CANTO II

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original —que difiere

ligeramente de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor

frecuencia.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* Se han hecho los siguientes cambios:

· Canto V, 388, p. 78: «vendabal» → «vendaval».

· Canto XII, 397, p. 172: «vendabal» → «vendaval».

· Índice de nombres propios, p. 371, voz _Neoptólemo_, «Hijo de

Ulises» → «Hijo de Aquiles».

* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar

que interrumpieran un párrafo.

LA ODISEA

[Ilustración]

HOMERO

LA ODISEA

VERSIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL GRIEGO

POR

LUIS SEGALÁ Y ESTALELLA

DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS Y EN DERECHO

CATEDRÁTICO DE LENGUA Y LITERATURA GRIEGAS DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA

ACADÉMICO ELECTO DE LA REAL DE BUENAS LETRAS

MIEMBRO DE LA «ASSOCIATION POUR L’ENCOURAGEMENT DES ÉTUDES GRECQUES»

É INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA Βυζαντιολογικὴ Ἑταιρεία

ILUSTRACIONES DE FLAXMAN Y DE WAL PAGET

[Ilustración]

BARCELONA

MONTANER Y SIMÓN, EDITORES

CALLE DE ARAGÓN, NÚM. 255

1910

ES PROPIEDAD

AL LECTOR

Así como la _Ilíada_ presenta la Grecia heroica en su lucha con

los habitantes de la Tróade, la _Odisea_ describe la época de paz,

de tranquilidad y de bienandanza que siguió á la terminación de

la guerra, relatando un drama doméstico y una serie de aventuras

fantásticas y maravillosas; y ambas epopeyas reunidas forman el

panorama más acabado, el eco más fiel de los primeros tiempos

históricos de la raza griega y contienen tales ejemplos de heroísmo,

de amor patrio, de fidelidad conyugal, de respeto á los ancianos,

de buen acogimiento al peregrino, de amistad, etc., que con razón

ha podido decirse que toda la poesía de Homero es un elogio de la

virtud, salvo lo puramente accesorio[1].

Ya notó Aristóteles[2] cuán sencillo es el asunto de la _Odisea_:

la vuelta de Ulises á su patria, después de peregrinar mucho tiempo

y de luchar con las tempestades á causa del odio que le profesa

Neptuno (esta larga ausencia del héroe motiva el viaje que hace

Telémaco á Pilos y á Esparta), y la venganza que toma de los que se

han establecido en su casa, pretenden casarse con Penélope é intentan

matar á Telémaco. Mas en la narración no sigue el poeta el orden

cronológico, como en la _Ilíada_, sino que _in medias res, non secus

ac notas, auditorem rapit_[3], poniendo en boca del protagonista

cuanto ocurriera desde que Ulises y los suyos se embarcaron en Troya

hasta que el héroe llegó á la isla de Calipso, que es precisamente la

parte más extraordinaria de sus aventuras.

Aunque la _Odisea_ se ha atribuído á Homero[4], como la _Ilíada_,

debe de ser algo posterior á juzgar por los caracteres que la

distinguen (concepción más elevada de la divinidad[5], mayor

parsimonia en el uso de las comparaciones[6], predominio de la

descripción sobre la acción[7], abundancia de nombres abstractos

en el lenguaje, etc.). Longino ó, por mejor decir, el autor del

tratado _De lo sublime_, echa de menos en la _Odisea_ el vigor, la

sublimidad, la profusión de afectos y pasiones, el nervio oratorio

y la multitud de imágenes de la _Ilíada_; de suerte, dice, que

puede compararse á Homero en la _Odisea_ con el sol en su ocaso, el

cual no tiene fuerza ni ardor en los rayos pero guarda todavía su

magnitud; y atribuye este poema á la vejez de Homero, porque los

grandes escritores y poetas, cuando les falta el vigor del ingenio

para lo patético, se dan á pintar las costumbres[8]. Pero, si mirada

la _Odisea_ á la luz del arte, resulta inferior á la _Ilíada_, lo

mismo en el trazado del plan que en la variedad de la obra: son tan

típicos, sin dejar de ser concretos y vivientes, los caracteres de

algunos de sus personajes, como el ingenioso y paciente Ulises,

la casta y discreta Penélope, y el fiel Eumeo; tan encantador el

viaje que nos describe por regiones fantásticas en las que aparecen

gigantes antropófagos, ciclopes, sirenas, escollos y monstruos

como Escila y Caribdis, almas de los muertos, etc.; tan graduada la

progresión del interés hasta que llega el desenlace no por previsto

menos conmovedor; y tantas y tales las escenas del poema; que á la

mayoría de los lectores les causa una impresión más agradable que la

propia _Ilíada_. Las frases del lenguaje usual que proceden de la

_Odisea_ y los elementos que la misma ha proporcionado al _folk-lore_

de las naciones modernas (la tela de Penélope, el suplicio de

Tántalo, Escila y Caribdis, el ciclope Polifemo, las Sirenas, etc.),

demuestran que ha sido siempre el más popular de los poemas homéricos.

De este libro inmortal, que es la segunda obra maestra de la épica

griega y que el Estagírita consideraba como el magnífico espejo de

la vida humana[9], se han publicado en España dos ediciones notables

en verso endecasílabo: la clásica del secretario Gonzalo Pérez

en castizo lenguaje, pero algo amplificada[10]; y la del eximio

helenista contemporáneo D. Federico Baráibar y Zumárraga, que es la

más fiel y exacta de cuantas conocemos en lengua castellana[11].

Menor importancia tienen otras traducciones que han visto la luz

pública, como la de D. Antonio de Gironella[12], pues no suelen ser

directas del texto original, sino resultado de la comparación de

diferentes versiones en idiomas modernos. Y no queremos citar otra

versión española, calcada servilmente sobre la literal francesa, que

se ha dado á luz como si en España fuera desconocido no ya el griego

sino hasta el idioma hablado allende los Pirineos.

Faltaba, pues, una versión directa y literal de la _Odisea_ en prosa

castellana, y nos atrevemos á dar la presente al público con el mismo

temor y desconfianza con que anteriormente le ofrecimos la de la

_Ilíada_[13].

Hemos adoptado en la _Odisea_ el mismo procedimiento de trasladar

el texto íntegro, sin más adiciones que las necesarias para su

cabal inteligencia, vertiendo hasta las circunlocuciones cuando

son inteligibles y constituyen un modo respetuoso de nombrar á

determinados personajes (ἱερὸν μένος Ἀλκινόοιο[14], _la sacra

potestad de Alcínoo_, para designar al rey de los feacios etc.) En lo

que se refiere á los epítetos, hubiéramos querido seguir el consejo

que nos dió la Real Academia Española en su dictamen acerca de la

versión de la _Ilíada_, de que se traduzcan los compuestos por otros

análogos que se podrían formar en castellano como, por ejemplo,

_bracinívea_, _ojilúcida_ y _argentípeda_ que hemos usado en nuestra

reciente traducción de la _Teogonía_ de Hesíodo[15], para interpretar

las palabras λευκώλενος, γλαυκῶπις y ἀργυρόπεζα que son epítetos de

las diosas Juno, Minerva y Tetis: pero, la necesidad de acomodarnos

al sistema adoptado en la versión de la _Ilíada_ y la conveniencia de

aplicar el procedimiento recomendado por la Real Academia á todos los

epítetos, aprovechando los que se hallen traducidos en los autores

clásicos castellanos y forjando los demás al tenor de las leyes que

en nuestro romance regulan la formación de palabras, lo cual requería

un estudio que no nos era posible hacer en el breve tiempo de que

disponíamos, nos han obligado á dejarlo para otra edición en la cual

conservaremos también los nombres griegos de las divinidades (Zeus,

Hera, Atenea, por Júpiter, Juno, Minerva, etc.) si el público se

familiariza con los mismos.

Ha servido de base para la presente versión el texto de

Dindorf-Hentze, publicado en la _Bibliotheca scriptorum Graecorum et

Romanorum Teubneriana_[16]. Se han consultado varios diccionarios y

de un modo especial el _Lexicon Homericum_ editado por Ebeling[17].

Se han tenido á la vista para la interpretación de algunos pasajes,

la traducción latina de la edición de Firmin Didot[18], las españolas

de Gonzalo Pérez y Baráibar, anteriormente citadas; las francesas

de Bitaubé[19], Dugas-Montbel[20], Mme. Dacier[21], Le Brun[22],

Giguet[23], Leconte de Lisle[24], y Sommer[25]; las italianas de

Pindemonte[26], Máspero[27], Ungaro[28], y de la Sig. Cornelia

Sale-Mocenigo-Codemo[29]; la alemana de Voss[30]; las inglesas de

Pope[31] y Butcher and Lang[32]; y la neogriega de Polylás[33].

Y para evitar, en lo posible, los barbarismos y conocer el recto

significado de las palabras y locuciones castellanas, se ha acudido

al _Diccionario de Autoridades_ y á otras obras de la Real Academia

Española, Baralt, Salvá, Cuervo, P. Mir, P. Nonell y Cortejón.

