De todas estas cosas se desprenden para nuestro estudio diversas

consecuencias: en primer lugar, la existencia en la Argentina de

anarquistas que forman partido y desean la destrucción de todo régimen;

2^o, la existencia, por propia confesión, de anarquistas que buscan

mejoras sociales, sosteniendo que la destrucción de todo régimen es

el ideal que se tiene en vista para la acción, aunque no se crea en

su posible realidad; 3^o, la separación absoluta entre socialistas y

anarquistas, separación que da motivo á la formación de dos partidos

distintos, con métodos é ideas diferentes, y que por error se les

confunde con frecuencia.

Entiendo que el anarquismo es un partido equivocado, cuya existencia

es un peligro para la humanidad: pero entiendo también, que dado

que su existencia en la nación está probada, se impone el estudio

científico de esta manifestación social para encontrar los medios de

prevenirlo; la investigación respecto de la parte de verdad que puedan

tener sus afirmaciones que se refieren á hechos injustos, para evitar

todo reclamo con fundamento, y al mismo tiempo para tener, al aplicar

penalidades, la conciencia de proceder dentro de la más estricta

justicia.

El elemento anarquista es en su mayoría extranjero, pero la constante

propaganda, hace secuaces entre los argentinos. Tengo informes de

que muchos obreros que trabajan en el puerto de la capital, que

son argentinos, sobre todo los naturales de Corrientes, se hacen

anarquistas. La propaganda es certera: pocas ideas vagas, dos ó tres

precisas, que hieren sentimientos comunes: el de la injusticia del

régimen económico sobre todo, el de humillación después; basta entonces

que la idea caiga en el cerebro de un hombre con poco desarrollo

intelectual y de algún carácter, y se tiene allí formado un anarquista.

He tomado con alguna detención estas dos manifestaciones de la vida

argentina contemporánea porque concurren á caracterizar una época. No

sólo en la composición étnica de la población, en los progresos en

todas sus formas, en el estado económico, se nota la transformación

social; se ve también que las ideas traídas por la inmigración fecundan

en esta tierra; que hechos sociales nuevos, de la mayor importancia,

acompañan á la transformación incesante. En 1853 nadie hubiera podido

pensar en la existencia en la Argentina de lo que después sería el

anarquismo, ni siquiera en los socialistas. Hoy, la realidad la

evidencia.

8. Con ello concluyo el bosquejo de nuestra época: que los adelantos

de la industria, del trabajo y de la ciencia, marchen acompañados de

la justicia, del orden, del buen gobierno, para que sean infundadas

las ironías de la Europa respecto de nosotros; que se respeten las

autoridades, y que éstas á su vez ayuden á los trabajadores, eviten

las protestas y mitiguen amarguras. Así podrá la Argentina festejar el

segundo centenario de la revolución de mayo, con un himno verdadero de

victoria!

CAPÍTULO V

TRANSFORMACIÓN SOCIAL É INSTITUCIONES

1. Factores que deben considerar el historiador y el legislador.--2.

La transformación material y étnica de la República Argentina. La

mestización y el hibridismo. Los aportes inmigratorios.--3. El

carácter del pueblo argentino. Afirmaciones de Le Bon. Falta de

fundamento. Una opinión de Belmar sobre el porvenir del Río de la

Plata.--4. Nacimiento y transformación de las instituciones. Acuerdo

necesario entre sociedad é instituciones. El problema respecto de

la Argentina. Disposiciones constitucionales ó legales de relativa

permanencia y disposiciones transitorias. Conclusión.

