[Ilustración]Todo lo que he visto en la Habana, lector querido, he
procurado traducirlo fielmente en cuanto va expuesto en las páginas
de este libro y, en este instante, cuando hago examen de conciencia,
y repaso rápidamente la impresión de conjunto, agrupando en
fotografía de perspectiva general, fotografía que Lippmann no sabría
arrancar de mi memoria con todos sus colores, detalles y siluetas,
á pesar de su genial inteligencia, observo que el esbozo de tan
hermoso cuadro, por desgracia mía, no responde á lo que veo cuando
cierro los ojos y se forma en la cámara obscura de mi cerebro aquel
cuadro tan lleno de luz y de perspectivas, que durante diez y siete
días, embargó todas las potencias de mi espíritu, y dominóle con el
influjo soberano de su espléndida belleza. Pero si analizo y cotejo
la impresión sentida con la expresión manifestada, prescindiendo
de formas y estilo que mi pobre inteligencia no ha sabido adornar,
contento estoy de haber expuesto mis pensamientos sin haber alterado,
por pasión ó ruindad, lo que creo haber visto en la ciudad de la
Habana.
A pesar de ello, ¿quién es capaz de asegurar que lo visto está
bien observado y lo observado bien traducido? Que en el lógico
encadenamiento de impresiones y juicios juega importante papel
el temperamento, la idiosincrasia individual, lado flaco de toda
expresión en que juegue importante papel la apreciación de la
belleza. Y si temo haber errado en la descripción de lo que he
visto y tocado, ¿cómo evitar temores más hondos cuando intento
formar concepto del estado político-social de Cuba, valiéndome de
las opiniones consultadas, sacando provechos de la diversidad de
juicios escuchados con profunda atención, y sin perder de vista el
temperamento, la opinión política profesada, el medio social en que
se vive y multitud de circunstancias cuya apreciación exige un tacto,
un conocimiento del corazón humano, y hasta una cierta intuición sólo
otorgada á inteligencias privilegiadas, capaces de formar un juicio
rapidísimo, exacto, salvador, en horas críticas de la vida social?
Y si resulta de la investigación practicada y de la observación
atenta, una serie de discrepancias capaces de perturbar el ánimo
más templado y más sereno ¿cómo evitar el temor quien entienda que
en todo ha de ser el que escribe justo, severo, desapasionado é
independiente, de que la voluntad no halle en las demás potencias del
alma ayuda en las flaquezas del entendimiento?
Seguir á los optimistas, sería cerrar los ojos á la luz; atender
sólo la opinión pesimista, entregarse á la desesperación. «Nunca
fué la isla de Cuba tan rica como ahora», dicen los primeros; «¡qué
sueño! si estamos á dos dedos de la ruina», replican los segundos.
«La tranquilidad está asegurada. España dominará la isla porque los
separatistas saben muy bien que Cuba no sería, abandonada de la
metrópoli, otra cosa que la república negra de Haiti»; «¡bah! ¿y
los Estados Unidos? ¿y la riqueza mestiza? ¿y la inteligencia del
cubano?», contestan los amigos de la autonomía de la isla.
Y entre tan discordes opiniones ¿dónde está la verdad? ¡Ah! la
verdad está quizá en otra parte, y el verdadero peligro más que en
el Reformismo y la Autonomía, más que en las luchas de la Unión
constitucional con el Reformismo que sueña con la Diputación
única, como panacea de los males que padece Cuba, se halla en las
singulares condiciones en que se desarrolla el trabajo en la isla y
en tener sus principales mercados en los Estados Unidos.
Cómo dudar de la buena fe y del sincero españolismo de muchos hombres
que militan en las filas del reformismo, que durante la guerra
separatista han dado á la patria española su sangre y sus riquezas,
que contribuyen con su trabajo y su inteligencia al enaltecimiento de
España en Cuba y que, sin embargo, intentan recabar de la Metrópoli,
y lo intentan con una energía y un entusiasmo que da mucho que
pensar, el establecimiento de la Diputación provincial única que
habría de parecerse á una Cámara, sin facultades legislativas,
ciertamente, pero establecida en la Habana, centralizadora, bajo el
punto de vista de la isla, pero con atribuciones descentralizadoras,
con respecto á la Metrópoli; Cámara que dominada, algún día, por los
separatistas, podría ser una verdadera Convención de donde surgiría
con la elocuencia propia de la raza tropical, el incendio pavoroso
de nueva guerra civil, convirtiéndose rápidamente en legisladora, en
Poder ejecutivo, en dueña y señora de la isla, como representante
del sufragio popular, y ejecutora de sus decretos y resoluciones. Y
como no he de creer que ese peligro lo desconozcan los españoles que
patrocinan de buena fe el pensamiento, al adoptarlo en un período
de tiempo realmente pavoroso para la isla, cuando el Banco Español
suspendió los pagos, el azúcar estaba depreciado y la mano de obra
envilecida por las tarifas del bill Mac-Kinley, que protegían la
importación de tabaco en rama á los Estados Unidos é imponían
crecidísimos derechos al tabaco torcido; claro es que la idea
dominante, la preocupación obsesiva fué la de mejorar la situación
económica de Cuba, buscando medios efectivos y prácticos de ponerse
en buenas relaciones con el mejor mercado de la isla, el que consume
el 90 por 100 de su stock de azúcar, el que compra frutas tropicales
por valor de cinco millones anuales de dollars, el que importa
millones y millones de hoja de tabaco en rama para convertirlo en
tabaco torcido, aprovechando su Virginia, Kentucky, etc., para tripa
y la hoja cubana para capa; mercado inmenso, de 64 millones de
habitantes que se llama Estados Unidos. Y como las colonias no hallan
en la Metrópoli mercado bueno y seguro, como algunas veces resultan
sacrificadas á los intereses peninsulares, la Diputación única,
formando un núcleo vigoroso, y, hablando claramente, imponiéndose, si
llegara el caso, en las cuestiones económicas, procuraría lentamente
alcanzar la autonomía económica, precursora, mal que les pese á los
patrocinadores del reformismo, de la autonomía política y social.
