LO DE PILOS
1 Ya el sol desamparaba el hermosísimo lago, subiendo al broncíneo
cielo para alumbrar á los inmortales dioses y á los mortales hombres
sobre la fértil tierra; cuando Telémaco y los suyos llegaron á Pilos,
la bien construída ciudad de Neleo, y hallaron en la orilla del mar
á los habitantes, que inmolaban toros de negro pelaje al que sacude
la tierra, al dios de cerúlea cabellera. Nueve asientos había, y en
cada uno estaban sentados quinientos hombres y se sacrificaban nueve
toros. Mientras los pilios quemaban los muslos para el dios, después
de probar las entrañas, los de Ítaca tomaron puerto, amainaron las
velas de la bien proporcionada nave, ancláronla y saltaron en tierra.
Telémaco desembarcó, precedido por Minerva. Y la deidad de los
brillantes ojos rompió el silencio con estas palabras:
14 «¡Telémaco! Ya no te cumple mostrar vergüenza en cosa alguna,
habiendo atravesado el ponto con el fin de saber noticias de tu
padre: cuál tierra lo tiene oculto y qué suerte le ha cabido. Ea, ve
directamente á Néstor, domador de caballos, y sepamos qué guarda allá
en su pecho. Ruégale tú mismo que sea veraz, y no mentirá porque es
muy sensato.»
21 Repuso el prudente Telémaco: «¡Méntor! ¿Cómo quieres que yo me
acerque á él, cómo puedo ir á saludarle? Aún no soy práctico en
hablar con discreción y da vergüenza que un joven interrogue á un
anciano.»
25 Díjole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Telémaco!
Discurrirás en tu mente algunas cosas y un numen te sugerirá las
restantes, pues no creo que tu nacimiento y tu crianza se hayan
efectuado contra la voluntad de los dioses.»
29 Cuando así hubo hablado, Palas Minerva caminó á buen paso y
Telémaco fué siguiendo las pisadas de la deidad. Llegaron adonde
estaba la junta de los varones pilios en los asientos: allí se
había sentado Néstor con sus hijos y á su alrededor los compañeros
preparaban el banquete, ya asando carne, ya espetándola en los
asadores. Y apenas vieron á los huéspedes, adelantáronse todos
juntos, los saludaron con las manos y les invitaron á sentarse.
Pisístrato Nestórida fué el primero que se les acercó, y asiéndolos
de la mano, los hizo sentar para el convite en unas blandas pieles,
sobre la arena del mar, cerca de su hermano Trasimedes y de su propio
padre. En seguida dióles parte de las entrañas, echó vino en una copa
de oro y, ofreciéndosela á Palas Minerva, hija de Júpiter que lleva
la égida, así le dijo:
43 «¡Forastero! Eleva tus preces al soberano Neptuno, ya que al venir
acá os habéis encontrado con el festín que en su honor celebramos.
Mas, tan pronto como hicieres la libación y hubieres rogado, como es
justo, dale á ése la copa de dulce vino para que lo libe también,
pues supongo que ruega asimismo á los dioses; como que todos los
hombres están necesitados de las deidades. Pero á causa de ser el más
joven--debe de tener mis años--te daré primero á ti la áurea copa.»
51 En diciendo esto, púsole en la mano la copa de dulce vino. Minerva
holgóse de ver la prudencia y la equidad del varón que le daba la
copa de oro á ella antes que á Telémaco. Y al punto hizo muchas
súplicas al soberano Neptuno:
55 «¡Óyeme, Neptuno, que circundas la tierra! No te niegues á llevar
al cabo lo que ahora te pedimos. Ante todo llena de gloria á Néstor y
á sus vástagos; dales á los pilios grata recompensa por tan ínclita
hecatombe y concede también que Telémaco y yo no nos vayamos sin
realizar aquello por lo cual vinimos en la veloz nave negra.»
