Señor Antonio, innumerables veces me habeis reprendido en el

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_; las

negritas, entre =signos de igual= y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la

grafía de mayor frecuencia. También se han respetado las

inconsistencias en la acentuación.

* Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración

e interrogación.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha normalizado la presentación de las indicaciones escénicas

sobre entradas y salidas de personajes.

* Tras consultar el original inglés, se han unificado las siguientes

denominaciones para un mismo personaje:

pp. 94 y 95: «Estéfano» y «Estéban» → «Estéfano»

pp. 144 a 149: «SICARIO» y «ASESINO» → «ASESINO»

pp. 193 y 194: «SÉTON» y «SITON» → «SÉTON»

* Además, se han introducido las siguientes modificaciones:

p. 49: se añade el encabezado «ESCENA PRIMERA.»

p. 170: «ESCENA XI.» → «ESCENA II.»

* Se añaden ilustraciones de adorno al final de aquellos actos que, en

el original impreso, carecen de ellas.

SHAKSPEARE.

ES PROPIEDAD.

DRAMAS

DE

GUILLERMO SHAKSPEARE.

EL MERCADER DE VENECIA.—MACBETH.—ROMEO Y JULIETA.—OTELO.

TRADUCCION DE

D. MARCELINO MENENDEZ PELAYO.

Catedrático de literatura en la Universidad central y Académico

de la Española.

_Dibujos y grabados al boj de los principales artistas alemanes._

[Ilustración]

_BARCELONA._

BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS».

_Administracion: Ausias March, 95._

1881.

[Ilustración]

TIPO-LIT. DE C. VERDAGUER. — BARCELONA.

[Ilustración]

ADVERTENCIA PRELIMINAR.

Sale á luz este primer tomo de la version de Shakspeare, sin la

biografía y juicio del autor que debian encabezarle. Ocupaciones y

tareas de todo género, falta de reposo, y áun obstáculos literarios que

fuera largo enumerar, nos hacen diferir para remate del último volúmen

lo que debió ir en el primero. Quizá con la tardanza resulte menos

imperfecto nuestro estudio.

En la traduccion he procurado, ante todo, conservar el sabor del

original, sin mengua de la energía, propiedad y concision de nuestra

lengua castellana. Muchas veces he sido más fiel al sentido que á las

palabras, creyendo interpretar así la mente de Shakspeare mejor que

aquellos traductores que crudamente reproducen hasta los ápices del

estilo del original, y las aberraciones contra el buen gusto, en que

á veces incurria el gran poeta. Como la gloria de Shakspeare, el más

grande de los dramáticos del mundo (aunque entren en cuenta Sófocles

y Calderon), no consiste en estas pueriles menudencias, sino en el

vigor y verdad de la expresion, y sobre todo en el maravilloso poder

de crear caractéres y fisonomías humanas, reales y vivas, que es entre

todas las facultades artísticas la que más acerca al hombre á su divino

Hacedor, pareceria mezquindad y falta de gusto entretenerse en recoger

las migajas de la mesa del gran poeta, cuando nos brindan en el centro

de ella los más sabrosos y fortificantes manjares. Mi traduccion no

es _literal_ ó _interlineal_, como puede hacerla quienquiera que

sepa inglés, con seguridad ó de no ser entendido ó de adormecer á

lectores españoles. Yo he querido hacer, bien ó mal, una traduccion

literaria, en que comprendiendo á mi modo los personajes de Shakspeare,

colocándome en las situaciones imaginadas por el gran poeta, y sin

omitir á sabiendas ninguno de sus pensamientos, ninguno de los matices

de pasion ó de frase, que esmaltan el diálogo, he procurado decir á

la española y en estilo de nuestro siglo lo que en inglés del siglo

XVI dijo el autor. No he añadido ni un vocablo de mi cosecha, ni creo

haber suprimido nada esencial, característico y bello. En conservar las

rudezas de expresion y las brutalidades de color he puesto especial

ahinco, como quiera que forman parte y muy esencial de la índole del

poeta. Algo he moderado el pródigo lujo de su expresion, sobre todo

cuando degenera en antítesis, conceptillos y _phebus_ extravagante.

Sírvame de disculpa el que lo mismo han hecho los alemanes que han

traducido á Calderon, y por análogas razones los extraños que sólo ven

en el gran poeta la alteza del pensamiento, y no la expresion casi

siempre falsa y desconcertada, ponen á Calderon sobre su cabeza mucho

más que los nuestros. Quizá me haya llevado demasiado lejos mi amor á

la sencillez, á la sobriedad y al nervio del estilo. Por si fuese así,

anticipadamente pido perdon, declarando que mi principal objeto ha

sido hacer una traduccion que pueda leerse seguida con facilidad y sin

tropiezo de notas y comentarios, en suma, popularizar á Shakspeare en

España.

De las cuatro obras dramáticas incluidas en este tomo hay excelentes

traducciones castellanas. El _Macbeth_ fué puesto en versos

castellanos, algo duros y parafrásticos, pero fidelísimos y robustos,

por D. José García de Villalta (que escribia el inglés con tanta

facilidad como el castellano), y _silbada_ estrepitosamente (para

vergüenza nuestra debe decirse, aunque muy bajo y de modo que no lo

oigan los extranjeros) por el público del teatro del Príncipe en 1835.

Despues le ha traducido con mayor fluidez y armonía D. Guillermo

Macpherson, á quien debemos otra elegante version de _Julieta y Romeo_.

Villalta publicó tambien un fragmento de _Otelo_, y así ésta como

el _Mercader de Venecia_ y _Julieta_ fueron bien interpretadas, con

ciertas escabrosidades de diccion pero con mucho sabor shaksperiano,

por el malogrado Jaime Clark. Tambien hemos oido aplaudir, aunque sin

llegar á verlas, las traducciones del Marques de Dos Hermanas.

De todas las demas nos hemos aprovechado en la interpretacion de

los pasajes difíciles, así como de la comparacion de algunos textos

ingleses y de varios comentadores.

_M. M. P._

EL MERCADER

DE VENECIA.

TRADUCCION

DE

D. M. MENENDEZ PELAYO.

Ilustracion de _Adolfo Schmitz_, grabados de _C. H. Schulze_.

PERSONAS DEL DRAMA.

EL DUX.

EL PRÍNCIPE DE MARRUECOS.}

EL PRÍNCIPE DE ARAGON. } Pretendientes de Pórcia.

ANTONIO, mercader de Venecia.

BASANIO, su amigo.

SALANIO. }

SALARINO. }

GRACIANO. } Amigos de Antonio.

SALERIO. }

LORENZO, amante de Jéssica.

SYLOCK, judío.

TÚBAL, otro judío, amigo suyo.

LANZAROTE GOBBO, criado de Sylock.

EL VIEJO GOBBO, padre de Lanzarote.

LEONARDO, criado de Basanio.

BALTASAR. }

ESTÉFANO. } Criados de Pórcia.

PÓRCIA, rica heredera.

NERISSA, doncella de Pórcia.

JÉSSICA, hija de Sylock.

SENADORES de Venecia, OFICIALES del Tribunal de Justicia,

CARCELEROS, CRIADOS y otros.

La escena es parte en Venecia, parte en Belmonte, quinta de Pórcia,

en el continente.

