempre inesperado movimiento á la marcha de la

civilización: al esclarecer súbitamente la inteligencia, la hacen más

atrevida; pero sus mayores triunfos han sido efecto especialmente de la

acción que el hombre logra ejercer sobre el mundo físico; efecto de esos

descubrimientos materiales cuyos prodigiosos resultados sorprenden más

los ánimos que las causas que los producen. El engrandecimiento del

imperio del hombre sobre el mundo material ó las fuerzas de la

naturaleza, la gloria de Cristóbal Colón y de James Watt inscrita en los

fastos de la geografía y de las artes industriales, presentan un

problema mucho más complejo que las conquistas puramente intelectuales,

que el poder creciente del pensamiento debido á Aristóteles y Platón, á

Newton y á Leibnitz.

Parecerá temerario, ó al menos inútil, añadir algo al cuadro hecho por

la hábil mano de Washington Irving, de las grandes cualidades y

debilidades de carácter del marino genovés. Mr. Irving conoció muy bien

cuánto perjudica al elogio la exageración. Por mi parte completaré el

retrato dedicando algunos instantes á los rasgos individuales del héroe,

y señalando especialmente á la admiración de los sabios el espíritu de

observación y los grandes conceptos de geografía física que revelan los

escritos de Colón.

Por la índole de mis propios estudios, sorprendióme un mérito, no

estimado aún en su verdadero valor, y que contrasta con la falta de

ciencia y el desorden de ideas que los citados escritos presentan con

sobrada frecuencia. El carácter de los grandes hombres lo forman á la

vez la poderosa individualidad, que los eleva sobre el nivel de sus

contemporáneos, y el espíritu general de su siglo, representado é

influído por ellos. Su fama resiste á cualquier análisis de las

condiciones que les dan fisonomía propia, rasgos inefables.

Sólo vamos á examinar lo que más debe admirarse en Colón: la lucidez

casi instintiva de su espíritu y la elevación y el temple de su

carácter. El vulgo tiene la injusta prevención de atribuir los éxitos de

los hombres que se han ilustrado por actos heroicos, ó, valiéndome de

una frase que especialmente caracteriza la individualidad de Colón, por

la realización de un vasto y único proyecto, más bien á la energía del

carácter que ejecuta que al pensamiento que concibe y prepara la acción.

Seguramente las facultades intelectuales de Colón merecen ser tan

admiradas como la energía de su voluntad; pero al destino del género

humano corresponde, sin duda, ver preferir la fuerza, y aun los excesos

de la fuerza, á los nobles impulsos del pensamiento.

Una frase de Casas, que llama á Vespucci[4] elocuente y _latino_, es

decir, sabio y dotado de elocuencia, ha ocasionado el error de

considerar al navegante florentino mucho más instruído que Cristóbal

Colón. Las Relaciones del primero no fueron primitivamente escritas en

latín, sino traducidas del portugués y del italiano; y si Vespucci cita

á veces un canto de Dante[5], en cambio estas Relaciones escritas en

estilo enfático y llenas de ridícula afectación no prueban que supiera

más que Colón, en quien la sagacidad de observación aplicada á los

fenómenos físicos era extremada, poseyendo además una extensión y una

variedad de conocimientos literarios que, si no eran siempre muy

exactos, ni tomados de los autores originales, no por ello causan menos

admiración.

El impetuoso ardimiento de su carácter le hizo dedicarse á la vez á la

lectura de los Padres de la Iglesia, de los judíos arabizantes, de los

escritos místicos de Gerson y de las obras de los geógrafos antiguos,

consultando los extractos de éstos que contienen los _Orígenes_ de

Isidoro de Sevilla, y la Cosmografía del Cardenal de Ailly.

Se ha investigado minuciosamente en Italia[6] acudiendo á la época de

1460 á 1479, quiénes, de treinta y siete profesores de matemáticas y

física, tuvieron la suerte de dirigir los estudios de Colón durante su

permanencia en Pavía, y alguna probabilidad hay de que fueran Antonio de

Terzago y Esteban de Faenza sus maestros de astronomía náutica; pero,

como anteriormente hemos dicho, el gran marino rehizo, por decirlo así,

sus estudios mucho tiempo después, durante su permanencia en Lisboa.

Hombre de negocios y de acción, como lo acredita su correspondencia;

ocupándose tanto de su gloria como de sus intereses pecuniarios;

conservando en sí, junto á tantos cuidados materiales y minuciosos que

enfrían el alma y achican el carácter, un sentimiento profundo y poético

de la majestad de la naturaleza[7], Colón debía estar expuesto, por la

rapidez y variedad de sus lecturas, á cierto desorden de ideas que bien

se advierte en sus escritos.

Antes que Pigafetta, conoció los medios de encontrar la longitud por la

ascensión directa de los astros, y en España se le consideraba[8], desde

su vuelta del primer viaje, como _gran teórico y admirablemente

práctico_, elegido por la Divina Providencia para descubrir misterios

impenetrables. Pero la explicación que intenta de algunas erróneas

observaciones de la polar, hechas en las inmediaciones de las islas

Azores, sobre los pasos superiores é inferiores de la estrella, y su

hipótesis de la figura no esférica é irregular de la tierra que está

_hinchada_ en determinada parte de la zona ecuatorial, hacia la costa de

Paria, prueban[9] que no estaba bien enterado de las primeras nociones

geométricas, muy vulgarizadas en Italia, como es sabido, á fines del

siglo XV. Deseoso siempre Colón de acelerar la ejecución de sus

proyectos, y ocupándole constantemente lo positivo de la vida, no estaba

familiarizado, como sucede á la gran masa de los marinos de nuestros

días, sino con la práctica de los métodos de observación; sin estudiar

suficientemente las bases en que estos métodos se fundan[10].