62 Tal fué su ruego, y ella misma cumplió lo que acababa de pedir.
Entregó en seguida la hermosa copa doble á Telémaco, y el caro hijo
de Ulises oró de semejante manera. Asados ya los cuartos delanteros,
retiráronlos, dividiéronlos en partes y celebraron un gran banquete.
Y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Néstor, el
caballero gerenio, comenzó á decirles:
69 «Ésta es la ocasión más oportuna para interrogar á los huéspedes
é inquirir quiénes son, ahora que se han saciado de comida:
_¡Forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegasteis, navegando por
los húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio ó andáis por el mar,
á la ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida y
produciendo daño á los hombres de extrañas tierras?_»
75 Respondióle el prudente Telémaco, muy alentado, pues la misma
Minerva le infundió audacia en el pecho para que preguntara por el
ausente padre y adquiriera gloriosa fama entre los hombres:
79 «¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Preguntas de
dónde somos. Pues yo te lo diré. Venimos de Ítaca, situada al pie
del Neyo, y el negocio que nos trae no es público, sino particular.
Ando en pos de la gran fama de mi padre, por si oyere hablar del
divino y paciente Ulises; el cual, según afirman, destruyó la ciudad
troyana, combatiendo contigo. De todos los que guerrearon contra los
teucros, sabemos dónde padecieron deplorable muerte; pero el Saturnio
ha querido que la de aquél sea ignorada: nadie puede indicarnos
claramente dónde pereció, ni si ha sucumbido en el continente, por
mano de enemigos, ó en el piélago, entre las ondas de Anfitrite. Por
esto he venido á abrazar tus rodillas, por si quisieras contarme la
triste muerte de aquél, ora la hayas visto con tus ojos, ora te la
haya relatado algún peregrino, que muy sin ventura le parió su madre.
Y nada atenúes por respeto ó compasión que me tengas; al contrario,
entérame bien de lo que hayas visto. Yo te lo ruego: si mi padre, el
noble Ulises, te cumplió algún día la palabra que te hubiese dado; ó
llevó á su término una acción que te hubiera prometido, allá en el
pueblo de los troyanos donde tantos males padecisteis los aquivos;
acuérdate de ello y dime la verdad de lo que te pregunto.»
102 Respondióle Néstor, el caballero gerenio: «¡Oh amigo! Me traes á
la memoria las calamidades que en aquel pueblo sufrimos los aqueos,
indomables por el valor, unas veces vagando en las naves por el
sombrío ponto hacia donde nos llevara Aquiles en busca de botín y
otras combatiendo alrededor de la gran ciudad del rey Príamo. Allí
recibieron la muerte los mejores capitanes: allí yace el belicoso
Ayax; allí, Aquiles; allí, Patroclo, consejero igual á los dioses;
allí, mi amado hijo fuerte y eximio, Antíloco, muy veloz en el correr
y buen guerrero. Padecimos, además, muchos infortunios. ¿Cuál de los
mortales hombres podría referirlos totalmente? Aunque, deteniéndote
aquí cinco ó seis años, te ocuparas en preguntar cuántos males
padecieron allá los divinos aqueos, no te fuera posible saberlos
todos; sino que, antes de llegar al término, cansado ya, te irías á
tu patria tierra. Nueve años estuvimos tramando cosas malas contra
ellos y poniendo á su alrededor asechanzas de toda clase, y apenas
si entonces puso fin el Saturnio á nuestros trabajos. Allí no hubo
nadie que en prudencia quisiese igualarse con el divinal Ulises, con
tu padre, que entre todos descollaba por sus ardides de todo género,
si verdaderamente eres tú su hijo, pues me he quedado atónito al
contemplarte. Semejantes son, asimismo, tus palabras á las suyas
y no se creería que un joven pudiera hablar de modo tan parecido.