[Ilustración]

ACTO I.

ESCENA PRIMERA.

=Venecia.—Una calle.=

ANTONIO, SALARINO y SALANIO.

ANTONIO.

No entiendo la causa de mi tristeza. Á vosotros y á mí igualmente nos

fatiga, pero no sé cuándo ni dónde ni de qué manera la adquirí, ni de

qué orígen mana. Tanto se ha apoderado de mis sentidos la tristeza, que

ni áun acierto á conocerme á mí mismo.

SALARINO.

Tu mente vuela sobre el Océano, donde tus naves, con las velas

hinchadas, cual señoras ó ricas ciudadanas de las olas, dominan á los

pequeños traficantes, que cortésmente les saludan cuando las encuentran

en su rápida marcha.

SALANIO.

Créeme, señor: si yo tuviese confiada tanta parte de mi fortuna al

mar, nunca se alejaria de él mi pensamiento. Pasaria las horas en

arrancar el césped, para conocer de dónde sopla el viento; buscaria

continuamente en el mapa los puertos, los muelles y los escollos, y

todo objeto que pudiera traerme desventura me seria pesado y enojoso.

SALARINO.

Al soplar en el caldo, sentiria dolores de fiebre intermitente,

pensando que el soplo del viento puede embestir mi bajel. Cuando viera

bajar la arena en el reloj, pensaria en los bancos de arena en que mi

nave puede encallarse desde el tope á la quilla, como besando su propia

sepultura. Al ir á misa, los arcos de la iglesia me harian pensar en

los escollos donde puede dar de traves mi pobre barco, y perderse todo

su cargamento, sirviendo las especias orientales para endulzar las

olas, y mis sedas para engalanarlas. Creeria que en un momento iba

á desvanecerse mí fortuna. Sólo el pensamiento de que esto pudiera

suceder me pone triste. ¿No ha de estarlo Antonio?

ANTONIO.

No, porque gracias á Dios no va en esa nave toda mi fortuna, ni depende

mi esperanza de un solo puerto, ni mi hacienda de la fortuna de este

año. No nace del peligro de mis mercaderías mi cuidado.

SALANIO.

Luego, estás enamorado.

ANTONIO.

Calla, calla.

SALANIO.

¡Conque tampoco estás enamorado! Entonces diré que estás triste

porque no estás alegre, y lo mismo podias dar un brinco, y decir que

estabas alegre porque no estabas triste. Os juro por Jano el de dos

caras, amigos mios, que nuestra madre comun la Naturaleza se divirtió

en formar séres extravagantes. Hay hombres que al oir una estridente

gaita, cierran estúpidamente los ojos y sueltan la carcajada, y hay

otros que se están tan graves y sérios como niños, aunque les digas los

más graciosos chistes.

(_Salen Basanio, Lorenzo y Graciano._)

[Ilustración]

SALANIO.

Aquí vienen tu pariente Basanio, Graciano y Lorenzo. Bien venidos.

Ellos te harán buena compañía.

SALARINO.

No me iria hasta verte desenojado, pero ya que tan nobles amigos

vienen, con ellos te dejo.

ANTONIO.

Mucho os amo, creedlo. Cuando os vais, será porque os llama algun

negocio grave, y aprovechais este pretexto para separaros de mí.

SALARINO.

Adios, amigos mios.

BASANIO.

Señores, ¿cuándo estareis de buen humor? Os estais volviendo ágrios é

indigestos. ¿Y por qué?

SALARINO.

Adios: pronto quedaremos desocupados para serviros.

(_Vanse Salarino y Salanio._)

LORENZO.

Señor Basanio, te dejamos con Antonio. No olvides, á la hora de comer,

ir al sitio convenido.

BASANIO.

Sin falta.

GRACIANO.

Mala cara pones, Antonio. Mucho te apenan los cuidados del mundo. Caros

te saldrán sus placeres, ó no los gozarás nunca. Noto en tí cierto

cambio desagradable.

ANTONIO.

Graciano, el mundo me parece lo que es: un teatro, en que cada uno hace

su papel. El mio es bien triste.

GRACIANO.

El mio será el de gracioso. La risa y el placer disimularán las arrugas

de mi cara. Abráseme el vino las entrañas, antes que el dolor y el

llanto me hielen el corazon. ¿Por qué un hombre, que tiene sangre en

las venas, ha de ser como una estatua de su abuelo en mármol? ¿Por qué

dormir despiertos, y enfermar de capricho? Antonio, soy amigo tuyo.

Escúchame. Te hablo como se habla á un amigo. Hombres hay en el mundo

tan tétricos que sus rostros están siempre, como el agua del pantano,

cubiertos de espuma blanca, y quieren con la gravedad y el silencio

adquirir fama de doctos y prudentes, como quien dice: «Soy un oráculo.

¿Qué perro se atreverá á ladrar, cuando yo hablo?» Así conozco á

muchos, Antonio, que tienen reputacion de sabios por lo que se callan,

y de seguro que si despegasen los labios, los mismos que hoy los

ensalzan serian los primeros en llamarlos necios. Otra vez te diré más

sobre este asunto. No te empeñes en conquistar por tan triste manera

la fama que logran muchos tontos. Vámonos, Lorenzo. Adios. Despues de

comer, acabaré el sermon.

LORENZO.

En la mesa nos veremos. Me toca el papel de sabio mudo, ya que Graciano

no me deja hablar.

GRACIANO.

Si sigues un año más conmigo, desconocerás hasta el eco de tu voz.

ANTONIO.

Me haré charlatan, por complacerte.

GRACIANO.

Harás bien. El silencio sólo es oportuno en lenguas en conserva, ó en

boca de una doncella casta é indomable.

(_Vanse Graciano y Lorenzo._)

ANTONIO.

¡Vaya una locura!

BASANIO.

No hay en toda Venecia quien hable más disparatadamente que Graciano.

Apenas hay en toda su conversacion dos granos de trigo entre dos

fanegas de paja: menester es trabajar un dia entero para hallarlos, y

aún despues no compensan el trabajo de buscarlos.

ANTONIO.

Dime ahora, ¿quién es la dama, á cuyo altar juraste ir en devota

peregrinacion, y de quien has ofrecido hablarme?

BASANIO.

Antonio, bien sabes de qué manera he malbaratado mi hacienda en alardes

de lujo no proporcionados á mis escasas fuerzas. No me lamento de la

pérdida de esas comodidades. Mi empeño es sólo salir con honra de los

compromisos en que me ha puesto mi vida. Tú, Antonio, eres mi principal

acreedor en dineros y en amistad, y pues que tan de veras nos queremos,

voy á decirte mi plan para librarme de deudas.

ANTONIO.

Dímelo, Basanio: te lo suplico; y si tus propósitos fueren buenos

y honrados, como de fijo lo serán, siendo tuyos, pronto estoy á

sacrificar por tí mi hacienda, mi persona y cuanto valgo.

BASANIO.

Cuando yo era muchacho, y perdia el rastro de una flecha, para

encontrarla disparaba otra en igual direccion, y solia, aventurando

las dos, lograr entrambas. Pueril es el ejemplo, pero lo traigo para

muestra de lo candoroso de mi intencion. Te debo mucho, y quizá lo

hayas perdido sin remision; pero puede que si disparas con el mismo

rumbo otra flecha, acierte yo las dos, ó lo menos pueda devolverte la

segunda, agradeciéndote siempre el favor primero.

