CAPÍTULO IX.

_Muley Aben Hazen entra por los estados de Medinasidonia, y corre

la campiña de Tarifa._

Juntando un ejército en Málaga, marchó Muley Aben Hazen á socorrer

á Loja; pero llegó cuando ya Fernando iba de retirada, y cuando

el último escuadron de su ejército estaba á la otra parte de la

frontera. Perdida esta ocasion, revolvió el Monarca moro contra

Alhama, sin que en esta segunda tentativa fuese mas feliz que en la

primera; pues el valor y constancia del alcaide Luis Portocarrero,

le tuvieron á raya hasta tanto que la salida del Rey Fernando para

correr segunda vez la vega, le obligó mal de su grado á retirarse.

No pudiendo con una fuerza tan inferior como la suya competir con

el ejército de Castilla, ni tampoco permanecer tranquilo viendo la

devastacion de su territorio, determinó Muley hacer una entrada por

los estados de Medinasidonia, diciendo: “Ya que no podemos defender

nuestras tierras del enemigo, vayamos á asolar las suyas.” Todo

parecia convidar á esta empresa; la abundancia del pais, la gran

cantidad de ganado que se criaba en sus dehesas, y la ausencia de

muchos de los caballeros de Andalucía que se hallaban en el ejército

del Rey, y habian dejado la tierra casi sin defensa. Procedióse pues

á la ejecucion de este proyecto: marchó Muley para las tierras de

Medinasidonia con mil y quinientos caballos y seis mil infantes;

y tomando la ribera del mar, pasó por Estepona, y entró en el

territorio cristiano por la parte de Gibraltar.

El alcaide de esta plaza, Pedro de Vargas, soldado animoso, vigilante

y emprendedor, era el único que inspiraba á Muley algun recelo;

y aunque sabia éste que la guarnicion era demasiado corta para

que hiciesen una salida con buen éxito, no dejaba de temer que le

molestasen en su marcha. Asi es que al pasar por aquel peñon antiguo,

que parece elevarse hasta las nubes, volvia Muley la vista hácia

él con ansia y con cuidado: siguiendo su marcha con precaucion y

silencio, envió delante batidores para reconocer el terreno, y tomó

otras medidas para asegurarse contra cualquiera emboscada ó asechanza

del enemigo, sin creerse enteramente seguro hasta que, pasando la

tierra quebrada y montuosa de Castellar, y dejando á Gibraltar á la

izquierda, llegó á las llanuras que atraviesa el rio Celemin. Aqui

sentó su campo; y destacando cuatrocientos corredores, ó ginetes

armados á la ligera, los apostó cerca de Algeciras, con órden de

observar la fortaleza vecina de Gibraltar, de atacar al alcaide y

cortarle la retirada, en el caso que intentase una salida. Tomada

esta disposicion, se despacharon doscientos corredores mas para

correr la campiña de Tarifa, é igual número para asolar las tierras

de Medinasidonia: los demas, con el Rey, quedaron en el campo para

formar un punto de reunion. Con tan buen efecto corrieron aquellos

forrageadores el pais, que en breve volvieron conduciendo rebaños

enteros, y ganado en tanta cantidad, que era mas de lo suficiente

para suplir la falta de lo que acababa de quitarles Fernando en su

incursion en la vega. La tropa apostada en la playa de Algeciras con

órden de observar á Gibraltar, volvió tambien al campo, diciendo

que en aquella plaza todo quedaba tranquilo, y que no habian visto

moverse un solo soldado de la guarnicion; por lo que Muley se

felicitó en vista de la celeridad y secreto con que habia efectuado

esta entrada, burlando la vigilancia de aquel sagaz alcaide.

Pero se equivocaba Muley Aben Hazen creyendo que sus movimientos

habian sido tan secretos, que no se hubiesen notado. De todo tenia

aviso Pedro de Vargas; mas siendo tan corta su guarnicion, no se

atrevia á salir de la fortaleza, por no dejarla desamparada.

Felizmente aportó, á esta sazon, en la bahía de Gibraltar la escuadra

de Cárlos de Valera, que cruzaba en el estrecho; y Vargas, dejando

al comandante de ella encargado de la defensa de la plaza en su

ausencia, se salió fuera aquella misma noche con setenta caballos, y

se dirigió á Castellar, lugar fuerte situado en una altura por donde

sabia que los moros habian de pasar á su regreso. De órden suya se

encendieron hogueras en los cerros, para avisar á las gentes del

campo que los moros estaban en la tierra, y despacháronse correos en

diversas direcciones para apellidar á los habitantes, é intimarles

que se le reuniesen armados en Castellar.

Muley Aben Hazen, conociendo por las almenaras que ardian en las

montañas que el pais se levantaba, alzó el campo, y á toda prisa se

puso en movimiento con direccion á la frontera; pero le servia de

mucho entorpecimiento en su marcha el botin que habia recogido, y

la gran cabalgada que habia sacado de la campiña de Tarifa. En esto

le avisaron sus adalides que habia tropas enemigas en campaña; pero

hizo poco aprecio de este aviso, sabiendo que no podian ser sino los

soldados de Pedro de Vargas, que no pasaban de doscientos ginetes.

