LA PROPUESTA DEL ARCO
1 Minerva, la deidad de los brillantes ojos, inspiróle en el corazón
á la discreta Penélope, hija de Icario, que en la propia casa de
Ulises les sacara á los pretendientes el arco y el blanquizco
hierro; á fin de celebrar el certamen que había de ser el preludio
de su matanza. Subió Penélope la alta escalera de la casa; tomó
en su hermosa y robusta mano una magnífica llave bien curvada, de
bronce, con el cabo de marfil; y se fué con las siervas al aposento
más interior donde guardaba los objetos preciosos del rey--bronce,
oro y labrado hierro--y también el flexible arco y la aljaba para
las flechas, que contenía muchas y dolorosas saetas; dones ambos
que á Ulises le hiciera su huésped Ífito Eurítida, semejante á los
inmortales, cuando se juntó con él en Lacedemonia. Encontráronse en
Mesena, en casa del belicoso Orsíloco. Ulises iba á cobrar una deuda
de todo el pueblo, pues los mesenios se habían llevado de Ítaca, en
naves de muchos bancos, trescientas ovejas con sus pastores: por
esta causa Ulises, que aún era joven, emprendió como embajador aquel
largo viaje, enviado por su padre y otros ancianos. Á su vez, Ífito
iba en busca de doce yeguas de vientre con sus potros, pacientes
en el trabajo, que antes le quitaran y que luego habían de ser la
causa de su muerte y miserable destino; pues, habiéndose llegado
á Hércules, hijo de Júpiter, varón de ánimo esforzado que sabía
realizar grandes hazañas, ése le mató en su misma casa, sin embargo
de tenerlo como huésped. ¡Inicuo! No temió la venganza de los dioses,
ni respetó la mesa que le puso él en persona: matóle y retuvo en su
palacio las yeguas de fuertes cascos. Cuando Ífito iba, pues, en
busca de las mentadas yeguas, se encontró con Ulises y le dió el arco
que antiguamente llevara el gran Eurito y que éste legó á su vástago
al morir en su excelsa casa; y Ulises, por su parte, regaló á Ífito
afilada espada y fornida lanza; presentes que hubieran originado
entre ambos cordial amistad, mas los héroes no llegaron á verse el
uno en la mesa del otro, porque el hijo de Júpiter mató antes á Ífito
Eurítida, semejante á los inmortales. Y el divinal Ulises llevaba en
su patria el arco que le había dado Ífito, pero no lo quiso tomar al
partir para la guerra en las negras naves; y lo dejó en el palacio
como recuerdo de su caro huésped.
42 Al instante que la divina entre las mujeres llegó al aposento
y puso el pie en el umbral de encina que en otra época puliera el
artífice con gran habilidad y enderezara por medio de un nivel,
alzando los dos postes en que había de encajar la espléndida puerta;
desató la correa del anillo, introdujo la llave é hizo correr los
cerrojos de la puerta, empujándola hacia dentro. Rechinaron las hojas
como muge un toro que pace en la pradera--¡tanto ruido produjo la
hermosa puerta al empuje de la llave!--y abriéronse inmediatamente.
Penélope subió al excelso tablado donde estaban las arcas de los
perfumados vestidos; y, tendiendo el brazo, descolgó de un clavo el
arco con la funda espléndida que lo envolvía. Sentóse allí mismo,
teniéndolo en sus rodillas, lloró ruidosamente y sacó de la funda el
arco del rey. Y cuando ya estuvo harta de llorar y de gemir, fuése
hacia la habitación donde se hallaban los ilustres pretendientes; y
llevó en su mano el flexible arco y la aljaba para las flechas, la
cual contenía abundantes y dolorosas saetas. Juntamente con Penélope,
llevaban las siervas una caja con mucho hierro y bronce que servía
para los juegos del rey. Cuando la divina entre las mujeres hubo
llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la columna que
sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas
por espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Y á la hora
dirigió la palabra á los pretendientes, hablándoles de esta guisa:
68 «Oídme, mis ilustres pretendientes, los que habéis caído sobre
esta casa para comer y beber de continuo durante la prolongada
ausencia de mi esposo, sin poder hallar otra excusa que la intención
de casaros conmigo y tenerme por mujer. Ea, pretendientes míos, os
espera este certamen: pondré aquí el gran arco del divinal Ulises, y
aquel que más fácilmente lo maneje, lo tienda y haga pasar una flecha
por el ojo de las doce segures, será con quien yo me vaya, dejando
esta casa á la que vine doncella, que es tan hermosa, que está tan
abastecida, y de la cual me figuro que habré de acordarme aun entre
sueños.»
