[159.] Espacio, número, tiempo: hé aquí los tres elementos de todas las

ciencias naturales y exactas. Lo demás que en ellas se contiene,

pertenece á la mera experiencia, al órden de los hechos contingentes,

que no entrañando ninguna necesidad, no pueden ser en rigor objetos

científicos.

[160.] En la idea del número se funda la aritmética universal; en la del

espacio la geometría; y la de tiempo nos pone en comunicacion con el

mundo sensible para determinar las relaciones de sus fenómenos. Estos

son hechos aislados, contingentes, incapaces de servir para objeto de

ciencia, si no se los somete á las ideas generales de espacio, número y

tiempo.

[161.] Por donde se echa de ver que en todas las ciencias naturales hay

dos partes: la teórica y la experimental. La primera se funda en ideas

necesarias, la segunda en hechos contingentes: aquella sin esta no

descenderia al mundo real; esta sin aquella no se elevaria á la region

científica.

[162.] Las ciencias naturales merecen con tanta mas razon el título de

ciencia, cuanto mayor es la cantidad que encierran de elementos

necesarios, y cuanto mas íntimo es el enlace con que á ellos pueden unir

los hechos contingentes. Pero como no hay ninguna ciencia natural que

pueda desentenderse de estos últimos, tampoco es dable encontrar una

capaz de purificarse enteramente de la contingencia que ellos le

comunican.

[163.] Estas observaciones manifiestan una gran simplicidad en los

elementos científicos, pero todavía se la puede llevar mucho mas lejos,

recordando lo que se ha dicho al analizar las ideas de número y tiempo.

[164.] Llevo explicado que la idea de número nace de la de ser y no ser;

y que lo mismo se verifica en la de tiempo; luego en el fondo de estas

dos ideas se encuentra una sola, aunque presentada bajo diferentes

aspectos.

[165.] De esto se infiere que todas las ciencias naturales y exactas se

reducen á dos elementos: la intuicion de la extension y el concepto

general del ser. La extension es la base de todas las intuiciones

sensibles; en lo exterior, es una condicion necesaria para las

relaciones que concebimos en el universo corpóreo; en lo interior, es

una percepcion indispensable para que la sensibilidad pueda ser

representativa de objetos externos. El concepto de ser es la base de

todos los conceptos; desenvuelto de varias maneras engendra las ideas de

número y tiempo; las que combinadas con la de extension, constituyen la

parte necesaria de todas las ciencias naturales y exactas.

[166.] Las ideas de espacio, número y tiempo, son comunes á todos los

hombres; y la prueba de que todos las tienen idénticas, es que en las

aplicaciones todos son conducidos á unos mismos resultados; y en el

habla, todos se expresan de la misma manera. Todos miden el espacio, y

sus varias dimensiones; todos cuentan, todos conciben el tiempo: ¿por

qué pues se halla tanta dificultad en explicar estas ideas? ¿por qué

tanta diferencia en las opiniones de los filósofos? En esto tenemos una

confirmacion de lo que he dicho mas arriba (Lib. I, cap. III), sobre la

fuerza de la percepcion directa de nuestro espíritu, y la debilidad de

la refleja. Cuando nos contentamos con la percepcion directa del

espacio, del número, del tiempo, las ideas son muy claras, el

entendimiento se siente lleno de robustez y energía, extiende

ilimitadamente la esfera de sus conocimientos, levantando el edificio de

las matemáticas y de las ciencias naturales. Pero tan pronto como se

vuelve sobre sí mismo, y dejando la percepcion directa pasa á la

refleja, queriendo percibir la misma percepcion, sus fuerzas flaquean, y

cae en la confusion, orígen de interminables disputas. Sentimos

vagamente aquella idea que poco antes aplicábamos á todo; que se

filtraba por decirlo así en todos nuestros conocimientos; que era como

la vida que circulaba y que sentíamos en todas nuestras percepciones;

pero ella en sí, en su aislamiento, en su pureza, nos escapa de

continuo; mezclada con todas las cosas, vemos que es algo distinto de

las cosas; la separamos de una, y se une con otra; hacemos un esfuerzo

por incomunicarla con todo lo que no sea ella misma, y entonces el

espíritu siente una especie de desfallecimiento, como que todo se

desvanece á sus ojos; y á falta de realidades, parece contentarse con

nombres, que pronuncia y repite mil veces, como envolviendo en ellos lo

poco que le resta de realidad.