1. Las estadísticas, las cifras, los datos geográficos, históricos,

sociológicos, antropológicos, la psicología social, la educación, las

costumbres, las instituciones políticas, leyes, constituciones, todo

es necesario para seguir la trama del desenvolvimiento de un pueblo. El

mayor conocimiento de tantos factores y de todas las situaciones que

su combinación provoca, tiene la mayor utilidad para el historiador

y para el legislador: el uno buscará en la aparente desarmonía de

tantos materiales la ley que rige el conjunto; de este modo los hechos

que se suceden no se le presentarán como al niño que por primera vez

viaja, las hileras interminables de postes del telégrafo que con

abrumadora regularidad pasan delante de sus ojos á lo largo de la vía:

se le mostrarán unidos y relacionados los unos como causas de los

otros ó todos ellos como causas ó efectos de algunos más. Sale así la

historia del primer momento de su formación, la de simple colección

de hechos, para hacer de ellos análisis más prolijo, que permita á

tal disciplina entrar en la categoría de las ciencias. Al otro, al

legislador, facilitará su tarea; convencido por los estudios propios y

ajenos, que las instituciones no son sino el bronce fundido que debe

solidificarse en el molde impuesto de antemano, hará de modo que no

contradigan las ideas, los modos de ser, las situaciones del pueblo

á que van destinadas, y sólo sabrá que cumplen tal cosa cuando tenga

el conocimiento más completo posible de las formas que han presidido

el desarrollo anterior y de los factores de toda clase que continúan

influyendo en la evolución de su pueblo.

De aquí también que para expresar, en el más humilde trabajo,

como éste, la opinión que se tiene sobre la forma en que nuestras

instituciones han acompañado las transformaciones morales y materiales

del pueblo argentino, haya debido tener en cuenta todos aquellos

factores en la medida en que ha sido necesario para tal estudio.

2. La transformación material de los modos de existencia en la

Argentina, es evidente. Se puede discutir, sobre el adelanto ó

retroceso de los argentinos en lo que á moral ó intelectual se refiere,

á su carácter, á su patriotismo, á sus modos de ser en general; pero

nadie discute el hecho manifiesto de la rapidez é importancia de

sus adelantos materiales: por ser un pueblo nuevo, que partió de una

situación cercana á la nada, la magnitud del cambio es más visible.

Desde 1853 á 1910 sólo han transcurrido cincuenta y siete años; período

tan reducido que permite á nuestros hombres de alguna edad, relacionar

mentalmente una y otra época después de haber sido espectadores de

tanta transformación y tanto cambio. En cada capítulo que correspondía

á pocos años, he tomado en cuenta las principales manifestaciones de la

actividad: agricultura, ganadería, industrias, vías de comunicación.

Y el incesante desarrollo febril que allí se revelaba, no ha cesado

todavía y no es posible siquiera vislumbrar cuando disminuirá su

vertiginosa marcha.

Es natural que debemos considerar los cambios refiriéndolos al suelo

y haciendo abstracción de otras consideraciones, pues en este momento

entiendo hablar de ellos solamente. Por eso, recordémoslos por ahora,

sin preguntar en cuanto han sido capitales extranjeros los que han

permitido tales cosas. No preguntemos tampoco cuál es la situación

económica argentina y en cuanto los banqueros extranjeros, pesan sobre

su riqueza actual y futura...

En todo ello el factor económico ha ejercido influencia poderosa y

principal: la idea de la ganancia rápida, de volver á la patria con

ella, ha sido el propulsor eficaz de las corrientes inmigratorias;

la facilidad de la colocación del dinero á alto interés, en otros

lugares penado por usurario, y aquí permitido como justo, ha enviado

ingentes capitales, y ha opuesto la codicia al peligro de la tardía é

hipotética restitución. La creencia en la fortuna fácil ha borrado de

la conciencia de los argentinos, las inquietudes que pudiera provocar

el pensamiento de la carga que en forma de deuda, se echaba sobre hijos

y descendientes.

* * * * *

Á la transformación material ha correspondido una transformación étnica

de importancia suma: españoles, indios, negros, mulatos, y mestizos,

han cedido al inmigrante el derecho de moldear el futuro pueblo. Por

condiciones geográficas, han sido vencidos en la capital primero, luego

en el litoral y la lucha dura en el interior todavía. No siempre se ha

producido la substitución; también el mestizaje ha dado sus productos

que no en todas partes han sido malos; productos que han originado

juicios á mi entender, por excluyentes, parciales.

