gusto muy puro, de fábula complicada é interesante y de situaciones de
mucho efecto. En el fondo de estas comedias, como en algunas de las
precedentes, y de las que siguen, predominan los mismos elementos que en
las demás españolas, distinguiéndose sólo por el colorido que le presta
el personal de príncipes y cortesanos que en ellas se presenta, así como
por el tono, también distinguido, correspondiente á la categoría de sus
personajes.
_El galán fantasma._--La invención de este argumento es de las más
felices; está, además, perfectamente calculado, y su desarrollo parece
hecho por el poeta con predilección y cariño. El joven Astolfo tiene
relaciones amorosas con la bella Julia, á quien el duque de Sajonia
pretende también, aunque ella no corresponda á su inclinación. Una
noche, estando Astolfo de visita en casa de su amada, penetra en ella el
Duque á la fuerza. Los dos rivales riñen. Astolfo cae y es dejado por
muerto. La herida, sin embargo, no es mortal; trasladado á casa de un
amigo, permanece allí oculto hasta después de su convalecencia, temeroso
de la venganza del Duque. Un subterráneo pone en comunicación esta casa
con el jardín de Julia, y Astolfo lo utiliza para hacer una visita á su
amada. Julia se asusta al principio de su aparición, tomándolo por un
fantasma, hasta que le refiere la historia de su salvación, pasando
después juntos horas muy felices; para el Duque, no obstante, es siempre
un muerto, asombrándolo con sus apariciones, hasta que, en virtud de
otros sucesos del enredo, se llega á su desenlace, descubriéndose todo y
casándose seguro con Julia, con el beneplácito del Duque.
_Basta callar._--En este drama superior rivalizan la gracia de su
interesantísima invención con las galas más ricas y variadas de la
poesía, la sencillez con el fuego, la singular delicadeza del plan con
lo exquisito de la ejecución, y con los encantos que le presta el
lenguaje más harmonioso. Su desarrollo es tan ingenioso y tan complicado
como el de las mejores comedias de intriga, propiamente dichas; pero en
ésta se respira, además, cierto perfume poético, reinando en su
exposición tan brillante poesía, que no puede compararse con aquéllas.
Margarita, hija del duque de Bearne, y en cumplimiento de los deseos de
su padre, ha sido prometida al conde de Montpellier; encuentra cazando,
y en los montes, á un caballero peligrosamente herido, al cual
transporta á la corte de su padre para cuidarlo. El herido se llama Don
César, y finge haber sido atacado por ladrones; pero, en realidad, es un
caballero del séquito del conde de Montpellier, que ha sufrido ese
percance por mandato de su Soberano; estaba en relaciones amorosas con
la bella Doña Serafina, amada también del Conde, y un día desenvainó
contra él su espada, al intentar penetrar primero en el aposento de su
amada, y, aunque huyó después de cometer este atentado, la venganza del
Conde le alcanzó en su huída; es acogido con benevolencia en la corte de
Bearne, en donde calla todos esos sucesos; el Duque le nombra su
secretario, después de curado, y la Princesa siente por él cierta
inclinación amorosa, á la que él no corresponde, ni siquiera atiende,
dominado sólo por su antiguo amor. Pero el tormento mayor de su
destierro es la incertidumbre acerca de la fidelidad de Serafina.
Acontece entonces que Roberto, padre de Serafina, viene con su hija á la
capital del Bearne, trayendo también en su séquito, disfrazado, al conde
de Montpellier, so pretexto de celar mejor á Margarita, pero, en
realidad, para estar más cerca de su querida Serafina. Esta última
entabla pronto estrecha amistad con Margarita, pero su hermosura
despierta pronto el amor del Duque. El poeta, pues, tiene en su mano los
diversos hilos de este enredo: la rivalidad del Conde, del Duque y de
César; el interés del último en no ser conocido del Conde, que lo cree
muerto; después, la inclinación de Margarita á César, en lucha con su
amistad á Serafina, etc.; pero estos diversos resortes no sirven, como
sucede con frecuencia en las comedias de capa y espada, sólo para urdir
una fábula divertida é interesante, sino para distinguir los caracteres
y pasiones, en sus diversas fases, y ofrecernos un cuadro, en el cual se
confunden, con las tintas más tenues, el amor y los celos, la tristeza y
la risa, las ilusiones y la prudencia mundana; brillando, además, sobre
todo este conjunto, el mágico resplandor de la poesía romántica más
pura. El desenlace consiste en que Margarita sacrifica su amor á la
amistad, y, con arreglo á los deseos de su padre, da su mano al Conde,
venciendo el Duque y el Conde sus pasiones, noble y esforzadamente, y
consintiendo que Serafina contraiga matrimonio con César, su primero y
preferido amor.