Nunca Ulises y yo estuvimos discordes al arengar en el ágora ó
en el consejo; sino que, teniendo el mismo ánimo, aconsejábamos
con inteligencia y prudente decisión á los argivos para que todo
fuese de la mejor manera. Mas tan pronto como, después de haber
destruído la excelsa ciudad de Príamo, nos embarcamos en las naves
y una deidad dispersó á los aqueos, Júpiter tramó en su mente que
fuera luctuosa la vuelta de los argivos; que no todos habían sido
sensatos y justos, y á causa de ello les vino á muchos una funesta
suerte por la perniciosa cólera de la deidad de los brillantes ojos,
hija del prepotente padre, la cual suscitó entre ambos Atridas
gran contienda. Llamaron al ágora á los aquivos, pero temeraria
é inoportunamente--fué al ponerse el sol y todos comparecieron
cargados de vino,--y expusiéronles la razón de haber congregado
al pueblo. Menelao exhortó á todos los aqueos á que pensaran en
volver á la patria por el ancho dorso del mar; cosa que desplugo
completamente á Agamenón, pues quería detener al pueblo y aplacar
con sacras hecatombes la terrible cólera de Minerva. ¡Oh necio! ¡No
alcanzaba que no había de convencerla, porque no cambia de súbito la
mente de los sempiternos dioses! Así ambos, después de altercar con
duras palabras, seguían en pie; y los aqueos, de hermosas grebas,
se levantaron, produciéndose un vocerío inmenso, porque uno y otro
parecer tenían sus partidarios. Aquella noche la pasamos revolviendo
en nuestra inteligencia graves propósitos los unos contra los otros,
pues ya Júpiter nos aparejaba funestas calamidades. Al descubrirse la
aurora, echamos las naves al mar divino y embarcamos nuestros bienes
y las mujeres de estrecha cintura. La mitad del pueblo se quedó
allí con el Atrida Agamenón, pastor de hombres; y los restantes nos
hicimos á la mar, pues un numen calmó el ponto, que abunda en grandes
cetáceos. No bien llegamos á Ténedos, ofrecimos sacrificios á los
dioses con el anhelo de tornar á nuestras casas; pero Júpiter aún no
tenía ordenada la vuelta y suscitó ¡oh cruel! una nueva y perniciosa
disputa. Y los que acompañaban á Ulises, rey prudente y sagaz, se
volvieron en los corvos bajeles para complacer nuevamente á Agamenón
Atrida. Pero yo, con las naves que juntas me seguían, continué
huyendo, porque comprendí que alguna divinidad meditaba causarnos
daño. Huyó también el belicoso hijo de Tideo con los suyos, después
de incitarlos á que le siguieran, y juntósenos algo más tarde el
rubio Menelao, el cual nos encontró en Lesbos mientras deliberábamos
acerca de la larga navegación que nos esperaba, á saber, si
pasaríamos por cima de la escabrosa Quíos, hacia la isla de Psiria
para dejar esta última á la izquierda, ó por debajo de la primera
á lo largo del ventoso Mimante. Suplicamos á la divinidad que nos
mostrase alguna señal y nos la dió ordenándonos que atravesáramos el
piélago hacia la Eubea, á fin de que huyéramos lo antes posible del
infortunio venidero. Comenzó á soplar un sonoro viento, y las naves,
surcando con gran celeridad el camino abundante en peces, llegaron
por la noche á Geresto: allí ofrecimos á Neptuno buen número de
muslos de toro por haber hecho la travesía del dilatado piélago. Ya
era el cuarto día cuando los compañeros de Diomedes Tidida, domador
de caballos, se detuvieron en Argos con sus bien proporcionadas
naves; pero yo tomé la rota de Pilos y nunca me faltó el viento desde
que un dios lo enviara para que soplase. Así vine, hijo querido, sin
saber nada, ignorando cuáles aqueos se salvaron y cuáles perecieron.