Réstanos dar público testimonio de agradecimiento á la Real Academia

Española, al Consejo de Instrucción pública, á nuestro venerado

maestro el Excmo. é Ilmo. Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo, y á

los eminentes críticos y publicistas, que con tanta benevolencia

juzgaron nuestra versión de la _Ilíada_ en prosa castellana y nos

alentaron para que emprendiésemos la de la _Odisea_. Y ojalá que

estos humildes trabajos contribuyan á acrecentar el entusiasmo por

la más rica, noble y hermosa de las que llamaba Cervantes las reinas

de las lenguas, y sea cada vez más admirada la literatura de aquel

pueblo artista, cuyas obras maestras son el prototipo, el modelo

jamás superado de los respectivos géneros.

LUIS SEGALÁ Y ESTALELLA

NOTAS

[1] Ὡς δ᾽ ἐγώ τινος ἤκουσα δεινοῦ καταμαθεῖν ἀνδρὸς ποιητοῦ

διάνοιαν, πᾶσα μὲν ἡ ποίησις τῷ Ὁμηρῳ ἀρετῆς ἐστιν ἔπαινος,

καὶ πάντα αὐτῷ πρὸς τοῦτο φέρει, ὅ,τι μὴ πάρεργον. San

Basilio.--Homilía á los jóvenes acerca de la utilidad que pueden

sacar de los autores paganos, § 5.

[2] Τῆς Ὀδυσσείας μικρὸς ὁ λόγος ἐστίν. Ἀποδημοῦντός τινος ἔτη

πολλὰ καὶ παραφυλαττομένου ὑπὸ τοῦ Ποσειδῶνος καὶ μόνου ὄντος,

ἔτι δὲ τῶν οἴκοι οὕτως ἐχόντων ὥστε τὰ χρήματα ὑπὸ μνηστήρων

ἀναλίσκεσθαι καὶ τὸν υἱὸν ἐπιβουλεύεσθαι, αὐτὸς δὲ ἀφικνεῖται

χειμασθείς, καὶ ἀναγνωρίσας τινὰς αὐτοῖς ἐπιθέμενος αὐτὸς μὲν

ἐσώθη, τοὺς δ᾽ ἐχθροὺς διέφθειρεν. Τὸ μὲν οὖν ἴδιον τοῦτο, τὰ δ᾽

ἄλλα ἐπεισόδια. Aristóteles.--Poética, cap. XVII.

[3] Horacio.--Epístola á los Pisones, v. 148 y 149.

[4] Herodoto, Platón, Aristóteles, Longino y casi todos los

griegos de la antigüedad asignaban á la _Odisea_ el mismo

autor de la _Ilíada_, es decir, Homero. Algunos críticos de

la época alejandrina, notando ciertas contradicciones que hay

entre ambos poemas (la hija más hermosa de Príamo es Casandra,

según la Ilíada, y Laódice, según la Odisea; la ciudad de Creta

tiene cien puertas en aquel poema y tan sólo noventa en éste,

etc.), opinaban que la _Odisea_ no se debe á Homero, pero

seguían creyendo que había sido compuesta por un solo autor.

Los modernos, desde que Vico y Wolf dieron á conocer sus ideas

sobre la cuestión homérica, sostienen varias opiniones que pueden

reducirse á cuatro grupos: 1.º Los que defienden la unidad

primitiva de la _Odisea_, ya la atribuyan al propio Homero, como

Nitzsch y Terret; ya formulen la hipótesis de que quizás el

asunto se deba á Homero y la ejecución á uno de sus discípulos,

como dice Müller. 2.º Los que creen que se formó por la unión de

cantos independientes, como Steinthal, Dugas-Montbel y Volkmann.

3.º Los que opinan que existieron primeramente grupos de cantos

que son como los núcleos del actual poema. Así Kœchly divide la

_Odisea_ en dos partes: la primera (cantos I-XII y primer tercio

del XIII) comprende dos grupos que son el _Viaje de Telémaco_, en

cuatro rapsodias, y el _Regreso de Ulises_, en cinco rapsodias

que pueden compararse á cinco actos de una tragedia (Calipso,

Nausícaa, Ulises en el país de los feacios, Aventuras de Ulises,

Regreso de Ulises á Ítaca); y la segunda está constituída por

ocho rapsodias á las que se han hecho luego algunas adiciones

(Llegada de Ulises á Ítaca, Ulises y Eumeo, Reconocimiento de

Ulises por Telémaco, Ulises ante los pretendientes, Ulises en

la presencia de Penélope, Matanza de los pretendientes, Arreglo

de la casa, y la segunda Νέκυια ó escena entre los muertos).

Según Kirchhoff, pueden distinguirse en la _Odisea_ tres partes:

la más antigua (desde el libro V al verso 184 del XIII) es la

que nos refiere la llegada de Ulises al país de los feacios, el

relato de sus anteriores aventuras y su partida para Ítaca; es ya

más reciente el resto del poema hasta el fin, en que se relata

la vuelta de Ulises á su patria y la venganza que toma de los

pretendientes; y la parte más moderna es la de los libros I-IV

relativos al viaje que, aconsejado por Minerva, hace Telémaco

á Pilos y á Esparta en busca de noticias de su padre: así se

formó la Odisea, según Kirchhoff, salvo algunas interpolaciones

de época posterior. Y 4.º Mr. Bréal, cuya hipótesis consiste en

suponer que «les chants homériques ont été composés pour faire

partie du programme des jeux et des fêtes en ce pays de Lydie

où les fêtes et les jeux n’ont jamais manqué... Une corporation

faisant profession de choisir dans le répertoire d’une même

légende des épisodes variés, les poètes laissés jusqu’à un

certain point à leur génie propre, mais néanmoins assujettis à

un modèle, telle me paraît, pour résoudre cette grande énigme,

l’explication la plus vraisemblable.» Michel Bréal.--Pour mieux

connaître Homère, VI.

[5] Los pretendientes no tienen ninguna divinidad que los

proteja; las deidades no luchan entre sí, como en la _Ilíada_,

y proceden casi siempre de acuerdo y en favor de la justicia;

Neptuno y Minerva, que son los únicos dioses que están en

oposición--pues aquél persigue y ésta favorece á Ulises--ejercen

su influencia no simultánea sino alternativamente y sin chocar el

uno con la otra, etc.

[6] Son 180 las de la _Ilíada_ y 39 las de la _Odisea_.

[7] ... ἡ μὲν Ἰλιὰς ἁπλοῦν καὶ παθητικόν· ἡ δὲ Ὀδύσσεια,

πεπλεγμένον (ἀναγνώρισις γὰρ διόλου), καὶ ἠθική.

Aristóteles.--Poética, cap. XXIV.

[8] De lo sublime, cap. VII.

[9] ... καὶ τὴν Ὀδύσσειαν, καλὸν ἀνθρωπίνου βίου κάτοπτρον.

Aristóteles.--Retórica, lib. III, cap III.

[10] La Ulyxea de Homero, traducida de griego en lengua

castellana por el secretario Gonzalo Pérez.--Madrid, Imprenta de

Francisco Xavier García, 1767.

[11] Homero.--La Odisea.--Traducida directamente del griego en

verso castellano por D. Federico Baráibar y Zumárraga.--Madrid,

Librería de Perlado, Páez y C.ª, 1906.

Tradujeron también la _Odisea_ en verso castellano el P. Manuel

Aponte, profesor de griego en la Universidad de Bolonia, y D.

Francisco Estrada y Campos. Ambas traducciones, que debieron

de ser muy notables, han quedado inéditas, y la primera se ha

perdido. Véase la noticia sobre _Hermosilla y su Ilíada_, por D.

Marcelino Menéndez y Pelayo.

[12] La Odisea de Homero, traducida por Antonio de

Gironella.--Barcelona, Imprenta y librería politécnica de Tomás

Gorchs, 1851.--En el prólogo dice el Sr. Gironella, entre otras

cosas como la de que Gonzalo Pérez no tomó en serio su tarea:

«Ciertamente, pues, era una consideración para un amante de

las letras el regalar á su patria una tan preciosa antigüedad;

pero en mí este patriótico impulso estaba balanceado por dos

consideraciones: decía á mis instigadores: «pero si á pesar

mío confieso que no me gusta, _y si no sé el griego_? á lo

primero me contestaban que no me gustaba porque no la había

visto con detención; que cuanto más adelantase en la obra más

bellezas hallaría en ella, lo que confieso humildemente que,

generalmente hablando, así me ha acontecido; y á lo segundo que

_el griego de Homero, que no es una lengua general, sino una

de sus cuatro distintos dialectos, nadie lo sabe actualmente_

(sic), como lo prueban las continuas contradicciones que hay

entre los traductores relativamente al verdadero significado

de una palabra misma, y que las buenas traducciones latinas,

italianas, francesas, inglesas y alemanas, son tales y de tales

autores, que yo, aun cuando me hallase ser un perfecto helenista,

nunca hallaría en mi original más que lo que ellos hallaron, ni

sabría expresarlo mejor. Algo concluyente es este raciocinio

y para mí esforcé el convencimiento á que lo fuese más. Tomé,

pues, la exactísima y literal versión latina de Henr. Stephano,

publicada en París en 1624, la inglesa de Pope, las francesas de

J. P. Bitaubé, de Dugas-Montbel, de madama Dacier, del príncipe

Le Brun, el sabio concolega del cónsul emperador, y de Eugenio

Bareste, última que se ha publicado y que se supone ser la más

técnica. No quise apelar á mayor número de materiales, para

evitar dudas y confusiones, y estudiando bien y compulsando entre

sí estos auxiliares, hallé que en efecto podía apoyarme en ellos.»