_El secreto á voces._--De la misma especie que el anterior, como lo es
también por su delicadeza, gracia y perfección. _El secreto á voces_, ó
las cifras, con que se entienden los dos amantes, sin que nadie pueda
comprender el sentido de sus palabras, recuerda igual ardid de la linda
comedia de Tirso, titulada _Amar por arte mayor_; pero la invención de
Tirso es más ingeniosa que la de Calderón, y de mayor sutileza. Trátase
de dos amantes en la corte de León, de quienes todos sospechan, y que,
para entenderse sin estorbos, y sin producir en nadie recelos, inventan
un medio secreto de hacerlo. Elvira, dama de la corte, es amada por el
Rey, conviniéndole acceder aparentemente á sus pretensiones, aunque, en
realidad, sea su amante Don Lope, el secretario del mismo Rey. Para
contentar á éste, le dirige varias cartas amorosas, como, por ejemplo,
la siguiente:
Celosa temo, caro dueño mío,
Que os venzan intereses de una Infanta.
Perdonad, que, en efecto, en verdad tanta,
Contra amor no es valiente el albedrío.
Causóos Don Lope el ciego desvarío
Sin culpa, de sospechas y desvelos:
¿Qué haré yo, combatida de mis celos.
Si el temor me da causa de culparos?
Muriendo viviré con adoraros, etc.
Pero ya ella ha enterado á su querido Lope, á cuyas manos, como al
secretario del Rey, llegan todas las cartas, dirigidas á éste, que esas
cartas son sólo para él, y que, suprimiendo las tres primeras sílabas de
cada verso, averiguará el verdadero sentido de la escritura. Haciéndolo
así, estos versos se quedan en la forma siguiente:
Temo, caro dueño mío,
Intereses de una Infanta,
Que, en efecto, en beldad tanta
No es valiente el albedrío.
Lope, el ciego desvarío,
De sospechas y desvelos;
Combatida de mis celos
Me da causa de culparos:
Viviré con adoraros, etc.
Por artificioso que sea este plan de Elvira, supéralo Lope en sus
respuestas. Es amado, además de Elvira, de la reina Blanca y de otra
dama de palacio, llamada Isabel, aconsejándole también la prudencia no
oponerse á las sugestiones de las dos últimas, aun cuando se vea
obligado, por otros motivos, á hablar con el mayor misterio de la pasión
disimulada por la Reina. Dirígese, pues, en apariencia, á Isabel,
escribiendo los versos que siguen:
Aunque amante me juzguéis
De otro gusto, y como ingrato
Me presumáis todo olvido,
Yo soy vuestro y no os agravio.
El Rey suspira, Isabela,
Celoso como indignado,
Porque ignora que disculpa
Mis desvelos amor casto.
No os asombre vengativo
(Cuando sepa que en su estado
Don Ordoño favorece
El amor nuestro) Don Sancho;
Su poder, con el de Ordoño,
Aunque temido, es muy flaco;
Contra el amor, todo incendio,
Es pequeño el de Alexandro.
Que he de morir es sin duda
Si os perdiese mi cuidado:
Blanca por vos se desvela;
Será cierto el ampararnos
O ha de ser en yugo eterno
Vuestra belleza el descanso
De mi esperanza, ó la muerte
El remedio, aunque inhumano,
De Don Lope, prenda mía;
Estad segura entre tanto,
Que será con fe invencible,
Bronce en quereros y amaros.
Doña Elvira, que os dió celos,
A Ordoño adora ó su estado:
Ni la quise en vuestra ofensa
Ni deseo, pues os amo.