80 Tales fueron sus palabras; y mandó en seguida á Eumeo, el divinal
porquerizo, que ofreciera á los pretendientes el arco y el blanquizco
hierro. Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y desde la
parte contraria el boyero, al ver el arco de su señor, lloró también.
Y Antínoo les increpó, diciéndoles de esta suerte:
85 «¡Rústicos necios, que no pensáis más que en lo del día! ¡Ah
míseros! ¿Por qué, vertiendo lágrimas, conmovéis el ánimo de esta
mujer, cuando ya lo tiene sumido en el dolor desde que perdió á su
consorte? Comed ahí, en silencio, ó idos afuera á llorar; dejando
ese pulido arco que ha de ser causa de un certamen fatigoso para los
pretendientes, pues creo que nos será difícil armarlo. Que no hay
entre todos los que aquí nos encontramos un hombre como fué Ulises.
Le vi y de él guardo memoria, aunque en aquel tiempo era yo un niño.»
96 Así les habló, pero allá dentro en su ánimo tenía esperanzas de
armar el arco y hacer pasar la flecha á través del hierro; aunque
debía gustar antes que nadie la saeta despedida por mano de Ulises, á
quien estaba ultrajando en su palacio y aun incitaba á sus compañeros
á que también lo hiciesen. Mas el esforzado y divinal Telémaco les
dirigió la palabra y les dijo:
[Ilustración: SENTÓSE PENÉLOPE Y LLORÓ RUIDOSAMENTE TENIENDO EN SUS
RODILLAS EL ARCO DEL REY
(_Canto XXI, versos 55 y 56._)]
102 «¡Oh dioses! En verdad que Júpiter Saturnio me ha vuelto el
juicio. Díceme mi madre querida, siendo tan discreta, que se irá
con otro y saldrá de esta casa; y yo me río y me deleito con ánimo
insensato. Ea, pretendientes, ya que os espera este certamen por
una mujer que no tiene par en el país aqueo, ni en la sacra Pilos,
ni en Argos, ni en Micenas, ni en la misma Ítaca, ni en el obscuro
continente, como vosotros mismos lo sabéis. ¿Qué necesidad tengo
de alabar á mi madre? Ea, pues, no difiráis la lucha con pretextos y
no tardéis en hacer la prueba de armar el arco, para que os veamos.
También yo lo intentaré; y si logro armarlo y hacer pasar la flecha á
través del hierro, mi veneranda madre no me dará el disgusto de irse
con otro y abandonar el palacio; pues me dejaría en él, cuando ya
pudiera alcanzar la victoria en los hermosos juegos de mi padre.»
118 Dijo; y, poniéndose en pie, se quitó el purpúreo manto y descolgó
de su hombro la aguda espada. Acto continuo comenzó por hincar las
segures, abriendo para todas un gran surco, alineándolas á cordel,
y poniendo tierra á entrambos lados. Todos se quedaron sorprendidos
al notar con qué buen orden las colocaba, sin haber visto nunca
aquel juego. De seguida fuése al umbral y probó á tender el arco.
