Su camarada de fatigas, Pedrito, mozalvete como de cuatro á cinco
lustros, dormía arrinconado, adentro, bajo un farol de luz muriente.
El farol arrojaba en las baldosas del pavimento una débil claridad.
Pedrito dormía en un charco de luz.
El molinero, siempre meditabundo, paseábase, las manos en los
bolsillos, la barba hundida en el pecho, arrebujado en su cobija de
paño azul.
Corrieron una, dos horas. Pedrito permanecía inmóvil, en su rincón; el
caballo no pestañaba; el molino, silencioso, decía cosas tristes.
No llegaba nadie, sino la aurora. El cielo, clareante, se comenzó
á franjar con líneas de un verde extraño que fue, poco á poco,
transformándose en violeta y opalizando el horizonte.
Las líneas de color, ensanchadas, se hicieron bandas, cintas, gasas,
que ceñían el cielo de oriente. Y desde el cielo comenzaron á caer
rosas, muchas rosas de luz, todas las rosas de la mañana.
D. Sergio se detuvo de pronto, á la puerta, por donde entraba toda el
alba riendo. La claridad caía en su rostro, pálido de angustia.
Su tez blanca, su barba blanca, sus cabellos blancos también,
resplandecientes á la luz matutina, daban al viejo un aspecto marmóreo.
Detenido en el umbral, frente á la aurora, parecía una severa estatua
de guerrero, épico mármol olvidado en el fondo de una floresta
virgiliana, y cubierto de campanillas color de cielo.
Nadie llegaba. D. Sergio pensó que su molino, á estas horas, ya hervía
en gente. Recordó su lucha, su triunfo. Después se vio vencido por un
rival afortunado y poderoso.
Sus ahorros del molino, primero, después su pequeña plantación de café,
patrimonio de sus hijos, todo lo consumió la hoguera santa de aquel
odio, la llama de aquel doloroso deber.
D. Sergio se apoyó contra su molino, se llevó la mano á las sienes y
por su rostro de mármol corrieron abundantes hilos de lágrimas.
Por su frente pasó un relámpago, una nube de sangre.
Pensó en matar, se dispuso á matar, corrió á matar. Pero un momento,
transido de dolor, se reclinó nuevamente sobre las piedras del molino,
de aquel molino amado, orgullo de su nombre, amor de su vejez y causa
de su ruina; se reclinó, y vertiendo amargo lloro, á la luz de la
mañana, en un apóstrofe murmuró el pobre viejo:
--¡Dios mío, qué injusticia!