El doctor Ayarragaray en _La anarquía argentina y el caudillismo_ y

en _La constitución étnica argentina_, el doctor Bunge en _Nuestra

América_ y otros autores, consideran el producto del mestizaje como

inferior y elemento malo, y juzgan que necesitará tiempo para que

sus descendientes adquieran la inteligencia y aptitudes de los hijos

de pueblos adelantados. «En el proceso de la mestización se suman

los valores de la misma naturaleza; sólo se ligan las facultades é

instintos comunes y vulgares, que forman el sedimento perenne de toda

alma humana, sea cualquiera la cepa de la cual procede. En el híbrido,

precisamente se combinan los elementos y las aptitudes inferiores; las

cualidades superiores, individuales, antropológicamente incorporadas

á la personalidad de la raza, se extinguen, una vez destruído el

molde originario del tipo. Es la esencia sutil volatilizada, cuando

se mezclan dos perfumes de distinta naturaleza, en un recipiente

común»[72].

Por de pronto, débese convenir que el mote de híbrido con que

caracterizan á tales individuos, es impropio: el término híbrido

«aplícase al animal ó al vegetal procreado por dos individuos de

distinta especie» y nadie sostendrá ya, que el hombre blanco y el

hombre negro sean de especie distinta. En la innumerable gradación

de pigmentaciones, hay de todo, y si los carácteres físicos y aun

morales, son diversos, tal diversidad no es suficiente para que se

llame híbridos á individuos que son simplemente mestizos; los cruces

han producido toda clase de individuos: los hay, es verdad de aquellos

que responden á todos los caracteres que los autores citados les

atribuyen, como los hay que responden al tipo del _coya_ infeliz,

modelo de degeneración. Pero en cambio los hay también que responden á

los caracteres morales de los hombres de mayor civilización, que han

llegado á desempeñar papel importante en la vida argentina, como hay

mujeres que justifican en un todo las amables palabras que les dedica

el señor Ameghino en un reciente artículo, ó los tiernos cantos de

poetas y payadores.

El cruce y la amalgama dió, pues, un producto mestizo con las más

variadas condiciones físicas y morales: muchos fueron los pueblos

existentes en América y diversos entre sí: muchas las especies de

españoles que vinieron: los resultados de sus cruzamientos fueron los

más diversos, aumentando esta diversidad el factor negro.

Con tal amalgama se formó la base étnica argentina sobre la que

vendrían á influír después en formas y cantidades que hemos visto, las

grandes masas de europeos de todas las naciones; cada una de ellas

agregó sus caracteres físicos y sus carácteres morales y continuó la

transformación étnica: mas débese recordar también que el _carácter_ de

una raza ó de un pueblo es un término muy elástico; que los pueblos se

componen de individuos y que en éstos encuéntranse muchos caracteres

distintos. Que sólo con reservas que siempre se tendrán presentes se

puede hablar de la formación del _carácter_ de una raza ó pueblo.

Este moldeamiento del individuo argentino, continúa todavía: á los

italianos, españoles, franceses se agregaron otros factores: ingleses

y alemanes, austro-húngaros y suizos; ahora, Rusia y Turquía ocupan

lugar importante y su presencia origina nuevos problemas étnicos. Se

consideran estos elementos inadaptables, no solubles, por así decirlo.

Su influencia étnica será quizás cuestión de tiempo.

3. Tanta formación y transformación social dió lugar y da aún, á que

toda clase de afirmaciones respecto del carácter de este pueblo, de

esta raza en formación tenga algún fundamento en los hechos, y que

junto á himnos de grandeza que nacen después de un estudio de las

cosas, aparezcan juicios pesimistas nacidos también después de tal

estudio.

Me he referido al principio de este trabajo á las afirmaciones de

Le Bon en su obra _Lois psichologiques de l’évolution des peuples_.