[167.] Una de las causas de este desvanecimiento, y de los errores que

suelen ser su consecuencia, es la que he dicho mas arriba, la manía de

querernos representar toda idea como una forma, como un retrato

interior; cuando deberíamos considerar que en muchos casos no hay mas

que una percepcion, un acto simple allá en las profundidades de nuestro

espíritu; acto que con nada se puede representar, que no se parece á

nada sensible, que no se puede explicar con palabras, porque no se puede

descomponer, y que solo nos está presente como un hecho de conciencia;

pero hecho de accion, de penetración, con que nos introducimos, por

decirlo así, en las cosas, y vemos lo que hay en ellas de comun,

separándolo despues de todas las particularidades, y estableciendo en

nuestro entendimiento como un punto céntrico, culminante, desde el cual

contemplamos el mundo externo y el interno y nos arrojamos por las

inmensas regiones de la posibilidad.

FIN DEL TOMO TERCERO

NOTAS

(SOBRE El LIBRO VII, CAPÍTULO I).

(I). No falta quien ha creido que el tiempo es una cosa de explicacion

sumamente fácil: tal es la opinion del padre Buffier en su célebre obra

_Tratado de las primeras verdades_. Despues de haber explicado á su

modo, en qué consisten la duracion y el tiempo, dice: «me admiro pues de

que tantos filósofos hayan hablado del tiempo y de la duracion, como de

cosas inexplicables ó incomprensibles: «si non rogas intelligo» se les

ha hecho decir, y segun la paráfrasis de Mr. Locke, cuanto mas me aplico

á descubrir la naturaleza del tiempo menos la concibo; el tiempo que

descubre todas las cosas, no puede ser comprendido. Sin embargo, ¿á qué

se reducen todos estos misterios? á dos palabras que acabamos de

explicar» (2.ª parte cap. 27).

Es extraño que un escritor tan distinguido, no supiese ó no recordase,

que esta dificultad en la explicacion del tiempo la encontraba con los

demás filósofos un hombre tan eminente como san Agustin; y que

precisamente, las palabras indicadas, se leen en las _confesiones_ del

mismo Santo, libro 11 capítulo 14: «quid enim est tempus, quis hoc

facile breviterque explicaverit? quis hoc ad verbum de illo preferendum

vel cogitatione comprehenderit?.... quid ergo est tempus? si nemo ex me

quæerat scio, si quæerenti explicare velim nescio.» Qué es el tiempo? si

no me lo preguntan lo sé; si lo quiero explicar no lo sé.

El Santo Doctor descubria aquí una cuestion profunda: y como todos los

grandes ingenios cuando se hallan á la vista de un abismo insondable,

sentia un vivo deseo de conocer lo que se ocultaba en aquellas

profundidades. Lleno de un santo entusiasmo se dirigia á Dios pidiéndole

la explicacion del misterio. «Exarsit animus meus nosse istud

implicatissimum enigma. Noli claudere Domine Deus, bone pater; per

Christum obsecro, noli claudere desiderio meo ista et usitata, et

abdita, quo minus in ea penetret, et dilucescant allucente misericordia

tua Domine! Quem percunetabor de his? et cui fructuosius confitebor

imperitiam meam nisi tibi, cui non sunt molesta studia mea flammantia

vehementer in scripturas tuas? Da quod amo; amo enim et hoc tu dedisti.

Da pater qui vere nosti data bona dare filiis tuis. Da, quoniam suscepi

cognoscere te; et labor est ante me donec aperias.

«Per Christum obsecro, in nomine ejus sancti sanctorum nemo mihi

obstrepat. Et ego credidi propter quod et loquor. Hæc est spes mea, ad

hanc vivo, ut contempler delectationes Domini. Ecce veteres posuisti

dies meos, et transeut; et quomodo, nescio. Et dicimus, Tempus et

tempus, tempora et tempora. Quamdiu dixit hoc ille; quamdiu fecit hoc

ille; et quam longo tempore illud non vidi; et duplum temporis habet hæc

syllaba; ad illam simplam brevem. Dicimus hæc, et audimus hæc; et

intelligimur, et intelligimus. _Manifestissima et usitatissima, sunt et

eadem rursus nimis latent, et nova est inventio eorum.»_ (Lib. 11, cap.