[13] Homero.--La Ilíada--Versión directa y literal por L.

Segalá, con ilustraciones de Flaxman y del profesor A. J.

Church.--Barcelona, Montaner y Simón, editores, 1908.

[14] Odisea: VII, 167, 178; VIII, 2, 4, 385, 421; XIII, 20, 24.

[15] Hesíodo--La Teogonía.--Texto griego, versión directa y

literal por L. Segalá, é ilustraciones de Flaxman.--Barcelona,

1910.

[16] Homeri Odyssea, edidit Guilielmus Dindorf.--Editio quinta

correctior quam curavit C. Hentze.--Lipsiae, In aedibus B. G.

Teubneri, 1906 et 1893.

[17] Lexicon Homericum composuerunt F. Albracht, C. Capelle, A.

Eberhard, E. Eberhard, B. Giseke, V. H. Koch, C. Mutzbaver, Fr.

Schnorr de Carolsfeld, edidit H. Ebeling.--Lipsiae, In aedibus B.

G. Teubneri, 1885.

[18] Homeri carmina et cycli epici reliquiae.--Graece et latine

cum indice nominum et rerum.--Parisiis.--Editore Ambrosio

Firmin-Didot.--1877.

[19] Homère.--L’Odyssée--Traduction de Bitaubé.--Paris, 1899.

[20] Homère traduit en français par Dugas-Montbel.--Tome

second.--Odyssée.--Paris, Typographie de Firmin Didot frères,

1834.

[21] L’Odyssée d’Homère, suivie du Combat des rats et

des grenouilles, des Hymnes, des Epigrammes et des

Fragments, traduits par Madame Dacier et MM. Trianon et E.

Falconnet.--Paris.--Lefèvre, éditeur, 1841.

[22] L’Iliade et l’Odyssée d’Homère, traduites du grec par le

prince Le Brun.--Paris, Lefèvre, 1836.

[23] Oeuvres complètes d’Homère.--Traduction nouvelle avec une

introduction et des notes par P. Giguet.--Paris, librairie

Hachette et Cie, 1907.

[24] Homère.--Odyssée.--Traduction nouvelle par Leconte de

Lisle.--Paris, Alphonse Lemerre, éditeur.

[25] L’Odyssée d’Homère.--Traduction française avec le texte en

regard et des notes par E. Sommer.--Paris, librairie Hachette et

Cie, 1886.

[26] Odissea di Omero, tradotta da Ippolito Pindemonte.--Milano,

Società editrice Sonzogno, 1901.

[27] Omero.--Odissea.--Traduzione di Paolo Máspero.--Firenze,

Successori le Monier, 1906.

[28] Omero.--L’Odissea. Tradotta letteralmente del Dr. Salvatore

Ungaro.--Napoli, Luigi Chiurazzi, 1903.

[29] Volgarizzamento in prosa dell’Odissea di Omero per Cornelia

Sale-Mocenigo-Codemo.--Torino, Milano, Genova.--Casa editrice

Renzo Streglio.

[30] Homers Odyssee übersetzt von Johann Heinrich Voss.--Wien,

1789.

[31] Pope’s Odyssey of Homer.--Edited with an introduction by

professor A. J. Church.--London, Cassell and Company, 1907.

[32] The Odyssey of Homer, done into English prose by S. H.

Butcher, M. A. and A. Lang, M. A.--London. Macmillan et C.º, 1906.

[33] Ὁμήρου.--Ὀδύσσεια.--Ἔμμετρος μετάφρασις Ἰακώβου Πολυλᾶ.--Ἐν

Ἀθήναις, 1875, 1877, 1880 καὶ 1881.

[Ilustración: Minerva propone á Júpiter que Mercurio se llegue á

Calipso y le mande que despida á Ulises]

CANTO PRIMERO

CONCILIO DE LOS DIOSES.--EXHORTACIÓN DE MINERVA Á TELÉMACO

1 Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que,

después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando

larguísimo tiempo, vió las poblaciones y conoció las costumbres

de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos

en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida

y la vuelta de sus compañeros á la patria. Mas ni aun así pudo

librarlos, como deseaba, y todos perecieron por sus propias locuras.

¡Insensatos! Comiéronse las vacas del Sol, hijo de Hiperión; el cual

no permitió que les llegara el día del regreso. ¡Oh diosa, hija de

Júpiter!: cuéntanos aunque no sea más que una parte de tales cosas.

11 Ya en aquel tiempo los que habían podido escapar de una muerte

horrorosa estaban en sus hogares, salvos de los peligros de la

guerra y del mar; y solamente Ulises, que tan gran necesidad sentía

de restituirse á su patria y ver á su consorte, hallábase detenido

en hueca gruta por Calipso, la ninfa veneranda, la divina entre las

deidades, que anhelaba tomarlo por esposo. Con el transcurso de los

años llegó por fin la época en que los dioses habían decretado que

volviese á su patria, á Ítaca, aunque no por eso debía poner fin á

sus trabajos, ni siquiera después de juntarse con los suyos. Y todos

los dioses le compadecían, á excepción de Neptuno, que permaneció

constantemente airado contra el divinal Ulises hasta que el héroe no

arribó á su tierra.

22 Mas entonces habíase ido Neptuno al lejano pueblo de los

etíopes--los cuales son los postreros de los hombres y forman dos

grupos, que habitan respectivamente hacia el ocaso y hacia el orto

del Sol--para asistir á una hecatombe de toros y de corderos.

Mientras aquél se deleitaba presenciando el festín, congregáronse las

otras deidades en el palacio de Júpiter Olímpico. Y fué el primero en

usar de la palabra el padre de los hombres y de los dioses, porque en

su ánimo tenía presente al ilustre Egisto á quien matara el preclaro

Orestes Agamemnónida. Acordándose de él, habló á los inmortales de

esta manera:

32 «¡Oh dioses! ¡De qué modo culpan los mortales á los númenes! Dicen

que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se

atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino. Así

ocurrió con Egisto, que, oponiéndose á la voluntad del hado, casó

con la mujer legítima del Atrida y mató á este héroe cuando tornaba

á su patria, no obstante que supo la terrible muerte que padecería

luego. Nosotros mismos le habíamos enviado á Mercurio, el vigilante

Argicida, con el fin de advertirle que no matase á aquél, ni

pretendiera á su esposa; pues Orestes Atrida tenía que tomar venganza

no bien llegara á la juventud y sintiese el deseo de volver á su

tierra. Así se lo declaró Mercurio; mas no logró persuadirlo, con ser

tan excelente el consejo, y ahora Egisto lo ha pagado todo junto.»

44 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Padre

nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Aquél yace en

la tumba por haber padecido una muerte muy justificada. ¡Así perezca

quien obre de semejante modo! Pero se me quiebra el corazón por el

prudente y desgraciado Ulises, que, mucho tiempo ha, padece penas

lejos de los suyos, en una isla azotada por las olas, en el centro

del mar; isla poblada de árboles, en la cual tiene su mansión una

diosa, la hija del terrible Atlante, de aquél que conoce todas las

profundidades del ponto y sostiene las grandes columnas que separan

la tierra y el cielo. La hija de este dios retiene al infortunado

y afligido Ulises, no cejando en su propósito de embelesarle con

tiernas y seductoras palabras para que olvide á Ítaca; mas el héroe,

que está deseoso de ver el humo de su país natal, ya de morir siente

anhelos. ¿Y á ti, Júpiter Olímpico, no se te conmueve el corazón? ¿No

te era acepto Ulises, cuando sacrificaba junto á los bajeles de los

argivos? ¿Por qué así te has airado contra él, oh Jove?»

63 Contestóle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¡Qué

palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿Cómo quieres

que ponga en olvido al divinal Ulises, que por su inteligencia se

señala sobre los demás mortales y siempre ofreció muchos sacrificios

á los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo? Pero Neptuno,

que ciñe la tierra, le guarda vivo y constante rencor porque cegó

al ciclope, al deiforme Polifemo; que es el más fuerte de todos los

ciclopes y nació de la ninfa Toosa, hija de Forcis que impera en

el mar estéril, después que ésta se ayuntara con Neptuno en honda

cueva. Desde entonces Neptuno, que sacude la tierra, si bien no se ha

propuesto matar á Ulises, hace que vaya errante lejos de su patria.

Mas, ea, tratemos de la vuelta del mismo y del modo como haya de

llegar á su patria; y Neptuno depondrá la cólera, que no le fuera

posible contender, solo y contra la voluntad de los dioses, con los

inmortales todos.»

80 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Padre

nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Si les place á

los bienaventurados dioses que el prudente Ulises vuelva á su casa,

mandemos á Mercurio, el mensajero Argicida, á la isla Ogigia; y

manifieste cuanto antes á la ninfa de hermosas trenzas la resolución

que hemos tomado, para que el héroe se ponga en camino. Yo, en tanto,

yéndome á Ítaca, instigaré vivamente á su hijo, y le infundiré valor

en el pecho para que llame al ágora á los aqueos de larga cabellera

y prohiba la entrada en el palacio á todos los pretendientes, que

de continuo le degüellan muchísimas ovejas y flexípedes bueyes de

retorcidos cuernos. Y le llevaré después á Esparta y á la arenosa

Pilos para que, preguntando y viendo si puede adquirir noticias de su

padre, consiga ganar honrosa fama entre los hombres.»

