¡Por vida del demonio! sólo encuentro una calavera, y en el hueco de

sus ojos este papel: «No es oro todo lo que reluce: así dice el refran

antiguo: tú verás si con razon. ¡Á cuántos ha engañado en la vida una

vana exterioridad! En dorado sepulcro habitan los gusanos. Si hubieras

tenido tanta discrecion y buen juicio como valor y osadía, no te

hablaria de esta suerte mi hueca y apagada voz. Véte en buen hora, ya

que te ha salido fria la pretension.» Sí que he quedado frio y triste.

Toda mi esperanza huyó, y el fuego del amor se ha convertido en hielo.

Adios, hermosa Pórcia. No puedo hablar. El desencanto me quita la voz.

¡Cuán triste se aleja el que ve marchitas sus ilusiones!

PÓRCIA.

¡Oh felicidad! Quiera Dios que tengan la misma suerte todos los que

vengan, si son del mismo color que éste.

ESCENA VIII.

=Calle en Venecia.=

SALARINO y SALANIO.

SALARINO.

Ya se ha embarcado Basanio, y con él va Graciano, pero no Lorenzo.

SALANIO.

El judío se quejó al Dux, é hizo que le acompañase á registrar la nave

de Basanio.

SALARINO.

Pero cuando llegaron, era tarde, y ya se habian hecho á la mar. En el

puerto dijeron al Dux que poco antes habian visto en una góndola á

Lorenzo y á su amada Jéssica, y Antonio juró que no iban en la nave de

Basanio.

SALANIO.

Nunca he visto tan ciego, loco, incoherente y peregrino furor como

el de este maldito hebreo. Decia á voces: «¡Mi hija, mi dinero, mi

hija... ha huido con un cristiano... y se ha llevado mi dinero... mis

ducados... Justicia... mi dinero... una bolsa... no... dos, llenas

de ducados... Y ademas joyas y piedras preciosas... Me lo han robado

todo... Justicia... Buscadla... Lleva consigo mi dinero y mis alhajas!»

[Ilustración]

SALARINO.

Los muchachos le persiguen por las calles de Venecia, gritando como él:

«Justicia, mis ducados, mis joyas, mi hija.»

SALANIO.

¡Pobre Antonio si no cumple el trato!

SALARINO.

Y fácil es que no pueda cumplirlo. Ayer me dijo un francés que en el

estrecho que hay entre Francia é Inglaterra habia naufragado un barco

veneciano. En seguida me acordé de Antonio, y por lo bajo hice votos á

Dios para que no fuera el suyo.

SALANIO.

Bien harias en decírselo á Antonio, pero de modo que no le hiciera mala

impresion la noticia.

SALARINO.

No hay en el mundo alma más noble. Hace poco ví cómo se despedia

de Basanio. Díjole éste que haria por volver pronto, y Antonio le

replicó: «No lo hagas de ningun modo, ni eches á perder, por culpa mia,

tu empresa. Necesitas tiempo. No te apures por la fianza que dí al

judío. Estáte tranquilo, y sólo pienses en alcanzar con mil delicadas

galanterías y muestras de amor el premio á que aspiras.» Apenas podia

contener el llanto al decir esto. Apartó la cara, dió la mano á su

amigo, y se despidió de él por última vez.

SALANIO.

Él es toda su vida, segun imagino. Vamos á verle, y tratemos de

consolar su honda tristeza.

SALARINO.

Vamos.

ESCENA IX.

=Quinta de Pórcia en Belmonte.=

NERISSA.

(_A un criado._) Anda, descorre las cortinas, que ya el Infante de

Aragon ha hecho su juramento y viene á la prueba.

(_Salen el Infante de Aragon, Pórcia y acompañamiento. Tocan cajas

y clarines._)

PÓRCIA.

Egregio Infante: ahí teneis las cajas: si dais con la que contiene mi

retrato, vuestra será mi mano. Pero si la fortuna os fuere adversa,

tendreis que alejaros sin más tardanza.

EL INFANTE.

