_Muley Aben Hazen entra por los estados de Medinasidonia, y corre
la campiña de Tarifa._
Juntando un ejército en Málaga, marchó Muley Aben Hazen á socorrer
á Loja; pero llegó cuando ya Fernando iba de retirada, y cuando
el último escuadron de su ejército estaba á la otra parte de la
frontera. Perdida esta ocasion, revolvió el Monarca moro contra
Alhama, sin que en esta segunda tentativa fuese mas feliz que en la
primera; pues el valor y constancia del alcaide Luis Portocarrero,
le tuvieron á raya hasta tanto que la salida del Rey Fernando para
correr segunda vez la vega, le obligó mal de su grado á retirarse.
No pudiendo con una fuerza tan inferior como la suya competir con
el ejército de Castilla, ni tampoco permanecer tranquilo viendo la
devastacion de su territorio, determinó Muley hacer una entrada por
los estados de Medinasidonia, diciendo: “Ya que no podemos defender
nuestras tierras del enemigo, vayamos á asolar las suyas.” Todo
parecia convidar á esta empresa; la abundancia del pais, la gran
cantidad de ganado que se criaba en sus dehesas, y la ausencia de
muchos de los caballeros de Andalucía que se hallaban en el ejército
del Rey, y habian dejado la tierra casi sin defensa. Procedióse pues
á la ejecucion de este proyecto: marchó Muley para las tierras de
Medinasidonia con mil y quinientos caballos y seis mil infantes;
y tomando la ribera del mar, pasó por Estepona, y entró en el
territorio cristiano por la parte de Gibraltar.
El alcaide de esta plaza, Pedro de Vargas, soldado animoso, vigilante
y emprendedor, era el único que inspiraba á Muley algun recelo;
y aunque sabia éste que la guarnicion era demasiado corta para
que hiciesen una salida con buen éxito, no dejaba de temer que le
molestasen en su marcha. Asi es que al pasar por aquel peñon antiguo,
que parece elevarse hasta las nubes, volvia Muley la vista hácia
él con ansia y con cuidado: siguiendo su marcha con precaucion y
silencio, envió delante batidores para reconocer el terreno, y tomó
otras medidas para asegurarse contra cualquiera emboscada ó asechanza
del enemigo, sin creerse enteramente seguro hasta que, pasando la
tierra quebrada y montuosa de Castellar, y dejando á Gibraltar á la
izquierda, llegó á las llanuras que atraviesa el rio Celemin. Aqui
sentó su campo; y destacando cuatrocientos corredores, ó ginetes
armados á la ligera, los apostó cerca de Algeciras, con órden de
observar la fortaleza vecina de Gibraltar, de atacar al alcaide y
cortarle la retirada, en el caso que intentase una salida. Tomada
esta disposicion, se despacharon doscientos corredores mas para
correr la campiña de Tarifa, é igual número para asolar las tierras
de Medinasidonia: los demas, con el Rey, quedaron en el campo para
formar un punto de reunion. Con tan buen efecto corrieron aquellos
forrageadores el pais, que en breve volvieron conduciendo rebaños
enteros, y ganado en tanta cantidad, que era mas de lo suficiente
para suplir la falta de lo que acababa de quitarles Fernando en su
incursion en la vega. La tropa apostada en la playa de Algeciras con
órden de observar á Gibraltar, volvió tambien al campo, diciendo
que en aquella plaza todo quedaba tranquilo, y que no habian visto
moverse un solo soldado de la guarnicion; por lo que Muley se
felicitó en vista de la celeridad y secreto con que habia efectuado
esta entrada, burlando la vigilancia de aquel sagaz alcaide.
Pero se equivocaba Muley Aben Hazen creyendo que sus movimientos
habian sido tan secretos, que no se hubiesen notado. De todo tenia
aviso Pedro de Vargas; mas siendo tan corta su guarnicion, no se
atrevia á salir de la fortaleza, por no dejarla desamparada.
Felizmente aportó, á esta sazon, en la bahía de Gibraltar la escuadra
de Cárlos de Valera, que cruzaba en el estrecho; y Vargas, dejando
al comandante de ella encargado de la defensa de la plaza en su
ausencia, se salió fuera aquella misma noche con setenta caballos, y
se dirigió á Castellar, lugar fuerte situado en una altura por donde
sabia que los moros habian de pasar á su regreso. De órden suya se
encendieron hogueras en los cerros, para avisar á las gentes del
campo que los moros estaban en la tierra, y despacháronse correos en
diversas direcciones para apellidar á los habitantes, é intimarles
que se le reuniesen armados en Castellar.
Muley Aben Hazen, conociendo por las almenaras que ardian en las
montañas que el pais se levantaba, alzó el campo, y á toda prisa se
puso en movimiento con direccion á la frontera; pero le servia de
mucho entorpecimiento en su marcha el botin que habia recogido, y
la gran cabalgada que habia sacado de la campiña de Tarifa. En esto
le avisaron sus adalides que habia tropas enemigas en campaña; pero
hizo poco aprecio de este aviso, sabiendo que no podian ser sino los
soldados de Pedro de Vargas, que no pasaban de doscientos ginetes.
