más reciente: _La muerte de Corina_ de Juan Cruz Varela, música de
S. Somellera, ó _La tórtola viuda_ de Rivera Indarte, con música de
Massini, si pudieron gustar á falta de otra cosa, no debieron ser
mayormente artísticas, desde que sólo se recuerdan ahora en su nombre,
más en ninguna parte se ejecutan.
La escultura y arquitectura carecen de obras que deban ser recordadas.
La poesía en cambio, adelantándose á sus congéneres, llegó con
Echeverría, Mármol, Varela... á composiciones de mérito llenas de
patriotismo y sentimiento.
Las ciencias en 1853, estaban aun en lugar más inferior que las artes:
no he encontrado en parte alguna el recuerdo de un solo descubrimiento
científico. La excepción corresponde, si se acepta la existencia de la
ciencia política ó de las ciencias políticas. _El dogma socialista_
de Echeverría, las obras de Alberdi, todas las de Sarmiento y los
conocimientos en la materia que se demostraron en las sesiones del
congreso constituyente, no están en relación con aquella sociedad. Son
muy superiores, son obras de positivo mérito, que hoy, cincuenta años
después de escritas, son citadas, y con ellas se procura acordar las
propias convicciones, como si llevaran en sí la verdad indiscutible.
* * * * *
En cuanto á los adelantos urbanos, la edificación adoptaba la forma de
las casas pompeyanas ó moriscas, que se admiran en la ciudad destruída
ó que se visitan en España en las ciudades de Sevilla ó Córdoba; las
casas macizas con techo de teja, de épocas anteriores, daban modelos á
las nuevas construcciones. El pavimento de las calles era el natural,
excepción hecha de algunos cortos trechos de empedrado: para los
que se utilizaban piedras traídas de Martín García[21]. El alumbrado
confiado aun en su casi totalidad á la lamparilla de aceite. En los
alrededores de Buenos Aires, las quintas á las que conducían caminos
poco cómodos, ofrecían un punto de llegada en las excursiones y paseos
de que tan gratos recuerdos conservan los viejos de nuestro tiempo.
3. En los campos, las circunstancias políticas habían hecho causa común
con el desierto, la tradición y la fácil ganadería para impedir el
desarrollo de la agricultura y favorecer el de aquélla; las quintas
y chacras de los alrededores no alcanzaban á producir todo lo que
las ciudades consumían, dando así lugar á que subsistiera aun la
importación de cereales. Y en cuanto á los procedimientos de cultivo,
eran sólo los que las costumbres habían transmitido: es de fecha
posterior la introducción de máquinas y sistemas.
En cambio, la ganadería se conservaba en su apogeo; aquel trabajo más
arriesgado y más libre de la época colonial, era todavía el predilecto
en la elección que para el despliegue de sus actividades hacía el
hombre de campo. La enorme extensión del territorio no hacía necesaria
la economía del suelo, y ayudaba también en aquel sentido la existencia
de los grandes fundos que adquiridos por medios más ó menos legítimos
é ilegítimos se han perpetuado, y que hasta en la actualidad, ahogan
con su abrazo el desarrollo de muchos pueblos y ciudades, y retardan
el progreso de algunas provincias. Debe recordarse sin embargo, que la
ganadería había dado algunos pasos con las tentativas de refinamiento
que recuerda el general Mitre en la arenga pronunciada en la exposición
agrícola-industrial de Buenos Aires, el 10 de abril de 1859.
Un poco más allá, donde la población escaseaba aun más, los territorios
abandonados al indio, poco ó nada explorados, las tierras fiscales, los
grandes bosques vírgenes, las montañas y las sierras cuyo contenido se
ignoraba y que contribuirán algún día á la riqueza del país.
En cada provincia, sus particularidades: los saladeros en Buenos Aires,
Entre Ríos y Corrientes, los tejidos en el interior y las tantas otras
industrias, muchas de ellas conservadas en la actualidad.