96 Dicho esto, calzóse los áureos divinos talares que la llevaban

sobre el mar y sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento;

y asió la lanza fornida, de punta de bronce, ponderosa, luenga,

robusta, con que la hija del prepotente padre destruye filas enteras

de héroes siempre que contra ellos monta en cólera. Descendió

presurosa de las cumbres del Olimpo y, encaminándose al pueblo de

Ítaca, detúvose en el vestíbulo de la morada de Ulises, en el umbral

que precedía al patio: Minerva empuñaba la broncínea lanza y había

tomado la figura de un extranjero, de Mentes, rey de los tafios.

Halló á los soberbios pretendientes; que para recrear el ánimo

jugaban á los dados ante la puerta de la casa, sentados sobre cueros

de bueyes que ellos mismos mataran. Varios heraldos y diligentes

servidores mezclábanles vino y agua en las crateras; y otros

limpiaban las mesas con esponjas de muchos ojos, colocábanlas en su

sitio, y trinchaban carne en abundancia.

113 Fué el primero en advertir la presencia de la diosa el deiforme

Telémaco; pues se hallaba en medio de los pretendientes, con el

corazón apesadumbrado, y tenía el pensamiento fijo en su valeroso

padre por si, volviendo, dispersase á aquellos y recuperara la

dignidad real y el dominio de sus riquezas. Tales cosas meditaba,

sentado con los pretendientes, cuando vió á Minerva. Á la hora fuése

derecho al vestíbulo, muy indignado en su corazón de que un huésped

tuviese que esperar tanto tiempo en la puerta, asió por la mano á la

diosa, tomóle la broncínea lanza y le dijo estas aladas palabras:

123 «¡Salve, huésped! Entre nosotros has de recibir amistoso

acogimiento. Y después que hayas comido, nos dirás si necesitas algo.»

125 Hablando así, empezó á caminar y Palas Minerva le fué siguiendo.

Ya en el interior del excelso palacio, Telémaco arrimó la lanza á

una alta columna, metiéndola en la pulimentada lancera donde había

muchas lanzas del paciente Ulises; hizo sentar á la diosa en un

sillón, después de tender en el suelo linda alfombra bordada y de

colocar el escabel para los pies, y acercó para sí una labrada silla;

poniéndolo todo aparte de los pretendientes para que al huésped

no le desplaciera la comida, molestado por el tumulto de aquellos

varones soberbios, y él, á su vez, pudiera interrogarle sobre su

padre ausente. Una esclava les dió aguamanos, que traía en magnífico

jarro de oro y vertió en fuente de plata, y les puso delante una

pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en

la mesa buen número de manjares, obsequiándoles con los que tenía

reservados. El trinchante sirvióles platos de carne de todas suertes

y colocó á su vera áureas copas. Y un heraldo se acercaba á menudo

para escanciarles vino.

144 Ya en esto, entraron los orgullosos pretendientes. Apenas se

hubieron sentado por orden en sillas y sillones, los heraldos

diéronles aguamanos, las esclavas amontonaron el pan en los

canastillos, los mancebos llenaron las crateras, y todos los

comensales echaron mano á las viandas que les habían servido.

Satisfechas las ganas de comer y de beber, ocupáronles el pensamiento

otras cosas: el canto y el baile, que son los ornamentos del convite.

Un heraldo puso la bellísima cítara en las manos de Femio, á quien

obligaban á cantar ante los pretendientes. Y mientras Femio comenzaba

al son de la cítara un hermoso canto, Telémaco dijo estas razones á

Minerva, la de los brillantes ojos, después de aproximar su cabeza á

la deidad para que los demás no se enteraran:

158 «¡Caro huésped! ¿Te enojarás conmigo por lo que voy á decir?

Éstos sólo se ocupan en cosas tales como la cítara y el canto; y

nada les cuesta, pues devoran impunemente la hacienda de otro, la

de un varón cuyos blancos huesos se pudren en el continente por la

acción de la lluvia ó los revuelven las olas en el seno del mar. Si

le vieran aportar á Ítaca, preferirían tener los pies ligeros á ser

ricos de oro y de vestidos. Mas aquél ya murió, víctima de su aciago

destino, y no hay que esperar en su tornada, aunque alguno de los

hombres terrestres afirme que aún ha de volver: el día de su regreso

no amanecerá jamás. Pero, ea, habla y responde sinceramente: ¿Quién

eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?

¿En cuál embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron á

Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que hayas venido

andando. Dime también la verdad de esto para que me entere: ¿Vienes

ahora por vez primera ó has sido huésped de mi padre? Que son muchos

los que conocen nuestra casa, porque Ulises acostumbraba visitar á

los demás hombres.»

178 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «De todo

esto voy á informarte circunstanciadamente. Me jacto de ser Mentes,

hijo del belicoso Anquíalo, y de reinar sobre los tafios, amantes de

manejar los remos. He llegado en mi galera, con mi gente, pues navego

por el vinoso ponto hacia unos hombres que hablan otro lenguaje:

voy á Témesa para traer bronce, llevándoles luciente hierro. Anclé

la embarcación cerca del campo, antes de llegar á la ciudad, en el

puerto Retro que está al pie del selvoso Neyo. Nos cabe la honra

de que ya nuestros progenitores se daban mutua hospitalidad desde

muy antiguo, como se lo puedes preguntar al héroe Laertes; el cual,

según me han dicho, ya no viene á la población, sino que mora en el

campo, atorméntanle los pesares, y tiene una anciana esclava que le

apareja la comida y le da de beber cuando se le cansan los miembros

de arrastrarse por la fértil viña. Vine porque me aseguraron que tu

padre estaba de vuelta en la población, mas sin duda lo impiden las

deidades, poniendo obstáculos á su retorno; que el divinal Ulises no

desapareció aún de la fértil tierra, pues vive y está detenido en el

vasto ponto, en una isla que surge de entre las olas, desde que cayó

en poder de hombres crueles y salvajes que lo retienen á su despecho.

Voy ahora á predecir lo que ha de suceder, según los dioses me lo

inspiran en el ánimo y yo creo que ha de verificarse porque no soy

adivino ni hábil intérprete de sueños: _Aquél no estará largo tiempo

fuera de su patria, aunque lo sujeten férreos vínculos; antes hallará

algún medio para volver, ya que es ingenioso en sumo grado_. Mas,

ea, habla y dime con sinceridad si eres el hijo del propio Ulises.

Es extraordinario tu parecido en la cabeza y en los bellos ojos con

Ulises; y bien lo recuerdo, pues nos reuníamos á menudo antes de que

se embarcara para Troya, adonde fueron los príncipes argivos en las

cóncavas naos. Desde entonces ni yo le he visto, ni él á mí.»

213 Contestóle el prudente Telémaco: «Voy á hablarte, oh huésped, con

gran sinceridad. Mi madre afirma que soy hijo de aquél, y no sé más;

que nadie consiguió conocer por sí su propio linaje. ¡Ojalá que fuera

vástago de un hombre dichoso que envejeciese en su casa, rodeado de

sus riquezas!; mas ahora dicen que desciendo, ya que me lo preguntas,

del más infeliz de los mortales hombres.»

221 Replicóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Los

dioses no deben de haber dispuesto que tu linaje sea obscuro,

cuando Penélope te ha parido cual eres. Mas, ea, habla y dime con

franqueza: ¿Qué comida, qué reunión es ésta, y qué necesidad tienes

de darla? ¿Se celebra un convite ó un casamiento? que no nos hallamos

evidentemente en un festín á escote. Paréceme que los que comen en el

palacio con tal arrogancia ultrajan á alguien; pues cualquier hombre

sensato se indignaría al presenciar sus muchas torpezas.»

230 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Huésped! Ya que tales cosas

preguntas é inquieres, sabe que esta casa hubo de ser opulenta y

respetada en cuanto aquel varón permaneció en el pueblo. Cambió

después la voluntad de los dioses, quienes, maquinando males, han

hecho de Ulises el más ignorado de todos los hombres; que yo no me

afligiera de tal suerte, si acabara la vida entre sus compañeros,

en el país de Troya, ó en brazos de sus amigos luego que terminó la

guerra, pues entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo

y hubiese legado á su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció sin

fama, arrebatado por las Harpías; su muerte fué oculta é ignota; y

tan sólo me dejó pesares y llanto. Y no me lamento y gimo únicamente

por él, que los dioses me han enviado otras funestas calamidades.

Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en

la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos

pretenden á mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las

odiosas nupcias, ni sabe poner fin á tales cosas; y aquellos comen y

agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo.»

252 Contestóle Minerva, muy indignada: «¡Oh dioses! ¡Qué falta

no te hace el ausente Ulises; para que ponga las manos en los

desvergonzados pretendientes! Si tornara y apareciera ante el portal

de esta casa, con su yelmo, su escudo y sus dos lanzas, como la

primera vez que le vi en la mía, bebiendo y recreándose, cuando

volvió de Éfira, del palacio de Ilo Mermérida--fué allá en su velera

nave por un veneno mortal con que pudiese teñir las broncíneas

flechas; pero Ilo, temeroso de los sempiternos dioses, no se lo

proporcionó y entregóselo mi padre que le quería muchísimo--si, pues,

mostrándose tal, se encontrara Ulises con los pretendientes, fuera

corta la vida de éstos y bien amargas sus nupcias. Mas está puesto en

mano de los dioses si ha de volver y tomar venganza en su palacio,

y te exhorto á que desde luego medites cómo arrojarás de aquí á los

pretendientes. Óyeme, si te place, y presta atención á mis palabras.