Tres veces lo movió, con el deseo de armarlo, y tres veces hubo de
desistir de su propósito; aunque sin perder la esperanza de tirar de
la cuerda y hacer pasar la flecha á través del hierro. Y lo hubiese
armado, tirando con gran fuerza por la cuarta vez; pero Ulises se lo
prohibió con una seña y le contuvo en su deseo. Entonces habló de
esta manera el esforzado y divinal Telémaco:
131 «¡Oh dioses! Ó tengo que ser en adelante ruin y menguado, ó soy
aún demasiado joven y no puedo confiar en mis brazos para rechazar á
quien me ultraje. Mas, ea, probad el arco vosotros, que me superáis
en fuerzas, y acabemos el certamen.»
136 Diciendo así, puso el arco en el suelo, arrimándolo á las tablas
de la puerta que estaban sólidamente unidas y bien pulimentadas; dejó
la veloz saeta apoyada en el hermoso anillo; y volvióse al asiento
que antes ocupaba. Y Antínoo hijo de Eupites, les habló de esta
manera:
141 «Levantaos consecutivamente, compañeros, empezando por la derecha
del lugar donde se escancia el vino.»
143 De tal modo se expresó Antínoo y á todos les plugo cuanto dijo.
Levantóse el primero Liodes, hijo de Énope, el cual era el arúspice
de los pretendientes y acostumbraba sentarse en lo más hondo, al
lado de la magnífica cratera, siendo el único que aborrecía las
iniquidades y que se indignaba contra los demás pretendientes.
Tal fué quien primero tomó el arco y la veloz flecha. En seguida
se encaminó al umbral y probó el arco; mas no pudo tenderlo, que
antes se le fatigaron, con tanto tirar, sus manos blandas y no
encallecidas. Y al momento hablóles así á los demás pretendientes:
152 «¡Amigos! Yo no puedo armarlo; tómelo otro. Este arco privará del
ánimo y de la vida á muchos príncipes, porque es preferible la muerte
á vivir sin realizar el propósito que nos reúne aquí continuamente
y que nos hace aguardar día tras día. Ahora cada cual espera en su
alma que se le cumplirá el deseo de casarse con Penélope, la esposa
de Ulises; mas, tan pronto como vea y pruebe el arco, ya puede
dedicarse á pretender á otra aquiva, de hermoso peplo, solicitándola
con regalos de boda; y luego se casará aquélla con quien le haga más
presentes y venga designado por el destino.»
163 Dichas estas palabras, apartó de sí el arco, arrimándolo á
las tablas de la puerta, que estaban sólidamente unidas y bien
pulimentadas, dejó la veloz saeta apoyada en el hermoso anillo,
y volvióse al asiento que antes ocupaba. Y Antínoo le increpó,
diciéndole de esta suerte:
168 «¡Liodes! ¡Qué palabras tan graves y molestas se te escaparon
del cerco de los dientes! Me indigné al oirlas. Dices que este arco
privará del ánimo y de la vida á los príncipes, tan sólo porque no
puedes armarlo. No te parió tu madre veneranda para que entendieses
en manejar el arco y las saetas; pero verás cómo lo tienden muy
pronto otros ilustres pretendientes.»
175 Así le dijo; y al punto dió al cabrero Melantio la siguiente
orden: «Ve, Melantio, enciende fuego en la sala, coloca junto al
hogar un sillón con una pelleja, y trae una gran bola de sebo del
que hay en el interior; para que los jóvenes, calentando el arco y
untándolo con grasa, probemos de armarlo y terminemos este certamen.»
181 Tal fué lo que le mandó. Melantio se puso inmediatamente á
encender el fuego infatigable, colocó junto al mismo un sillón
con una pelleja y sacó una gran bola de sebo del que había en el
interior. Untándolo con sebo y calentándolo en la lumbre, fueron
probando el arco todos los jóvenes; mas no consiguieron tenderlo,
porque les faltaba gran parte de la fuerza que para ello se requería.