22).

«Video igitur tempus, quamdam esse distensionem, sed video an videre

mihi videor? Tu demostrabis lux, veritas» (Cap. 23).

«Et confiteor tibi (Domine) ignorare me adhuc, quid sit tempus; et

rursus confiteor tibi Domine scire, me in tempore ista dicere, et diu me

jam loqui de tempore; atque idipsum diu, non esse nisi moram temporis.

Quomodo igitur hoc sciam, quando quid sit tempus nescio? an forte

nescio quemadmodum dicam, quod scio? Hei mihi qui nescio saltem quid

nesciam. Ecce Deus meus coram te, quia non mentior; sicut loquor ita est

cor meum. Tu illuminabis lucernam meam Domine Deus meus illumina

tenebras meas» (Cap. 25).

Dar por muy fáciles cosas que los hombres mas eminentes creyeron

difíciles, es cuando menos muy aventurado; en tales casos suele suceder

que el autor se lisonjea de haber esclarecido la cuestion, cuando solo

la tiene examinada en su superficie. Acontece con harta frecuencia que

algunos objetos se presentan sumamente claros á primera vista; y solo se

descubre la mucha dificultad cuando se profundiza sobre ellos. Preguntad

á un hombre no versado en las cuestiones filosóficas qué es la

extension, qué es el espacio, qué es el tiempo, y se admirará de que

tengais dificultad _en cosas tan claras_. ¿Y por qué? porque su primer

acto reflexivo se limita á la idea comun de estos objetos, ó mas bien al

uso de esta idea. Dice el padre Buffier en el lugar citado, que en todas

estas investigaciones de metafísica, tan complicadas en la apariencia,

basta distinguir las ideas mas simples que tenemos en el espíritu, con

los nombres que usualmente las expresan, para descubrir lo que en ellas

debe ser tenido por primeras verdades; no niego que haya en esta

observacion un criterio útil, pero no puedo convenir en que sea este un

medio tan sencillo para resolver las mas altas cuestiones filosóficas;

porque la dificultad suele estar en distinguir con exactitud estas ideas

mas simples; las cuales, por lo mismo que constituyen el fundamento de

nuestros conocimientos, suelen estar colocadas muy hondo, y cubiertas

con mil objetos diferentes, que nos impiden el percibirlas con claridad

y distincion. El padre Buffier se engañó con la misma lucidez de su

explicacion del tiempo creyendo ver el fondo del abismo cuando solo

veía un reflejo de la superficie.

«¿Qué es durar? dice, es existir sin ser destruido, hé aquí la

explicacion mas precisa que se puede dar; pero la simple palabra

_duracion_, hace comprender la cosa con tanta claridad como la

explicacion misma..............................................

«A mas de la idea de la duracion tenemos idea de la medida de la

duracion, que no es la duracion misma; aunque confundamos con frecuencia

la una con la otra, como nos sucede ordinariamente que confundimos

nuestros sentimientos con sus efectos ó sus causas, ó con sus otras

circunstancias.

«Esta medida de la duracion es precisamente lo que llamamos tiempo, el

cual no es mas que la revolucion regular de alguna cosa sensible, como

del curso anual del sol, ó del mensual de la luna, ó del diario de una

aguja en el cuadrante de un reloj.

«La atencion que hacemos á esta revolucion regular, causa precisamente

en nosotros la idea del tiempo. El intervalo de esta revolucion

dividiéndose por diversos intervalos menores, forma la idea de las

partes del tiempo, á las cuales damos tambien el nombre de tiempo mas

largo ó mas corto, segun los diversos intervalos de la revolucion.

«Cuando nos hemos formado esta idea de tiempo la aplicamos á toda

duracion que concebimos ó suponemos que responde á tal intervalo de

revolucion regular; y por esto damos á la duracion misma el nombre de

tiempo, aplicando el nombre de la medida á la cosa medida; pero sin que

la duracion que se mide, sea en el fondo el tiempo con el cual se la

mide, y que es una revolucion. Así Dios ha durado antes del tiempo; es

decir ha existido sin cesar de existir antes de la creacion del mundo y

de la revolucion regular de todo cuerpo» (ibid.).