Mañana convoca en el ágora á los héroes aqueos, háblales á todos y

sean testigos las propias deidades. Intima á los pretendientes que

se separen, yéndose á sus casas; y si á tu madre el ánimo la mueve

á casarse, vuelva al palacio de su muy poderoso padre y allí le

dispondrán las nupcias y le aparejarán una dote tan cuantiosa como

debe llevar una hija amada. También á ti te daré un prudente consejo,

por si te decidieras á seguirlo: Apresta la mejor embarcación que

hallares, con veinte remeros; ve á preguntar por tu padre, cuya

ausencia se hace ya tan larga, y quizás algún mortal te hablará del

mismo ó llegará á tus oídos la fama que procede de Júpiter y es la

que más difunde la gloria de los hombres. Trasládate primeramente

á Pilos é interroga al divinal Néstor; y desde allí endereza los

pasos á Esparta, al rubio Menelao, que ha llegado el postrero de los

argivos de broncíneas lorigas. Si oyeres decir que tu padre vive y ha

de volver, súfrelo todo un año más, aunque estés afligido; pero si te

participaren que ha muerto y ya no existe, retorna sin dilación á la

patria, erígele un túmulo, hazle las muchas exequias que se le deben,

y búscale á tu madre un esposo. Y así que hayas realizado y llevado

á cumplimiento todas estas cosas, medita en tu mente y en tu corazón

cómo matarás á los pretendientes en el palacio: si con dolo ó á la

descubierta; porque es preciso que no andes en niñerías, que ya no

tienes edad para ello. ¿Por ventura no sabes cuánta gloria ha ganado

ante los hombres el divinal Orestes, desde que mató al parricida, al

doloso Egisto, que le había asesinado su ilustre padre? También tú,

amigo, ya que veo que eres gallardo y de elevada estatura, sé fuerte

para que los venideros te elogien. Y yo me voy hacia la velera nave

y los amigos que ya deben de estar cansados de esperarme. Cuida de

hacer cuanto te dije y acuérdate de mis consejos.»

306 Respondióle el prudente Telémaco: «Me dices estas cosas de una

manera tan benévola, como un padre á su hijo, que nunca jamás podré

olvidarlas. Pero, ea, aguarda un poco, aunque tengas prisa por irte,

y después que te bañes y deleites tu corazón, volverás alegremente

á tu nave, llevándote un regalo precioso, muy bello, para guardarlo

como presente mío, que tal es la costumbre que suele seguirse con los

huéspedes amados.»

314 Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «No me

detengas, oponiéndote á mi deseo de irme en seguida. El regalo con

que tu corazón quiere obsequiarme, me lo entregarás á la vuelta para

que me lo lleve á mi casa: escógelo muy hermoso y será justo que te

lo recompense con otro semejante.»

319 Diciendo así, partió Minerva, la de los brillantes ojos: fuése

la diosa, volando como un pájaro, después de infundir en el espíritu

de Telémaco valor y audacia, y de avivarle aún más el recuerdo de

su padre. Telémaco, considerando en su mente lo ocurrido, quedóse

atónito, porque ya sospechó que había hablado con una deidad. Y

aquel varón, que parecía un dios, se apresuró á juntarse con los

pretendientes.

325 Ante éstos, que le oían sentados y silenciosos, cantaba el

ilustre aedo la vuelta deplorable que Palas Minerva deparara á

los aquivos cuando partieron de Troya. La discreta Penélope, hija

de Icario, oyó de lo alto de la casa la divinal canción, que le

llegaba al alma; y bajó por la larga escalera, pero no sola, pues

la acompañaban dos esclavas. Cuando la divina entre las mujeres

llegó adonde estaban los pretendientes, detúvose cabe á la columna

que sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas

cubiertas por espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Y

arrasándosele los ojos de lágrimas, hablóle así al divinal aedo:

337 «¡Femio! Pues que sabes otras muchas hazañas de hombres y de

dioses, que recrean á los mortales y son celebradas por los aedos,

cántales alguna de las mismas sentado ahí, en el centro, y oíganla

todos silenciosamente y bebiendo vino; pero deja ese canto triste

que me angustia el corazón en el pecho, ya que se apodera de mí un

pesar grandísimo. ¡Tal es la persona de quien padezco soledad, por

acordarme siempre de aquel varón cuya fama es grande en la Hélade y

en el centro de Argos!»

345 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! ¿Por qué quieres

prohibir al amable aedo que nos divierta como su mente se lo inspire?

No son los aedos los culpables, sino Júpiter que distribuye sus

presentes á los varones de ingenio del modo que le place. No ha de

increparse á Femio porque canta la suerte aciaga de los dánaos, pues

los hombres alaban con preferencia el canto más nuevo que llega á

sus oídos. Resígnate en tu corazón y en tu ánimo á oir ese canto,

ya que no fué Ulises el único que perdió en Troya la esperanza de

volver; hubo otros muchos que también perecieron. Mas, vuelve ya á

tu habitación, ocúpate en las labores que te son propias, el telar y

la rueca, y ordena á las esclavas que se apliquen al trabajo; y de

hablar nos cuidaremos los hombres y principalmente yo, cuyo es el

mando en esta casa.»

360 Volvióse Penélope, muy asombrada, á su habitación, revolviendo

en el ánimo las discretas palabras de su hijo. Y así que hubo subido

con las esclavas á lo alto de la casa, echóse á llorar por Ulises,

su caro consorte, hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, le

difundió en los párpados el dulce sueño.

365 Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala y todos

deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho. Mas el prudente

Telémaco comenzó á decirles:

368 «¡Pretendientes de mi madre, que os portáis con orgullosa

insolencia! Gocemos ahora del festín y cesen vuestros gritos; pues es

muy hermoso escuchar á un aedo como éste, tan parecido por su voz á

las propias deidades. Al romper el alba, nos reuniremos en el ágora

para que yo os diga sin rebozo que salgáis del palacio: disponed

otros festines y comeos vuestros bienes, convidándoos sucesiva y

recíprocamente en vuestras casas. Mas si os pareciere mejor y más

acertado destruir impunemente los bienes de un solo hombre, seguid

consumiéndolos; que yo invocaré á los sempiternos dioses, por si

algún día nos concede Júpiter que vuestras obras sean castigadas, y

quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue.»

381 Así dijo; y todos se mordieron los labios, admirándose de que

Telémaco les hablase con tanta audacia.

383 Pero Antínoo, hijo de Eupites, le repuso diciendo: «¡Telémaco!

Son ciertamente los mismos dioses quienes te enseñan á ser

grandílocuo y á arengar con audacia; mas no quiera el Saturnio que

llegues á ser rey de Ítaca, rodeada por el mar, como te corresponde

por el linaje de tu padre.»

388 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! ¿Te enfadarás

acaso por lo que voy á decir? Es verdad que me gustaría serlo, si

Júpiter me lo concediera. ¿Crees por ventura que el reinar sea la

peor desgracia para los hombres? No es malo ser rey, porque la casa

del mismo se enriquece pronto y su persona se ve más honrada. Pero

muchos príncipes aquivos, entre jóvenes y ancianos, viven en Ítaca,

rodeada por el mar: reine cualquiera de ellos, ya que murió el

divinal Ulises, y yo seré señor de mi casa y de los esclavos que éste

adquirió para mí como botín de guerra.»

399 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Telémaco! Está puesto

en mano de los dioses cuál de los aqueos ha de ser el rey de Ítaca,

rodeada por el mar; pero tú sigue disfrutando de tus bienes, manda

en tu palacio, y jamás, mientras Ítaca sea habitada, venga hombre

alguno á despojarte de los mismos contra tu querer. Y ahora, óptimo

Telémaco, deseo preguntarte por el huésped. ¿De dónde vino tal

sujeto? ¿De qué tierra se gloría de ser? ¿En qué país se hallan su

familia y su patria? ¿Te ha traído noticias de la vuelta de tu padre

ó ha llegado con el único propósito de cobrar alguna deuda? ¿Cómo se

levantó y se fué tan rápidamente, sin aguardar á que le conociéramos?

Dado su aspecto no debe de ser un miserable.»

412 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco! Ya se acabó la

esperanza del regreso de mi padre; y no doy fe á las noticias, vengan

de donde vinieren, ni me curo de las predicciones que haga un adivino

á quien mi madre llame é interrogue en el palacio. Este huésped mío

lo era ya de mi padre y viene de Tafos: se precia de ser Mentes, hijo

del belicoso Anquíalo y reina sobre los tafios, amantes de manejar

los remos.»