4. Pueblos y ciudades así aislados, tenían una idea, vaga aun, de que
formaban una nación: que además de la patria reducida donde gobernaba
el caudillo, había otra más grande á la que también pertenecían
aquellos otros pueblos á quienes le unían largos caminos y un comercio
continuo. Esas comunicaciones se hacían no obstante las enormes
dificultades y distancias de que apenas se tiene una idea cuando se
atraviesa ahora la república en cómodos ferrocarriles.
Las vías de comunicación actuales en la República Argentina, sin estar
sino en mínima parte trazadas, han alcanzado desarrollo regular,
permitiendo, sobre todo en la región noreste, trasladarse con facilidad
de un punto á otro, comunicarse con relativa rapidez, no vivir cada
población ignorando lo que pasa en su vecina de algunas leguas.
No era así sin duda en la época á que este capítulo se refiere,
teniendo sin embargo ya larga historia el desarrollo de estos medios de
unión entre los hombres. Es necesario hacer un recuerdo de ellos; su
importancia era grande, aunque tan poca pareciera tomando la fecha 1853
sin referirla á otras anteriores.
Como lo afirma Moussy[22], los mismos medios que usaron los
conquistadores en el siglo XVI, debían servir con pocas variantes
para las comunicaciones argentinas á mediados del siglo XIX. Las
naturalezas de hierro podrían resistir las largas travesías; los que
no las tenían, debían perecer. Entre salvajes y animales de toda
especie, sólo podrían resistir los mejor dotados, y á los débiles se
aplicaría la ley de selección natural. La función hizo al órgano
y apareció el baqueano conocedor de todos los lugares, «personaje
eminente y que tiene en sus manos la suerte de los particulares y de
las provincias. El baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce
á palmo veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas.
Es el topógrafo más completo, es el único mapa que lleva un general
para dirigir los movimientos de su campaña»[23]. Los ríos se cruzaban
en pequeñas canoas, cuando no se conservaban las antiguas _pelotas_, y
las selvas por las veredas ó sendas heredadas del salvaje ó abiertas
para las nuevas necesidades. Las rutas de Chile y la del norte eran
las más frecuentadas y lo habían sido también en la época colonial
cuando las mercancías que llegaban de Europa á Buenos Aires, debían
ser conducidas á Potosí ó á la intendencia de Cuyo. Y al lado de estas
rutas capitales, las rutas secundarias de Buenos Aires al Rosario, de
Mendoza á San Juan, de San Juan á San Luis. Las rutas intercapitales,
las de la mesopotamia y todas aquellas á que las necesidades del
comercio, ó el interés del conocimiento de lugares, ó cualquier otra
causa importante hubieran dado nacimiento.
En cuanto á los sistemas de transporte, la misma obra de Moussy antes
citada, enumera éstos: _viajes á caballo_, de día, con descansos
nocturnos cuando la existencia de postas lo permitieran, llevando
consigo las mercaderías y la tropilla de caballos que substituyeran
á los ya cansados. _Viajes en coche_, la _galera_ principalmente,
que conserva aún hoy su importancia en los lugares que no han sido
favorecidos por el ferrocarril. Finalmente, _las diligencias_, recién
establecidas en 1853, más grandes, más confortables, más adelantadas.
Y en lo que á transporte de mercaderías se refiere, las carretas
de bueyes y las tropillas de mulas se hacían la competencia y eran
igualmente usadas, siendo preferidas unas ú otras, según la topografía
del suelo y la menor ó mayor urgencia que tuviese el destinante
en hacerlas llegar á su destino. Lo que aquellas eran y el enorme
cambio sufrido desde entonces á aquí, ha podido verse en la reciente
exposición ferroviaria, donde se han exhibido aquellos carruajes y
otros por el mismo estilo, que Moussy no enumera: la _volanta_, la
_catanga_, el _landeau_, á pocos pasos de las colosales máquinas y
elegantes coches de ferrocarril, introducidos en el país ó que prometen
introducirse.