Del contexto de estas palabras, Isabel se cree naturalmente la única
favorecida. Pero la Reina tiene la clave para descifrarla, que consiste
en leer sólo la primera mitad de los versos y juntarlos. De este modo
las palabras citadas forman los versos siguientes, que parecen dirigidos
sólo á la Reina:
Aunque amante de otro gusto
Me presumáis, yo soy vuestro:
El Rey suspira celoso,
Porque ignora mis desvelos.
No os asombre cuando sepa
Don Ordoño el amor nuestro.
Su poder, aunque temido,
Contra el de amor es pequeño.
Que he de morir si os perdiese,
Blanca, por vos será cierto,
O ha de ser vuestra belleza
De mi esperanza el remedio.
De Don Lope estad segura
Que será bronce en quereros;
Doña Elvira á Ordoño adora:
Ni la quise, ni deseo.
Pero también la Reina se engaña, porque quien posee la verdadera clave
es Elvira, sabiendo que de cuatro en cuatro versos ha de prescindir de
las mitades de los mismos, y así recibe de Lope la siguiente seguridad
de su eterno amor á ella:
Aunque amante el Rey suspira
No os asombre su poder;
Que he de morir, ó ha de ser
De Don Lope Doña Elvira.
Nos llama la atención, en estos versos, el arte ingenioso, con que unas
mismas palabras, sin violencia alguna, sólo con variarlas de lugar, no
sólo ofrecen un sentido diverso y muy claro, sino que primero forman dos
asonancias distintas y al fin una redondilla. Nos hemos fijado en esta
particularidad para demostrar, que muchas veces, cuando se cree á
Calderón original, imita sólo á sus predecesores; por lo demás, esa
ingeniosa invención de Tirso es simplificada por él, porque la supresión
de la primera palabra, en cada verso, y la unión de la restante,
constituye su secreto. Ocioso, es, sin duda, decir, por lo que hace al
argumento del drama, que _El secreto á voces_, traducido ó imitado,
existe en casi todos los repertorios de Europa, y que es, por tanto, una
de las obras más conocidas de Calderón.
[Illustration]
CAPÍTULO XII.
Comedias de _azar_ y algunas otras de Calderón.
Los dramas últimamente mencionados nos llevan, como por la mano, á
tratar de las comedias, en que se representa la vida y trato social de
la España de esa época. Las composiciones de Calderón, de esta clase,
han sido muy famosas desde el principio, y merecen esa reputación bajo
todos aspectos, aunque haya de confesarse que el círculo de motivos y de
situaciones, en que se mueve, es más estrecho que el de Lope y el de
Tirso; son en su especie lo más perfecto que posee el teatro español,
pero adolecen también de cierta uniformidad. Se ha observado ya antes,
que la mayor parte de estas obras de Calderón podrían llevar el título
de argumentos fundados en la casualidad, porque esta última es realmente
la que de ordinario desata su nudo. Si se quiere en pocas palabras
formarse una idea general de las condiciones de todas estas comedias,
fijémonos en las líneas que siguen, que se han escrito ya en otra obra
sobre este mismo asunto[124]: Un caballero joven, que vuelve de Flandes,
busca en las calles de Madrid la casa de un amigo, en la cual ha de
hospedarse; de improviso se le presenta una dama, tapada con un velo,
que solicita su protección. Su deber de caballero le impide rehusársela,
y la acompaña hasta su domicilio: entonces averigua que la dama es
hermana del amigo; éste ama á su vez á otra dama amiga de su hermana,
destinada á ser la esposa del caballero recién llegado. Hay también otro
tercer amante, despreciado de aquella primera dama, que corría en las
primeras escenas las calles de Madrid; y de todos estos amoríos, que se
cruzan, dimanan sucesos de todas clases: se confunden entre sí dos damas
tapadas, y una escucha desde una puerta inmediata palabras, que, por
equivocación, se dirigen á su rival; el galán se esconde, porque oye
ruido; es descubierto el segundo, y surge un desafío, interrumpido por
la llegada del hermano; y después de otras complicaciones análogas, se
desata el enredo de la misma manera que se ha formado, terminando con
dos ó tres casamientos, sin contar el del gracioso con la criada.