[Ilustración: VOLVIERON Á SOLAZARSE LOS PRETENDIENTES CON LA DANZA Y

EL CANTO

(_Canto 1, versos 421 y 422._)]

420 Así habló Telémaco, aunque en su mente había reconocido á la

diosa inmortal. Volvieron los pretendientes á solazarse con la

danza y el deleitoso canto, y así esperaban que llegase la obscura

noche. Sobrevino ésta cuando aún se divertían, y entonces partieron

y se acostaron en sus casas. Telémaco subió al elevado aposento que

para él se había construído dentro del hermoso patio, en un lugar

visible por todas partes; y se fué derecho á la cama, meditando en su

espíritu muchas cosas. Acompañábale, con teas encendidas en la mano,

Euriclea, hija de Ops Pisenórida, la de castos pensamientos; á la

cual comprara Laertes en otra época, apenas llegada á la pubertad,

por el precio de veinte bueyes; y en el palacio la honró como á una

casta esposa, pero jamás se acostó con ella á fin de que su mujer no

se irritase. Aquélla, pues, alumbraba á Telémaco con teas encendidas,

por ser la esclava que más le amaba y la que le había criado desde

niño; y, en llegando, abrió la puerta de la habitación sólidamente

construída. Telémaco se sentó en la cama, desnudóse la delicada

túnica y diósela en las manos á la prudente anciana; la cual, después

de componer los pliegues, la colgó de un clavo que había junto al

torneado lecho, y de seguida salió de la estancia, entornó la puerta,

tirando del anillo de plata, y echó el cerrojo por medio de una

correa. Y Telémaco, bien cubierto de un vellón de oveja, pensó toda

la noche en el viaje que Minerva le había aconsejado.

[Ilustración]

[Ilustración: Los pretendientes sorprenden á Penélope cuando está

destejiendo la finísima tela]

CANTO II

ÁGORA DE LOS ITACENSES.--PARTIDA DE TELÉMACO

1 No bien se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos

dedos, el caro hijo de Ulises se levantó de la cama, vistióse,

colgó del hombro la aguda espada, ató á sus nítidos pies hermosas

sandalias y, semejante por su aspecto á una deidad, salió del cuarto.

En seguida mandó que los heraldos, de voz sonora, llamaran al ágora

á los aqueos de larga cabellera. Hízose el pregón y empezaron á

reunirse muy prestamente. Y así que hubieron acudido y estuvieron

congregados, Telémaco se fué al ágora con la broncínea lanza en

la mano y dos perros de ágiles pies que le seguían, adornándolo

Minerva con tal gracia divinal que al verle llegar todo el pueblo le

contemplaba con asombro, y se sentó en la silla de su padre pues le

hicieron lugar los ancianos.

15 Fué el primero en arengarles el héroe Egiptio, que ya estaba

encorvado de vejez y sabía muchísimas cosas. Un hijo suyo muy amado,

el belicoso Ántifo, había ido á Ilión, la de hermosos corceles, en

las cóncavas naves del divinal Ulises; y el feroz Ciclope lo mató

en la excavada gruta é hizo del mismo la última de aquellas cenas.

Otros tres tenía el anciano--uno, Eurínomo, hallábase con los

pretendientes, y los demás cuidaban los campos de su padre--mas no

por eso se había olvidado de Ántifo y por él lloraba y se afligía.

Egiptio, pues, les arengó, derramando lágrimas, y les dijo de esta

suerte:

25 «Oíd, itacenses, lo que os voy á decir. Ni una sola vez fué

convocada nuestra ágora, ni en ella tuvimos sesión, desde que el

divinal Ulises partió en las cóncavas naves. ¿Quién al presente nos

reúne? ¿Es joven ó anciano aquél á quien le apremia una necesidad tan

grande? ¿Recibió alguna noticia de que el ejército vuelve y desea

manifestarnos públicamente lo que supo antes que otros? ¿Ó quiere

exponer y decir algo que interesa al pueblo? Paréceme que debe de ser

un varón honrado y proficuo. Cúmplale Júpiter, llevándolo á feliz

término, lo que en su espíritu revuelve.»

35 Así les habló. Holgóse del presagio el dilecto hijo de Ulises,

que ya no permaneció mucho tiempo sentado: deseoso de arengarles,

se levantó en medio del ágora y el heraldo Pisenor, que sabía

dar prudentes consejos, le puso el cetro en la mano. Telémaco,

dirigiéndose primeramente al viejo, se expresó de esta guisa:

40 «¡Oh anciano! No está lejos ese hombre y ahora sabrás que quien ha

reunido el pueblo soy yo, que me hallo sumamente afligido. Ninguna

noticia recibí de la vuelta del ejército, para que pueda manifestaros

públicamente lo que haya sabido antes que otros, y tampoco quiero

exponer ni decir cosa alguna que interese al pueblo: trátase de un

asunto particular mío, de la doble cuita que se entró por mi casa.

La una es que perdí á mi excelente progenitor, el cual reinaba sobre

vosotros con la suavidad de un padre; la otra, la actual, de más

importancia todavía, pronto destruirá mi casa y acabará con toda

mi hacienda. Los pretendientes de mi madre, hijos queridos de los

varones más señalados de este país, la asedian á pesar suyo y no se

atreven á encaminarse á la casa de Icario, su padre, para que la

dote y la entregue al que él quiera y á ella le plazca; sino que,

viniendo todos los días á nuestra morada, nos degüellan los bueyes,

las ovejas y las pingües cabras, celebran banquetes, beben locamente

el vino tinto y así se consumen muchas cosas, porque no tenemos un

hombre como Ulises, que fuera capaz de librar á nuestra casa de

tal ruina. No me encuentro yo en disposición de realizarlo--sin

duda he de ser débil y ha de faltarme el valor marcial--que ya

arrojaría esta calamidad si tuviera bríos suficientes, porque se

han cometido acciones intolerables y mi casa se pierde de la peor

manera. Participad vosotros de mi indignación, sentid vergüenza

ante los vecinos circunstantes y temed que os persiga la cólera de

los dioses, irritados por las malas obras. Os lo ruego por Júpiter

Olímpico y por Temis, la cual disuelve y reúne las ágoras de los

hombres: no prosigáis, amigos; dejad que padezca á solas la triste

pena; á no ser que mi padre, el excelente Ulises, haya querido mal y

causado daño á los aqueos de hermosas grebas y vosotros ahora, para

vengaros en mí, me queráis mal y me causéis daño, incitando á éstos.

Mejor fuera que todos juntos devorarais mis inmuebles y mis rebaños,

que si tal hicierais quizás algún día se pagaran, pues iría por la

ciudad reconviniéndoos con palabras y reclamándoos los bienes hasta

que todos me fuesen devueltos. Mas ahora las penas que á mi corazón

inferís son incurables.»

80 Así dijo encolerizado; y, rezumándole las lágrimas, arrojó el

cetro en tierra. Movióse á piedad el pueblo, y todos callaron; sin

que nadie se atreviese á contestar á Telémaco con ásperas palabras,

salvo Antínoo, que respondió diciendo:

85 «¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! ¿Qué has

dicho para ultrajarnos? Tú deseas cubrirnos de baldón. Mas la culpa

no la tienen los aqueos que pretenden á tu madre, sino ella, que

sabe proceder con gran astucia. Tres años van con éste, y pronto

llegará el cuarto, que se fisga del ánimo que los aquivos tienen

en su pecho. Á todos les da esperanzas, y á cada uno en particular

le hace promesas y le envía mensajes; pero son muy diferentes los

pensamientos que en su inteligencia revuelve. Y aún discurrió su

espíritu este otro engaño: Se puso á tejer en el palacio una gran

tela sutil é interminable, y á la hora nos habló de esta guisa:

_¡Jóvenes, pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises,

aguardad, para instar mis bodas, que acabe este lienzo--no sea que

se me pierdan inútilmente los hilos,--á fin de que tenga sudario el

héroe Laertes en el momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se

me vaya á indignar alguna de las aqueas del pueblo, si ve enterrar

sin mortaja á un hombre que ha poseído tantos bienes!_ Así dijo,

y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir. Desde aquel instante

pasaba el día labrando la gran tela, y por la noche, tan luego

como se alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta

suerte logró ocultar el engaño y que sus palabras fueran creídas

por los aqueos durante un trienio; mas, así que vino el cuarto

año y volvieron á sucederse las estaciones, nos lo reveló una de

las mujeres, que conocía muy bien lo que pasaba, y sorprendimos

á Penélope destejiendo la espléndida tela. Así fué como, mal de

su grado, se vió en la necesidad de acabarla. Oye, pues, lo que

te responden los pretendientes, para que lo sepa tu espíritu y lo

sepan también los aqueos todos. Haz que tu madre vuelva á su casa, y

ordénale que tome por esposo á quien su padre le aconseje y á ella

le plazca. Y si atormentare largo tiempo á los aqueos, confiando

en las dotes que Minerva le otorgó en tal abundancia--ser diestra

en labores primorosas, gozar de buen juicio, y valerse de astucias

que jamás hemos oído decir que conocieran las anteriores aquivas

Tiro, Alcmena y Micene, la de hermosa diadema, pues ninguna concibió

pensamientos semejantes á los de Penélope--no se habrá decidido por

lo más conveniente, ya que tus bienes y riquezas serán devorados

mientras siga con el propósito que los dioses le infundieron en el

pecho. Ella ganará ciertamente mucha fama, pero á ti te quedará tan

sólo la añoranza de los copiosos bienes que hayas poseído; y nosotros

ni tornaremos á nuestros negocios, ni nos llegaremos á otra parte,

hasta que Penélope no se haya casado con alguno de los aqueos.»