Empero echó delante doscientos y cincuenta caballos al mando de
los alcaides de Cáceres y de Marbella: detras de estos colocó la
cabalgada, llevando él mismo la retaguardia, que formaba el grueso
de su ejército. Pedro de Vargas, que estaba alerta, los vió venir
cuando se acercaban á Castellar, por una nube de polvo que levantaron
al bajar una de las cuestas de aquel pais montuoso, y notó que la
vanguardia estaba separada de la retaguardia por un espacio de mas de
media legua, y por la cabalgada que iba en el centro, al paso que un
bosque espeso ocultaba los primeros á los últimos. Persuadido Vargas
que en tal disposicion no podrian valerse unos á otros, en el caso de
ser atacados repentinamente, y que seria fácil ponerlos en confusion,
tomó cincuenta ginetes escogidos, y haciendo un rodeo, fue con el
mayor secreto á esperar al enemigo á la entrada de un paso angosto,
por donde forzosamente habia de pasar.
Aqui se pusieron en emboscada, ocultándose entre los peñascos y
matorrales, con propósito de dejar pasar la delantera, y caer sobre
la rezaga. En esto se presentaron seis batidores moros á caballo,
que empezaron á reconocer aquel sitio con el mayor cuidado, y ya
iban á descubrir la celada, cuando Vargas, precisado á mudar el
plan que habia formado, hizo una seña, y al punto salieron contra
ellos diez ginetes españoles. De la primera embestida mordieron
la tierra cuatro de los moros: los otros dos, metiendo espuela á
sus caballos, huyeron para reunirse con los suyos, persiguiéndolos
los diez de Pedro de Vargas. Adelantáronse entonces unos ochenta
caballos de la vanguardia de los moros para socorrer á los batidores:
volvieron atrás los diez españoles, y persiguiéndolos los moros,
entraron unos y otros atropelladamente por el paso ó desfiladero
donde estaba la emboscada. Al punto suena una trompeta, y saliendo
Vargas y los suyos, dieron en ellos con tal furia y denuedo, que en
un momento arrollaron á cuarenta de los enemigos: los demas volvieron
las espaldas. “¡Adelante! gritó Vargas, y acabemos con la vanguardia
antes que puedan ser socorridos por los de atrás.” En efecto,
hicieron los nuestros una carga tan vigorosa, que desbarataron toda
la delantera de los moros, los cuales huyeron desordenados para
reunirse con la retaguardia, y atravesando por medio de la cabalgada,
la pusieron en confusion, levantando entre todos tal polvo, que no
se podian distinguir los objetos. Satisfechos con esta ventaja,
y recelando la llegada del Rey moro con el grueso del ejército,
trataron los cristianos de ponerse en cobro, y con veinte y ocho
caballos y los despojos de los muertos, (entre los cuales hallaron á
los alcaides de Cáceres y Marbella) se retiraron á Castellar.
Sorprendido Muley con esta confusion y alboroto, llegó á temer que
toda la gente de Jerez estaba en armas contra él, y poco faltó, para
que abandonase la cabalgada y se retirase por otro camino; pero
como el buen soldado jamas abandona la presa sin pelear, determinó
pasar adelante, y llegando al campo de batalla, le halló cubierto de
los cuerpos muertos de mas de ciento de sus soldados. Enfurecido á
la vista de tanto estrago, siguió el alcance del enemigo hasta las
puertas de Castellar, y pegó fuego á dos casas que habia junto á la
muralla. Reuniendo despues el ganado que andaba disperso, lo hizo
conducir formando una hilera inmensa, por debajo de los muros de la
villa, como para desafiar á Pedro de Vargas.
En medio de su fiereza, tenia el viejo Aben Hazen sus rasgos de
generosidad y cortesía, y no era menos caballero que soldado.
Mandando llamar á un cautivo cristiano, le preguntó cuáles eran las
rentas del alcaide de Gibraltar; y habiéndosele respondido que de
cada piara que pasaba por aquel término, le correspondia una res,
dijo Muley: “Alá no permita que á tan buen caballero se le defraude
de su derecho.” Inmediatamente mandó escoger de entre el ganado
que traia doce reses de las mejores y mas gordas, que entregó á un
alfaquí con órden de presentárlas de su parte á Pedro de Vargas. “Y
decidle, añadió el Rey, que me perdone si antes no satisfice sus
derechos, de los cuales no tenia noticia; pero que instruido ya de
ellos, me apresuro á pagárselos con la puntualidad que se debe á tan
buen caballero; y que no sabia yo fuese el alcaide de Gibraltar tan
activo y vigilante en la cobranza de sus alcabalas.”
No dejó de caerle en gracia á Pedro de Vargas la ocurrencia del Rey
de Granada; y usando del mismo estilo, contestó: “Decid al Rey,
vuestro señor, que le beso las manos por la merced que me hace, y
que siento no me haya permitido la cortedad de mis fuerzas darle un
recibimiento mas señalado á su entrada en estas partes; pero que
estoy esperando la llegada esta noche de trescientos caballos de
Jerez, y que si en efecto vienen, no dejaré de obsequiar á S. M. con
ellos á la madrugada.” Y presentando al alfaquí un vestido de seda y
un manto de escarlata, le despidió con mucha cortesía.
Al recibir esta respuesta, dijo Aben Hazen meneando la cabeza:
“Líbrenos Alá de una visita de estos campeadores de Jerez; que si nos
atacan, embarazados como vamos con esta cabalgada, y empeñados en
un pais tan áspero y fragoso, no les será dificil efectuar nuestra
destruccion.” Con este cuidado aceleró su marcha, y pasó con tal
precipitacion aquellas montañas, que se le descarrió una gran parte
del ganado, y se volvieron cinco mil cabezas, que fueron recogidas
por los cristianos: con lo demas llegó Muley á Málaga, donde entró
ufano y glorioso por el daño que habia causado en las tierras del
duque de Medinasidonia[19].
[19] Alonso de Palencia, L. XXVIII. c. 3.
[Ilustración]