Mas, cuanto oí referir desde que torné á mi palacio lo sabrás ahora,
como es justo; que no debo ocultarte nada. Dicen que han llegado
bien los valerosos mirmidones á quienes conducía el hijo ilustre del
magnánimo Aquiles; que asimismo aportó con felicidad Filoctetes,
hijo preclaro de Peante; y que Idomeneo llevó á Creta todos sus
compañeros que escaparon de los combates, sin que el mar le quitara
ni uno solo. Del Atrida vosotros mismos habréis oído contar, aunque
vivís tan lejos, cómo vino y cómo Egisto le aparejó una deplorable
muerte. Pero de lamentable modo hubo de pagarlo. ¡Cuán bueno es para
el que muere dejar un hijo! Así Orestes se ha vengado del matador
de su padre, del doloso Egisto, que le había muerto á su ilustre
progenitor. También tú, amigo, ya que veo que eres gallardo y de
elevada estatura, sé fuerte para que los venideros te elogien.»
201 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Néstor Nelida, gloria insigne
de los aqueos! Aquél tomó no poca venganza y los aquivos difundirán
su excelsa gloria que llegará á conocimiento de los futuros hombres.
¡Hubiéranme concedido los dioses bríos bastantes para castigar la
penosa soberbia de los pretendientes, que me insultan maquinando
inicuas acciones! Mas los dioses no nos otorgaron tamaña ventura ni á
mi padre ni á mí, y ahora es preciso soportarlo todo.»
210 Respondióle Néstor, el caballero gerenio: «¡Oh amigo! Ya que
me recuerdas lo que has contado, afirman que son muchos los que,
pretendiendo á tu madre, cometen á despecho tuyo acciones inicuas en
el palacio. Dime si te sometes voluntariamente ó te odia quizás la
gente del pueblo, á causa de lo revelado por un dios. ¿Quién sabe si
algún día castigará esas demasías tu propio padre viniendo solo ó
juntamente con todos los aqueos? Ojalá Minerva, la de los brillantes
ojos, te quisiera como en otro tiempo se cuidaba del glorioso Ulises
en el país troyano, donde los aqueos padecimos tantos males--que
nunca oí que los dioses amasen tan manifiestamente á ninguno como
á él le asistía Palas Minerva,--pues si de semejante modo la
diosa te quisiera y se cuidara de ti en su corazón, alguno de los
pretendientes tendría que olvidarse de las nupcias.»
225 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Oh anciano! Ya no creo que
tales cosas se cumplan. Es muy grande lo que dijiste y me tienes
pasmado, mas no espero que se realice aunque así lo quieran los
mismos dioses.»
229 Díjole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Telémaco!
¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes! Fácil le es á
una deidad, cuando lo quiere, salvar á un hombre aun desde lejos. Y
yo preferiría restituirme á mi casa y ver lucir el día de la vuelta,
habiendo pasado muchos males, á perecer tan luego como llegara á mi
hogar; como Agamenón, que murió en la celada que le tendieron Egisto
y su propia esposa. Mas ni aun los dioses pueden librar de la muerte,
igual para todos, á un hombre que les sea caro, después que se ha
apoderado del mismo la Parca funesta de la aterradora muerte.»
239 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Méntor! No hablemos más de
tales cosas, aunque nos sintamos afligidos. Ya la vuelta de aquél no
puede realizarse; pues los inmortales deben de haberle enviado la
muerte y el negro destino. Pero ahora quiero interrogar á Néstor y
hacerle otra pregunta, ya que en justicia y prudencia sobresale entre
todos y dicen que ha reinado durante tres generaciones de hombres;
de suerte que, al contemplarlo, me parece un inmortal. ¡Oh Néstor
Nelida! Dime la verdad. ¿Cómo murió el poderosísimo Agamenón Atrida?
¿Dónde estaba Menelao? ¿Qué género de muerte fué la que urdió el
doloso Egisto, para que pereciera un varón que tanto le aventajaba?