Sigue luego manifestando su extrañeza de que se haya creido tan difícil

la explicacion del tiempo, y despues de haber prescrito la regla citada

sobre la distincion de las ideas mas simples, y de las palabras con que

se expresan, concluye: «por estos dos medios hallamos de un golpe la

idea ó la nocion de la duracion y del tiempo. Yo tengo la idea de un

ser, en cuanto no cesa de existir; esto se llama duracion; tengo idea de

esta duracion en cuanto es medida por la revolucion regular de un cuerpo

ó por los intervalos de esta duracion; esto es lo que llamo tiempo. Me

parece que estas nociones son tan claras como se pueden desear, y que

quien se empeñe en aclararlas mas, es igualmente juicioso que quien

quisiese aclarar que dos y dos hacen cuatro y nó cinco.»

¿Qué explicacion se contiene en los anteriores pasajes? En mi concepto

ninguna. La duracion, dice Buffier, es la existencia no interrumpida, y

el tiempo es la medida de esta duracion. Pero debia reflexionar que no

se mide lo que no tiene cantidad; y por consiguiente la duracion no

puede medirse, si no se le supone una especie de longitud anterior á la

medida. Precisamente en esto encontramos la dificultad. Es bien sabido

que el tiempo se mide con referencia á la revolucion de algun cuerpo;

pero lo que se debe explicar es la naturaleza de lo medido, de aquella

cantidad ó longitud independiente de la medida. Para medir es necesario

que haya mas y menos; y este mas y menos se halla independientemente de

toda medida. ¿Cuál es la naturaleza de esta cantidad, de ese mas y

menos? Hé aquí la cuestion.

Dice Buffier que aun cuando no hubiese en nosotros sucesion de

pensamiento, y no tuviésemos mas que uno solo, no dejaríamos de poseer

la idea de duracion. Es cierto, confundiendo la idea de duracion con la

simple idea de existencia no interrumpida; pero la dificultad está en

que esta duracion no podríamos medirla y por consiguiente nos faltaria

la idea del tiempo.

En Dios, añade Buffier, no hay sucesion, y sin embargo, su ser dura. Es

indudable; mas el argumento lejos de confirmar la doctrina de este

filósofo, manifiesta su debilidad. La duracion de Dios no puede medirse

si no queremos introducir en la duracion del ser necesario é infinito,

mas y menos; luego con tener la idea de duracion ó de existencia no

interrumpida, no tenemos la idea del tiempo ó de una duracion capaz de

medirse.

(SOBRE EL LIBRO VII. CAPÍTULO IV. PÁGINA 274.)

(II). No es una vana sutileza de las escuelas el negar toda sucesion á

la eternidad, y ponerla toda presente sin pasado ni futuro. Mucho antes

que hubiesen emitido esta idea los escolásticos se la encuentra en

autores eminentes, «Idipsum enim tempus, dice san Agustin, tu feceras:

nec præterire potuerunt tempora antequam faceres tempora. Si autem ante

coelum et terram nullum erat tempus, cur quæritur, quid tunc faciebas?

Non enim erat tunc, ubi non erat tempus; nec in tempore tempora

præcedis; alioquin non omnia tempora præcederes».

«Sed præcedis omnia tempora præterita, celsitudine semper præsentis

æternitatis: et superas omnia futura; quia et illa futura sunt; et cum

venerint præterita erunt; tu autem idem ipse es, et anni tui non

deficient. Anni tui nec eunt, nec veniunt: isti autem nostri, et eunt,

et veniunt; ut omnes veniant. Anni tui omnes simul stant, quoniam stant;

nec euntes à venientibus excluduntur, quia non transeunt: isti autem

nostri omnes erunt cum omnes non erunt. Anni tui dies unus: et dies

tuus non quotidie, sed hodie: quia hodiernus tuus non cedit crastino

neque succedit hesterno. Hodiernus tuus æternitas; ideo coæternum

genuisti, cui dixisti: Ego hodie genui te. Omnia tempora tu fecisti, et

ante omnia tempora tu es, nec aliquo tempore non erat tempus» (Lib. XI,

cap. 13).

En otro lugar consigna la misma doctrina con las siguientes palabras.

«Anni Dei æternitas Dei est. Æternitas ipsa Dei substantia est, quæ

nihil habet mutabile. Ibi nihil est præteritum, quasi jam non sit; nihil

est futurum, quasi nondum sit. Non est ibi, nisi _est_. Non est ibi,

_fuit_ et _erit_, quia et quod fuit jam non est; et quod erit nondum

est; sed quidquid ibi est; non nisi est» (in Psal, 101. Serm. 2. num.