El juramento me obliga á tres cosas: primero, á no decir nunca cuál de

las tres cajas fué la que elegí. Segundo, si no acierto en la eleccion,

me comprometo á no pedir jamas la mano de una doncella. Tercero, á

alejarme de vuestra presencia, si la suerte me fuere contraria.

PÓRCIA.

Esas son las tres condiciones que tiene que cumplir todo el que viene á

esta dudosa aventura, y á pretender mi mano indigna de tanta honra.

EL INFANTE.

Yo cumpliré las tres. Fortuna, dame tu favor, ilumíname. Aquí

tenemos plata, oro y plomo. «Quien me elija, tendrá que darlo todo y

aventurarlo todo.» Para que yo dé ni aventure nada, menester será que

el plomo se haga antes más hermoso. ¿Y qué dice la caja de oro? «Quien

me elija, alcanzará lo que muchos desean.» Estos serán la turba de

necios que se fia de apariencias, y no penetra hasta el fondo de las

cosas: á la manera del pájaro audaz que pone su nido en el alero del

tejado, expuesto á la intemperie y á todo género de peligros. No es mio

pensar como piensa el vulgo. No elegiré lo que muchos desean. No seré

como la multitud grosera y sin juicio. Vamos á tí, arca brillante de

precioso metal: «Quien me elija, alcanzará lo que merece.» Está bien,

¿qué alma bien nacida querrá obtener ninguna ventaja ni triunfar del

hado, sin un mérito real? ¿A quién contentará un honor inmerecido?

¡Dichoso aquel dia en que no por subterráneas intrigas, sino por las

dotes reales del alma, se consigan los honores y premios! ¡Cuántas

frentes, que ahora están humilladas, se cubrirán de gloria entonces!

¡Cuántos de los que ahora dominan querrian ser entonces vasallos!

¡Qué de ignominias descubriríamos al traves de la púrpura de reyes,

emperadores y magnates! ¡Y cuánta honra encontraríamos soterrada en

el lodo de nuestra edad! Siga la eleccion: «Alcanzará lo que merece.»

Mérito tengo. Venga la llave, que esta caja encierra sin duda mi

fortuna.

PÓRCIA.

Mucho lo habeis pensado para tan corto premio como habeis de encontrar.

EL INFANTE.

¿Qué veo? La cara de un estúpido que frunce el entrecejo y me presenta

una carta. ¡Cuán diverso es su semblante del de la hermosísima Pórcia!

¡Otra cosa aguardaban mis méritos y esperanzas! «Quien me elija,

alcanzará lo que merece.» ¿Y no merezco más? ¿La cara de un imbécil?

¿Ese es el premio que yo ambicionaba? ¿Tan poco valgo?

PÓRCIA.

El juicio no es ofensa: son dos actos distintos.

EL INFANTE.

¿Y qué dice ese papel? (_Lee._) «Siete veces ha pasado este metal por

la llama: siete pruebas necesita el juicio para no equivocarse. Muchos

hay que toman por realidad los sueños: natural es que su felicidad

sea sueño tambien. Bajo este blanco metal has encontrado la faz de un

estúpido. Muchos necios hay en el mundo que se ocultan así. Cásate á tu

voluntad, pero siempre me tendrás por símbolo. Adios.» Todavía seria

estupidez mayor, no irme ahora mismo. Como un necio vine á galantear, y

ahora llevo dos cabezas nuevas, la mia y otra ademas. Quédate con Dios,

Pórcia: no faltaré á mi juramento.

PÓRCIA.

Huye, como la mariposa que se quema las alas escapa del fuego. ¡Qué

necios son por querer pasarse de listos!

NERISSA.

Bien dice el proverbio: Sólo su mala fortuna lleva al necio al altar ó

á la horca.

UN CRIADO.

¿Dónde está mi señora?

PÓRCIA.

Aquí.

EL CRIADO.

Se apea á vuestra puerta un jóven veneciano, anunciando á su señor,

que viene á ofreceros sus respetos y joyas de gran valía. El mensajero

parece serlo del amor mismo. Nunca amaneció en primavera, anunciadora

del ardiente estío, tan risueña mañana como el rostro de este nuncio.

PÓRCIA.