Los resortes empleados principalmente por Calderón en sus enredos
parecerán más claros todavía teniendo en cuenta que consisten en el amor
de dos damas al mismo caballero; en las pretensiones de muchos galanes á
la misma doncella, de dos amigos en conquistar las gracias de la misma
beldad; en los celos de las enamoradas parejas; en la lucha de deberes
entre el amigo y la amada; en la ocultación de las mujeres por medio del
velo, y de los hombres con la capa, y en las equivocaciones, que se
originan, de ambos medios; en requiebros nocturnos junto á la ventana de
una dama, y en cambios, ocurridos con este motivo, cuando se pone otra
en lugar de la que se espera; en conflictos de los deberes de la
hospitalidad y de la venganza; en desafíos, en casas con dos puertas, en
mudanzas de nombres y domicilios, entradas secretas, caminos
subterráneos, etc. Los sucesos sorprendentes, las situaciones
interesantes, que excitan la curiosidad, y hace surgir el poeta de estos
motivos, eran ya proverbiales en vida del autor: llamábaseles _Lances de
Calderón_, y no faltaban entonces personas, que criticasen la repetición
constante de causas iguales para atraer la atención. Nuestro mismo
poeta aprobaba estas observaciones, y hasta las formulaba chanceándose.
En _No hay burlas con el amor_, dice uno, que ha de esconderse:
Es comedia de Don Pedro
Calderón, donde ha de haber,
Por fuerza, amante escondido,
Ó rebozada mujer.
En _Bien vengas, mal, si vienes solo_, dice también:
Que debe de ser comedia,
Sin duda, ésta de Don Pedro
Calderón, que hermano ó padre
Siempre vienen á mal tiempo.
Pero como el poeta aceptaba, en broma, aquello mismo que se le
censuraba, y, no obstante, proseguía siempre haciendo lo que antes, hubo
de provenir esto del conocimiento que tenía de su talento particular
para desenvolver estos motivos dramáticos, y de su inventiva inagotable
para dar forma é imprimir nuevo colorido á esos materiales uniformes;
razón también para que nosotros, recordando la igualdad de los resortes
de estas piezas, nos admiremos del arte infinito, con que el autor, del
mismo fondo, y de iguales elementos, obtuviese tan extraordinaria
variedad de resultados. En efecto, ningún otro poeta ha poseído, en tan
supremo grado como Calderón, la facilidad de formar combinaciones,
siempre nuevas, de argumentos tan sencillos como repetidos, é
imprimirles nuevos giros y sacar situaciones interesantes; en acumular
sorpresas sobre sorpresas, y en desenvolver la acción principal con
otras paralelas, de tal suerte, que el espectador sigue, con una
situación constante, los hilos, que se entrecruzan, de esa urdimbre,
hasta llegar á su desenlace. La especialidad de nuestro poeta, en esta
parte, ha sido confesada hace ya tiempo, y hasta Linguet, en la época en
que no se aceptaban teóricamente las excelencias del drama español,
aunque sí en la práctica, por las copias é imitaciones que se hacían de
ellos, declara que Calderón, en este linaje de bellezas, es muy superior
á todos los poetas conocidos. Si, pues, las comedias de esta clase (á
las cuales denominamos comedias de _capa y espada_, por representarse
todas en esta forma), se distinguen por sus propiedades, ya indicadas;
por su gran variedad, á pesar de su semejanza; por su mérito poético;
por su vida y animación, que atrae nuestro interés con extremo, ha de
añadirse también la circunstancia, que aumenta, asimismo, el encanto que
nos producen, de trazar fielmente las costumbres, la vida ordinaria y
los caracteres especiales del Madrid de su época. Las aventuras
novelescas, que, en esta ciudad de las serenatas, estaban á la orden
del día; la extraña mezcla de civilización, casi refinada, y de
ferocidad, casi propia de la Edad Media; las escenas galantes del Prado;
las citas nocturnas y amorosas en las rejas; los sangrientos desafíos de