10).

Esta verdad no se habia ocultado al mismo Platon; y los SS. Padres la

han enseñado constantemente. Cuando pues los escolásticos adoptaron la

definicion de Boecio diciendo que la eternidad es la «posesion perfecta

y simultánea de una vida interminable,» interminabilis vitæ tota simul

et perfecta possessio, no se entregaron á una vana cavilacion, sino que

adoptaron una doctrina tan sólida como universal.

Es difícil hablar con mas elevacion y profundidad de lo que hace Fenelon

en su _Tratado de la existencia de Dios_ (2.ª parte; art. 3), al

explicar estas sublimes ideas. «Querer imaginar en Dios algo relativo á

la sucesion, es caer en la idea de tiempo, y confundirlo todo. En Dios

nada dura, porque nada pasa; todo es fijo, simultáneo, inmóvil. Nada ha

sido, nada será; pero todo es. Suprimamos pues todas las cuestiones á

que nos inclina la costumbre y la flaqueza del espíritu finito, que

quiere abrazar lo infinito á su manera estrecha y diminuta. ¿Diré, ó

Dios mio, que habiais tenido ya una eternidad de existencia antes que

me hubieseis criado, y que despues de mi creacion, os resta todavía

otra eternidad en que existir siempre? Estas palabras _ya_ y _despues_,

son indignas de _El que es_. En vos no hay pasado ni futuro; es una

locura el querer dividir vuestra eternidad, que es una permanencia

indivisible; es querer que la ribera huya porque descendiendo yo á lo

largo del rio, me aparto siempre de esta ribera que está inmóvil.

¡Insensato de mí! yo quiero, ó verdad inmóvil! atribuiros el ser

limitado, variable, sucesivo de vuestra criatura; no hay en vos ninguna

medida con la cual se pueda medir vuestra existencia; nada teneis

mensurable, pues que careceis de límites y de partes; las mismas medidas

que se pueden sacar de los seres limitados, variables, divisibles y

sucesivos, no pueden servir para mediros á vos que sois infinito,

indivisible, inmutable y permanente.

«¿Qué relacion diré pues que tiene la duracion de la criatura á vuestra

eternidad? y no erais antes que yo? y no seréis despues de mí? Estas

palabras se encaminan á significar alguna verdad, pero en rigor son

indignas é impropias: lo que encierran de verdad es que lo infinito

sobrepuja infinitamente á lo finito; y que así vuestra existencia

infinita sobrepuja en todo sentido á mi existencia, que siendo limitada,

tiene un principio, un medio y un fin.

«Pero es falso que la creacion de vuestra obra divida vuestra eternidad

en dos eternidades; dos eternidades no harian mas que una sola: una

eternidad dividida que tuviese una parte anterior y otra posterior, no

seria verdadera eternidad; queriendo multiplicarla se la destruiria;

porque una parte seria necesariamente el límite de la otra, por el cabo

en que se tocarian: quien dice eternidad, si entiende lo que dice, no

dice sino: _lo que es_; nada mas, porque todo lo que se añade á esta

infinita simplicidad, la anonada. Quien dice eternidad no sufre el

lenguaje del tiempo: el tiempo y la eternidad son inconmensurables; no

pueden compararse; y es una ilusion de nuestra debilidad el imaginarnos

que hay alguna relacion entre cosas tan desproporcionadas.

«Sin embargo, ó Dios mio, vos habeis hecho algo fuera de vos; porque yo

no soy vos, y disto infinitamente de serlo. ¿Cuándo pues me habeis

hecho? ¿es que no erais antes de hacerme? pero qué digo! héme aquí

recayendo en mi ilusion, y en las cuestiones de tiempo. Hablo de vos

como de mí, ó de algun otro ser pasagero, al que pudiese medir conmigo.

Lo que pasa puede ser medido con lo que pasa; pero lo que no pasa está

fuera de toda medida y de toda comparacion con lo que pasa; no es

permitido preguntar ni cuándo ha sido, ni si era antes, que lo que es, ó

lo que es solo pasado. Vos sois, y se ha dicho todo. Oh! y cuánto me

agrada esta palabra! y cuánto me llena para todo lo que he de conocer de

vos! Todo lo que no es esta palabra, os desagrada: solo ella se os

parece; no añadiendo nada á la palabra _ser_, nada disminuye de vuestra

grandeza; esta palabra, me atrevo á decirlo, es infinitamente perfecta

como vos: solo vos podeis hablar así, y encerrar vuestra infinidad en

tres palabras tan sencillas.