Empero echó delante doscientos y cincuenta caballos al mando de

los alcaides de Cáceres y de Marbella: detras de estos colocó la

cabalgada, llevando él mismo la retaguardia, que formaba el grueso

de su ejército. Pedro de Vargas, que estaba alerta, los vió venir

cuando se acercaban á Castellar, por una nube de polvo que levantaron

al bajar una de las cuestas de aquel pais montuoso, y notó que la

vanguardia estaba separada de la retaguardia por un espacio de mas de

media legua, y por la cabalgada que iba en el centro, al paso que un

bosque espeso ocultaba los primeros á los últimos. Persuadido Vargas

que en tal disposicion no podrian valerse unos á otros, en el caso de

ser atacados repentinamente, y que seria fácil ponerlos en confusion,

tomó cincuenta ginetes escogidos, y haciendo un rodeo, fue con el

mayor secreto á esperar al enemigo á la entrada de un paso angosto,

por donde forzosamente habia de pasar.

Aqui se pusieron en emboscada, ocultándose entre los peñascos y

matorrales, con propósito de dejar pasar la delantera, y caer sobre

la rezaga. En esto se presentaron seis batidores moros á caballo,

que empezaron á reconocer aquel sitio con el mayor cuidado, y ya

iban á descubrir la celada, cuando Vargas, precisado á mudar el

plan que habia formado, hizo una seña, y al punto salieron contra

ellos diez ginetes españoles. De la primera embestida mordieron

la tierra cuatro de los moros: los otros dos, metiendo espuela á

sus caballos, huyeron para reunirse con los suyos, persiguiéndolos

los diez de Pedro de Vargas. Adelantáronse entonces unos ochenta

caballos de la vanguardia de los moros para socorrer á los batidores:

volvieron atrás los diez españoles, y persiguiéndolos los moros,

entraron unos y otros atropelladamente por el paso ó desfiladero

donde estaba la emboscada. Al punto suena una trompeta, y saliendo

Vargas y los suyos, dieron en ellos con tal furia y denuedo, que en

un momento arrollaron á cuarenta de los enemigos: los demas volvieron

las espaldas. “¡Adelante! gritó Vargas, y acabemos con la vanguardia

antes que puedan ser socorridos por los de atrás.” En efecto,

hicieron los nuestros una carga tan vigorosa, que desbarataron toda

la delantera de los moros, los cuales huyeron desordenados para

reunirse con la retaguardia, y atravesando por medio de la cabalgada,

la pusieron en confusion, levantando entre todos tal polvo, que no

se podian distinguir los objetos. Satisfechos con esta ventaja,

y recelando la llegada del Rey moro con el grueso del ejército,

trataron los cristianos de ponerse en cobro, y con veinte y ocho

caballos y los despojos de los muertos, (entre los cuales hallaron á

los alcaides de Cáceres y Marbella) se retiraron á Castellar.

Sorprendido Muley con esta confusion y alboroto, llegó á temer que

toda la gente de Jerez estaba en armas contra él, y poco faltó, para

que abandonase la cabalgada y se retirase por otro camino; pero

como el buen soldado jamas abandona la presa sin pelear, determinó

pasar adelante, y llegando al campo de batalla, le halló cubierto de

los cuerpos muertos de mas de ciento de sus soldados. Enfurecido á

la vista de tanto estrago, siguió el alcance del enemigo hasta las

puertas de Castellar, y pegó fuego á dos casas que habia junto á la

muralla. Reuniendo despues el ganado que andaba disperso, lo hizo

conducir formando una hilera inmensa, por debajo de los muros de la

villa, como para desafiar á Pedro de Vargas.

En medio de su fiereza, tenia el viejo Aben Hazen sus rasgos de

generosidad y cortesía, y no era menos caballero que soldado.

Mandando llamar á un cautivo cristiano, le preguntó cuáles eran las

rentas del alcaide de Gibraltar; y habiéndosele respondido que de

cada piara que pasaba por aquel término, le correspondia una res,

dijo Muley: “Alá no permita que á tan buen caballero se le defraude

de su derecho.” Inmediatamente mandó escoger de entre el ganado

que traia doce reses de las mejores y mas gordas, que entregó á un

alfaquí con órden de presentárlas de su parte á Pedro de Vargas. “Y

decidle, añadió el Rey, que me perdone si antes no satisfice sus

derechos, de los cuales no tenia noticia; pero que instruido ya de

ellos, me apresuro á pagárselos con la puntualidad que se debe á tan

buen caballero; y que no sabia yo fuese el alcaide de Gibraltar tan

activo y vigilante en la cobranza de sus alcabalas.”

No dejó de caerle en gracia á Pedro de Vargas la ocurrencia del Rey

de Granada; y usando del mismo estilo, contestó: “Decid al Rey,

vuestro señor, que le beso las manos por la merced que me hace, y

que siento no me haya permitido la cortedad de mis fuerzas darle un

recibimiento mas señalado á su entrada en estas partes; pero que

estoy esperando la llegada esta noche de trescientos caballos de

Jerez, y que si en efecto vienen, no dejaré de obsequiar á S. M. con

ellos á la madrugada.” Y presentando al alfaquí un vestido de seda y

un manto de escarlata, le despidió con mucha cortesía.

Al recibir esta respuesta, dijo Aben Hazen meneando la cabeza:

“Líbrenos Alá de una visita de estos campeadores de Jerez; que si nos

atacan, embarazados como vamos con esta cabalgada, y empeñados en

un pais tan áspero y fragoso, no les será dificil efectuar nuestra

destruccion.” Con este cuidado aceleró su marcha, y pasó con tal

precipitacion aquellas montañas, que se le descarrió una gran parte

del ganado, y se volvieron cinco mil cabezas, que fueron recogidas

por los cristianos: con lo demas llegó Muley á Málaga, donde entró

ufano y glorioso por el daño que habia causado en las tierras del

duque de Medinasidonia[19].

[19] Alonso de Palencia, L. XXVIII. c. 3.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 10 / 50 题