129 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! No es razón que

eche de mi casa, contra su voluntad, á la que me dió el ser y me ha

criado. Mi padre quizás esté vivo en otra tierra, quizás haya muerto;

pero me será gravoso haber de restituir á Icario muchísimas cosas

si voluntariamente le envío mi madre. Y entonces no sólo padeceré

infortunios á causa de la ausencia de mi padre, sino que los dioses

me causarán otros; pues mi madre, al salir de la casa, imprecará

las odiosas Furias, y caerá sobre mí la indignación de los hombres.

Jamás, por consiguiente, daré yo semejante orden. Si os indigna el

ánimo lo que ocurre, salid del palacio, disponed otros festines y

comeos vuestros bienes, convidándoos sucesiva y recíprocamente en

vuestras casas. Pero si os parece mejor y más acertado destruir

impunemente los bienes de un solo hombre, seguid consumiéndolos; que

yo invocaré á los sempiternos dioses por si algún día nos concede

Júpiter que vuestras obras sean castigadas, y quizás muráis en este

palacio sin que nadie os vengue.»

146 Así habló Telémaco; y el longividente Júpiter envióle dos águilas

que echaron á volar desde la cumbre de un monte. Ambas volaban muy

juntas, con las alas extendidas, y tan rápidas como el viento; y

al hallarse en medio de la ruidosa ágora, giraron velozmente,

batiendo las tupidas alas, miráronles á todos á la cabeza como

presagio de muerte, desgarráronse con las uñas la cabeza y el

cuello, y se lanzaron hacia la derecha por cima de las casas y á

través de la ciudad. Quedáronse todos los presentes muy admirados

de ver con sus propios ojos las susodichas aves, y meditaban en su

espíritu qué fuera lo que tenía que suceder; cuando el anciano héroe

Haliterses Mastórida, el único que se señalaba sobre los de su edad

en conocer los augurios y explicar las cosas fatales, les arengó con

benevolencia diciendo:

161 «Oíd, itacenses, lo que os voy á decir, aunque he de referirme

de un modo especial á los pretendientes. Grande es el infortunio que

á éstos les amenaza, porque Ulises no estará mucho tiempo alejado de

los suyos, sino que ya quizás se halla cerca y les apareja á todos

la muerte y el destino; y también les ha de venir daño á muchos

de los que moran en Ítaca, que se ve de lejos. Antes de que así

ocurra, pensemos cómo les haríamos cesar de sus demasías, ó cesen

espontáneamente, que fuera lo más provechoso para ellos mismos.

Pues no lo vaticino sin saberlo, sino muy enterado; y os aseguro

que al héroe se le ha cumplido todo lo que yo le declarara, cuando

los argivos se embarcaron para Ilión y fuése con ellos el ingenioso

Ulises. Díjele entonces que, después de pasar muchos males y de

perder sus compañeros, tornaría á su patria en el vigésimo año sin

que nadie le conociera; y ahora todo se va cumpliendo.»

177 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Oh anciano! Vuelve á

tu casa y adivínales á tus hijos lo que quieras, á fin de que en

lo por venir no padezcan ningún daño; mas en estas cosas sé yo

vaticinar harto mejor que tú mismo. Muchas aves se mueven debajo de

los rayos del sol, pero no todas son agoreras; Ulises murió lejos de

nosotros, y tú debieras haber perecido con él, y así no dirías tantos

vaticinios ni incitarías al irritado Telémaco, esperando que mande

algún presente á tu casa. Lo que ahora voy á decir se cumplirá: si

tú, que conoces muchas cosas antiquísimas, engañares con tus palabras

á ese hombre más mozo y le incitares á que permanezca airado,

primeramente será mayor su aflicción pues no por las predicciones

le será dable proceder de otra suerte; y á ti, oh anciano, te

impondremos una multa para que te duela el pagarla y te cause grave

pesar. Yo mismo, delante de todos vosotros, daré á Telémaco un

consejo: ordene á su madre que torne á la casa paterna y allí le

dispondrán las nupcias y le aparejarán una dote tan cuantiosa como

debe llevar una hija amada. No creo que hasta entonces desistamos

los jóvenes aquivos de nuestra laboriosa pretensión, porque no

tememos absolutamente á nadie, ni siquiera á Telémaco á pesar de su

facundia; ni nos curamos de la vana profecía que nos haces y por

la cual has de sernos aún más odioso. Sus bienes serán devorados

de la peor manera, como hasta aquí, sin que jamás se le indemnice,

en cuanto Penélope entretenga á los aqueos con diferir la boda. Y

nosotros, esperando día tras día, competiremos unos con otros por sus

eximias prendas y no nos dirigiremos á otras mujeres que nos pudieran

convenir para casarnos.»

208 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco y cuantos sois

ilustres pretendientes! No os he de suplicar ni arengar más acerca

de esto, porque ahora ya están enterados los dioses y los aqueos

todos. Mas, ea, proporcionadme una embarcación muy velera y veinte

compañeros que me abran camino acá y allá del ponto. Iré á Esparta

y á la arenosa Pilos á preguntar por el regreso de mi padre, cuya

ausencia se hace ya tan larga; y quizás algún mortal me hablará del

mismo ó llegará á mis oídos la fama que procede de Júpiter y es la

que más difunde la gloria de los hombres. Si oyere decir que mi

padre vive y ha de volver, lo sufriré todo un año más, aunque estoy

afligido; pero si me participaren que ha muerto y ya no existe,

retornaré sin dilación á la patria, le erigiré un túmulo, le haré las

muchas exequias que se le deben, y á mi madre le buscaré un esposo.»

224 Cuando así hubo hablado, tomó asiento. Entonces levantóse

Méntor, el amigo del preclaro Ulises--éste, al embarcarse, le había

encomendado su casa entera para que los suyos obedeciesen al anciano

y él se lo guardara todo y lo mantuviese en pie--y benévolo les

arengó del siguiente modo:

229 «Oíd, itacenses, lo que os voy á decir. Ningún rey que empuñe

cetro, sea benigno, ni blando, ni suave, ni ocupe la mente en cosas

justas; antes, al contrario, obre siempre con crueldad y lleve al

cabo acciones nefandas; ya que nadie se acuerda del divinal Ulises

entre los ciudadanos sobre los cuales reinaba con la suavidad de un

padre. Y no aborrezco tanto á los orgullosos pretendientes por la

violencia con que proceden, llevados de sus malos propósitos,--pues

si devoran la casa de Ulises, ponen á ventura sus cabezas y creen

que el héroe ya no ha de volver,--como me indigno contra la restante

población, al contemplar que permanecéis sentados y en silencio,

sin que intentéis, sin embargo de ser tantos, refrenar con vuestras

palabras á los pretendientes que son pocos.»

242 Respondióle Leócrito Evenórida: «¡Méntor perverso é insensato!

¡Qué dijiste! ¡Incitarles á que nos hagan desistir! Dificultoso les

sería y hasta á un número mayor de hombres, luchar con nosotros

para privarnos de los banquetes. Pues si el mismo Ulises de Ítaca,

viniendo en persona, encontrase á los ilustres pretendientes comiendo

en el palacio y resolviera en su corazón echarlos de su casa, no se

alegraría su esposa de que hubiese vuelto, aunque mucho lo desea,

porque allí mismo recibiría el héroe indigna muerte si osaba combatir

con tantos varones. En verdad que no has hablado como debías. Mas,

ea, separaos y volved á vuestras ocupaciones. Méntor y Haliterses,

que siempre han sido amigos de Telémaco por su padre, le animarán

para que emprenda el viaje; pero se me figura que, permaneciendo

quieto durante mucho tiempo, oirá en Ítaca las noticias que vengan y

jamás realizará su propósito.»

257 Así dijo, y al punto disolvió el ágora. Dispersáronse todos para

volver á sus respectivas casas y los pretendientes enderezaron su

camino á la morada del divinal Ulises.

260 Telémaco se alejó hacia la playa y, después de lavarse las manos

en el espumoso mar, oró á Minerva diciendo:

262 «¡Óyeme, oh numen que ayer viniste á mi casa y me ordenaste que

fuése en una nave por el obscuro ponto en busca de noticias del

regreso de mi padre, cuya ausencia se hace ya tan larga! Á todo

se oponen los aqueos y en especial los en mal hora ensoberbecidos

pretendientes.»

267 Tal fué su plegaria. Acercósele Minerva, que había tomado el

aspecto y la voz de Méntor, y le dijo estas aladas palabras:

270 «¡Telémaco! No serás en lo sucesivo ni cobarde ni imprudente,

si has heredado el buen ánimo que tu padre tenía para llevar á su

término acciones y palabras; si así fuere, el viaje no te resultará

vano, ni quedará por hacer. Mas, si no eres el hijo de aquél y de

Penélope, no creo que llegues á realizar lo que anhelas. Contados son

los hijos que se asemejan á sus padres, los más salen peores, y tan

solamente algunos los aventajan. Pero tú, como no serás en lo futuro

ni cobarde ni imprudente, ni te falta del todo la inteligencia de

Ulises, puedes concebir la esperanza de dar fin á tales obras. No

te preocupes, pues, por lo que resuelvan ó mediten los insensatos

pretendientes; que éstos ni tienen cordura ni practican la justicia,

y no saben que se les acerca la muerte y el negro hado para que

todos acaben en un mismo día. Ese viaje que deseas emprender, no

se diferirá largo tiempo: soy tan amigo tuyo por tu padre, que

aparejaré una velera nave y me iré contigo. Vuelve á tu casa,

mézclate con los pretendientes y ordena que se dispongan provisiones

en las oportunas vasijas, echando el vino en ánforas y la harina, que

es la sustentación de los hombres, en fuertes pellejos; y mientras

tanto juntaré, recorriendo la población, á los que voluntariamente

quieran acompañarte. Muchas naves hay, entre nuevas y viejas, en

Ítaca, rodeada por el mar: después de ojearlas, elegiré para ti la

que sea mejor y luego que esté equipada la botaremos al anchuroso

ponto.»