La organización postal, antes del decreto de 8 de junio de 1854 que
instituyó las mensajerías nacionales, conservaba también carácter
cuasi colonial; los dueños de posta desempeñaban gran papel; sus
instituciones eran útiles, más que útiles, necesarias y únicas y
muchas veces más seguras que el actual correo... Existían también los
correos entre muchos puntos del territorio argentino. En cuanto á los
telégrafos, su creación data de época posterior: de 1860.
Á todo ésto se deben agregar las comunicaciones marítimas con Europa,
Brasil, Uruguay, litoral, existiendo desde 1851 la navegación á vapor
que comenzó un navío, el _William Pearce_.
Tales eran los medios de comunicación en 1853, cuando la Constitución
vino á facilitarlos, declarando la libertad de tránsito para los
hombres, las cargas y las bestias, y la libre navegación de los ríos
interiores de la nación para todas las banderas del mundo.
5. La situación económica del país no podía ser superior á la situación
general. Se salía de la época de Rozas en la que la historia financiera
«puede concretarse á la enumeración de los déficits dentro del
presupuesto, de los gastos extraordinarios y de los medios adoptados
para enjugar los primeros y llenar los segundos»[24]. Época de
emisiones de papel moneda en abundancia, que debió ser imitada después,
aun cuando hubiera progresado tanto la nación.
Caído Rozas, en un primer momento no se pudo remediar aquel estado; en
Buenos Aires se emitió por valor de 19.500.000 pesos moneda corriente
en los años 1852 y 1853; en la Confederación la vida financiera fué
precaria y llegó á los resultados que se expondrán en el próximo
capítulo.
6. Tal era el cuadro en que se desarrollaba el pueblo para el que se
dictaba la Constitución de 1853. Tales eran también los adelantos á que
había llegado en los siglos coloniales, y en los años de emancipación.
La Constitución quiso, pues, tomando en cuenta en la medida de lo
posible, el estado del país en aquel momento, promover su adelanto: en
su preámbulo estableció los móviles que la habían originado y los fines
que se proponía; está allí expresado el deseo de dar cumplimiento á
pactos preexistentes que las luchas anteriores habían provocado y cuyo
respeto era necesario para constituír la unión nacional, consolidar la
paz interior y promover el bienestar general; las continuas prácticas
judiciales poco respetuosas de las leyes, y obedeciendo muchas veces á
influencias de toda especie, pedían quizás con exceso, como afirma el
documento antes mencionado y en parte transcripto, que se afianzara la
justicia, y tal cosa prometió aquel preámbulo; y la aspiración general
quedaba satisfecha cuando se ofrecía la libertad que alcanzaría á
nacionales y extranjeros.
En las declaraciones, derechos y garantías, tratábase por todos los
medios de promover y estimular el adelanto del país; el comercio, la
industria, artes, propiedad, vida, libertad, imprenta, educación, el
tránsito libre de hombres, vehículos y bestias, las actividades todas
de los individuos, quedaban protegidas; hasta se recordó al indio
encomendándose al Congreso (art. 29, inc. 15) que vigilara por la
conservación del trato pacífico con ellos y de promover su conversión
al catolicismo. Cierto es,--y el recuerdo es justo, pues poco se tiene
en cuenta,--que esta disposición se encontraba ya en la Constitución
de 1819 y en una forma más amplia; su artículo 128 decía: “Siendo los
indios iguales en dignidad y derechos á los demás ciudadanos, gozarán
de las mismas preeminencias y serán regidos por las mismas leyes.
Queda extinguida toda tasa ó servicio personal bajo cualquier pretexto
ó denominación que sea. El cuerpo legislativo promoverá eficazmente
el bien de los naturales por medio de leyes que mejoren su condición
hasta ponerlos al nivel de las demás clases del estado”[25]. La
Constitución de 1853 al equiparar el indio al civilizado, buscar su
trato, y disponer que se le civilizara, no hacía pues, sino repetir
una disposición anterior que había dado forma á un deseo general de la
población, deseo que continúa subsistente en nuestra época en que á
pesar de los años transcurridos desde la sanción de aquel mandato, poco
se ha hecho por cumplirlo.