ANTONIO.

Basanio, me conoces y es perder el tiempo traer ejemplos, para

convencerme de lo que ya estoy persuadido. Todavía me desagradan

más tus dudas sobre lo sincero de mi amistad, que si perdieras y

malgastaras toda mi hacienda. Dime en qué puedo servirte, y lo haré con

todas veras.

BASANIO.

En Belmonte hay una rica heredera. Es hermosísima, y ademas un portento

de virtud. Sus ojos me han hablado, más de una vez, de amor. Se llama

Pórcia, y en nada es inferior á la hija de Caton, esposa de Bruto.

Todo el mundo conoce lo mucho que vale, y vienen de apartadas orillas

á pretender su mano. Los rizos, que cual áureo vellocino penden de su

sien, hacen de la quinta de Belmonte un nuevo Cólcos ambicionado por

muchos Jasones. ¡Oh, Antonio mio! Si yo tuviera medios para rivalizar

con cualquiera de ellos, tengo el presentimiento de que habia de salir

victorioso.

ANTONIO.

Ya sabes que tengo toda mi riqueza en el mar, y que hoy no puedo darte

una gran suma. Con todo eso, recorre las casas de comercio de Venecia;

empeña tú mi crédito hasta donde alcance. Todo lo aventuraré por tí:

no habrá piedra que yo no mueva, para que puedas ir á la quinta de

tu amada. Vé, infórmate de dónde hay dinero. Yo haré lo mismo y sin

tardar. Malo será que por amistad ó por fianza no logremos algo.

ESCENA II.

=Belmonte.—Gabinete en la quinta de Pórcia.=

PÓRCIA y NERISSA.

PÓRCIA.

Por cierto, amiga Nerissa, que mi pequeño cuerpo está ya bien harto de

este inmenso mundo.

NERISSA.

Eso fuera, señora, si tus desgracias fueran tantas y tan prolijas como

tus dichas. No obstante, tanto se padece por exceso de goces como por

defecto. No es poca dicha atinar con el justo medio. Lo superfluo cria

muy pronto canas. Por el contrario la moderacion es fuente de larga

vida.

PÓRCIA.

Sanos consejos, y muy bien expresados.

NERISSA.

Mejores fueran, si álguien los siguiese.

PÓRCIA.

Si fuera tan fácil hacer lo que se debe, como conocerlo, las ermitas

serian catedrales, y palacios las cabañas. El mejor predicador es el

que, no contento con decantar la virtud, la practica. Mejor podria yo

enseñársela á veinte personas, que ser yo una de las veinte y ponerla

en ejecucion. Bien inventa el cerebro leyes para refrenar la sangre,

pero el calor de la juventud salta por las redes que le tiende la

prudencia, fatigosa anciana. Pero si discurro de esta manera, nunca

llegaré á casarme. Ni podré elegir á quien me guste ni rechazar á quien

me enoje: tanto me sujeta la voluntad de mi difunto padre.

NERISSA.

Tu padre era un santo, y los santos suelen acertar, como inspirados,

en sus postreras voluntades. Puedes creer que sólo quien merezca tu

amor acertará ese juego de las tres cajas de oro, plata y plomo, que él

imaginó, para que obtuviese tu mano el que diera con el secreto. Pero,

dime, ¿no te empalagan todos esos príncipes que aspiran á tu mano?

PÓRCIA.

Véte nombrándolos, yo los juzgaré. Por mi juicio podrás conocer el

cariño que les tengo.

NERISSA.

Primero, el príncipe napolitano.

PÓRCIA.

No hace más que hablar de su caballo, y cifra todo su orgullo en saber

herrarlo por su mano. ¿Quién sabe si su madre se encapricharia de algun

herrador?

NERISSA.

Luego viene el conde Palatino.

PÓRCIA.

Que está siempre frunciendo el ceño, como quien dice: «Si no me

quieres, busca otro mejor.» No hay chiste que baste á distraerle. Mucho

me temo que quien tan femenilmente triste se muestra en su juventud,

llegue á la vejez convertido en filósofo melancólico. Mejor me casaría

con una calavera que con ninguno de esos. ¡Dios me libre!

NERISSA.

¿Y el caballero francés, Le Bon?

PÓRCIA.

Será hombre, pero sólo porque es criatura de Dios. Malo es burlarse del

prójimo, pero de éste... Su caballo es mejor que el del napolitano, y

su ceño todavía más arrugado que el del Palatino. Junta los defectos de

uno y otro, y á todo esto añade un cuerpo que no es de hombre. Salta en

oyendo cantar un mirlo, y se pelea hasta con su sombra. Casarse con él,

seria casarse con veinte maridos. Le perdonaria si me aborreciese, pero

nunca podria yo amarle.

[Ilustración]

NERISSA.

¿Y Falconbridge, el jóven baron inglés?

PÓRCIA.

Nunca hablo con él, porque no nos entendemos. Ignora el latin, el

francés y el italiano. Yo, puedes jurar que no sé una palabra de

inglés. No tiene mala figura, pero ¿quién ha de hablar con una estatua?

¡Y qué traje más extravagante el suyo! Ropilla de Italia, calzas de

Francia, gorra de Alemania, y modales de todos lados.

NERISSA.

¿Y su vecino, el lord escocés?

PÓRCIA.

Buen vecino. Tomó una bofetada del inglés, y juró devolvérsela. El

francés dió fianza con otro bofeton.

NERISSA.

¿Y el jóven aleman, sobrino del duque de Sajonia?

PÓRCIA.

Mal cuando está en ayunas, y peor despues de la borrachera. Antes

parece menos que hombre, y despues más que bestia. Lo que es con ése,

no cuento.

NERISSA.

Si él fuera quien acertase el secreto de la caja, tendrias que casarte

con él, por cumplir la voluntad de tu padre.

PÓRCIA.

Lo evitarás, metiendo en la otra caja una copa de vino del Rhin: no

dudes que, andando el demonio en ello, la preferirá. Cualquier cosa,

Nerissa, antes que casarme con esa esponja.

NERISSA.

Señora, paréceme que no tienes que temer á ninguno de esos

encantadores. Todos ellos me han dicho que se vuelven á sus casas, y no

piensan importunarte más con sus galanterías, si no hay otro medio de

conquistar tu mano que el de la cajita dispuesta por tu padre.

PÓRCIA.

Aunque viviera yo más años que la Sibila, me moriria tan vírgen como

Diana, antes que faltar al testamento de mi padre. En cuanto á esos

amantes, me alegro de su buena resolucion, porque no hay entre ellos

uno solo cuya presencia me sea agradable. Dios les depare buen viaje.

NERISSA.

¿Te acuerdas, señora, de un veneciano docto en letras y armas que,

viviendo tu padre, vino aquí con el marqués de Montferrato?

PÓRCIA.

Sí. Pienso que se llamaba Basanio.

NERISSA.

Es verdad. Y de cuantos hombres he visto, no recuerdo ninguno tan digno

del amor de una dama como Basanio.

PÓRCIA.

Mucho me acuerdo de él, y de que merecia bien tus elogios.

(_Sale un criado._)

¿Qué hay de nuevo?

EL CRIADO.