A este estado de cosas nos ha conducido el malestar económico de la
isla de Cuba, á este estado, peligrosísimo por las simpatías que
despierta, los lazos que ata y las relaciones que estrecha con los
Estados Unidos, poco decididos, hoy por hoy, á salvar el estrecho de
la Florida con ansias de conquista, que bastante faena tienen hoy
en su casa, para ocuparse en la ajena; á este estado hemos llegado,
lleno de peligros más ó menos remotos que no consiguen despertar
la atención de nuestros hombres de Estado, para que se convenzan
de que los vínculos de la sangre no son bastante fuertes para
asegurar el amor de los pueblos, cuando falta el pan de cada día y
la ruina resulta ser la triste compensación de sacrificios hechos
recientemente en sangre, inteligencia y dinero en nombre de la patria.
Los _ñañigos_ y los bandoleros de los campos de Cuba no son más
que signos de los tiempos; si el ñañiguismo retoña y el bandolerismo
crece, es que el trabajo no cunde, la plantación no rinde, la zafra
no produce, y estos sumandos tienen para los españoles de Cuba una
traducción pavorosa: la de que la Metrópoli no sabe amparar los
intereses de sus hijos, en cuyos corazones se debilita el amor que
sienten, porque no los protege ni consuela. Mientras el ejército
tiene fe en la pericia de los generales que han de guiarle en el
combate, la victoria es casi segura; si esta fe que salva y alienta
se pierde, el enemigo tiene la mitad del camino andado para vencer
al que, desmoralizado, entra ya rendido en la contienda.
Pues bien, y aunque sea doloroso decirlo, los españoles de Cuba han
perdido la fe en los hombres que nos gobiernan, y temen que no han
de saber hallar jamás,—por falta de estudio y conocimiento de los
intereses coloniales, por creerlos, en varias ocasiones, en pugna
con los de la Península ó por causas que no menciono, que de sobra
están tantas tristezas en la conciencia pública,—el procedimiento
salvador de una política sabia, patriótica y sobre todo que dé paz á
los espíritus y prosperidad al comercio y á la industria cubana.
Y ante esta incertidumbre, los que tienen en la isla su patrimonio
y su familia, los que se ven cada día amenazados por el elemento
díscolo, perturbador, ambicioso que tiene puesto ojo avizor en las
desdichas de la Metrópoli que alienta la idea separatista, juzgan
quizá meritorio aflojar los vínculos que les unen á la patria
común, por temor de que nuestros desaciertos los rompan traidora
y bruscamente, pensando que ya ha llegado la hora de que busquen
protección en sus propias fuerzas y recursos, si los gobiernos
de España nada han de hacer en su provecho y pretenden ignorar
eternamente lo que ellos tienen aprendido de memoria, aunque no sea
más que para dar la razón á los que opinan que sabe más el loco en
su casa que el cuerdo en la ajena, y que, si la ruina cundiera en
los campos de Cuba, sin la ayuda del elemento insular, todos los
tesoros y toda la sangre de España no bastarían para sostener nuestra
soberanía en el mar de las Antillas.
¿Tienen razón en este modo de pensar los reformistas? En realidad,
la nueva fórmula política revela, en mi concepto, desesperación y
cansancio; es la fórmula hallada para reunir los descontentos de
varios partidos que aportarán masas al nuevo, pero que no matarán
aspiración alguna. La fórmula resulta tan vaga, que puede acoger
bajo su ancha bandera todas las hipocresías, y el autonomista y
separatista cabrán en el reformismo como cabe el áspid en el pecho
generoso que le da calor y abrigo.
Muy difícil es averiguar el término de lo que es protesta viva
del elemento español contra la inmoralidad y los desaciertos de
la Metrópoli, protesta que aviva la crisis padecida y no curada,
el bandolerismo, el ñañiguismo, la cuestión monetaria virilmente
sostenida, y el deseo de recobrar la tranquilidad perdida, haciendo
fructíferas las conquistas del trabajo y de la paz.
Y como todo se enlaza en este período de desventuras, Cuba, que no
espera casi nada de nuestro mercado, lo espera casi todo de los
Estados Unidos, que por la vía de Tampa importa sus más valiosas
frutas, y con sus grandes vapores, y en cinco días, transporta á
New-York sus azúcares, su café y su tabaco, pendientes hoy y en
entredicho de la solución salvadora de la rebaja de tarifas, acordada
ya ó casi acordada en las Cámaras de Washington, sugestionadas
virilmente por la política personal, personalísima, mal que les pese
á nuestros republicanos, del Presidente Cleveland, que impone su
veto con una frecuencia que valdría la pena de ser meditada por los
soberanos constitucionales de Europa.
Y como creo dejar consignados aquí los verdaderos peligros que
amenazan hoy nuestra integridad, yo que no soy hombre de Estado, pero
sí vehemente patriota, al dar la voz de alarma, sólo me resta pedir á
Dios que nos ilumine y salve la integridad de la patria.
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