¿Fué quizás el no encontrarse Menelao en Argos, la de Acaya, pues
andaría peregrino entre otras gentes, la causa de que Egisto cobrara
espíritu y matase á aquel héroe?»
253 Respondióle Néstor, el caballero gerenio: «Te diré, hijo mío,
la verdad pura. Ya puedes imaginar cómo el hecho ocurrió. Si el
rubio Menelao Atrida, al volver de Troya, hallara en el palacio á
Egisto, vivo aún, ni tan sólo hubiesen cubierto de tierra el cadáver
de éste: arrojado á la llanura, lejos de la ciudad, lo despedazaran
los perros y las aves de rapiña, sin que le llorase ninguna de las
aqueas, porque había cometido una maldad muy grande. Pues mientras
nosotros permanecíamos allá, realizando muchas empresas belicosas,
él se estaba tranquilo en lo más hondo de Argos, tierra criadora de
corceles, y ponía gran empeño en seducir con sus palabras á la esposa
de Agamenón. Al principio la divinal Clitemnestra rehusó cometer el
hecho infame, porque tenía buenos sentimientos y la acompañaba un
aedo á quien el Atrida, al partir para Troya, encargó en gran manera
que la guardase. Mas, cuando vino el momento en que, cumpliéndose
el hado de los dioses, tenía que sucumbir, Egisto condujo al aedo
á una isla inhabitada, donde lo abandonó para que fuese presa y
pasto de las aves de rapiña; y llevóse de buen grado á su casa á la
mujer, que también lo deseaba, quemando después gran cantidad de
muslos en los sacros altares de los dioses y colgando muchas figuras,
tejidos y oro, por haber salido con la gran empresa que nunca su
ánimo esperara llevar al cabo. Veníamos, pues, de Troya el Atrida
y yo, navegando juntos y en buena amistad; pero, así que arribamos
al sacro promontorio de Sunio, cerca de Atenas, Febo Apolo mató con
sus suaves flechas al piloto de Menelao, á Frontis Onetórida, que
entonces tenía en las manos el timón del barco y á todos vencía en el
arte de gobernar una embarcación cuando arreciaban las tempestades.
Así fué cómo, á pesar de su deseo de proseguir el camino, se vió
obligado á detenerse para enterrar al compañero y hacerle las honras
funerales. Luego, atravesando el vinoso ponto en las cóncavas naves,
pudo llegar á toda prisa al elevado promontorio de Malea, y el
longividente Júpiter hízole trabajoso el camino con enviarle vientos
de sonoro soplo y olas hinchadas, enormes, que parecían montañas.
Entonces el dios dispersó las naves y á algunas las llevó hacia Creta
donde habitaban los cidones, junto á las corrientes del Yárdano. Hay
en el obscuro ponto una peña escarpada y alta que sale al mar cerca
de Gortina: allí el Noto lanza las olas contra el promontorio de la
izquierda, contra Festo, y una roca pequeña rompe la grande oleada.
En semejante sitio fueron á dar y costóles mucho escapar con vida;
pues, habiendo las olas arrojado los bajeles contra los escollos,
padecieron naufragio. Menelao, con cinco naves de cerúlea proa,
aportó á Egipto, adonde el viento y el mar le habían conducido; y en
tanto que con sus galeras iba errante por extraños países, juntando
riquezas y mucho oro, Egisto tramó en el palacio aquellas deplorables
acciones. Siete años reinó éste en Micenas, rica en oro, y tuvo
sojuzgado al pueblo, con posterioridad á la muerte del Atrida. Mas,
por su desgracia, en el octavo fué de Atenas el divinal Orestes,
quien hizo perecer al matador de su padre, al doloso Egisto, que
le había muerto su ilustre progenitor. Después de matarle, Orestes
dió á los argivos el banquete fúnebre en las exequias de su odiosa
madre y del cobarde Egisto; y aquel día llegó Menelao, valiente en el
combate, con muchas riquezas, tantas como los barcos podían llevar.