Los cuatro pretendientes vienen á despedirse de vos, señora, y un

correo anuncia la llegada del príncipe de Marruecos que viene esta

noche.

PÓRCIA.

¡Ojalá pudiera dar la bienvenida al nuevo, con el mismo gusto con que

despido á los otros! Pero si tiene el gesto de un demonio, aunque tenga

el carácter de un ángel, más quisiera confesarme que casar con él. Ven

conmigo, Nerissa. Y tú, delante (_al criado_). Apenas hemos cerrado la

puerta á un amante, cuando otro llama.

ESCENA III.

=Plaza en Venecia.=

BASANIO y SYLOCK.

SYLOCK.

Tres mil ducados. Está bien.

BASANIO.

Si, por tres meses.

SYLOCK.

Bien, por tres meses.

BASANIO.

Fiador Antonio.

SYLOCK.

Antonio fiador. Está bien.

BASANIO.

¿Podeis darme esa suma? Necesito pronto contestacion.

SYLOCK.

Tres mil ducados por tres meses: fiador Antonio.

BASANIO.

¿Y qué decis á eso?

SYLOCK.

Antonio es hombre honrado.

BASANIO.

¿Y qué motivos tienes para dudarlo?

SYLOCK.

No, no: motivo ninguno: quiero decir que es buen pagador, pero tiene

muy en peligro su caudal. Un barco para Trípoli, otro para las Indias.

Ahora me acaban de decir en el puente de Rialto, que prepara un navío

para Méjico y otro para Inglaterra. Así tiene sus negocios y capital

esparcidos por el mundo. Pero, al fin, los barcos son tablas y los

marineros hombres. Hay ratas de tierra y ratas de mar, ladrones y

corsarios, y ademas vientos, olas y bajíos. Pero repito que es buen

pagador. Tres mil ducados... creo que aceptaré la fianza.

BASANIO.

Puedes aceptarla con toda seguridad.

SYLOCK.

¿Por qué? Lo pensaré bien. ¿Podré hablar con él mismo?

BASANIO.

Vente á comer con nosotros.

SYLOCK.

No, para no llenarme de tocino. Nunca comeré en casa donde vuestro

profeta, el Nazareno, haya introducido sus diabólicos sortilegios.

Compraré vuestros géneros: me pasearé con vosotros; pero comer, beber y

orar... ni por pienso. ¿Qué se dice en Rialto? ¿Quién es éste?

(_Sale Antonio._)

BASANIO.

El señor Antonio.

SYLOCK.

(_Aparte._) Tiene aire de publicano. Le aborrezco porque es cristiano,

y ademas por el necio alarde que hace de prestar dinero sin interes,

con lo cual está arruinando la usura en Venecia. Si alguna vez cae en

mis manos, yo saciaré en él todos mis odios. Sé que es grande enemigo

de nuestra santa nacion, y en las reuniones de los mercaderes me llena

de insultos, llamando vil usura á mis honrados tratos. ¡Por vida de mi

tribu, que no le he de perdonar!

BASANIO.

¿Oyes, Sylock?

SYLOCK.

Pensaba en el dinero que me queda, y ahora caigo en que no puedo reunir

de pronto los tres mil ducados. Pero ¿qué importa? Ya me los prestará

Túbal, un judío muy rico de mi tribu. ¿Y por cuántos meses quieres ese

dinero? Dios te guarde, Antonio. Hablando de tí estábamos.

ANTONIO.

Aunque no soy usurero, y ni presto ni pido prestado, esta vez quebranto

mi propósito, por servir á un amigo. Basanio, ¿has dicho á Sylock lo

que necesitas?

SYLOCK.

Lo sé: tres mil ducados.

ANTONIO.

Por tres meses.

SYLOCK.

Ya no me acordaba. Es verdad... Por tres meses... Pero antes decias que

no prestabas á usura ni pedias prestado.

ANTONIO.

Sí que lo dije.

SYLOCK.

Cuando Jacob apacentaba los rebaños de Laban... Ya sabes que Jacob,

gracias á la astucia de su madre, fué el tercer poseedor despues de

Abraham... Sí, el tercero.

ANTONIO.

¿Y Jacob prestaba dinero á usura?

SYLOCK.

No precisamente como nosotros, pero fíjate en lo que hizo. Pactó con

Laban que le diese como salario todos los corderos manchados de vario

color que nacieran en el hato. Llegó el otoño, y las ovejas fueron en

busca de los corderos. Y cuando iban á ayuntarse los lanudos amantes,

el astuto pastor puso unas varas delante de las ovejas, y al tiempo de

la cria todos los corderos nacieron manchados, y fueron de Jacob. Este

fué su lucro y usura, y por él le bendijo el cielo, que bendice siempre

el lucro honesto, aunque maldiga el robo.

ANTONIO.

Eso fué un milagro que no dependia de su voluntad sino de la del cielo,

y Jacob se expuso al riesgo. ¿Quieres con tan santo ejemplo canonizar

tu abominable trato? ¿ó son ovejas y corderos tu plata y tu oro?

SYLOCK.

No sé, pero procrean como si lo fueran.

ANTONIO.

Atiende, Basanio. El mismo demonio, para disculpar sus maldades, cita

ejemplos de la Escritura. El espíritu infame, que invoca el testimonio

de las santas leyes, se parece á un malvado de apacible rostro ó á una

hermosa fruta comida de gusanos.

SYLOCK.

Tres mil ducados... Cantidad alzada, y por tres meses... Suma la

ganancia...

ANTONIO.

¿Admitís el trato: si ó no, Sylock?

SYLOCK.

Señor Antonio, innumerables veces me habeis reprendido en el puente

de Rialto por mis préstamos y usuras, y siempre lo he llevado con

paciencia, y he doblado la cabeza, porque ya se sabe que el sufrimiento

es virtud de nuestro linaje. Me has llamado infiel y perro: y todo esto

sólo por tu capricho, y porque saco el jugo á mi hacienda, como es mi

derecho. Ahora me necesitas, y vienes diciendo: «Sylock, dame dineros.»

Y esto me lo dice quien derramó su saliva en mi barba, quien me empujó

con el pié como á un perro vagabundo que entra en casa extraña. ¿Y yo

qué debia responderte ahora? «No: ¿un perro cómo ha de tener hacienda

ni dinero? ¿Cómo ha de poder prestar tres mil ducados?» ó te diré en

actitud humilde y con voz de siervo: «Señor, ayer te plugo escupirme al

rostro: otro dia me diste un puntapié y me llamaste perro, y ahora, en

pago de todas estas cortesías, te voy á prestar dinero.»

ANTONIO.

Volveré á insultarte, á odiarte y á escupirte á la cara. Y si me

prestas ese dinero, no me lo prestes como amigo, que si lo fueras, no

pedirias ruin usura por un metal estéril é infecundo. Préstalo, como

quien presta á su enemigo, de quien puede vengarse á su sabor si falta

al contrato.

SYLOCK.

¡Y qué enojado estais! ¿Y yo que queria granjear vuestra amistad,

olvidando las afrentas de que me habeis colmado? Pienso prestaros mi

dinero sin interes alguno. Ya veis que el ofrecimiento no puede ser

más generoso.

ANTONIO.

Así parece.

SYLOCK.