Silencio. ¡Por Dios! tanto me lo encareces, que recelo si acabarás por

decirme que es pariente tuyo. Vamos, Nerissa: quiero ver á tan gallardo

mensajero.

NERISSA.

Su señor es Basanio, ó mucho me equivoco.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO III.

ESCENA PRIMERA.

=Calle de Venecia.=

SALANIO y SALARINO.

SALANIO.

¿Qué se dice en Rialto?

SALARINO.

Corren nuevas de que una nave de Antonio, cargada de ricos géneros, ha

naufragado en los estrechos de Goodwins, que son unos escollos de los

más temibles, y donde han perecido muchas orgullosas embarcaciones.

Esto es lo que sucede, si es que no miente la parlera fama, y se porta

hoy como mujer de bien.

SALANIO.

¡Ojalá que por esta vez mienta como la comadre más embustera de cuantas

comen pan! Pero la verdad es, sin andamos en rodeos ni ambages, que

el pobre Antonio, el buen Antonio... ¡Oh si encontrara yo un adjetivo

bastante digno de su bondad!

SALARINO.

Al asunto, al asunto.

SALANIO.

¿Al asunto dices? Pues el asunto es que ha perdido un barco.

SALARINO.

¡Quiera Dios que no sea más que uno!

SALANIO.

¡Ojalá! No sea que eche á perder el demonio mis oraciones, porque aquí

viene en forma de judío.

(_Sale Sylock._)

¿Cómo estás, Sylock? ¿Qué novedades cuentan los mercaderes?

SYLOCK.

Vosotros lo sabeis. ¿Quién habia de saber mejor que vosotros la fuga de

mi hija?

SALARINO.

Es verdad. Yo era amigo del sastre que hizo al pájaro las alas con que

voló del nido.

SALANIO.

Y Sylock no ignoraba que el pájaro tenia ya plumas, y que es condicion

de las aves el echar á volar en cuanto las tienen.

SALARINO.

Por eso la condenarán.

SALANIO.

Es claro: si la juzga el demonio.

SYLOCK.

¡Ser infiel á mi carne y sangre!

SALANIO.

Más diferencia hay de su carne á la tuya que del marfil al azabache,

y de su sangre á la tuya que del vino del Rhin al vino tinto. Dinos:

¿sabes algo de la pérdida que ha tenido Antonio en el mar?

SYLOCK.

¡Vaya otro negocio! ¡Un mal pagador, que no se atreve á comparecer en

Rialto! ¡Un mendigo que hacia alarde de lujo, paseándose por la playa!

A ver cómo responde de su fianza. Para eso me llamaba usurero. Que

responda de su fianza. Decia que prestaba dinero por caridad cristiana.

Que responda de su fianza.

SALARINO.

De seguro que si no cumple el contrato, no por eso te has de quedar con

su carne. ¿Para qué te sirve?

SYLOCK.

Me servirá de cebo en la caña de pescar. Me servirá para satisfacer

mis odios. Me ha arruinado. Por él he perdido medio millon: él se

ha reido de mis ganancias y de mis pérdidas: ha afrentado mi raza y

linaje, ha dado calor á mis enemigos y ha desalentado á mis amigos. Y

todo ¿por qué? Por que soy judío. ¿Y el judío no tiene ojos, no tiene

manos ni órganos ni alma, ni sentidos ni pasiones? ¿No se alimenta de

los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas

enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano

y frio en invierno, lo mismo que el cristiano? Si le pican ¿no sangra?

¿No se rie si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan? Si

le ofenden, ¿no trata de vengarse? Si en todo lo demas somos tan

semejantes ¿por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende

á un cristiano ¿no se venga éste, á pesar de su cristiana caridad? Y si

un cristiano á un judío, ¿qué enseña al judío la humildad cristiana? A

vengarse. Yo os imitaré en todo lo malo, y para poco he de ser, si no

supero á mis maestros.

UN CRIADO.

Señores: mi amo Antonio os espera en su casa, para hablaros de negocios

importantes.

SALARINO.

Largo tiempo hace que le buscamos.

(_Sale Túbal._)

SALANIO.