«Yo no soy, ó Dios mio, lo que es; ay! yo soy casi lo que no es; me veo

como un medio incomprensible entre la nada y el ser; yo soy lo que ha

sido; yo soy lo que será, yo soy lo que ya no es lo que ha sido; yo soy

lo que todavía no es lo que será; y entre estos dos, ¿qué soy? un yo no

sé qué, que no puede detenerse en sí propio, que no tiene ninguna

consistencia, que pasa rápidamente como el agua; un yo no sé qué, que no

puedo coger, que se escapa de mis manos; que ya no es, desde que quiero

cogerle ó percibirle; un yo no sé qué, que acaba en el instante en que

comienza; de suerte que no puedo ni por un solo momento hallarme fijo á

mí mismo y presente á mí mismo, para decir simplemente: yo soy; así mi

duracion no es otra cosa que un perpetuo desfallecimiento.........

..................................................................

..................................................................

..................................................................

«O Ser! ó Ser! vuestra eternidad que no es mas que vuestro ser mismo, me

asombra, pero me consuela; yo me hallo delante de vos como si no fuese;

me abismo en vuestra infinidad; lejos de medir vuestra permanencia con

relacion á mi instabilidad continua, comienzo á perderme de vista á mí

propio, á no hallarme, y á no ver en todo sino _al que es_, sino á vos

mismo.

«Lo que he dicho de lo pasado lo digo de lo venidero. No se puede decir

que seréis despues de lo que pasa, porque vos no pasais, vos no seréis,

sois; y me engaño cuando al hablar de vos salgo de lo presente. De una

ribera inmóvil no se dice que se adelanta á las olas de un rio, ó que

las sigue; ni las sigue, ni se adelanta; porque no se mueve. Lo que digo

de esta ribera respecto de la inmovilidad local, debo decirlo del Ser

infinito respecto de la inmovilidad de la existencia; lo que pasa ha

sido, y será, y pasa del pretérito al futuro por un presente

imperceptible que no se puede señalar jamás; pero lo que no pasa existe

absolutamente, y solo tiene un presente infinito; _es_, y no es

permitido decir mas; es sin el tiempo en todos los tiempos de la

criatura; quien sale de esta simplicidad cae de la eternidad en el

tiempo.

FIN DE LAS NOTAS.

INDICE DE LAS MATERIAS DEL TOMO TERCERO.

LIBRO CUARTO.

DE LAS IDEAS.

CAPÍTULO PRIMERO.

_Ojeada sobre el sensualismo._

Tránsito de las sensaciones á las ideas. Dicho de Aristóteles.

Descartes, Malebranche. Doctrina de Locke. Doctrina de Condillac.

Contradiccion de este filósofo. 8

CAPÍTULO II.

_La estatua de Condillac._

En qué consiste. Cómo falta Condillac á su hipótesis. Le atribuye sin

fundamento la idea del _yo_. Inexactitud de la definicion de la

atencion. Rectificaciones. Imposibilidad de explicar el juicio y la

memoria. Dilema contra dicho sistema. Su oposicion con la experiencia.

Inconveniente bajo el aspecto religioso y moral. 9

CAPÍTULO III.

_Diferencia entre las ideas geométricas y las representaciones sensibles

que las acompañan._

Fenómeno ideológico. Comparacion de la idea del triángulo con su

representacion sensible. Hechos que comprueban la diferencia de estas

dos cosas. 17

CAPÍTULO IV.

_La idea y el acto intelectual._

Línea divisoria entre el entender y el imaginar. Consideraciones sobre

el nombre de imágen aplicado á las ideas. Nuevas observaciones para

distinguir entre la representacion sensible y la idea. Inconveniente de

llamar á toda idea imágen. La idea y el acto intelectual en sí mismo.

Causa de la oscuridad sobre el acto intelectual. Su simplicidad. 20

CAPÍTULO V.

_Cotejo de las ideas geométricas con las no geométricas._

Filosofía Fundamental, Tomo III · 第 18 / 19 段