_Muerte de Muley Aben Hazen, y concordia entre el Zagal y Boabdil._
El nuevo Rey de Granada, con sus proezas, con la rota del conde
de Cabra, y el destrozo de los caballeros de Calatrava, se habia
conciliado el favor del pueblo, á quien procuraba conservar en este
buen sentido con torneos, fiestas y otros regocijos públicos, á que
los moros eran en extremo apasionados. Entre tanto la experiencia
que tenia del carácter veleidoso de su nacion, le hacia temer
alguna nueva revolucion en favor de Muley Aben Hazen, su hermano
desposeido. Postrado en cama y ciego, estaba entonces este anciano
Monarca retirado en Almuñecar, donde se lisonjeaba de pasar tranquilo
el resto de su vida; pero en breves dias una órden dictada por
los recelos del Zagal, vino á turbar este sosiego, y le obligó á
trasladarse á Salobreña.
Este pequeño pueblo estaba situado en medio de un hermoso y fértil
valle, sobre un montecillo, cerca de la costa del mediterráneo. Su
defensa era un fuerte castillo, edificado por los Reyes de Granada
para depósito de sus tesoros. Aqui tambien enviaban aquellos sus
hijos y hermanos cuya ambicion les inspiraba algun recelo; y estos
príncipes reducidos á los límites del valle, ni bien presos ni del
todo libres, pasaban la vida entregados al ócio y á los placeres,
gozando de un cielo el mas sereno, de un clima suave, y de un pais
delicioso. Su palacio estaba adornado de muchas fuentes, floridos
jardines y baños perfumados: la música y el baile hacian transcurrir
las horas; y en fin, cuantos deleites podian proporcionar el arte y
la naturaleza, se les permitia sin restriccion. Nada se les habia
negado sino solo la libertad; y á no faltar ésta, fuera aquella
morada un paraiso verdadero.
Apenas llegó aqui el viejo Aben Hazen, se agravó su enfermedad,
y pasados pocos dias pagó el tributo á la naturaleza. Este
acontecimiento nada tenia de extraño; pues ya tiempo hacia que estaba
extinguiéndose en él la llama de la vida: pero las medidas que
inmediatamente tomó el Zagal, despertaron las sospechas del público.
Apoderándose con prisa poco decorosa de los tesoros del difunto,
los mandó conducir á Granada, y se los apropió en perjuicio de sus
sobrinos. La sultana Fátima y sus dos hijos, fueron encerrados en la
torre de Comáres; la misma que, á instancias suyas, habia sido en
otro tiempo prision de la virtuosa sultana Aixa la Horra, y de su
hijo Boabdil. El cuerpo del viejo Aben Hazen fue tambien trasladado
á Granada, pero no con la pompa que exigia la consideracion de haber
sido un Monarca poderoso, sino conducido ignominiosamente en una
mula. Sus restos fueron llevados á la sepultura por dos cautivos
cristianos, sin ninguna manera de honras fúnebres, y depositados en
el Osario real[42].
[42] Cura de los Palacios, cap. LXXVII.
Apenas se supo en Granada la muerte de Aben Hazen, empezó el pueblo
á lamentar su pérdida y á exaltar sus virtudes. Confesaban que habia
sido soberbio y cruel, pero tambien habia sido valiente: no negaban
ser él la causa de la guerra en que estaban empeñados, pero tambien
veian que para él habia sido mas funesta que para ninguno. En una
palabra, estaba muerto; y con su muerte olvidaron todos sus defectos.
Á medida que dejaban de odiar á Aben Hazen, iban aborreciendo al
Zagal. La muerte misteriosa del anciano Rey, el afan de apoderarse
de sus tesoros, el abandono escandaloso de su cadáver y la prision
de la sultana, todo llenó de sospechas los ánimos del pueblo, en
cuyos murmullos iba el nombre del Zagal acompañado con el dictado de
fratricida.