Hé aquí otro de su misma tribu: no se encontraria otro tercero que los

igualase como no fuese el mismísimo demonio.

(_Vanse._)

SYLOCK.

Túbal, ¿qué noticias traes de Génova? ¿qué sabes de mi hija?

TÚBAL.

Oí noticias de ella en muchas partes, pero nunca la ví.

SYLOCK.

Nunca ha caido otra maldicion igual sobre nuestra raza. Mira: se

llevó un diamante que me habia costado dos mil ducados en la feria

de Francfort. Dos mil ducados del diamante, y ademas muchas alhajas

preciosas. Poco me importaria ver muerta á mi hija, como tuviera los

diamantes en las orejas, y los ducados en el ataud. ¿Pero nada, nada

has averiguado de ellos? ¡Maldito sea yo! ¡Y cuánto dinero he gastado

en buscarla! ¡Tanto que se llevó el ladron, y tanto cómo llevo gastado

en su busca, y todavía no me he vengado! Cada dia me trae una nueva

pérdida. Todo género de lástimas y miserias ha caido sobre mí.

TÚBAL.

No eres tú el solo desgraciado. Me contaron en Génova que tambien

Antonio...

SYLOCK.

¿Qué, qué? ¿le ha sucedido alguna desgracia?

TÚBAL.

Se le ha perdido un barco que venia de Trípoli.

SYLOCK.

¡Bendito sea Dios! ¿Pero eso es cierto?

TÚBAL.

Me lo han contado algunos marineros escapados del naufragio.

SYLOCK.

¡Gracias, amigo Túbal, gracias! ¡Qué felices nuevas! ¿Con qué en

Génova, eh, en Génova?

TÚBAL.

Dicen que tu hija ha gastado en Génova ochenta ducados en una noche.

SYLOCK.

¡Qué daga me estás clavando en el corazon! ¡Pobre dinero mio! ¡En una

noche sola ochenta ducados!

TÚBAL.

Varios acreedores de Antonio, con quienes vengo desde Génova, tienen

por inevitable su quiebra.

SYLOCK.

¡Oh! ¡qué felicidad! Le atormentaré. Me he de vengar con creces.

TÚBAL.

Uno de esos acreedores me mostró una sortija, con que tu hija le habia

pagado un mono que compró.

SYLOCK.

¡Cállate, maldecido! ¿Quieres martirizarme? Es mi turquesa. Me la

regaló Lia, cuando yo era soltero. No la hubiera yo cedido por todo un

desierto henchido de monos.

TÚBAL.

Pero no tiene duda que Antonio está completamente arruinado.

SYLOCK.

Eso me consuela. Eso tiene que ser verdad. Túbal, avísame un alguacil

para dentro de quince dias. Si no paga la fianza, le sacaré las

entrañas; si no fuera por él, haria yo en Venecia cuantos negocios

quisiera. Túbal, nos veremos en la sinagoga. Adios, querido Túbal.

ESCENA II.

=Quinta de Pórcia.=

BASANIO, PÓRCIA, GRACIANO, NERISSA y criados.

PÓRCIA.

Os ruego que no os deis prisa. Esperad siquiera un dia ó dos, porque

si no acertais en la eleccion, os pierdo para siempre. Hay en mi alma

algo que me dice (no sé si será amor) que seria para mí un dolor que

os fueseis. Odio ya veis que no puede ser. Si no os parecen bastante

claras mis palabras (porque una doncella sólo puede hablar de estas

cosas con el pensamiento) os suplicaria que permanecieseis aquí uno

ó dos meses. Con esto tendré bastante tiempo para enseñaros el modo

de no errar. Pero ¡ay! no puedo, porque seria faltar á mi juramento,

y no he de ser perjura aunque os pierda. Si errais, hareis que me

lamente mucho de haber faltado á mi juramento. ¡Ojalá nunca hubiera yo

visto vuestros ojos! Su fulgor me ha partido el alma: sólo la mitad es

mia, la otra mitad vuestra... He querido decir mia, pero no es mia,

vuestra es tambien, y toda yo os pertenezco. Este siglo infeliz en que

vivimos pone obstáculos entre el poseedor y su derecho. Por eso, y á

la vez, soy vuestra y no lo soy. El hado tiene la culpa, y él es quien

debe pagarla é ir al infierno, yo no. Hablo demasiado, pero es por

entretener el tiempo, y detenerle, y con él vuestra eleccion.