Venid á casa de un escribano, donde firmaréis un recibo prometiendo que

si para tal dia no habeis pagado, entregaréis en cambio una libra justa

de vuestra carne, cortada por mí del sitio de vuestro cuerpo que mejor

me pareciere.

ANTONIO.

Me agrada el trato: le firmaré, y diré que por fin he encontrado un

judío generoso.

BASANIO.

No firmarás, en ventaja mia, esa escritura; prefiero no salir nunca de

mi desesperacion.

ANTONIO.

No temas que llegue el caso de cumplir semejante escritura. Dentro de

dos meses, uno antes de espirar el plazo, habré reunido diez veces más

de esa suma.

SYLOCK.

¡Oh, padre Abraham! ¡Qué mala gente son los cristianos! Miden á todos

los demas con la vara de su mala intencion. Decidme: si Antonio dejara

de pagarme en el plazo convenido, ¿qué adelantaba yo con exigirle que

cumpliera el contrato? Despues de todo, una libra de carne humana vale

menos que una de buey, carnero ó cabra. Creedme, que si propongo tal

condicion, es sólo por ganarme su voluntad. Si os agrada, bien: si no,

no me maltrates, siquiera por la buena amistad que te muestro.

ANTONIO.

Cierro el trato y doy la fianza.

SYLOCK.

Pronto, á casa del notario. Dictad ese chistoso documento. Yo buscaré

el dinero, pasaré por mi casa, que está mal guardada por un holgazán

inútil, y en seguida soy con vosotros.

(_Se va._)

ANTONIO.

Véte con Dios, buen judío. Este se va á volver cristiano. Me pasma su

generosidad.

BASANIO.

Sospechosas se me antojan frases tan dulces en boca de semejante

malvado.

ANTONIO.

No temas. El plazo es bastante largo, para que vuelvan mis navíos antes

de cumplirse.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO II.

ESCENA PRIMERA.

=Sala en la quinta de Pórcia.=

Salen el PRÍNCIPE DE MARRUECOS y su servidumbre: PÓRCIA, NERISSA y sus

doncellas.

EL PRÍNCIPE.

No os enoje, bella Pórcia, mi color moreno, hijo del sol ardiente bajo

el cual nací. Pero venga el más rubio de los hijos del frio Norte, cuyo

hielo no deshace el mismo Apolo: y ábranse juntamente, en presencia

vuestra, las venas de uno y otro, á ver cuál de los dos tiene más roja

la sangre. Señora, mi rostro ha atemorizado á los más valientes, y

juro por el amor que os tengo que han suspirado por él las doncellas

más hermosas de mi tierra. Sólo por complaceros, dulce señora mia,

consintiera yo en mudar de semblante.

PÓRCIA.

No es sólo capricho femenil quien me aconseja y determina: mi eleccion

no depende de mi albedrío. Pero si mi padre no me hubiera impuesto

una condicion y un freno, mandándome que tomase por esposo á quien

acertara el secreto que os dije, tened por seguro, ilustre príncipe,

que os juzgaria tan digno de mi mano como á cualquier otro de los que

la pretenden.

[Ilustración]

EL PRÍNCIPE.

Mucho os lo agradece mi corazon. Mostradme las cajas: probemos el

dudoso empeño. ¡Juro, señora, por mi alfanje, matador del gran Sofí y

del príncipe de Persia, y vencedor en tres batallas campales de todo

el poder del gran Soliman de Turquía, que con el relámpago de mis ojos

haré bajar la vista al hombre más esforzado, desafiaré á mortífera lid

al de más aliento, arrancaré á la osa ó á la leona sus cachorros, sólo

por lograr vuestro amor! Pero ¡ay! si el volver de los dados hubiera

de decidir la rivalidad entre Alcides y Licas, quizá el fallo de la

voluble diosa seria favorable al de menos valer, y Alcides quedaria

siervo del débil garzon. Por eso es fácil que, entregada mi suerte á

la fortuna, venga yo á perder el premio, y lo alcance otro rival que lo

merezca mucho menos.

PÓRCIA.

Necesario es sujetarse á la decision de la suerte. O renunciad á entrar

en la prueba, ó jurad antes que no dareis la mano á otra mujer alguna

si no salis airoso del certámen.

EL PRÍNCIPE.

Lo juro. Probemos la ventura.

PÓRCIA.

Ahora á la iglesia, y luego al festin. Despues entrareis en la dudosa

cueva. Vamos.

EL PRÍNCIPE.

¿Qué me dará la fortuna: eterna felicidad ó triste muerte?

ESCENA II.

=Una calle de Venecia.=

Sale LANZAROTE GOBBO.

LANZAROTE.

¿Por qué ha de remorderme la conciencia cuando escapo de casa de mi amo

el judío? Viene detras de mí el diablo gritándome: «Gobbo, Lanzarote

Gobbo, buen Lanzarote, ó buen Lanzarote Gobbo, huye, corre á toda

prisa.» Pero la conciencia me responde: «No, buen Lanzarote, Lanzarote

Gobbo, ó buen Lanzarote Gobbo, no huyas, no corras, no te escapes;» y

prosigue el demonio con más fuerza: «Huye, corre, aguija, ten ánimo,

no te detengas.» Y mi conciencia echa un nudo á mi corazon, y con

prudencia me replica: «Buen Lanzarote, amigo mio, eres hijo de un

hombre de bien...» ó más bien, de una mujer de bien, porque mi padre

fué algo inclinado á lo ajeno. É insiste la conciencia: «Detente,

Lanzarote.» Y el demonio me repite: «Escapa.» La conciencia: «No lo

hagas.» Y yo respondo: «Conciencia, ¡son buenos tus consejos!...

Diablo, tambien los tuyos lo son.» Si yo hiciera caso de la conciencia,

me quedaria con mi amo el judío, que es, despues de todo, un demonio.

¿Qué gano en tomar por señor á un diablo en vez de otro? Mala debe de

ser mi conciencia, pues me dice que guarde fidelidad al judío. Mejor me

parece el consejo del demonio. Ya te obedezco y echo á correr.

(_Sale el viejo Gobbo._)

GOBBO.

Decidme, caballero: ¿por dónde voy bien á casa del judío?

LANZAROTE.

Es mi padre en persona; pero como es corto de vista más que un topo, no

me distingue. Voy á darle una broma.

GOBBO.

Decidme, jóven, ¿dónde es la casa del judío?

LANZAROTE.

Torced primero á la derecha: luego á la izquierda: tomad la callejuela

siguiente, dad la vuelta, y luego torciendo el camino, topareis la casa

del judío.

GOBBO.

Á fe mia, que son buenas señas. Difícil ha de ser atinar con el camino.

¿Y sabeis si vive todavía con él un tal Lanzarote?

[Ilustración]

LANZAROTE.

Ah sí, Lanzarote, ¿un caballero jóven? ¿Hablais de ese?

GOBBO.

Aquel de quien yo hablo no es caballero, sino hijo de humilde padre,

pobre aunque muy honrado, y con buena salud á Dios gracias.

LANZAROTE.

Su padre será lo que quiera, pero ahora tratamos del caballero

Lanzarote.

GOBBO.

No es caballero, sino muy servidor vuestro, y yo tambien.

LANZAROTE.

_Ergo_, oidme por Dios, venerable anciano.... _ergo_ hablais del jóven

Lanzarote.