Á pesar de los deseos de igualdad y sanciones que pretendían que todo
extranjero se encontrara aquí como en su patria, la Constitución dictó
un principio contrario á tal propósito, aunque en realidad con esa
determinación se marchara más de acuerdo con las ideas de la sociedad
de aquella época. Demasiados españoles había y demasiado española era
la sangre para que fuera posible separar la religión del estado. El
culto católico-apostólico-romano ejercía demasiada influencia para
que no se le recordara en alguna forma. La Constitución llevó en el
artículo 2^o la afirmación de «el gobierno federal sostiene el culto
católico, apostólico, romano» y el artículo 73 (art. 76 de la vigente)
en que se establece como condición para ser presidente ó vicepresidente
de la confederación «pertenecer á la comunión católica, apostólica,
romana». Nótese que la disposición que elige el culto fué concebida en
esos términos como medio de transacción; algunos constituyentes, como
el diputado Zenteno, deseaban que aquella declaración fuera más amplia.
Proponía sancionar el artículo en esta forma: «la religión católica,
apostólica, romana, como única y sóla verdadera, es, exclusivamente
la del estado. El gobierno federal la acata, sostiene y protege,
particularmente, para el libre ejercicio de su culto público, y todos
los habitantes de la confederación le tributan respeto, sumisión y
obediencia»[26].
Estas disposiciones constitucionales que se completan con las de los
artículos 64, incisos 19-20, y 83, inciso 8 (67, inc. 19-20, y 86,
inc. 8 de la actual), han sido combatidas aun por autores de espíritu
religioso como Estrada, que encuentra que á guisa de libertades, el
estado toma á la religión mucho más de lo que da[27]. No hay para qué
recordar todo lo que los enemigos de la iglesia dicen sobre ellas.
Á nuestro fin, baste establecer dos proposiciones: la primera es
que, cualquiera sea la interpretación y el sentido que se dé á las
disposiciones constitucionales, no puede hablarse de religión de
estado, desde que cosa semejante sería sostener el absurdo de una
persona jurídica, sér de abstracción, teniendo conciencia y religión.
La segunda es que, para un país que deseaba inmigración sin distinguir
religiones de los inmigrantes y que prometía la igualdad, convenía
que las disposiciones que á la religión se referían, fueran lo menos
prohibitivas posibles. De ahí resultó que al mismo tiempo que se
imponía el sello de autoridad á los artículos á que hemos referido, el
espíritu de tolerancia, dictara también los artículos 14 y 20 en los
que se declaraba la libertad de cultos para nacionales y extranjeros.
* * * * *
En cuanto á su bondad política, la Constitución de 1853 que con
pequeñas modificaciones nos rige, será discutida, tal vez reformada
por errónea ó anticuada, tal vez conservada por acertada y fácil de
acordar con los tiempos actuales. Está ello fuera de nuestro estudio.
Más en lo que á formación de la nacionalidad se refiere, fué buena
por una razón fundamental: no es un código de restricciones; es un
código de libertades y derechos: acordó derechos y libertades como
no los acordaba en esa época constitución alguna; aseguró la paz, la
libertad, los derechos todos á nacionales y extranjeros. Hasta recordó
al indio... Era propicia para ser la ley fundamental del pueblo donde
debían encontrarse representados con el tiempo cien pueblos diversos,
disputándose el derecho de moldear la nueva nacionalidad que nacía.
Tomada desde este punto de vista no se puede dudar de que fué buena,
más aun en teoría que en la práctica; teóricamente, porque es de
sentido común que el individuo que encuentra en el país donde va á
establecerse tantos derechos como en el suyo y más facilidades de
trabajo y vida, servirá de propagandista y atraerá más extranjeros.
Prácticamente, porque á pesar de las irregularidades cometidas en la
aplicación de sus principios, lo cierto es que facilitó, con otras
circunstancias coadyuvantes, la inmigración y que es á la inmigración
que produce y que deja descendientes que producen en todas las esferas
de la actividad á quien se debe en gran parte el adelanto argentino.