BASANIO.

Permitid que la suerte decida. Estoy como en el tormento.

PÓRCIA.

¿Basanio en el tormento? pues qué, ¿hay algun engaño en vuestro amor?

BASANIO.

Hay un recelo, que me presenta como imposible mi felicidad. Antes harán

alianza el fuego y el hielo, que mi amor y la traicion.

PÓRCIA.

Me temo que esteis hablando desde el tormento, donde el hombre, bien

contra su voluntad, confiesa lo cierto.

BASANIO.

Pórcia, mi vida consiste en vos. Dádmela, y os diré toda la verdad.

PÓRCIA.

Decídmela y vivireis.

BASANIO.

Mejor hubierais dicho: «decídmela y amad», y con esto seria inútil mi

confesion, ya que mi único crímen es amar, delicioso tormento en que

sólo el verdugo puede salvar al reo. Vamos á las cajas, y que la suerte

nos favorezca.

PÓRCIA.

A las cajas, pues. En una de ellas está mi efigie. Si me amais,

la encontrareis de seguro. Atras, Nerissa: atras, todos vosotros,

y mientras elige, resuene la música. Si se equivoca, morirá entre

armonías como el cisne, y para que sea mayor la exactitud de la

comparacion, mis ojos le darán sepulcro en las nativas ondas. Si vence

(y no es imposible), oirá el son agudo de las trompetas, semejante

al que saluda al rey que acaba de ser ungido y coronado, ó á las

alegres voces que, al despuntar la aurora, penetran en los oidos del

extasiado novio. Vedle acercarse con más amor y más vigorosos alientos

que Hércules, cuando fué á salvar á Troya del nefando tributo de la

doncella que tenia que entregar á la voracidad del mónstruo marino,

en luctuoso dia. Yo soy la víctima. Vosotros sois como las matronas

dárdanas que con llorosos ojos han salido de Troya á contemplar el

sacrificio. Adelante, noble Alcides: sal vencedor de la contienda. En

tu vida está la mia. Todavía tengo yo más interes en el combate, que

tú que vas á pelear, dando celos al mismo Áres. (_Mientras Basanio

elige, canta la música_: «¿Dónde nace el amor, en los ojos ó en el

alma? ¿Quién le da fuerzas para quitarnos el sosiego? Decídnoslo,

decídnoslo.—El amor nace en los ojos, se alimenta de miradas, y muere

por desvíos en la misma cuna donde nace. Cantemos dulces himnos en

alabanza del amor. ¡Viva el amor, viva el amor!»)

[Ilustración: _La eleccion entre las tres cajas._]

BASANIO.

Muchas veces engañan las apariencias. ¿Ha habido causa tan mala que

un elocuente abogado no pudiera hacer probable, buscando disculpas

para el crímen más horrendo? ¿Hay alguna herejía religiosa que no

tenga sectarios, y que no pueda cubrirse con citas de la Escritura

ó con flores retóricas que disimulen su fealdad? ¿Hay vicio que no

pueda disfrazarse con la máscara de la virtud? ¿No habeis visto muchos

cobardes, tan falsos y movedizos como piedra sobre arena, y que por

fuera muestran la belicosa faz de Hércules y las híspidas barbas de

Marte, y por de dentro tienen los hígados tan blancos como la leche?

Fingen valor, para hacerse temer. Medid la hermosura: se compra al

peso, y son más ligeras las que se atavian con los más preciados arreos

de la belleza. ¡Cuántas veces los áureos rizos, enroscados como sierpes

al rededor de una dudosa belleza, son prenda de otra hermosura que

yace en olvidado sepulcro! Los adornos son como la playa de un mar

proceloso: como el velo de seda que oculta el rostro de una hermosura

india: como la verdad, cuya máscara toma la fraude para engañar á

los más prudentes. Por eso desdeño los fulgores del oro, alimento y

perdicion del avaro Midas, y tambien el pálido brillo de la mercenaria

plata. Tu quebrado color, oh plomo que pasas por vil y anuncias más

desdichas que felicidad, me atrae más que todo eso. Por tí me decido.