Y ya sólo quedaban sin probarlo Antínoo y el deiforme Eurímaco, que
eran los príncipes entre los pretendientes y á todos superaban por su
fuerza.
188 Entonces salieron juntos de la casa el boyero y el porquerizo del
divinal Ulises; siguióles éste y díjoles con suaves palabras así que
dejaron á su espalda la puerta y el patio:
193 «¡Boyero y tú, porquerizo! ¿Os revelaré lo que pienso ó lo
mantendré oculto? Mi ánimo me ordena que lo diga. ¿Cuáles fuerais
para ayudar á Ulises, si llegara de súbito porque alguna deidad nos
lo trajese? ¿Os pondríais de parte de los pretendientes ó del propio
Ulises? Contestad como vuestro corazón y vuestro ánimo os lo dicten.»
199 Dijo entonces el boyero: «¡Padre Júpiter! Ojalá me cumplas este
voto: que vuelva aquel varón, traído por alguna deidad. Tú verías, si
así sucediese, cuál es mi fuerza y de qué brazos dispongo.»
203 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises
volviera á su casa. Cuando el héroe conoció el verdadero modo de
pensar de entrambos, hablóles nuevamente diciendo de esta suerte:
207 «Pues dentro está, aquí lo tenéis, soy yo que, después de pasar
muchos trabajos, he vuelto en el vigésimo año á la patria tierra.
Conozco que entre mis esclavos tan solamente vosotros deseabais
mi vuelta, pues no he oído que ningún otro hiciera votos para que
tornara á esta casa. Os voy á revelar con sinceridad lo que ha de
llevarse á efecto. Si, por ordenarlo un dios, sucumben á mis manos
los eximios pretendientes, os buscaré esposa, os daré bienes y sendas
casas labradas junto á la mía, y os consideraré en lo sucesivo como
compañeros y hermanos de Telémaco. Y, si queréis, ea, voy á mostraros
una manifiesta señal para que me reconozcáis y se convenza vuestro
ánimo: la cicatriz de la herida que me infirió un jabalí con su
blanco diente cuando fuí al Parnaso con los hijos de Autólico.»
221 Apenas hubo dicho estas palabras, apartó los harapos para
enseñarles la extensa cicatriz. Ambos la vieron y examinaron
cuidadosamente, y acto continuo rompieron en llanto, echaron los
brazos sobre el prudente Ulises y, apretándole, le besaron la cabeza
y los hombros. Ulises, á su vez, besóles la cabeza y las manos. Y
entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si el propio
Ulises no les hubiese calmado, diciéndoles de esta suerte:
228 «Cesad ya de llorar y de gemir: no sea que alguno salga del
palacio, lo vea y se vaya á contarlo allá dentro. Entraréis en el
palacio pero no juntos, sino uno tras otro: yo primero y vosotros
después. Tened sabida una señal que os quiero dar y es la siguiente:
Los otros, los ilustres pretendientes, no han de permitir que se
me dé el arco y el carcaj; pero tú, divinal Eumeo, tráelo por la
habitación, pónmelo en las manos, y di á las mujeres que cierren
las sólidas puertas de las estancias y que si alguna oyere gemidos
ó estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala, no se
asome y quédese allí, en silencio, junto á su labor. Y á ti, divinal
Filetio, te confío las puertas del patio para que las cierres,
corriendo el cerrojo que sujetarás mediante un nudo.»
242 Hablando así, entróse por el cómodo palacio y fué á sentarse en
el mismo sitio que antes ocupaba. Luego penetraron también los dos
esclavos del divinal Ulises.