Menester es ahora volver á considerarlo. Tiene mayor valor respecto de

nuestro estudio el libro de Le Bon, por dos razones: la primera, por el

nuevo sentido que da al término raza, retirándolo de las interminables

cuestiones que se suscitaban y suscitan cuando se habla de razas

naturales. Sin afirmar ni negar la existencia de razas naturales, nos

encontramos con razas históricas en pueblos y naciones, más fáciles

de determinar que aquellas otras; la segunda, es que al hablar de la

Argentina no lo hace con ánimo predispuesto en pro ó en contra: no es

su estudio un estudio de la Argentina; ésta llega con otras, sólo como

ejemplo, como aplicación de principios establecidos en la obra, al

estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y

de las repúblicas hispano-americanas.

Por ésto, por tratarse de la aplicación de una teoría de ciencia

social, la considero. Por la misma razón no lo hago con otras obras que

ó son alabanzas ó reproches más ó menos fundados ó infundados, ó son

simples descripciones de la vida argentina.

El trabajo de Le Bon, en la parte de aplicación de la teoría á los

hechos, prueba sólo una cosa: la grande dificultad que se tiene

para hacer aplicaciones de ciencia social, cuando no se basan en un

conocimiento completo del pueblo sobre el cual se hace; cuando se toma

una época para caracterizar un pueblo, y cuando se trata de que las

cosas encajen en las teorías y no que las teorías se adapten á las

cosas.

Después de un elogioso estudio de las instituciones y pueblo

norteamericano, que no escapa por eso á algunos tintes sombríos y

presagios de decadencia, se ocupa de las naciones sudamericanas.

«Todas han adoptado la constitución política de los Estados Unidos,

y viven, en consecuencia, bajo idénticas leyes. Y bien, por el

sólo hecho de que la raza es diferente y le faltan las cualidades

fundamentales que posee la que puebla los Estados Unidos, todas estas

repúblicas, sin una sola excepción serán presa perpetuamente, de la

más sangrienta anarquía, y á pesar de las riquezas asombrosas de su

suelo, zozobran las unas después de las otras, en dilapidaciones de

toda especie, en la bancarrota y el despotismo.» Así dice el sabio

autor: y sin embargo, de todos los antecedentes aportados, resulta

que fuera absurda falsedad lo que tales palabras significan si no

fuera sólo un error ó ignorancia de las cosas. Ni es cierto que estas

naciones continúen en sangrienta anarquía, ni que la bancarrota,

dilapidaciones y despotismo las acompañen; y es aventurarse más de lo

justo, atribuír á tales vicios carácter de perpetuidad. Bien es cierto

que á reglón seguido Le Bon se descubre y muestra cuál ha sido el

bagaje de conocimientos que le ha permitido pontificar en aquél modo.

«Es necesario _recorrer_ la notable é imparcial obra de Th. Child,

sobre las repúblicas hispano-americanas para apreciar lo profundo de su

decadencia. Las causas están enteramente en la constitución mental de

una raza que no tiene energía, voluntad ni moralidad. La ausencia de

moralidad sobre todo, sobrepasa lo que de peor conocemos en Europa».

Hace alguna salvedad en favor del Brasil. Citando una de las ciudades

más importantes, Buenos Aires, el autor la declara inhabitable para

cualquiera que tenga alguna delicadeza de conciencia y moralidad[73].

En términos parecidos se refiere al comercio argentino; así también á

las instituciones. En seguida «toda la industria y todo el comercio

están en manos de extranjeros: ingleses, americanos y alemanes».

«La República Argentina cuenta cuatro millones de blancos de origen

español: no sé si se citaría uno solo fuera de los extranjeros, que

esté á la cabeza de una industria importante». Y termina el capítulo

«esta espantosa decadencia de la raza latina, abandonada á sí misma,

puesta en presencia de la prosperidad de la raza inglesa en un país

vecino, es una de las más sombrías, de las más tristes y, al mismo

tiempo, de las más instructivas experiencias que se pueden citar en

apoyo de las leyes psicológicas que he expuesto». Es en la opinión de

Child, viajero en estos pueblos, que Le Bon apoyó sus afirmaciones:

la obra es _imparcial_, sin que sepamos por qué y vale más que

estadísticas, memorias y cuánto pudiera haber tenido á mano. Así, estas

regiones son declaradas inhabitables, sin recordar á sus millares de

compatriotas que en la época vivían en ella. Y así también, con igual

criterio puede hablarnos de falta de moralidad. Olvida la industria

ganadera, desconociendo á los argentinos cualquier intervención en las

industrias, y á fuerza de atacar, sólo cree que lo bueno lo trajeron

ingleses, alemanes y americanos, sin recordar que son los latinos más

latinos, los italianos, los que han producido la mayor transformación

económica y los más grandes adelantos. Y amenaza una espantosa

decadencia, un cataclismo final, basado siempre en ajenas afirmaciones.

El estudio que hemos hecho en todo el trabajo demuestra que toda esa

amenaza es pueril: que la República Argentina, como otras americanas,

marcha en la vida de los mayores progresos, no obstante tantos y tantos

vicios que puedan imputárseles á sus hijos. Que la raza nueva es

fuerte, que asciende y no degenera y que en su estudio, de complejidad

suma, debe tenerse mucha cautela. De otro modo, hasta los sabios

exponen al ridículo su ignorancia.

La parte teórica de la obra de Le Bon es excelente: basta recordar

la síntesis que hiciéramos en el primer capítulo y aplicarla á la

Argentina, después de conocer todos los datos que hemos aportado en los

capítulos anteriores; se verá así que los resultados son bien distintos

de los que expresara aquel autor, fundado en sospechosos juicios ajenos

y con conocimiento incompleto de los hechos.

La formación étnica argentina, no ha terminado, decíamos antes;

continúa. El factor inmigratorio es su gran palanca y la fusión

de todas las razas toma forma en el nuevo individuo. Así se forman

argentinos; el inmigrante se hace argentino de corazón, y sus hijos lo

son también, de corazón y naturaleza: el pilluelo, hijo del inmigrante,

«ese niño vagabundo y curioso, eterno ocupante de la calle, es el que

aplaude con más calor las escuelas de cadetes, que con su encantadora

gravedad desfilan en los días de la patria, el que viva con bullicioso

entusiasmo la bandera haraposa del viejo y glorioso batallón, el que

acompaña á las tropas más lejos, el que no falta á la lista, el que

se asocia con la más candorosa y sincera decisión á todas las cosas

populares en que está el pabellón y el uniforme»[74].

No estaba en un error, pues, el señor Belmar, cuando en su obra escrita

en 1856, decía: «El porvenir del Río de la Plata está en la inmigración

y la colonización... florecientes campos cubiertos de una inmensa

variedad de productos, ciudades, pueblos, usinas, de toda especie,

establecimientos agrícolas ó comerciales que se diría creados por la

varita de algún mago, surgen de todas partes, las selvas se aclaran,

el desierto retrocede con sus huéspedes espantados y los ríos que

arrastraban cocodrilos y camalotes, pasean actualmente rápidos navíos.

Ligados ya por rieles, telégrafo eléctrico, navegación á vapor, _y

quizás un día por la navegación aérea_, las dos Américas, los dos

mundos se darán la mano, para ser sólo y á pesar de los grandes ríos,

cordilleras y océanos, un mismo país donde se desarrolle el vasto

bazar de la industria universal... Acabamos, repitiendo con la más

sincera convicción: un gran camino de bienestar, un camino largo tiempo

esperado, se ha abierto para las clases trabajadoras que llenan el

suelo de Europa, y que manteniendo la llaga del pauperismo inquietan

á los gobiernos y afligen á los gobernados. Esperemos que el buen

sentido de las poblaciones que sufren, y, si necesario es, el sólo

instinto del interés, les harán ver de más en más, en la colonización

de que acabamos de trazar un bosquejo fiel, una providencial tabla de

salvación»[75].