¡Quiera Dios cumplir mi amoroso deseo!

PÓRCIA.

(_Aparte._) Como el viento disipa las nubes, así huyen de mi alma todos

los recelos, tristezas y desconfianzas. Cálmate, amor; ten sosiego:

templa los ímpetus del alma, y dame el gozo con tasa, porque si no, el

corazon estallará de alegría.

BASANIO.

(_Abre la caja de plomo._) ¿Qué veo? ¿El mismo rostro de la hermosa

Pórcia? ¿Qué pincel sobrehumano pudo acercarse tanto á la realidad?

¿Pestañean estos ojos, ó es que los mueve el reflejo de los mios?

Exhalan sus labios un aliento más dulce que la miel. De sus cabellos

ha tejido el pintor una tela de araña para enredar corazones. ¡Ay de

las moscas que caigan en ellos! ¿Pero cómo habrá podido retratar sus

ojos, sin cegar? ¿Cómo pudo acabar el uno sin que sus rayos le cegaran

de tal modo que dejase sin acabar el otro? Toda alabanza es poca, y

seria afrentar al retrato tanto como el retrato al original. Veamos lo

que dice la letra, cifra breve de mi fortuna. (_Lee._) «Tú á quien no

engañan las apariencias, consigues la rara fortuna de acertar. Ya que

tal suerte tuviste, no busques otra mejor. Si te parece bien la que te

ha dado la fortuna, vuélvete hácia ella, y con un beso de amor tómala

por tuya, siguiendo los impulsos de tu alma.» ¡Hermosa leyenda! Señora,

perdon. Es necesario cumplir lo que este papel ordena. A la manera que

el gladiador, cuando los aplausos ensordecen el anfiteatro, duda si es

á él á quien se dirigen, y vuelve la vista en torno suyo; así yo, bella

Pórcia, dudo si es verdad lo que miro, y antes de entregarme al gozo,

necesito que lo confirmen vuestros labios.

PÓRCIA.

Basanio, tal cual me veis, vuestra soy. No deseo para mí suerte mayor,

pero en obsequio vuestro quisiera ser veinte veces más hermosa de lo

que soy, y diez mil veces más rica. Yo quisiera exceder á todas en

virtud, en belleza, en bienes de fortuna y en amigos, para que me

amaseis mucho más. Pero valgo muy poco; soy una niña ignorante y sin

experiencia; sólo tengo una cosa buena, y es que todavía no soy vieja

para aprender; y otra aún mejor, que no fué tan mala mi educacion

primera que no pueda aprender. Y áun tengo otra felicidad mejor, y es

la de tener un corazon tan rendido que se humilla á vos como el siervo

á su señor y monarca. Mi persona, y la hacienda que fué mia, son desde

hoy vuestras. Hace un momento era yo señora de esta quinta y de estos

criados, y de mí misma, pero desde ahora yo y mi quinta y mis criados

os pertenecemos. Todo os lo doy con este anillo. Si algun dia le

destruís ó perdeis, será indicio de que habeis perdido mi amor, y podré

reprenderos por tan grave falta.

BASANIO.

Señora, me habeis quitado el habla. Sólo os grita mi sangre alborotada

en las venas. Tal trastorno habeis producido en mis sentidos, como el

tumulto que estalla en una muchedumbre cuando oye el discurso de un

príncipe adorado. Mil palabras incoherentes se confunden con gritos que

no tienen sentido alguno, pero que expresan un júbilo sincero. Cuando

huya de mis dedos ese anillo, irá con él mi vida, y podreis decir que

ha muerto Basanio.

NERISSA.

Á nosotros, mudos espectadores de tal drama, sólo nos toca daros el

parabien. Sed dichosos, amos y señores mios.

GRACIANO.

Basanio, señor mio; y tú, hermosa dama, disfrutad cuanta ventura deseo

para vosotros, ya que no ha de ser á mi costa. Y cuando os prepareis á

cerrar solemnemente el contrato, dadme licencia para hacer lo mismo.