los caballeros; el fogoso amor, así como la afición á las intrigas y las
astucias, de los amantes; la alegría y la ligereza; la iniciativa de los
caballeros en sus empresas, no espantándoles ningún peligro; la ternura
y la abnegación de las damas, y también su espíritu vengativo y su
facilidad en ofenderse por motivos livianos: todo esto, repetimos, se
encuentra en esas comedias, con tanta verdad, que quizá no haya otro
documento más fiel para estudiar y conocer las costumbres de los
antiguos españoles. Pero indiquemos también algunos otros rasgos
chocantes de estos cuadros extraños. La desconfianza y el rigorismo, en
cuanto toca al honor, es tan grande, que, cuando es sorprendido un
hombre en casa de una dama, aun cuando no haya la menor duda de no
existir entre ellos relaciones criminales, obliga al padre ó al hermano
á matarla, sin vacilaciones, como si fuese culpable. Tan fuerte es el
deber del caballero de amparar á la mujer, que cualquiera dama puede
solicitar del primero que se encuentre, que la proteja contra todos con
peligro de su vida. Tales son los celos y las pretensiones de amor
exclusivo, que, cuando un galán habla con su dama, en la ventana, no
consiente que ninguno de los transeuntes pueda molestarlo en lo más
mínimo, habiendo de morir, sin falta, el que lo haga; la obligación de
recíproca ayuda entre los caballeros faculta al que ha dado muerte á
alguno, si lo persigue la justicia, á pedir socorro al primero que se
presente, debiendo éste acceder á su demanda, prescindiendo de todo
deber y de toda otra consideración.
Todas estas particularidades han de tenerse en cuenta por el lector
moderno, para entender bien las comedias de capa y espada de Calderón, y
todas ellas han de suponerse y afirmarse para comprender bien estas
composiciones, esto es, como las apreciaban los espectadores de aquella
época. Menester es también que, como aquel público para quien se
escribían esas piezas, consideremos como sucesos ordinarios á las
muertes causadas por los celos, por la venganza ú otros motivos
análogos, sin impresionarnos por ellas vivamente, ni creer que
interrumpan en lo más mínimo la tranquilidad del espectáculo, porque
muchas veces encontramos el deber de vengar la muerte de un pariente en
lucha con otros deberes, la ocultación de alguno que ha matado á su
adversario en desafío, ú otros sucesos de la misma índole, trágicos,
según nuestras ideas, pero usados entonces como resortes de los enredos
más cómicos; á menudo vemos también, en medio de escenas de la misma
clase, que un padre ó un hermano sacan su espada y matan á la hija ó á
la hermana, de quienes recelan, afligiéndonos y haciéndonos sospechar un
desenlace triste, mientras que los españoles de entonces no se
preocupaban mucho de estos hechos, ni se perturbaba en lo más mínimo por
esos casos frecuentes la serenidad aneja al conjunto dramático.
Finalmente, es necesario también, para darnos cuenta de esa explosión
repentina de afectos y de sus mudanzas continuas é inesperadas al leer
estas composiciones y al observar su repetición, que recordemos la
movilidad y el fuego de los habitantes del Mediodía, y la exageración
que las costumbres de la España de entonces daban á esos mismos afectos.
La severa vigilancia á que estaban sometidas las mujeres, acrecía las
dificultades de llegar hasta ellas; excitaba los celos y el disimulo
cuando intervenía la presencia de un tercero, y extremaba todo esto la
violencia del amor, é inflamaba con más fuerzas los deseos. Si las
señoras de nuestro tiempo se quejan, pues, de la tibieza y hasta de la
frialdad de los hombres, atribúyanlas principalmente á la libertad de
que gozan, siendo, por tanto, el medio más seguro de inspirar á los
enamorados ese ardor fogoso, volver ellas de nuevo á su antigua
esclavitud.