Entonces fue cuando los granadinos, que no se hallaban sin un
ídolo á quien adorar, empezaron á informarse de la suerte del
Rey chico Boabdil. Este desgraciado príncipe vivia á la sazon en
Córdoba, protejido por la amistad del Rey Fernando. La mudanza de la
opinion pública en Granada, y el ascendiente que iban tomando sus
partidarios, le animó á levantar de nuevo su estandarte; y el Rey
Católico, interesado en fomentar las divisiones de los moros, le
auxilió con armas y tesoros. Asi pudo Boabdil establecer el simulacro
de una corte en Velez el blanco, ciudad fuerte en los confines de
Murcia, donde permaneció dando tiempo al tiempo, y esperando que la
fortuna le restituyese al trono de sus abuelos.
En efecto, la aceptacion popular del Zagal habia ido á menos desde la
muerte de su hermano: se habian reanimado los partidos del Albaicin
y de la Alhambra, y ardia la infeliz Granada en disensiones civiles,
manchándose sus calles diariamente con la sangre de sus hijos. En
tal estado de cosas se levantó entre los moros Hamet Aben Zarrax,
denominado el santo; el mismo que en otra ocasion habia pronosticado
los males de Granada. “¡Musulmanes!, exclamó este lúgubre adivino,
guardaos de hombres que quieren mandar y no saben defender: dejad
ya de mataros por el Chico ni por el Zagal: renuncien vuestros
Reyes á sus contiendas, y únanse para la salvacion de la pátria,
ó sean entrambos desposeidos.” Las palabras del santon fueron
recibidas como emanadas de un oráculo. Al punto entraron en consejo
los ancianos y alfaquís, para deliberar sobre el modo de concertar
á los dos Reyes; y habiendo acordado dividir entre ellos el reino,
dieron al Zagal las ciudades de Granada, Málaga, Velez-málaga,
Almería, Almuñecar y sus dependencias; dejando á Boabdil con todo lo
demas. Entre las ciudades concedidas á este último, se hizo mencion
particular de la de Loja; estipulándose que inmediatamente pasaria
allá Boabdil á tomar en persona el mando; pues el favor que tenia con
el Rey católico, juzgaban seria un motivo para que éste no llevase á
efecto la intencion que tenia de atacar aquella plaza.
El prudente Zagal accedió á este arreglo; y vendiendo como virtud
lo que solo era necesidad, envió á su sobrino una diputacion,
invitándole á ratificar un convenio en que le cedia la mitad del
reino, para que unidos los dos amistosamente, acudiesen al socorro
de la pátria. Boabdil, aunque repugnaba toda confederacion con un
hombre á quien miraba como enemigo de su casa, y usurpador de sus
estados, admitió la oferta que se le hacia de la mitad del reino,
sin renunciar por eso el derecho absoluto que juzgaba tener al todo.
Establecida esta concordia, se dispuso á partir para Loja. Al tiempo
de montar á caballo, se le presentó Hamet Aben Zarrax. “Seais fiel á
la pátria y á la fé, le dijo el santon, no tengais mas comunicacion
con los cristianos; que os están minando la tierra bajo los pies. De
dos cosas solo podeis ser una, ó Rey ó esclavo; mirad cual escogeis.”
Las palabras del santon, se imprimieron altamente en el corazon de
Boabdil; pero este desgraciado Rey, propenso á obrar segun el impulso
de las circunstancias, jamas seguia una política constante. Llegando
á Loja, escribió al Rey Fernando informándole de como esta ciudad
y otras muchas, habian vuelto á su obediencia, y que conforme al
homenage que le habia hecho, las tendria como feudos de la corona de
Castilla; por lo que le rogaba se abstuviese de cualquier empresa
contra ellas que hubiese premeditado[43]. Pero Fernando, teniendo por
artificioso el proceder de Boabdil, cerró los oidos á estas razones,
le acusó de haber formado una confederacion hostil con su tio, y
privándole de su amistad, se previno para perseguirle en la próxima
campaña.
[43] Zurita, lib. XX. c. 68.
La fatal estrella de Boabdil, parecia influir en todas sus acciones:
su alianza con el Rey católico, le habia hecho odioso á sus vasallos;
y reconciliándose ahora con los suyos, faltaba á la fé jurada, y
al pacto que tenia con los cristianos: verificándose ademas, en
las contiendas ruinosas que traia con sus rivales, aquel proverbio
castellano, alusivo á las guerras civiles: “El vencido vencido, y el
vencedor perdido”[44].
[44] Garibay, lib. XL. c. 33.
[Ilustración]