Y tú, amigo, no andes mucho tiempo fuera de tu casa, habiendo dejado
en ella las riquezas y unos hombres tan soberbios: no sea que se
repartan tus bienes y los devoren y luego el viaje te resulte inútil.
Pero yo te exhorto é incito á que endereces tus pasos hacia Menelao;
el cual poco ha que volvió de gentes de donde no esperara tornar
quien se viera, desviado por las tempestades, en un piélago tal y tan
extenso que ni las aves llegarían del mismo en todo un año, pues es
dilatadísimo y horrendo. Ve ahora en tu nave y con tus compañeros á
encontrarle, y si deseas ir por tierra, aquí tienes carro y corceles,
y á mis hijos que te acompañarán hasta la divina Lacedemonia, donde
se halla el rubio Menelao, y, en llegando, ruégale tú mismo que sea
veraz, y no mentirá porque es muy sensato.»
329 Así se expresó. Púsose el sol y sobrevino la obscuridad. Y
entonces habló Minerva, la diosa de los brillantes ojos:
331 «¡Oh anciano! Todo lo has referido discretamente. Pero, ea,
cortad las lenguas y mezclad vino, para que, después de hacer
libación á Neptuno y á los demás inmortales, pensemos en acostarnos,
que ya es hora. La luz del sol se fué al ocaso y no conviene
permanecer largo tiempo en el banquete de los dioses, pues es preciso
recogerse.»
337 Así habló la hija de Júpiter, y todos la obedecieron. Los
heraldos diéronles aguamanos; unos mancebos llenaron las crateras y
distribuyeron el vino á los presentes, después de haber ofrecido en
copas las primicias; y, una vez arrojadas las lenguas en el fuego,
pusiéronse de pie é hicieron libaciones. Ofrecidas éstas y habiendo
bebido cuanto desearan, Minerva y el deiforme Telémaco quisieron
retirarse á la cóncava nave. Pero Néstor los detuvo, reprendiéndolos
con estas palabras:
346 «Júpiter y los otros dioses inmortales nos libren de que vosotros
os vayáis de mi lado para volver á la velera nave, como si os fuerais
de junto á un varón que carece de ropa, del lado de un pobre, en cuya
casa no hay mantos ni gran cantidad de colchas para que él y sus
huéspedes puedan dormir blandamente. Pero á mí no me faltan mantos ni
lindas colchas. Y el caro hijo de Ulises no se acostará ciertamente
en las tablas de su bajel, mientras yo viva ó queden mis hijos en el
palacio para alojar á los huéspedes que á mi casa vengan.»
356 Díjole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Bien hablaste,
anciano querido, y conviene que Telémaco te obedezca porque es
lo mejor que puede hacer. Iráse, pues, contigo para dormir en tu
palacio, y yo volveré al negro bajel á fin de animar á los compañeros
y ordenarles cuanto sea oportuno. Pues me glorío de ser entre ellos
el más anciano; que todos los hombres que vienen con nosotros por
amistad son jóvenes y tienen los mismos años que el magnánimo
Telémaco. Allí me acostaré en el cóncavo y negro bajel, y al rayar el
día, me llegaré á los magnánimos caucones en cuyo país he de cobrar
una deuda antigua y no pequeña; y tú, puesto que Telémaco ha venido á
tu casa, envíale en compañía de un hijo tuyo, y dale un carro y los
corceles que más ligeros sean en el correr y mejores por su fuerza.»
371 Dicho esto, partió Minerva, la de los brillantes ojos, de igual
modo que si fuese un águila; y pasmáronse todos al contemplarlo.