Aun cuando no se pueda negar que las costumbres de la nobleza española,
tales cuales las pinta Calderón, no brillan por esa pureza absoluta, que
les han atribuído algunos críticos más entusiastas que amigos de la
verdad, no es posible tampoco desconocer que la adornaban muchas prendas
distinguidas y recomendables, en cuya virtud obtienen nuestras simpatías
los caballeros y las señoras de Calderón por su fina galantería, por la
ternura y variedad de sentimientos (causa de su tendencia al amor
exclusivo, y que condena hasta la más leve anfibología en la conducta),
la observancia rigorosa de los deberes de la amistad y de la gratitud,
la adhesión y la fidelidad hasta la muerte al Soberano legítimo, la
conmiseración con el enemigo vencido, y el sacrificio completo de la
voluntad y del corazón al objeto ó la persona que ha elegido su amor.
Para que el lector asista de un modo inmediato á la vida de los
españoles, tal como se representa en estas composiciones, y para
demostrar, á la vez, lo fielmente que se retratan estas costumbres en
las comedias de Calderón, copiándolas de la realidad, intercalamos
ahora algunos párrafos del interesante viaje, olvidados por completo,
de la condesa d'Aulnoy por España. Dice así, en dos cartas, fechadas en
Madrid en 27 de junio y 25 de julio de 1679:
«Si yo quisiera contar todos los sucesos trágicos de que oigo hablar
aquí un día y otro día, habías de creer que este país es teatro de las
escenas más horribles del mundo. Da ocasión á ellas de ordinario el
amor, el afán de satisfacerlo, y el castigo del mismo. Nada hay que los
españoles no emprendan por este motivo, ni obstáculo alguno que pueda
refrenar su valor ni contener su ternura. Los celos son su pasión
dominante, menos según se juzga, por la parte que tenga en ellos el
amor, que por espíritu de venganza y por el afán de mantener inmaculado
el lustre de su nombre, ó porque no pueden sufrir que ningún otro les
sea preferido, ó porque los desespera cuanto se asemeja á insulto ó
degradación; pero, en fin, sea de esto lo que quiera, es lo más cierto
que la nación española es en este punto bárbara y salvaje. Las mujeres
están como divorciadas de los hombres, pero, á pesar de esto, saben muy
bien escribir sus billetes, dando citas á los que aman: grande es el
riesgo para ellas, para sus amantes y para los mensajeros; pero
desafiando ese peligro, se dan trazas hábiles con su ingenio y con su
dinero para esquivarlos, y burlarse del Argos más vigilante.
»Los hombres solteros, cuando llega la noche, acostumbran, después de
pasear por el Prado y tomar una comida frugal, montar á caballo,
llevando á las ancas á sus escuderos, y lo hacen así para no perderlos
de vista, porque como cabalgan rápidamente por las calles en la
obscuridad más completa, sería imposible que los siguiesen sus
escuderos; también temen ser atacados por detrás, y el escudero sirve
para parar los golpes y vigilar en defensa de su amo, aunque lo más
general es que, en estos casos, tomen la huída estos defensores que no
se suelen preciar de valientes. Estas cabalgatas nocturnas se celebran
en honor de las damas, y los caballeros españoles por ningún precio del
mundo dejan de consagrarse á esta ocupación por las noches; hablan con
sus amadas por las ventanas, entran á veces en los jardines, y también,
cuando pueden, en sus casas; se aventuran en ocasiones hasta la alcoba,
en donde duerme el esposo de su adorada, y hasta se me ha dicho que así
se ven años enteros, sin hablarse una palabra, por temor de ser
descubiertos.
»Nunca, en Francia, han sabido amar tanto como los españoles aman,
encontrando yo que á todos superan, y, prescindiendo de sus tiernos
cuidados, de sus servicios constantes y de su abnegación hasta la
muerte (porque ni el marido ni los parientes perdonan jamás), en la
fidelidad y el secreto, que siempre se guarda. Nunca se oye que algún
caballero se alabe de los favores, que le ha concedido su dama; hablan
de ellas con tanta veneración y tanto respeto, como si fuesen sus
reinas. También las damas, por su parte, ponen todo su empeño en no
agradar más que á su amante: sólo en él piensan; y si no lo ven,
encuentran medio de consagrar á su amor muchas horas, ya escribiéndoles,
ya hablando de él con alguna amiga de confianza, ó pasando el día entero
en la ventana sólo por acecharlo al pasar. En una palabra, si me atengo
á lo que he oído, puedo asegurar que España es el país clásico del
amor...................................