245 Ya Eurímaco manejaba el arco, dándole vueltas y calentándolo, ora
por esta, ora por aquella parte, al resplandor del fuego. Mas ni aun
así consiguió armarlo; por lo cual, sintiendo gran angustia en su
corazón glorioso, suspiró y dijo de esta suerte:
249 «¡Oh dioses! Grande es el pesar que siento por mí y por vosotros
todos. Y aunque me afligen las frustradas nupcias, no tanto me
lamento por las mismas--pues hay muchas aqueas en la propia Ítaca,
rodeada por el mar, y en las restantes ciudades,--como por ser
nuestras fuerzas de tal modo inferiores á las del divinal Ulises que
no podamos tender su arco: ¡vergonzoso será que lleguen á saberlo los
venideros!»
256 Entonces Antínoo, hijo de Eupites, le habló diciendo: «¡Eurímaco!
No será así y tú mismo lo comprendes. Ahora, mientras se celebra
en la población la sacra fiesta del dios, ¿quién lograría tender
el arco? Ponedlo en tierra tranquilamente y permanezcan clavadas
todas las segures, pues no creo que se las lleve ninguno de los que
frecuentan el palacio de Ulises Laertíada. Mas, ea, comience el
escanciador á repartir las copas para que hagamos la libación, y
dejemos ya el corvo arco. Y ordenad al cabrero Melantio que al romper
el día se venga con algunas cabras, las mejores de todos sus rebaños,
á fin de que, en ofreciendo los muslos á Apolo, célebre por su arco,
probemos de armar el de Ulises y terminemos este certamen.»
269 De tal suerte se expresó Antínoo y á todos les plugo lo que
proponía. Los heraldos diéronles aguamanos y unos mancebos llenaron
las crateras y distribuyeron el vino después de ofrecer en copas las
primicias. No bien se hicieron las libaciones y bebió cada uno cuanto
deseara, el ingenioso Ulises, meditando engaños, les habló de este
modo:
275 «Oídme, pretendientes de la ilustre reina, para que os exponga
lo que en mi pecho el ánimo me ordena deciros; y he de rogárselo
en particular á Eurímaco y al deiforme Antínoo que ha pronunciado
estas oportunas palabras: dejad por ahora el arco y atended á los
dioses, y mañana algún numen dará bríos á quien le plazca. Ea,
entregadme el pulido arco y probaré con vosotros mis brazos y mi
fuerza: si por ventura hay en mis flexibles miembros el mismo vigor
que anteriormente ó ya se lo hicieron perder la vida errante y la
carencia de cuidados.»
285 Así dijo. Todos sintieron gran indignación, temiendo que armase
el pulido arco. Y Antínoo le increpó, hablándole de esta manera:
288 «¡Oh, el más miserable de los huéspedes! Tú no tienes ni sombra
de juicio. ¿No te basta estar sentado tranquilamente en el festín
con nosotros, los ilustres, sin que se te prive de ninguna de las
cosas del banquete, y escuchar nuestras palabras y conversaciones
que no oye huésped ni mendigo alguno? Sin duda te trastorna el dulce
vino, que suele perjudicar á quien lo bebe ávida y descomedidamente.
El vino dañó al ínclito centauro Euritión cuando fué al país de los
lapitas y se halló en el palacio del magnánimo Pirítoo. Tan luego
como tuvo la razón ofuscada por el vino, enloqueciendo, llevó al cabo
perversas acciones en la morada de Pirítoo; los héroes, poseídos de
dolor, arrojáronse sobre él y, arrastrándolo hacia la puerta, le
cortaron con el cruel bronce orejas y narices; y así se fué, con
la inteligencia perturbada y sufriendo el castigo de su falta con
ánimo demente. Tal origen tuvo la contienda de los centauros con
los hombres; mas aquél fué quien primero se atrajo el infortunio
por haberse llenado de vino. De semejante modo, te anuncio á ti una
gran desgracia si llegares á tender el arco; pues no habrá quien te
defienda en este pueblo, y pronto te enviaremos en negra nave al rey
Équeto, plaga de todos los mortales, del cual no has de escapar sano
y salvo. Bebe, pues, tranquilamente y no compitas con hombres que son
más jóvenes.»