Admiróse también el anciano cuando lo vió con sus propios ojos y,
asiendo de la mano á Telémaco, pronunció estas palabras:
375 «¡Amigo! No temo que en lo sucesivo seas cobarde ni débil, ya
que de tan joven te acompañan y guían los propios dioses. Pues esa
deidad no es otra, de las que poseen olímpicas moradas, que la hija
de Júpiter, la gloriosísima Tritogenia, la que también honraba á tu
esforzado padre entre los argivos. Mas tú, oh reina, sénos propicia y
danos gloria ilustre á mí, y á mis hijos, y á mi venerable consorte;
y te sacrificaré una novilla añal de espaciosa frente, que jamás
hombre alguno haya domado ni uncido al yugo, inmolándola en tu honor
después de verter oro alrededor de sus cuernos.»
385 Tal fué su plegaria, que oyó Palas Minerva. Néstor, el caballero
gerenio, se puso al frente de sus hijos y de sus yernos, y con ellos
se encaminó al hermoso palacio. Tan presto como llegaron á la ínclita
morada del rey, sentáronse por orden en sillas y sillones. De allí á
poco mezclábales el viejo una cratera de dulce vino, el cual había
estado once años en una tinaja que abrió la despensera; mezclábalo,
pues, el anciano y, haciendo libaciones, rogaba fervientemente á la
hija de Júpiter, que lleva la égida.
395 Hechas las libaciones y habiendo bebido todos cuanto les plugo,
fueron á recogerse á sus respectivas casas; pero Néstor, el caballero
gerenio, hizo que Telémaco, el caro hijo del divinal Ulises, se
acostase allí, en torneado lecho, debajo del sonoro pórtico, y que
á su lado durmiese el belicoso Pisístrato, caudillo de los hombres,
que era en el palacio el único hijo que se conservaba mozo. Y Néstor
durmió, á su vez, en el interior de la excelsa morada, donde se
hallaba la cama en que su esposa, la reina, le aderezó el lecho.
404 Mas, apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, levantóse de la cama Néstor, el caballero gerenio, y
fué á tomar asiento en unas piedras muy pulidas, blancas, lustrosas
por el aceite, que estaban ante el elevado portón y en ellas se
sentaba anteriormente Neleo, consejero igual á los dioses; pero ya
éste, vencido por la Parca, se hallaba en el Orco, y entonces quien
ocupaba aquel sitio era Néstor, el caballero gerenio, el protector de
los aquivos, cuya mano empuñaba el cetro. En torno suyo juntáronse
los hijos, que iban saliendo de sus habitaciones--Equefrón, Estratio,
Perseo, Areto, Trasimedes, igual á un dios, y el héroe Pisístrato
que llegó el sexto,--y juntos acompañaron al deiforme Telémaco y le
hicieron sentar cabe al anciano. Á la hora comenzó á decirles Néstor,
el caballero gerenio:
418 «¡Hijos amados! Cumplid pronto mi deseo, para que sin tardar
me haga propicia á Minerva, la cual acudió visiblemente al opíparo
festín que celebramos en honor del dios. Ea, uno de vosotros vaya al
campo para que el vaquero traiga con la mayor prontitud una novilla;
encamínese otro al negro bajel del magnánimo Telémaco y conduzca aquí
todos los compañeros, sin dejar más que dos; y mande otro al orífice
Laerces que venga á verter el oro alrededor de los cuernos. Los demás
permaneced reunidos y decid á los esclavos que están dentro de la
ínclita casa, que preparen un banquete y saquen asientos, leña y agua
clara.»
430 Así habló, y todos se apresuraron á obedecerle. Vino del campo la
novilla; llegaron de junto á la velera y bien proporcionada nave los
compañeros del magnánimo Telémaco; presentóse el broncista trayendo
en la mano las broncíneas herramientas--el yunque, el martillo y las
bien construídas tenazas,--instrumentos de su oficio con los cuales
trabajaba el oro; compareció Minerva para asistir al sacrificio; y
Néstor, el anciano jinete, dió el oro, y el artífice, después de
prepararlo, lo vertió alrededor de los cuernos de la novilla para que
la diosa se holgase de ver tal adorno. Estratio y el divinal Equefrón
trajeron la novilla asiéndola por las astas; Areto salió de su
estancia con un lebrillo floreado, lleno de agua para lavarse, en una
mano, y una cesta con las molas en la otra; el intrépido Trasimedes
empuñaba aguda segur para herir la novilla; Perseo sostenía el vaso
para recoger la sangre; y Néstor, el anciano jinete, comenzó á
derramar el agua y á esparcir las molas, y, ofreciendo las primicias,
oraba con gran fervor á Minerva y arrojaba en el fuego los pelos de
la cabeza de la víctima.