296 Así habló Minerva, hija de Júpiter; y Telémaco no demoró mucho

tiempo después que hubo escuchado la voz de la deidad. Fuése á su

casa con el corazón afligido, y halló á los soberbios pretendientes

que desollaban cabras y asaban puercos cebones en el recinto del

patio. Entonces Antínoo, riéndose, salió al encuentro de Telémaco, le

tomó la mano y le dijo estas palabras:

303 «¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! No

revuelvas en tu pecho malas acciones ó palabras, y come y bebe

conmigo como hasta aquí lo hiciste. Y los aqueos te prepararán todas

aquellas cosas, una nave y remeros escogidos, para que muy pronto

vayas á la divina Pilos en busca de nuevas de tu ilustre padre.»

309 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! No es posible que

yo permanezca callado entre vosotros, tan soberbios, y coma y me

regocije tranquilamente. ¿Acaso no basta que los pretendientes me

hayáis destruído muchas y excelentes cosas, mientras fuí muchacho?

Ahora que soy hombre y sé lo que ocurre, escuchando lo que los demás

dicen, y crece en mi pecho el ánimo, intentaré daros malas muertes,

sea acudiendo á Pilos, sea aquí en esta población. Pasajero me iré--y

no será infructuoso el viaje de que hablo--pues no tengo nave ni

remadores; que sin duda os pareció más conveniente que así fuera.»

321 Dijo, y desasió su mano de la de Antínoo. Los pretendientes,

que andaban preparando el banquete dentro de la casa, se mofaban

de Telémaco y le zaherían con palabras. Y uno de aquellos jóvenes

soberbios habló de esta manera:

325 «Sin duda piensa Telémaco cómo darnos muerte: traerá valedores de

la arenosa Pilos ó de Esparta, ¡tan vehemente es su deseo!, ó quizás

se proponga ir á la fértil tierra de Éfira para llevarse drogas

mortíferas y echarlas luego en la cratera, á fin de acabar con todos

nosotros.»

331 Y otro de los jóvenes soberbios repuso acto continuo: «¿Quién

sabe si, después de partir en el cóncavo bajel, morirá lejos de los

suyos vagando como Ulises? Mayor fuera entonces nuestro trabajo, pues

repartiríamos todos sus bienes y daríamos esta casa á su madre y á

quien la desposara para que en común la poseyesen.»

337 Así decían. Telémaco bajó á la anchurosa y elevada cámara de su

padre, donde había montones de oro y de bronce, vestiduras guardadas

en arcas y gran copia de odorífero aceite. Allí estaban las tinajas

del dulce vino añejo, repletas de bebida pura y divinal, y arrimadas

ordenadamente á la pared; por si algún día volviere Ulises á su casa,

después de haber padecido multitud de pesares. La puerta tenía dos

hojas sólidamente adaptadas y sujetas por la cerradura; y junto á

ella hallábase de día y de noche, custodiándolo todo con precavida

mente, una despensera: Euriclea, hija de Ops Pisenórida. Entonces

Telémaco la llamó á la estancia y le dijo:

349 «¡Ama! Vamos, ponme en ánforas dulce vino, el que sea más suave

después del que guardas para aquel infeliz; esperando siempre que

torne Ulises, de jovial linaje, por haberse librado de la muerte y

del destino. Llena doce ánforas y ciérralas con sus tapaderas. Aparta

también veinte medidas de harina de trigo, y échalas en pellejos bien

cosidos. Tú sola lo sepas. Esté todo aparejado y junto, pues vendré

á tomarlo al anochecer, así que mi madre se vaya arriba á recogerse.

Que quiero hacer un viaje á Esparta y á la arenosa Pilos, por si

logro averiguar ú oir algo del regreso de mi padre.»

361 Así habló. Echóse á llorar su ama Euriclea y, suspirando, díjole

estas aladas palabras:

363 «¡Hijo amado! ¿Cómo te ha venido á las mientes tal propósito?

¿Adónde quieres ir por apartadas tierras, siendo unigénito y tan

querido? Ulises, el de jovial linaje, murió lejos de la patria, en un

pueblo ignoto. Así que partas, éstos maquinarán cosas inicuas para

matarte con algún engaño y repartirse después todo lo tuyo. Quédate

aquí, cerca de tus bienes; que nada te obliga á padecer infortunios

yendo por el estéril ponto, ni á vagar de una parte á otra.»

371 Contestóle el prudente Telémaco: «Tranquilízate, ama; que esta

resolución no se ha tomado sin que un dios lo quiera. Pero júrame que

nada dirás á mi madre hasta que transcurran once ó doce días, ó hasta

que la aqueje el deseo de verme ú oiga decir que he partido; para

evitar que llore y dañe así su hermoso cuerpo.»

377 Tal dijo; y la anciana prestó el solemne juramento de los dioses.

En acabando de jurar, ella, sin perder un instante, envasó el vino

en ánforas y echó la harina en pellejos bien cosidos; y Telémaco

volvió á subir y se juntó con los pretendientes.

382 Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra

cosa. Tomó la figura de Telémaco, recorrió la ciudad, habló con

distintos varones y les encargó que al anochecer se reunieran junto

al barco. Pidió también una velera nave al hijo preclaro de Fronio, á

Noemón, y éste se la cedió gustoso.

388 Púsose el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos. En

aquel instante la diosa echó al mar la ligera embarcación y colocó

en la misma cuantos aparejos llevan las naves de muchos bancos.

Condújola después á una extremidad del puerto, juntáronse muchos y

excelentes compañeros, y Minerva los alentó á todos.

393 Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó

otra cosa. Fuése al palacio del divinal Ulises, infundióles á los

pretendientes dulce sueño, les entorpeció la mente en tanto que

bebían, é hizo que las copas les cayeran de las manos. Todos se

apresuraron á irse por la ciudad y acostarse, pues no estuvieron

mucho tiempo sentados desde que el sueño les cayó sobre los párpados.

Y Minerva, la de los brillantes ojos, que había tomado la figura y la

voz de Méntor, dijo á Telémaco después de llamarle afuera del cómodo

palacio:

402 «¡Telémaco! Tus compañeros, de hermosas grebas, ya se han sentado

en los bancos para remar, y sólo esperan tus órdenes. Vámonos y no

tardemos en comenzar el viaje.»

405 Cuando así hubo hablado, Palas Minerva echó á andar

aceleradamente, y Telémaco fué siguiendo las pisadas de la diosa.

Llegaron á la nave y al mar, y hallaron en la orilla á los compañeros

de larga cabellera. Y el esforzado y divinal Telémaco les habló

diciendo:

410 «Venid, amigos, y traigamos los víveres; que ya están dispuestos

y apartados en el palacio. Mi madre nada sabe, ni las criadas

tampoco; á excepción de una, que es la única persona á quien se lo he

dicho.»

[Ilustración: ACOMODÁRONSE EN LA POPA MINERVA Y TELÉMACO, LOS

MARINEROS SOLTARON LAS AMARRAS Y EL NAVÍO ECHÓ Á ANDAR AL SOPLO DEL

CÉFIRO

(_Canto II, versos 416 á 421._)]

413 Cuando así hubo hablado, se puso en camino y los demás le

siguieron. En seguida se lo llevaron todo y lo cargaron en la nave

de muchos bancos, como el amado hijo de Ulises lo ordenara. Acto

continuo embarcóse Telémaco, precedido por Minerva que tomó asiento

en la popa y él á su lado, mientras los compañeros quitaban las

amarras y se acomodaban en los bancos. Minerva, la de los brillantes

ojos, envióles próspero viento: el fuerte Céfiro, que resonaba por

el vinoso ponto. Telémaco exhortó á sus compañeros, mandándoles

que aparejasen la jarcia, y su amonestación fué atendida. Izaron el

mástil de abeto, lo metieron en el travesaño, lo ataron con sogas,

y al instante descogieron la blanca vela con correas bien torcidas.

Hinchió el viento la vela, y las purpúreas olas resonaban en torno

de la quilla mientras la nave corría siguiendo su rumbo. Así que

hubieron atado los aparejos á la veloz nave negra, levantaron

crateras rebosantes de vino é hicieron libaciones á los sempiternos

inmortales dioses y especialmente á la hija de Júpiter, la de los

brillantes ojos. Y la nave continuó su rumbo toda la noche y la

siguiente aurora.

[Ilustración]

[Ilustración: Néstor ha reconocido á Minerva, al partir esta diosa,

y le ofrece un sacrificio]

La Odisea · 第 1 / 25 章