311 Entonces la discreta Penélope le habló diciendo: «¡Antínoo! No es
decoroso ni justo que se ultraje á los huéspedes de Telémaco, sean
cuales fueren los que vengan á este palacio. ¿Por ventura crees que
si el huésped, confiando en sus manos y en su fuerza, tendiese el
grande arco de Ulises, me llevaría á su casa para tenerme por mujer
propia? Ni él mismo concibió en su pecho tal esperanza, ni por su
causa ha de comer ninguno de vosotros con el ánimo triste; pues esto
no se puede pensar razonablemente.»
320 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Hija de Icario! ¡Discreta
Penélope! No creemos que éste se te haya de llevar, ni el pensarlo
fuera razonable, pero nos da vergüenza el dicho de los hombres y
de las mujeres; no sea que exclame algún aqueo peor que nosotros:
«Hombres muy inferiores pretenden la esposa de un varón excelente y
no pueden armar el pulido arco; mientras que un mendigo que llegó
errante, tendiólo con facilidad é hizo pasar la flecha á través del
hierro.» Así dirán, cubriéndonos de oprobio.»
330 Repuso entonces la discreta Penélope: «¡Eurímaco! No es posible
que en el pueblo gocen de buena fama quienes injurian á un varón
principal, devorando lo de su casa: ¿por qué os hacéis merecedores de
estos oprobios? El huésped es alto y vigoroso, y se precia de tener
por padre á un hombre de buen linaje. Ea, entregadle el pulido arco
y veamos. Lo que voy á decir se llevará á cumplimiento: Si tendiere
el arco, por concederle Apolo esta gloria, le pondré un manto y una
túnica, vestidos magníficos; le regalaré un agudo dardo, para que
se defienda de los hombres y de los perros, y también una espada de
doble filo; le daré sandalias para los pies y le enviaré adonde su
corazón y su ánimo deseen.»
343 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! Ninguno de los
aqueos tiene poder superior al mío para dar ó rehusar el arco á quien
me plega, entre cuantos mandan en la áspera Ítaca ó en las islas
cercanas á la Élide, tierra fértil de caballos: por consiguiente,
ninguno de éstos podría forzarme, oponiéndose á mi voluntad, si
quisiera dar de una vez este arco al huésped aunque fuese para que se
lo llevara. Vuelve á tu habitación, ocúpate en las labores que te son
propias, el telar y la rueca, y ordena á las esclavas que se apliquen
al trabajo, y del arco nos cuidaremos los hombres y principalmente
yo, cuyo es el mando en esta casa.»
354 Asombrada se fué Penélope á su habitación, poniendo en su ánimo
las discretas palabras de su hijo. Y así que hubo llegado con las
esclavas al aposento superior, lloró por Ulises, su querido consorte,
hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, difundióle en los
párpados el dulce sueño.
359 En tanto, el divinal porquerizo tomó el corvo arco para
llevárselo al huésped; mas todos los pretendientes empezaron á
increparle dentro de la sala, y uno de aquellos jóvenes soberbios le
habló de esta manera:
362 «¿Adónde llevas el corvo arco, oh porquero no digno de envidia,
oh vagabundo? Pronto te devorarán, junto á los marranos y lejos de
los hombres, los ágiles canes que tú mismo has criado, si Apolo y los
demás inmortales dioses nos fueren propicios.»
366 Así decían; y él volvió á poner el arco en el mismo sitio,
asustado de que le increpasen tantos hombres dentro de la sala. Mas
Telémaco le amenazó, gritándole desde el otro lado:
369 «¡Abuelo! Sigue adelante con el arco, que muy pronto verías que
no obras bien obedeciendo á todos: no sea que yo, aun siendo el más
joven, te eche al campo y te hiera á pedradas, ya que te aventajo
en fuerzas. Ojalá superase de igual modo, en brazos y fuerzas, á
todos los pretendientes que hay en el palacio; pues no tardaría en
arrojar á alguno vergonzosamente de la casa, porque maquinan acciones
malvadas.»