447 Hecha la plegaria y esparcidas las molas, aquel hijo de Néstor,
el magnánimo Trasimedes, dió desde cerca un golpe á la novilla y le
cortó con la segur los tendones del cuello, dejándola sin fuerzas; y
gritaron las hijas y nueras de Néstor, y también su venerable esposa,
Eurídice, que era la mayor de las hijas de Clímeno. Seguidamente
alzaron de la espaciosa tierra la novilla, sostuviéronla en alto y
degollóla Pisístrato, príncipe de hombres. Tan pronto como la novilla
se desangró y los huesos quedaron sin vigor, la descuartizaron,
cortáronle luego los muslos, haciéndolo según el rito, y, después
de pringarlos con gordura por uno y otro lado y de cubrirlos con
trozos de carne, el anciano los puso sobre leña encendida y los
roció de vino tinto. Cerca de él, unos mancebos tenían en sus manos
asadores de cinco puntas. Quemados los muslos, probaron las entrañas;
é incontinenti dividieron lo restante en pedazos muy pequeños, lo
atravesaron con pinchos y lo asaron, sosteniendo con sus manos las
puntiagudas varillas.
464 En esto lavaba á Telémaco la bella Policasta, hija menor de
Néstor Nelida. Después que lo hubo lavado y ungido con pingüe aceite,
vistióle un hermoso manto y una túnica; y Telémaco salió del baño,
con el cuerpo parecido al de los dioses, y fué á sentarse junto á
Néstor, pastor de pueblos.
470 Asados los cuartos delanteros, retiráronlos de las llamas; y,
sentándose todos, celebraron el banquete. Varones excelentes se
levantaban á escanciar el vino en áureas copas. Y una vez saciado el
deseo de comer y de beber, Néstor, el caballero gerenio, comenzó á
decirles:
475 «Ea, hijos míos, aparejad caballos de hermosas crines y uncidlos
al carro, para que Telémaco pueda llevar á término su viaje.»
477 De tal suerte habló; ellos le escucharon y obedecieron,
enganchando prestamente al carro los veloces corceles. La despensera
les trajo pan, vino y manjares como los que suelen comer los reyes,
alumnos de Jove. Subió Telémaco al magnífico carro y tras él
Pisístrato Nestórida, príncipe de hombres, quien tomó con la mano las
riendas y azotó á los caballos para que arrancasen. Y éstos volaron
gozosos hacia la llanura, dejando atrás la excelsa ciudad de Pilos y
no cesando en todo el día de agitar el yugo.
487 Poníase el sol y las tinieblas empezaban á ocupar los caminos,
cuando llegaron á Feras, á la morada de Diocles, hijo de Orsíloco, á
quien engendrara Alfeo. Allí durmieron aquella noche, aceptando la
hospitalidad que Diocles se apresuró á ofrecerles.
491 Mas, apenas se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, engancharon los bridones, subieron al labrado carro
y guiáronlo por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Pisístrato azotó
á los corceles, para que arrancaran, y éstos volaron gozosos.
Y habiendo llegado á una llanura que era un trigal, en seguida
terminaron el viaje: ¡con tal rapidez los condujeron los briosos
caballos! Y el sol se puso y las tinieblas ocuparon todos los
caminos.
[Ilustración: Minerva manda á Penélope un fantasma semejante á
Iftima, para decirle que Telémaco volverá sano y salvo]