GOBBO.

De Lanzarote sin caballero, por más que os empeñeis, señor.

LANZAROTE.

Pues sí, del caballero Lanzarote. Ahora bien, no pregunteis por ese

jóven caballero, porque en realidad de verdad, el hado, la fortuna ó

las tres inexorables Parcas le han quitado de en medio, ó dicho en

términos más vulgares, ha muerto.

GOBBO.

¡Dios mio! ¡Qué horror! Ese niño que era la esperanza y el consuelo de

mi vejez.

LANZAROTE.

¿Acaso tendré yo cara de báculo, arrimo ó cayado? ¿No me conoces, padre?

GOBBO.

¡Ay de mí! ¿qué he de conoceros, señor mio? Pero decidme con verdad qué

es de mi hijo, si vive ó ha muerto.

LANZAROTE.

Padre, ¿pero no me conoces?

GOBBO.

No, caballero; soy corto de vista: perdonad.

LANZAROTE.

Y aunque tuvieras buena vista, trabajo te habia de costar conocerme,

que nada hay más difícil para un padre que conocer á su verdadero

hijo. Pero en fin, yo os daré noticias del pobre viejo. (_Se pone de

rodillas._) Dame tu bendicion: siempre acaba por descubrirse la verdad.

GOBBO.

Levantaos, caballero. ¿Qué teneis que ver con mi hijo Lanzarote?

LANZAROTE.

No más simplezas: dame tu bendicion. Soy Lanzarote, tu hijo, un pedazo

de tus entrañas.

GOBBO.

No creo que seas mi hijo.

LANZAROTE.

Eso vos lo sabeis, aunque no sé qué pensar; pero en fin, conste que soy

Lanzarote, criado del judío, y que mi madre se llama Margarita, y es tu

mujer.

GOBBO.

Tienes razon: Margarita se llama. Luego, si eres Lanzarote, estoy

seguro de que eres mi hijo. ¡Pero qué barbas, más crecidas que las

cerdas de la cola de mi rocin! ¡Y qué semblante tan diferente tienes!

¿Qué tal lo pasas con tu amo? Llevo por él un regalo.

LANZAROTE.

No está mal. Pero yo no pararé de correr hasta verme en salvo. No hay

judío más judío que mi amo. Una cuerda para ahorcarle, y ni un regalo

merece. Me mata de hambre. Dame ese regalo, y se lo llevaré al señor

Basanio. ¡Ese sí que da flamantes y lucidas libreas! Si no me admite

de criado suyo, seguiré corriendo hasta el fin de la tierra. Pero

¡felicidad nunca soñada! aquí está el mismísimo Basanio. Con él me voy,

que antes de volver á servir al judío, me haria judío yo mismo.

(_Salen Basanio, Leonardo y otros._)

BASANIO.

Haced lo que tengais que hacer, pero apresuraos: la cena para las

cinco. Llevad á su destino estas cartas, apercibid las libreas. A

Graciano, que vaya luego á verme á mi casa.

(_Se va un criado._)

LANZAROTE.

Padre, acerquémonos á él.

GOBBO.

Buenas tardes, señor.

BASANIO.

Buenas. ¿Qué se os ofrece?

GOBBO.

Señor, os presento á mi hijo, un pobre muchacho.

LANZAROTE.

Nada de eso, señor: no es un pobre muchacho, sino criado de un judío

opulentísimo, y ya os explicará mi padre cuáles son mis deseos.

GOBBO.

Tiene un empeño loco en serviros.

LANZAROTE.

Dos palabras: sirvo al judío.... y yo quisiera.... mi padre os lo

explicará.

GOBBO.

Su amo y él (perdonad, señor, si os molesto) no se llevan muy bien que

digamos.

LANZAROTE.

Lo cierto es que el judío me ha tratado bastante mal, y esto me ha

obligado... pero mi padre que es un viejo prudente y honrado, os lo

dirá.

GOBBO.

En esta cestilla hay un par de pichones, que quisiera regalar á vuestra

señoría. Y pretendo...

LANZAROTE.

Dos palabras: lo que va á decir es impertinente al asunto.... El, al

fin, es un pobre hombre, aunque sea mi padre.

BASANIO.

Hable uno solo, y entendámonos. ¿Qué quereis?

LANZAROTE.

Serviros, caballero.

GOBBO.

Ahí está, señor, todo el intríngulis del negocio.

BASANIO.

Ya te conozco, y te admito á mi servicio. Tu amo Sylock te recomendó á

mi hace poco, y no tengas esto por favor, que nada ganas en pasar de la

casa de un hebreo opulentísimo á la de un arruinado caballero.

LANZAROTE.

Bien dice el refran: mi amo tiene la hacienda, pero vuestra señoría la

gracia de Dios.

BASANIO.

No has hablado mal. Véte con tu padre: dí adios á Sylock, pregunta las

señas de mi casa. (_Á los criados._) Ponedle una librea algo mejor que

las otras. Pronto.

LANZAROTE.

Vámonos, padre. ¿Y dirán que no sé abrirme camino, y que no tengo lindo

entendimiento? ¿Á qué no hay otro en toda Italia que tenga en la palma

de la mano rayas tan seguras y de buen agüero como estas? (_Mirándose

las manos._) ¡Pues no son pocas las mujeres que me están reservadas!

Quince nada menos: once viudas y nueve doncellas... bastante para un

hombre solo. Y ademas sé que he de estar tres veces en peligros de

ahogarme y que he de salir bien las tres, y que estaré á punto de

romperme la cabeza contra una cama. ¡Pues no es poca fortuna! Dicen

que es diosa muy inconsecuente, pero lo que es conmigo, bien amiga se

muestra.

(_Vanse Lanzarote y Gobbo._)

BASANIO.

No olvides mis encargos, Leonardo amigo. Compra todo lo que te

encargué, ponlo como te dije, y vuelve en seguida para asistir al

banquete con que esta noche obsequio á mis íntimos. Adios, no tardes.

LEONARDO.

No tardaré.

(_Sale Graciano._)

GRACIANO.

¿Dónde está tu amo?

LEONARDO.

Allí está patente.

GRACIANO.

¡Señor Basanio!

BASANIO.

¿Qué me quereis, Graciano?

GRACIANO.

Tengo que dirigiros un ruego.

BASANIO.

Tenle por bien acogido.

GRACIANO.

Permíteme acompañarte á Belmonte.

BASANIO.

Vente, si es forzoso y te empeñas. Pero á la verdad, tú, Graciano,

eres caprichoso, mordaz y libre en tus palabras: defectos que no lo

son á los ojos de tus amigos, y que están en tu modo de ser, pero que

ofenden mucho á los extraños, porque no conocen tu buena índole. Echa

una pequeña dósis de cordura en tu buen humor: no sea que parezca mal

en Belmonte, y vayas á comprometerme y á echar por tierra mi esperanza.

GRACIANO.

Basanio, oye: si no tengo prudencia, si no hablo con recato,

limitándome á maldecir alguna que otra vez aparte; si no llevo, con

aire mojigato, un libro de devocion en la mano ó el bolsillo: si al

dar gracias despues de comer, no me echo el sombrero sobre los ojos,

y digo con voz sumisa: «amen»: si no cumplo, en fin, todas las reglas

de urbanidad, como quien aprende un papel para dar gusto á su abuela,

consentiré en perder tu aprecio y tu cariño.