BASANIO.

Con mucho gusto, si encuentras mujer.

GRACIANO.

Mil gracias, Basanio. Á tí lo debo. Mis ojos son tan avizores como los

tuyos. Tú los pusiste en la señora; yo en la criada: tú amaste; yo

tambien. Tu amor no consiente dilaciones; tampoco el mio. Tu suerte

dependia de la buena eleccion de las cajas; tambien la mia. Yo ardiendo

en amores perseguí á esta esquiva hermosura con tantas y tantas

promesas y juramentos, que casi tengo seca la boca de repetirlos. Pero

al fin (si las palabras de tal hermosura valen algo), me prometió

concederme su amor, si tú acertabas á conquistar el de su señora.

PÓRCIA.

¿Es verdad, Nerissa?

NERISSA.

Verdad es, señora, si no lo llevais á mal.

BASANIO.

¿Lo dices de véras, Graciano?

GRACIANO.

De véras, señor.

BASANIO.

Vuestro casamiento aumentará los regocijos del nuestro.

GRACIANO.

¡Pero quién viene! ¿Lorenzo y la judía? ¿y con ellos mi amigo, el

veneciano Salerio?

(_Salen Lorenzo, Jéssica y Salerio._)

BASANIO.

Con bien vengais á esta quinta, Lorenzo y Salerio, si es que mi recien

nacida felicidad me autoriza para saludaros en este lugar. ¿Me lo

permites, bellísima Pórcia?

PÓRCIA.

Y lo repito: bien venidos sean.

LORENZO.

Gracias por tanto favor. Mi intencion no era visitarte, pero Salerio, á

quien encontré en el camino, se empeñó tanto, que al cabo consentí en

acompañarle.

SALERIO.

Lo hice, es verdad, pero no sin razon, porque te traigo un recado del

señor Antonio. (_Le da una carta._)

BASANIO.

Antes de abrir esta carta, dime cómo se encuentra mi buen amigo.

SALERIO.

No está enfermo más que del alma; por su carta verás lo que padece.

GRACIANO.

Querido Salerio, dame la mano. ¿Qué noticias traes de Venecia? ¿Qué

hace el honrado mercader Antonio? ¡Cómo se alegrará al saber nuestra

dicha! Somos los Jasones que han encontrado el vellocino de oro.

SALERIO.

¡Ojalá hubierais encontrado el áureo vellocino, que él perdió en hora

aciaga!

PÓRCIA.

Malas nuevas debe traer la carta. Huye el color de las mejillas de

Basanio. Sin duda acaba de saber la muerte de un amigo muy querido,

porque ninguna otra mala noticia podria abatir un ánimo tan constante;

malo, malo. Perdóname, Basanio, pero soy la mitad de tu alma, y justo

es que me pertenezcan la mitad de las desgracias que anuncia ese pliego.

BASANIO.

¡Amada Pórcia! Leo en esta carta algunas de las frases más tristes que

se han escrito nunca sobre el papel. ¡Pórcia hermosísima!, cuando por

primera vez te confesé mi amor, no tuve reparo en decirte que yo no

tenia otra hacienda que la sangre de mis venas, pero que era noble y

bien nacido, y te dije la verdad. Pero así y todo hubo jactancia en mis

palabras, al decirte que mis bienes eran ningunos. Para ser enteramente

veraz, debí añadir que mi fortuna era menos que nada, porque la verdad

es que empeñé mi palabra á mi mejor amigo, dejándole expuesto á la

venganza del enemigo más cruel, implacable y sin entrañas: todo para

procurarme dineros. Esta carta me parece el cuerpo de mi amigo: cada

línea es á modo de una herida, que arroja la sangre á borbotones. Pero

¿es cierto, Salerio? ¿Todo, todo lo ha perdido? ¿Todos sus negocios

le han salido mal? ¿Ni en Trípoli, ni en Méjico, ni en Lisboa, ni en

Inglaterra, ni en la India, ni en Berberia, escapó ningun barco suyo de

esos escollos tan fatales al marino?

SALERIO.

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1] · 第 2 / 18 段