CAPÍTULO II
1869: EL PRIMER CENSO NACIONAL
1. La sociedad argentina de 1869. Medidas protectoras de la
inmigración. La formación de la raza y factores que contribuyen.--2.
Los progresos; la libertad de imprenta; la tendencia hacia la
_desespañolización_.--3. Cambios políticos; situación económica.--4.
Vías de comunicación.--5. Agricultura: ganadería: otras industrias.
Comercio.--6. Consecuencias institucionales.--7. Conclusión.
1. Dieciseis años después de dictada la constitución para la
Confederación Argentina, el primer censo nacional demostró con sus
cifras, el exponente en cuanto á población, del grande adelanto
que dieron á esta tierra las seguridades y libertades ofrecidas á
nacionales y extranjeros, la paz y la justicia para todos.
Ese período de dieciseis años es pequeño, extremadamente pequeño en la
historia de un pueblo cuyos orígenes sean remotos y cuya complexión
orgánica responda á sólidas bases. Mas es un período grande para un
pueblo incipiente, nacido en el ayer. En esos pocos años la nación hace
grandes progresos, sufre transformaciones notables, cambia de traje.
Es verdad que el cambio y los progresos no se presentan en todo su
territorio de un modo semejante. Más aun, es sabido que las diferencias
en los adelantos son grandes entre Buenos Aires y Jujuy, por ejemplo.
No importa; existen progresos que llegan al mayor grado en la capital,
y los progresos de la capital, pueden tomarse como próximos cambios en
toda la nación.
* * * * *
La ciudad cabeza aumenta, crece desmesuradamente, y da motivo á la
afirmación tantas veces traída y llevada del peligro é inconveniente de
la cabeza enorme con cuerpo pequeño. Y ya que esta afirmación vulgar se
presenta, diré al pasar dos palabras sobre ella. Se dice que la grande
ciudad con civilización adelantada, con comodidades á que permanece
ajeno el resto del territorio, con abundancia de oficios que retienen
la inmigración impidiéndole desparramarse por los campos, es un grave
inconveniente que retarda el progreso general del país, en beneficio
sólo de la ciudad. Yo no creo en ese inconveniente; más aun, creo que
los males que tal situación acarrea son pasajeros, en tanto que sus
beneficios son positivos. Las grandes ciudades son como los grandes
focos que irradian luz en derredor. La civilización limitada en un
primer momento á un pequeño pedazo de terreno, cuando éste no pueda
contener la población que afluye, la obligará á extenderse, á formar
nuevas ciudades ó nuevos pueblos, los que á su vez facilitarán el
originarse de establecimientos agrícolas y ganaderos en su vecindad.
Sin Buenos Aires no se explicarían La Plata y Bahía Blanca, ni los cien
pueblos que circundan á la gran metrópoli. La civilización se extenderá
de este modo, quizás en una forma más lenta, pero indudablemente de un
modo más firme.
* * * * *
Hecha la digresión volvamos á nuestro camino. Veamos el estado de la
formación de la raza, el factor étnico, y relacionémoslo con el estado
general de los progresos argentinos en aquellos años, que estudiaré
sintéticamente.
La convicción de la necesidad de unir la sangre de la nueva nación, á
la sangre de las naciones viejas, y de completar el futuro individuo
argentino agregando elementos de las naciones formadas siglos antes,
permaneció latente como la semilla que espera en tierra propicia, y
tan pronto como la piedra que lo impedía, representada aquí por Rozas,
fué sacada del camino, la semilla fecundó y el nuevo árbol dió frutos
gratos.
Las nuevas medidas tendientes á favorecer la inmigración, partieron del
estado de Buenos Aires por un lado, de la Confederación Argentina por
otro, mientras permanecieron separadas; de la Nación Argentina, cuando
la unión nacional se consolidó.
Del estado de Buenos Aires ó sus habitantes son estas iniciativas[28]:
Ley de 1854, que creó la comisión de inmigración y estableció la
exención de derechos á los buques que trajesen 50 inmigrantes ó más.