BASANIO.

Allá veremos.

GRACIANO.

Pero no te fies de lo que haga esta noche, porque es un caso

excepcional.

BASANIO.

Nada de eso: haz lo que quieras. Al contrario, esta noche conviene que

alardees de ingenio más que nunca, porque mis comensales serán alegres

y regocijados. Adios: mis ocupaciones me llaman á otra parte.

GRACIANO.

Voy á buscar á Lorenzo y á los otros amigos. Nos veremos en la cena.

ESCENA III.

=Habitacion en casa de Sylock.=

JÉSSICA y LANZAROTE.

JÉSSICA.

¡Lástima que te vayas de esta casa, que sin tí es un infierno! Tú, á

lo menos, con tu diabólica travesura la animabas algo. Toma un ducado.

Procura ver pronto á Lorenzo. Te será fácil, porque esta noche come con

tu amo. Entrégale esta carta con todo secreto. Adios. No quiero que mi

padre nos vea.

LANZAROTE.

¡Adios! Mi lengua calla, pero hablan mis lágrimas. Adios, hermosa

judía, dulcísima gentil. Mucho me temo que algun buen cristiano venga

á perder su alma por tí. Adios. Mi ánimo flaquea. No quiero detenerme

más, adios.

JÉSSICA.

Con bien vayas, amigo Lanzarote.

(_Se va Lanzarote._)

¡Pobre de mí! ¿qué crímen habré cometido? Me avergüenzo de tener tal

padre, y eso que sólo soy suya por la sangre, no por la fe ni por

las costumbres. Adios, Lorenzo, guárdame fidelidad, cumple lo que

prometiste, y te juro que seré cristiana y amante esposa tuya.

ESCENA IV.

=Una calle de Venecia.=

GRACIANO, LORENZO, SALARINO y SALANIO.

LORENZO.

Dejaremos el banquete sin ser notados: nos disfrazaremos en mi casa,

volveremos dentro de una hora.

GRACIANO.

Mal lo hemos arreglado.

SALARINO.

Todavía no tenemos preparadas las hachas.

SALANIO.

Para no hacerlo bien, vale más no intentarlo.

LORENZO.

No son más que las tres. Hasta las seis sobra tiempo para todo.

(_Sale Lanzarote._)

¿Qué noticias traes, Lanzarote?

LANZAROTE.

Si abris esta carta, ella misma os lo dirá.

LORENZO.

Bien conozco la letra, y la mano más blanca que el papel en que ha

escrito mi ventura.

GRACIANO.

Será carta de amores.

LANZAROTE.

Me iré, con vuestro permiso.

LORENZO.

¿Á dónde vas?

LANZAROTE.

Á convidar al judío, mi antiguo amo, á que cene esta noche con mi nuevo

amo, el cristiano.

LORENZO.

Aguarda. Toma. Dí á Jéssica muy en secreto, que no faltaré.

(_Se va Lanzarote._)

Amigos, ha llegado la hora de disfrazarnos para esta noche. Por mi

parte, ya tengo paje de antorcha.

SALARINO.

Yo buscaré el mio.

SALANIO.

Y yo.

LORENZO.

Nos reuniremos en casa de Graciano dentro de una hora.

SALARINO.

Allá iremos.

(_Vanse Salarino y Salanio._)

GRACIANO.

Dime por favor. ¿Esa carta no es de la hermosa judía?

LORENZO.

Tengo forzosamente que confesarte mi secreto. Suya es la carta, y en

ella me dice que está dispuesta á huir conmigo de casa de su padre,

disfrazada de paje. Me dice tambien la cantidad de oro y joyas que

tiene. Si ese judío llega á salvarse, será por la virtud de su hermosa

hija, tan hermosa como desgraciada por tener de padre á tan vil hebreo.

Ven, y te leeré la carta de la bella judía. Ella será mi paje de hacha.

ESCENA V.

=Calle donde vive Sylock.=

Salen SYLOCK y LANZAROTE.

SYLOCK.

Ya verás, ya, la diferencia que hay de ese Basanio al judío.—Sal,

Jéssica.—Por cierto que en su casa no devorarás como en la mia, porque

tiene poco.—Sal, hija.—Ni te estarás todo el dia durmiendo, ni tendrás

cada mes un vestido nuevo.—Jéssica, ven, ¿cómo te lo he de decir?

LANZAROTE.

Sal, señora Jéssica.

SYLOCK.

¿Quién te manda llamar?

LANZAROTE.

Siempre me habiais reñido, por no hacer yo las cosas hasta que me las

mandaban.

(_Sale Jéssica._)

JÉSSICA.

Padre, ¿me llamabais? ¿qué me quereis?

SYLOCK.

Hija, estoy convidado á comer fuera de casa. Aquí tienes las llaves.

Pero ¿por qué iré á ese convite? Cierto que no me convidan por

amor. Será por adulacion. Pero no importa, iré, aunque sólo sea por

aborrecimiento á los cristianos, y comeré á su costa. Hija, ten cuidado

con la casa. Estoy muy inquieto. Algun daño me amenaza. Anoche soñé con

bolsas de oro.

LANZAROTE.

No falteis, señor. Mi amo os espera.

SYLOCK.

Y yo tambien á él.

LANZAROTE.

Y tienen un plan. No os diré con seguridad que vereis una funcion de

máscaras, pero puede que la veais.

[Ilustración: _Sylock y su hija._]

SYLOCK.

¿Funcion de máscaras? Oye, Jéssica. Echa la llave á todas las puertas,

y si oyes ruido de tambores ó de clarines, no te pongas á la

ventana, ni saques la cabeza á la calle, para ver esas profanidades

de los cristianos que se untan los rostros de mil maneras. Tapa, en

seguida, todos los oidos de mi casa: quiero decir, las ventanas, para

que no penetre aquí ni áun el ruido de semejante bacanal. Te juro por

el cayado de Jacob, que no tengo ninguna gana de bullicios. Iré, con

todo eso, al convite. Tú delante para anunciarme.

LANZAROTE.

Así lo haré. (_Aparte á Jéssica._) Dulce señora mia, no dejes de

asomarte á la ventana, pues pasará un cristiano que bien te merece.

SYLOCK.

¿Qué dirá entre dientes ese malvado descendiente de Agar?

JÉSSICA.

No dijo más que adios.

SYLOCK.

En el fondo no es malo, pero es perezoso y comilon, y duerme de dia más

que un gato montes. No quiero zánganos en mi colmena. Por eso me alegro

de que se vaya, y busque otro amo, á quien ayude á gastar en pocos dias

su improvisada fortuna. Vé dentro, hija mia. Quizá pueda yo volver

pronto. No olvides lo que te he mandado. Cierra puertas y ventanas, que

nunca está más segura la joya que cuando bien se guarda: máxima que no

debe olvidar ningun hombre honrado.

(_Vase._)

JÉSSICA.

Mala ha de ser del todo mi fortuna para que pronto no nos encontremos

yo sin padre y tú sin hija.

(_Se va._)

ESCENA VI.

GRACIANO y SALARINO, de máscara.

GRACIANO.

Á la sombra de esta pared nos ha de encontrar Lorenzo.