4. Á esta transformación de las cosas é individuos ha respondido el

nacimiento y transformación de las instituciones, que serán después

materia de nuevas transformaciones. Hemos recordado, en cada caso las

nuevas leyes de interés general, así como las reformas constitucionales

que los diversos momentos exigían. El punto de partida fué la

Constitución de 1853 y de allí en adelante la legislación del país se

desarrolló á medida que las necesidades lo reclamaban; la legislación

española que había precedido cedió á la nueva; códigos y leyes

aparecieron, y muchas veces se adelantaron al momento, quizás porque

en la mente de sus autores estuviera concebida en términos precisos

la idea y conocimiento de futuros destinos. Así se llegó á la época

contemporánea, en que los adelantos de la industria y las nuevas

orientaciones sociales de toda clase demandan imperiosamente nuevas

legislaciones; en que la inmigración hecha poderosa exige el estudio

de las condiciones en que mejor se adaptará; en que la tierra elevando

de continuo su precio de costo, reclama también un estudio detenido

necesario para resolver los nuevos problemas que se plantean.

Instituciones y sociedad, deben marchar al unísono; en el primer

capítulo nos ocupábamos de tal axioma y en los subsiguientes vimos

que éste era de aplicación á nuestro estudio. Pero tambien allí nos

planteábamos el problema que resurge ahora; conviene advertir que se

presenta en la Argentina con mayor importancia que en otras naciones,

pues fundado en el estudio social de pueblos cuya vida y sociabilidad

se transforma con lentitud, debe aplicarse á un pueblo cuyas

transformaciones se efectúan con grande rapidez.

Las premisas del problema son las siguientes:

_a_) Las instituciones deben acordar con el modo de ser y con la vida

del pueblo al que se destinan;

_b_) El pueblo argentino, varía continuamente en la formación de su

raza histórica, en el estado de su industria y comercio; la rapidez de

la variación es distinta en una región que en otra.

El problema: ¿pueden dictarse constituciones y leyes más ó menos

permanentes para un pueblo en tales condiciones? ¿se debe dejarlo

con el menor número de ellas, ó sin ellas? ¿se puede imponer á todo

habitante natural ó extranjero una conducta determinada? ¿Cuál puede

ser la solución para la Argentina?

Entiendo que la cuestión exige varias cosas:

En primer lugar, que se recuerde, que no es el pueblo el que

debe adaptarse á las instituciones sino éstas á aquél; siendo

las instituciones limitación de derechos ó preservativos contra

limitaciones traídas por otros individuos, deben ser las precisamente

necesarias y nada más.

En segundo lugar, que ocurre una distinción: unas disposiciones

constitucionales ó legales, responden á modos de ser generales del

individuo humano. Afirman principios y garantizan libertades por las

cuales ha luchado la humanidad en toda la época contemporánea y en

todos los pueblos civilizados; principios concebidos como aspiraciones

unas veces y en otras convertidos en realidad; tales son la idea de la

libertad, el deseo de la intervención de todos en la cosa pública, el

de la libertad de conciencia, el de no ser penado sin juicio previo, y

así muchos más.

Otras, responden á modos de ser de un pueblo en un momento determinado:

no tienen la universalidad de los anteriores; tales son, la religión

adoptada por el Estado, el régimen de gobierno, el régimen de

matrimonio, las instituciones que rigen las relaciones privadas; las

relaciones de comercio libre ó protegido y tantas más, bien fáciles de

determinar.

Las primeras, aspiraciones humanas, pueden y deben ser mantenidas

en constituciones y leyes: si todos los pueblos las desean, en nada

influirá la forma de constitución étnica de la Argentina; serán

buenas en todo momento; más aun: aun cuando el pueblo no estuviera

en condiciones de recibirlas, se pueden mantener como ideales que

se alcanzarán en parte alguna vez; la ley constante de su realidad

hace que esto no esté en pugna con el principio tal como antes lo

formulábamos. Leyes y constituciones argentinas deben mantener aquellos

principios de libertad y justicia, que no son argentinos, son humanos,

y estarán en su lugar en cualquier nación.

Las transformaciones de la sociedad argentina y sus consecuencias institucionales (1853 à 1910) · 第 9 / 10 段