Lo que más caracteriza á Colón es la penetración y extraordinaria

sagacidad con que se hacía cargo de los fenómenos del mundo exterior, y

tan notable es como observador de la naturaleza que como intrépido

navegante. Al llegar á un mundo nuevo y bajo un nuevo cielo (_cometí

viaje nuevo al nuevo cielo y mundo_, escribe al ama del infante D. Juan,

en Noviembre de 1500), nada se oculta á su sagacidad, ni la

configuración de las tierras, ni el aspecto de la vegetación, ni las

costumbres de los animales, ni la distribución del calor según la

influencia de la longitud, ni las corrientes pelágicas, ni las

variaciones del magnetismo terrestre. Buscando con empeño las especias

de la India, y el ruibarbo[11], que tanto celebraban los médicos árabes,

Rubriquis y los viajeros italianos, examina minuciosamente los frutos y

las hojas de las plantas. En las coníferas distingue los verdaderos

pinos, semejantes á los de España, de los pinos de fruto monocarpo, lo

que demuestra que conoció antes que L’Heritier el género Podocarpus[12].

El lujo de la vegetación y la abundancia de bejucos le impiden

distinguir las partes que pertenecen al mismo tronco, y en el _Diario_

de su primer viaje diserta largamente acerca de la maravillosa propiedad

de los árboles de la isla Fernandina[13], de producir hojas

completamente distintas; en unas ramas hojas como de cañas y otras como

de lentiscos.

Y no se limita á la observación de hechos aislados, que también los

combina y busca su mutua relación, elevándose algunas veces

atrevidamente al descubrimiento de las leyes generales que reaccionan el

mundo físico. Esta tendencia á generalizar los hechos observados, es

tanto más digna de atención cuanto que antes del fin del siglo XV, y aun

me atrevería á decir que casi antes del padre Acosta, no encontramos

otro intento de generalización.

En estas disertaciones de geografía física, de las cuales voy á

presentar un fragmento muy notable, no se deja guiar el gran marino,

contra su costumbre, por las reminiscencias de la filosofía

escolástica, y aplica teorías suyas á lo que observa. La simultaneidad

de fenómenos prueban, á su juicio, que proceden de una misma causa, y

para evitar la sospecha de que sustituyo á las nociones de Colón ideas

de la física moderna, reproduciré literalmente un párrafo de su carta

del mes de Octubre de 1498, fechada en Haïti: «Cuando yo navegué de

España á las Indias fallo luego, pasando cien leguas á Poniente de los

Azores, grandísimo mudamiento en el cielo é en las estrellas, y en la

temperancia del aire, y en las aguas de la mar, y en esto he tenido

mucha diligencia en la experiencia. Fallo que de Septentrion en Austro,

pasando las dichas cien leguas de las dichas islas, que luego en las

agujas de marear, que fasta entonces nordesteaban, noruestean una cuarta

de viento todo entero[14] y esto es en allegando allí á aquella línea,

como quien traspone una cuesta, y asi mesmo fallo la mar toda llena de

yerba de una calidad que parece ramitas de pino[15] y muy cargada de

fruta como de lentisco, y es tan espesa, que al primer viaje creí que

era bajo, y que daría en seco con los navíos, y hasta llegar con esta

raya no se falla un solo ramito. Fallo también en llegando allí (cien

leguas al Oeste de las Azores) la mar muy suave y llana y bien que vente

recio nunca se levanta.

»Yo allegué agora de España á la isla de la Madera, y de allí á Canaria,

y dende á las islas de Cabo Verde, de adonde cometí el viaje para

navegar al Austro fasta debajo de la línea equinocial, como ya dije (el

hijo de Colón dice que sólo avanzó hasta el 5° de latitud boreal.)

Allegado á estar en derecho con el paralelo que pasa por la _Sierra

Leoa_[16] en Guinea, fallo tan grande ardor, y los rayos del sol tan

calientes, que pensaba de quemar, y bien que lloviese y el cielo fuese

muy turbado, siempre yo estaba en esta fatiga, fasta que nuestro Señor

proveyó de buen viento y á mí puso en voluntad que yo navegase al

Occidente con este esfuerzo, que en llegando á la raya de que yo dije

que allí fallaría mudamiento en la temperancia. Después que yo empareje

á estar en derecho de esta raya, luego fallé la temperancia del cielo

muy suave y cuanto más andaba adelante más multiplicaba.»

Este largo pasaje en que se advierte el estilo franco y sencillo de

Colón, pero difuso, contiene el germen de amplias ideas sobre geografía

física. Añadiéndole lo que el mismo marino indica en otros escritos,

estas miras abarcan: 1.º, la influencia que ejerce la longitud en la

declinación de la aguja imantada; 2.º, la inflexión que experimentan

las líneas isotermas, siguiendo el trazado de las curvas, desde las

costas occidentales de Europa hasta las orientales de América; 3.º,

la posición del gran banco de sargazo en la cuenca del Océano Atlántico,

y las relaciones de esta posición con el clima de la parte de atmósfera

que descansa sobre el Océano; 4.º, la dirección de la corriente

general de los mares tropicales; y 5.º, la configuración de las islas

y las causas geológicas que, al parecer, han influído en esta

configuración en el Mar de las Antillas.

Al escribir la historia de los descubrimientos del siglo XV, y al

examinar el desarrollo sucesivo de la _Física del mundo_, como físico y

como geólogo creo tener la doble obligación de dar algunas explicaciones

sobre estos diversos asuntos.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 5 / 42 题