[Ilustración]Ingrato sería si olvidara la hospitalidad cubana.
Hallé en la Habana tanta consideración y tanto afecto, amistad
tan cariñosa y cuidado tan exquisito, tanta solicitud para que no
enfermara y tan buen consejo para evitar posibles contagios, que
parecíame vivir en familia, entre hermanos queridos, ansiosos de
mostrarme su consideración y su afecto. Y no se crea que se pecara
allí de exageración que empalaga y de timidez del que ignora, que no
hubo escondrijo que se me ocultara, ni aun los de carácter macabre,
en hospitales y escuelas, en cementerios y morgue que no cabía en
las distinguidas personas que me acompañaban, catedráticos de la
Universidad de la Habana y de la Escuela de medicina, doctores de
fama y médicos del hospital de Nuestra Señora de las Mercedes,
miedos irreflexivos; atentos sólo á mostrar al forastero como se
cultiva la ciencia en la Habana y se procura ensalzar el nombre de
España en las colonias.
La visita á la Universidad procuróme la honra de ser presentado
al señor Rector y á los señores Decanos de las facultades allí
establecidas, quejosos de la falta de un buen edificio y de museos y
colecciones dignos de la capital de Cuba. Yo no sé si aquel caserón
fué convento, pero lo que sí se ve, á primera vista, es la falta de
condiciones que tiene para servir de centro docente, en la ciudad
más importante y rica del archipiélago antillano. Y lo peor es que
cuantos esfuerzos y gastos se hagan para mejorar aquel edificio
goteroso, presentando al aire libre sus cuchillos de armadura de
formas enrevesadas antiquísimas, sus aulas pequeñas y obscuras, sus
museos pobres y mal acondicionados, será dinero tirado, sino se
empieza por derribar todo lo existente, y levantar, con recursos
copiosos, lo que ha de ser la mejor gala del elemento inteligente é
ilustrado de la Habana.
No puedo recordar sin terror el anejo de la cátedra ó sala de
autopsias de la Escuela de Medicina; ancha mesa de mármol rodeada
de extensa gradería de madera, cubierto todo por una armadura de
tirantes, pendolones, y riostras de viejos moldes, entrando por
ella luz vivísima, en aquel lugar de tristezas, donde la ciencia
busca los secretos de la vida en la obra obscura y miserable de la
muerte, constituyen la sala donde se aprende como funcionan las
vísceras del cuerpo humano, vencidas en la lucha por la existencia,
traidora y tristemente. Y al salir de allí, en estrecha alacena de
madera blanca, formando doble anaquel, tendidos, con los miembros
entumecidos, los cuerpos rapados, la cabeza afeitada, obra de navaja
tosca, que profana sin escrúpulo ni misericordia, dos cadáveres
desnudos yacían en aquel antro, el de un negro y el de un blanco,
esperando la acción irreverente del bisturí que diseca, de la ciencia
que analiza, de la mano inhábil que aprende en carne muerta las
palpitaciones, el funcionamiento, y el equilibrio de la vida.
Fácil sería pintar aquí, disecar también con la pluma lo que vi y
tengo aún grabado en la memoria, como si aquellos cuerpos rígidos,
aquellas muecas horribles, aquellos coágulos de sangre, hubieran
dejado en mi cerebro la fotografía imborrable, con todas sus manchas
y colores, de la espantosa obra de la muerte.
Aquella terrible visión necesitaba un momento de descanso, y aunque
parezca extraño, halléle consolador y efectivo en el hospital de
Nuestra Señora de las Mercedes. Situado en los extremos de la ciudad,
en sitio elevado, hermoso, que domina el campo y el poblado, aquella
mansión, más que lugar de dolor parece quinta de inválidos donde
hallan refugio y amor los ancianos y los desvalidos.
El catalán halla en aquella santa casa el espíritu de la patria
pequeña informando todo el servicio del hospital. Las hermanas son
catalanas y como tales dignas hijas de la patria del trabajo y del
amor al prójimo. No he visto en parte alguna hospital más limpio
y más hermoso, formado de pabellones independientes, con grandes
aberturas, por donde entra el aire aromatizado de los jardines y
patios, vasto arsenal de aire puro, constantemente renovado, que
oxida todas las impurezas sin dejar rastro en parte alguna de mal
olor y suciedad.
La botica es un local lujoso, vasto y limpio; la iglesia sencilla
y elegante; la cocina grande, repleta de comestibles de primera
calidad, capaz para un servicio intensivo; los jardines están
llenos de árboles, arbustos y flores hábilmente distribuídos, la
luz entra en todas partes alegrando aquella mansión de tristezas, y
el personal, orgulloso de contribuir á obra tan santa, cuida á los
enfermos con cariño fraternal.