En 1856, un grupo de ciudadanos distinguidos se encarga de ayudar á los
inmigrantes en sus primeros días de patria nueva; solicita y obtiene
del gobierno, local para albergar á los inmigrantes recién llegados
que lo necesitaran; por susbcripción reune fondos para alimentarlos,
obtiene una subvención del gobierno, y bajo el nombre de «Asociación
filantrópica de inmigración, auxiliada y bajo la protección del
superior gobierno del estado de Buenos Aires», que adoptó á poco
de constituída, contribuyó grandemente á facilitar y favorecer la
inmigración. Nacionalizada en 1862, llevó su existencia hasta 1869, en
que fué reemplazada por la comisión central de la inmigración.
Las clases no pudientes del pueblo de Buenos Aires tampoco
permanecieron ajenas á las demostraciones en favor del extranjero:
deseaban su venida, le esperaban, le agasajaban; no importaba que el
inmigrante viniera á Buenos Aires ó á la confederación: de cualquier
modo llegaba á la patria próxima á constituirse, á trabajar en
ella, á formar colonias agrícolas. «No son sólo las autoridades
constituídas--dice un autor de la época--y la voz de la prensa
sudamericana que apoyan con todos sus esfuerzos la realización de un
vasto plan de colonización agrícola; la población entera favorece la
ejecución de este proyecto por manifestaciones inequívocas. Hemos sido
testigos de las demostraciones de fraternal simpatía que se prodigaron
á un convoy de doscientas familias destinado á las colonias del señor
Castellanos; á su llegada á Buenos Aires estas valientes personas
se vieron objeto de una verdadera ovación. Por un acuerdo perfecto
de franqueza y amenidad, por completo en las costumbres americanas,
parecía querer borrarse en el espíritu de los recién llegados, las
últimas tristezas que podían alimentar aun en el recuerdo de la
vieja patria. Sería necesario, seguramente, citar el nombre de cada
habitante de la ciudad, si se quisiera mencionar todos los actos de
generosa hospitalidad que señalaron aquel día; nos contentaremos con
recordar en esta obra al del señor Rams, ciudadano de Buenos Aires,
quien haciendo un noble uso de su afortunada posición, hizo distribuír
á los colonos, cigarros, confituras y refrescos de toda especie»[29].
Por su parte, la Confederación Argentina no procedió de otro modo;
la prueba está en los decretos destinados á cumplir los mandatos de
la Constitución al respecto; está en los nombramientos de cónsules,
los tratados comerciales con naciones de América y Europa; está en
la creación de un premio á la mejor memoria sobre clasificación y
distribución de tierras públicas; en la concesión del ferrocarril
del Rosario á Córdoba; está, para no citar más, en el encargo dado
á Moussy, de la descripción de la Confederación Argentina, á fin de
que en todas partes pudieran tenerse noticias de estas tierras; en
la indemnización á los extranjeros de los perjuicios sufridos en las
guerras civiles, y sobre todo en la buena acogida que recibieron los
proyectos colonizadores de Brougues y Anchorena, en los que el gobierno
nacional se responsabilizó por las obligaciones respectivas contraídas
por los de Corrientes y Santa Fe.
Nuevas leyes, decretos, contratos, aparecen con iguales móviles, cuando
Buenos Aires y la confederación formaron un solo país; resoluciones
de esta índole son las leyes de 1862, autorizando el poder ejecutivo
para celebrar contratos sobre inmigración extranjera, con facultad para
conceder beneficios; la de libre introducción de los equipajes de los
inmigrantes, en 1863, que se establece y conserva después en la ley de
aduana; la creación de la «Comisión protectora de la inmigración», y en
fin, muchas otras resoluciones de semejante especie, hasta la creación,
en 1869, de la «Comisión central de inmigración», de cuya obra nos
ocuparemos después.
Es claro que todas estas resoluciones realizadas en los hechos, en
todo ó en parte tenían forzosamente que facilitar la llegada de los
extranjeros que adhiriéndose á la nueva patria, darían á ella su sangre
y su trabajo.