376 Así les habló; y todos los pretendientes lo recibieron con dulces
risas, olvidando su terrible cólera contra Telémaco. El porquerizo
tomó el arco, atravesó la sala y, deteniéndose cabe al prudente
Ulises, se lo puso en las manos. Seguidamente, llamó al ama Euriclea
y le habló de este modo:
381 «Telémaco te manda, prudente Euriclea, que cierres las sólidas
puertas de las estancias y que si alguna de las esclavas oyere
gemidos ó estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala,
no se asome y quédese allí, en silencio, junto á su labor.»
386 Así le dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea,
que cerró las puertas de las cómodas habitaciones.
388 Filetio, á su vez, salió de la casa silenciosamente, fué á
entornar las puertas del bien cercado patio y, como hallara debajo
del pórtico el cable de papiro de una corva embarcación, las ató con
el mismo. Luego volvió á entrar y sentóse en el mismo sitio que antes
ocupaba, con los ojos clavados en Ulises. Ya éste manejaba el arco,
dándole vueltas por todas partes y probando acá y allá: no fuese que
la carcoma hubiera roído el cuerno durante la ausencia del rey. Y uno
de los presentes dijo al que tenía más cercano:
397 «Debe de ser experto y hábil en manejar arcos, ó quizás haya en
su casa otros semejantes, ó se proponga construirlos: de tal modo le
da vueltas en sus manos acá y allá, ese vagabundo instruído en malas
artes.»
401 Otro de aquellos jóvenes soberbios habló de esta manera: «¡Así
alcance tanto provecho, como en su vida podrá armar el arco!»
404 De tal suerte se expresaban los pretendientes. Mas el ingenioso
Ulises, tan luego como hubo tentado y examinado el gran arco por
todas partes, cual un hábil citarista y cantor tiende fácilmente
con la clavija nueva la cuerda formada por el retorcido intestino
de una oveja que antes atara del uno y del otro lado: de este modo,
sin esfuerzo alguno, armó Ulises el grande arco. Seguidamente probó
la cuerda, asiéndola con la diestra, y dejóse oir un hermoso sonido
muy semejante á la voz de una golondrina. Sintieron entonces los
pretendientes gran pesar y á todos se les mudó el color. Júpiter
despidió un gran trueno como señal y holgóse el paciente divino
Ulises de que el hijo del artero Saturno le enviase aquel presagio.
Tomó el héroe una veloz flecha que estaba encima de la mesa, porque
las otras se hallaban dentro de la hueca aljaba, aunque muy pronto
habían de gustarlas los aqueos. Y acomodándola al arco, tiró á la vez
de la cuerda y de las barbas, allí mismo, sentado en la silla; apuntó
al blanco, despidió la saeta y no erró á ninguna de las segures,
desde el primer agujero hasta el último: la flecha, que el bronce
hacía ponderosa, las atravesó todas y salió afuera. Después de lo
cual dijo á Telémaco:
424 «¡Telémaco! No te afrenta el huésped que está en tu palacio: ni
erré el blanco, ni me costó gran fatiga armar el arco; mis fuerzas
están íntegras todavía, no cual los pretendientes, menospreciándome,
me lo echaban á la cara. Pero ya es hora de aprestar la cena á los
aqueos, mientras hay luz; para que después se deleiten de otro modo,
con el canto y la cítara, que son los ornamentos del banquete.»
431 Dijo, é hizo con las cejas una señal. Y Telémaco, el caro hijo
del divinal Ulises, ciñó la aguda espada, asió su lanza y, armado de
reluciente bronce, se puso en pie al lado de la silla, junto á su
padre.
[Ilustración]
[Ilustración: Ulises, valiéndose del arco, mata á los pretendientes
de Penélope]