También pasó por allí la ciencia médica con todos sus refinamientos:
el enfermo deja en la puerta su ropa inficionada, que pasa á la
estufa, adquiere ropa limpia y propia de un enfermo, y al salir
vuelve á hallar su traje limpio y aseado en el compartimiento
correspondiente, después de haber tomado baños y duchas, si
los ha menester, en local apropiado y provisto de los aparatos
hidroterápicos pregonados por la higiene y adoptados por la ciencia.
El que visita aquel hospital no puede impresionarse: sus corredores
anchos y ventilados, su aire puro, la luz dando á todas las
habitaciones tonos de alegría, los árboles y las flores que saludan
al enfermo desde los patios acariciados por la brisa del Atlántico,
no dejan al espíritu tiempo ni vagar para que ahonde en las tristezas
de aquellos seres que estoy viendo aún; y entre ellos: mísero
convaleciente de fiebre amarilla arrancado á la muerte en hora de
crisis tremenda, triste maníaco de luenga barba, cabeza de estudio de
viejo que lleva en su cráneo esculpidas huellas de hondas desdichas;
mujer que la fiebre atosiga y sueña quizá con vida próspera y
dichosa; tísico que muere lentamente entre flores que ilumina el sol
ardiente de los trópicos... ¿qué sé yo? seres que la caridad ampara,
la ciencia estudia y la religión consuela, qué habrá difícilmente
para aquellos desgraciados mayor lenitivo y alegría que el que
proporciona al enfermo y al desvalido el hospital modelo de la Habana.
Del hospital al cementerio el tránsito no ha de parecer estrafalario,
y sin cuidarnos de dar largo rodeo por camino de travesía, en pocos
minutos me guían mis buenos amigos al cementerio nuevo de la Habana.
El sol ya declina cuando llegamos al pórtico ostentoso que da acceso
á aquella ciudad de los muertos, llena de monumentos, de estatuas,
de cruces, de epitafios... recuerdos de familias, de catástrofes,
de odios políticos, de la gran masa anónima que sólo ampara la cruz
augusta extendiendo sus brazos amorosos sobre blancos y negros, sobre
pecadores y justos, ricos y pobres, iguales todos en el seno de la
muerte.
El cementerio de la Habana contiene páginas tristísimas de nuestra
historia colonial; una sola, la más cruenta, borra de mi memoria el
recuerdo de los bomberos que murieron heroicamente en un incendio
horroroso perpetuado en un mausoleo digno del patriotismo y la
piedad del pueblo cubano, y me fijo únicamente en el monumento que
los estudiantes habaneros dedicaron á los niños fusilados, en hora
inclemente, por haber profanado la tumba de un español, el periodista
Castañón, asesinado alevosamente en New-York por un insurrecto cubano.
Si fuera posible arrancar del libro que narra las luchas de la
guerra civil en Cuba la página de aquellas horas de frenesí
patriótico, si aquellas piedras que conmemoran un hecho que llorarán
siempre amargamente españoles y cubanos, pudieran transformarse
en monumento de perdón en que cupieran los nombres de vencedores y
vencidos, glorificados todos por el valor ostentado y el sacrificio
de la sangre derramada en ambos campos, la humanidad entera podría
regocijarse de un olvido que cuadra bien al temperamento cristiano y
caballeroso de españoles y cubanos.
Yo de mí sé decir que salí de aquel cementerio hondamente afligido,
hallando en mi corazón igual acogida víctimas y matadores; y rogando
á Dios que ilumine á los pueblos y les preserve de los arrebatos de
las pasiones que dejan en el corazón y la conciencia huellas amargas,
que sólo suaviza el cumplimiento del deber patrio hondamente sentido
y con justicia realizado.
Al salir del cementerio, el crepúsculo vespertino da al campo cubano
un verde intenso, obscuro, radiando oleadas de aire caliente, de
olores extraños que no logran distraer mi atención entristecida. A
los pocos minutos atravesamos el paseo de Jesús del Monte, lleno de
tranvías y carruajes, pasamos por delante de la Pila de la India,
que domina un hermoso boulevard, y entramos ya en el Parque, en hora
regocijada, cuando la población sale á respirar la brisa del mar,
y se confunden en el jardín todas las razas y todos los colores,
dominando, tronando con sus atractivos, la criolla y la mulata,
frutos hermosos de la grande Antilla española.
En el Parque, punto céntrico de la ciudad, y junto al hotel de
Inglaterra, tiene el comercio de la Habana establecida la central de
bomberos. Montan constantemente la guardia, en la puerta principal,
dos caballos tordos, de raza percherona, robustos, relucientes,
rellenos del tejido adiposo que cría una alimentación sana y una vida
tranquila y sosegada, colocados simétricamente al eje de la bomba de
vapor, dispuesta siempre á acudir con rapidez al punto incendiado.