SALARINO.

Ya es la hora de la cita. Mucho me admira que tarde.

GRACIANO.

Sí, porque el alma enamorada cuenta las horas con más presteza que el

reloj.

SALARINO.

Las palomas de Vénus vuelan con ligereza diez veces mayor cuando van á

jurar un nuevo amor, que cuando acuden á mantener la fe jurada.

GRACIANO.

Necesario es que así suceda. Nadie se levanta de la mesa del festin

con el mismo apetito que cuando se sentó á ella. ¿Qué caballo muestra

al fin de la rápida carrera el mismo vigor que al principio? Así son

todas las cosas. Más placer se encuentra en el primer instante de la

dicha que despues. La nave es en todo semejante al hijo pródigo. Sale

altanera del puerto nativo, coronada de alegres banderolas, acariciada

por los vientos, y luego torna con el casco roto y las velas hechas

pedazos, empobrecida y arruinada por el vendaval.

(_Sale Lorenzo._)

SALARINO.

Dejemos esta conversacion. Aquí viene Lorenzo.

LORENZO.

Amigos: perdon, si os he hecho esperar tanto. No me echeis la culpa:

echádsela á mis bodas. Cuando para lograr esposa, tengais que hacer

el papel de ladrones, yo os prometo igual ayuda. Venid: aquí vive mi

suegro Sylock. (_Llama._)

(_Jéssica disfrazada de paje se asoma á la ventana._)

JÉSSICA.

Para mayor seguridad decidme quién sois, aunque me parece que conozco

esa voz.

LORENZO.

Amor mio, soy Lorenzo, y tu fiel amante.

JÉSSICA.

El corazon me dice que eres mi amante Lorenzo. Dime, Lorenzo, ¿y hay

alguno, fuera de tí, que sospeche nuestros amores?

LORENZO.

Testigos son el cielo y tu mismo amor.

JÉSSICA.

Pues mira: toma esta caja, que es preciosa. Bendito sea el oscuro velo

de la noche que no te permite verme, porque tengo vergüenza del disfraz

con que oculto mi sexo. Pero al amor le pintan ciego, y por eso los

amantes no ven las mil locuras á que se arrojan. Si no, el Amor mismo

se avergonzaria de verme trocada de tierna doncella en arriscado paje.

LORENZO.

Baja: tienes que ser mi paje de antorcha.

JÉSSICA.

¿Y he de descubrir yo misma, por mi mano, mi propia liviandad y

ligereza, precisamente cuando me importa más ocultarme?

LORENZO.

Bien oculta estarás bajo el disfraz de gallardo paje. Ven pronto, la

noche vuela, y nos espera Basanio en su mesa.

JÉSSICA.

Cerraré las puertas y recogeré más oro. Pronto estaré contigo.

(_Vase._)

GRACIANO.

¡Á fe mia que es gentil, y no judía!

LORENZO.

¡Maldito sea yo si no la amo! Porque mucho me equivoco, ó es discreta,

y ademas es bella, que en esto no me engañan los ojos, y es fiel

y me ha dado mil pruebas de constancia. La amaré eternamente por

hermosa, discreta y fiel.

(_Sale Jéssica._)

Al fin viniste. En marcha,

compañeros. Ya nos esperan nuestros amigos.

(_Vanse todos menos Graciano._)

(_Sale Antonio._)

ANTONIO.

¿Quién?

GRACIANO.

¡Señor Antonio!

ANTONIO.

¿Solo estais, Graciano? ¿y los demas? Ya han dado las nueve, y todo el

mundo espera. No habrá máscaras esta noche. El viento se ha levantado

ya, y puede embarcarse Basanio. Más de veinte recados os he enviado.

GRACIANO.

¿Qué me decis? ¡Oh felicidad! ¡Buen viento! Ya siento ganas de verme

embarcado.

ESCENA VII.

=Quinta de Pórcia en Belmonte.=

PÓRCIA y el PRÍNCIPE DE MARRUECOS.

PÓRCIA.

Descorred las cortinas, y enseñad al príncipe los cofres; él elegirá.

EL PRÍNCIPE.

El primero es de oro, y en él hay estas palabras: «Quien me elija,

ganará lo que muchos desean.» El segundo es de plata, y en él se lee:

«Quien me elija, cumplirá sus anhelos.» El tercero es de vil plomo,

y en él hay esta sentencia tan dura como el metal: «Quien me elija,

tendrá que arriesgarlo todo.» ¿Cómo haré para no equivocarme en la

eleccion?

PÓRCIA.

En uno de los cofres está mi retrato. Si le encontrais, soy vuestra.

EL PRÍNCIPE.

Algun dios me iluminará. Volvamos á leer con atencion los letreros.

¿Qué dice el plomo? «Todo tendrá que darlo y arriesgarlo el que

me elija.» ¡Tendrá que darlo todo! ¿Y por qué?... Por plomo...

¿Aventurarlo todo por plomo? Deslucido premio en verdad. Para

aventurarlo todo, hay que tener esperanza de alguna dicha muy grande,

porque á un alma noble no la seduce el brillo de un vil metal. En suma,

no doy ni aventuro nada por el plomo. ¿Qué dice la plata del blanco

cofrecillo? «Quien me elija logrará lo que merece...» Lo que merece...

Despacio, Príncipe: pensémoslo bien. Si atiendo á mi conciencia, yo

me estimo en mucho. No es pequeño mi valor, aunque quizá lo sea para

aspirar á tan excelsa dama. De otra parte, seria poquedad de ánimo

dudar de lo que realmente valgo... ¿Qué merezco yo? Sin duda esta

hermosa dama. Para eso soy de noble nacimiento y grandes dotes de alma

y cuerpo, de fortuna, valor y linaje; y sobre todo la merezco porque la

amo entrañablemente. Sigo en mis dudas. ¿Continuaré la eleccion ó me

pararé aquí? Voy á leer segunda vez el rótulo de la caja de oro: «Quién

me elija logrará lo que muchos desean.» Es claro: la posesion de esta

dama: todo el mundo la desea, y de los cuatro términos del mundo vienen

á postrarse ante el ara en que se venera su imágen. Los desiertos de

Hircania, los arenales de la Libia se ven trocados hoy en animados

caminos, por donde acuden innumerables príncipes á ver á Pórcia. No

bastan á detenerlos playas apartadas, ni el salobre reino de las ondas

que lanzan su espuma contra el cielo. Corren el mar, como si fuera un

arroyo, sólo por el ansia de ver á Pórcia. Una de estas cajas encierra

su imágen, pero ¿cuál? ¿Estará en la de plomo? Necedad seria pensar que

tan vil metal fuese sepulcro de tanto tesoro. ¿Estará en la plata que

vale diez veces menos que el oro? Bajo pensamiento seria. Sólo en oro

puede engastarse joya de tanto precio. En Inglaterra corre una moneda

de oro, con un ángel grabado en el anverso. Allí está sólo grabado,

mientras que aquí es el ángel mismo quien yace en tálamo de oro. Venga

la llave: mi eleccion está hecha, sea cual fuere el resultado.

PÓRCIA.

Tomad la llave, y si en esa caja está mi retrato, seré vuestra esposa.

EL PRÍNCIPE (_abriendo el cofre_).

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1] · 第 1 / 18 段