Eran los cuatro pensionistas, cuatro bohemios unidos por el amor al
laurel y por el capricho de una juventud gitana. Fraternizados por el
ideal, que era uno mismo en todos, y por la primavera, que en todos
florecía, se juntaron como palomas viajeras en la rama de un árbol del
camino.
Esa mañana, la charla de sobremesa rodó sobre cosas íntimas, páginas
de hogar; y uno, el más joven, amable hijo del Sur, decía la historia
de un dolor.
--Aun veo, expresaba, aun veo con extraña fijeza de alucinado, á mi
padre en su lecho mortuorio, enflaquecido por la enfermedad, pálido,
respirando ya el aliento fatídico de la Muerte, la azabachada cabellera
riza sobre la almohada muelle y nívea.
A un lado del lecho veo á mi pobre madre, desolada, y discurriendo en
la sombra, los ojos enrojecidos, los rostros pávidos, espectrales,
á mis hermanos pequeñuelos, para quienes todos tenían una mirada de
compasión, míseros niños que, como las fieras del bosque, presentían la
tempestad, sin comprenderla.
¡Cuán dolorosa fue aquella despedida! De los rincones salían
enmarañadas cabecitas rubias. Las tímidas voces empapadas de llanto,
alguien las extinguía, piadosamente, á besos.
Todos íbamos á comulgar. El altarito se alzaría en la propia estancia
del enfermo. Quizás Dios obrara un milagro; y ¿por qué no? ¡Había
hecho tantos! Pero la Muerte caminó muy de prisa, é impidió celebrar
aquel último banquete. Súbito el enfermo llamó á mi madre, volvió el
rostro hacia ella, la miró con una mirada dulce y profunda, y comenzó á
morirse.
Yo nunca había visto expirar á nadie. Cuando miré la palidez de aquel
rostro querido; cuando oí aquellas preces interrumpidas por sollozos,
y la voz trémula de mi madre que imploraba para que llevasen al señor
Cura; cuando sopló el viento de ultratumba en la alcoba donde mi padre
se moría, temblé un momento con temblor extraño, y desalado, medio
loco, eché á correr, calle afuera.
Llegué instintivamente á la Catedral: vi á un sacerdote.
--Señor Cura, señor Cura, le dije, corra usted conmigo; venga á
auxiliar á un moribundo.
Algo murmuró el levita en són de excusa: no le era posible.
--Señor, señor; venga usted, por Dios; y le besé la mano, allí, en el
pórtico de la iglesia.
Me señaló el Seminario, al lado del templo: podía ser que ahí
encontrase algún sacerdote. Y volé al Seminario. Un Cura se paseaba
tranquilamente; me acerqué á él, trémulo.
--Señor Cura, mi padre se muere; auxilie á mi padre.
El buen Cura me hizo saber que no podía abandonar el Seminario.
Algo pasó en mi alma, algo muy doloroso. Me imaginaba yo que todo el
mundo debiera estar triste: mi padre se moría. ¡Aquel hielo me heló!
Así murió mi fe, de muerte violenta, asesinada por los Ministros de
Jesús.»
El joven calló. Su alma, paloma enferma y nostálgica, volaba á cernerse
con voluptuosidad melancólica sobre el deshecho hogar paterno, y
volvía, en el pico el recuerdo, como bendita rama de boj.
Y cuando concluyó de hablar el joven del Sur, una llama de indignación
ardía en todas las miradas, llama á cuyo fuego se evaporaron muchas
lágrimas, prontas á humedecer los ojos.