La bomba de vapor, de tonos encarnados, con su chimenea metálica
de líneas elegantes, su hogar cargado y dispuesto para aumentar la
tensión del vapor en la caldera, siempre calentada por medio de una
manga que pone en comunicación la caldera de la central con la de la
bomba, los collares suspendidos y colocados á ambos lados de la lanza
del carro, los caballos ya enjaezados y dispuestos, la vigilancia
incesante y exquisita, todo revela el cuidado y la previsión con
que se atiende en la Habana el servicio de incendios terribles como
en parte alguna, por la condición de los edificios, la naturaleza
de las mercancías de fácil combustión y gran riqueza almacenadas
en los muelles y depósitos comerciales, y la frecuencia de vientos
huracanados que en días de incendio podrían causar la ruina de la
Habana.
El servicio de señales, las bombas de vapor y de mano, las
herramientas y los utensilios, las camillas y los botiquines,
imitación, ó mejor, reproducción del material empleado en los Estados
Unidos, no puede ser más perfecto, siendo para los jefes y encargados
de las maniobras motivo de singular complacencia, el enseñar á los
forasteros una de las joyas más preciadas del servicio público
habanero.
Acompañóme á la central el médico de los bomberos, don Antonio de
Gordón, hallando allí una acogida tan simpática y cortés que no es
para olvidada. En pocos segundos púsose la central en movimiento,
simulóse la señal de incendio, agitáronse los caballos de guardia,
soltáronse automáticamente los ronzales, colocáronse los caballos,
amaestrados en esta maniobra y sin instigación alguna, al pie de la
lanza, cayeron los collares suspendidos sobre aquellos animales y
cogió el cochero las bridas; bastando trece segundos para salir la
bomba con todo el material y personal necesario y acudir al sitio en
que estallara el incendio simulado.
Con el aturdimiento que produce la agitación y el desplazamiento
de los caballos, la sonería en vibración, el personal ocupando sus
puestos, aquel desorden, ordenado en tan pocos segundos, produce el
efecto de la instantaneidad, pareciendo imposible que pueda evitarse
el atropello de los muchachos que contemplan embobados una maniobra
tan repetida en la puerta de la central, y que produce el efecto
deslumbrador de todo lo aparatoso y adornado con colores vivos y
brillantes.
Enseñóseme el material prolijamente, la división de la ciudad en
cuarteles, los empalmes eléctricos con los centros de alarma, el
esquema de señales y una multitud de cosas, vistas con ojos de
profano, pero curiosas, nimias, interesantes, como todo lo que
guía directamente á la perfección de un servicio humanitario que
entusiasma á tantas gentes hasta sacrificar la vida por la existencia
de un desconocido, por la hacienda que no rinde beneficio, en nombre
todo de un deber voluntariamente contraído y de la caridad noblemente
ejercitada.
En estos tiempos de egoísmos feroces y bajas pasiones, es un consuelo
hallar en el camino de la vida y en lejanas tierras, ejércitos
guiados únicamente por el deber, ejércitos que buscan al que está en
peligro y le socorren con exposición propia, que salvan la hacienda
ajena sin ánimo de compartirla, obrando con abnegación y desinterés.
¡Dichosos los que ejercitan virtudes tan santas! ¡Dichosos los que
nos enseñan con su ejemplo cómo se ama al prójimo y se cumplen
heroicamente los mandamientos de la ley de Dios!
Acepten, pues, los bomberos de la Habana, mi respeto y admiración,
que consigno gustoso en estas páginas, debidos á sus relevantes
servicios y heroico comportamiento.
A pocos pasos de la central de bomberos se halla el Centro Asturiano.
Dominan en la isla de Cuba tres elementos peninsulares: el asturiano,
el gallego y el catalán, pero hay que confesar que las grandes
iniciativas, el _leader_ de la isla, el que impone su criterio,
bulle y se agita, es el asturiano.
No sé á punto fijo el número de colonos que tiene Asturias en Cuba;
lo que si puede asegurarse es que las pequeñas industrias y los
comercios más ricos están en manos de los hijos del Cantábrico, que,
siendo en gran número, España puede contar con su patriotismo, que
los que iniciaron la Reconquista en los altos montes de Covadonga
no han de perder en Cuba la reputación de valientes, tenaces y
sufridos que conquistaron en la península y que escribieron con tinta
indeleble en la historia de España.
Forman los asturianos en la Habana una legión nutrida y compacta.
Pobres y ricos mantienen el tacto de codos que da fuerza al
individuo y á la comunidad, y levantaron la casa _pairal_ en
el mejor sitio de la Habana, con una ostentación y riqueza capaces
de atestiguar, de decir en síntesis expresiva: _somos aquí los
primeros y los mejores_.
Ni en los Estados Unidos, ni en parte alguna, he visto un Club
montado con mayor riqueza, que maneje más cuantiosos ingresos y
que haya sabido organizar con mayor tino un establecimiento que
proporciona solaz á los ricos, educación é instrucción á los niños y
amparo y protección á los pobres. No puede ambicionar, quien no sea
un magnate, salones más espléndidos y mejor decorados; no puede pedir
el aficionado á la instrucción clases mejor montadas, donde se enseña
en lenguas y matemáticas cuanto necesitan las clases dedicadas al
comercio, ni el que quiere divertirse, sin olvidar á los que padecen,
mejor pan, medicina y consejo que el que da el Centro Asturiano á los
hijos del Cantábrico que no han sabido hallar en los campos de Cuba
vida independiente y hogar libre de las tristezas del que sufre los
rigores de la miseria.
Fuimos al Centro asturiano unos cuantos catalanes de los que nos
reuníamos todos los días en el hotel de Inglaterra, acompañados por
don Rosendo Fernández, comisario en Chicago, representante de la isla
de Cuba y vocal activo é inteligente de la Junta del Centro.
Acogidos en aquella casa como amigos, iluminados y engalados los
salones para que pudiéramos apreciar todas sus bellezas, examinadas
detenidamente las obras de arte que adornan la biblioteca, la sala
de Juntas y el salón de baile, centro de primores y buen gusto,
tanto en su hermosa columnata como en los espejos, muebles, lucernas
y luces de paramento, realzado todo por los colores del solado de
mármol y los tonos delicados de las paredes, sobria y artísticamente
pintadas, siendo sólo de sentir que aquel salón inmenso esté cortado
en ángulo recto, siguiendo las líneas de la manzana, con un teatro
en el vértice en forma de chaflán, recargado de ornamentación en su
boca de escenario, desentonando algo, pareciendo nota chillona en
aquel concierto de harmonía que existe entre todos los elementos que
constituyen el salón principal del Centro asturiano de la Habana.
Siento no recordar los nombres de las personas que obsequiaron
aquella noche á la pequeña colonia de Barcelona, para enviarles, en
nombre de todos los favorecidos, un recuerdo de gratitud.
Aquí, con ser Barcelona una ciudad que no se asusta de una cifra
más ó menos pomposa, cuando sepa que el Centro asturiano tiene un
presupuesto anual de más de 100,000 duros para atender á su casa,
á sus niños y á sus pobres, fuerza será confesar que no ha llegado
la capital de Cataluña á poseer un elemento de distracción cuyo
_confort_ no tiene aquí igual, ni parecido, hermanado con un
pensamiento piadoso y patriótico, que donde halla el pobre protección
y amparo, la patria encuentra siempre brazos que la defiendan y
labios que la bendigan.
Cuatro casas de salud, «La Benéfica», «Garcini», «Quinta del Rey»
é «Integridad Nacional», con un presupuesto anual de 40,000 duros,
están mantenidas por el Centro asturiano; casas en donde hallan
albergue y salud ó consuelo y piadosa sepultura unos cien enfermos
á manutención diaria. No basta aún esto: la sociedad ampara también
á los pobres vergonzantes, á los que repugnan la promiscuidad
tristísima del hospital, y les da asistencia médica y medicinas
gratis en las farmacias más importantes de la ciudad.
Ahora piensa aquel Centro construir una gran casa de salud, un
gran «sanatorium» para los pobres y los desvalidos, testimonio del
ferviente amor que las clases ricas de Asturias sienten por sus
hermanos de Cuba.
Y ya en camino para conocer los centros de instrucción con que cuenta
la isla, acompañado galantemente por don Francisco Vidal, catedrático
de paleontología de la Universidad de la Habana, visité el Real
Colegio de Belén, dirigido por los Padres de la Compañía de Jesús
que allí, como en todas partes, prestan á la causa de Dios y de la
sociedad el concurso de su saber y su inteligencia. Tenía para mí
aquella casa singular atractivo que no podía olvidar, como no olvidan
cuantos dedican su atención al desenvolvimiento de las ciencias, el
concurso que presta el observatorio de la Habana á la meteorología
endógena y exógena del mundo, desde que lo dirigió el padre Viñes, el
incansable meteorólogo, el que pedía limosna en nombre de la ciencia
á los comerciantes de la Habana para publicar sus hojas y sus
cartas, sus folletos y sus libros, comprar instrumentos, montar los
aparatos de sismografía y sismometría, ponerlos en estación y pagar
al mundo sabio, tan desdeñado en España, la contribución honrosa
de su concurso, enalteciendo así el nombre de la patria, el de la
Compañía de Jesús y el de sus generosos protectores.
Yo siento no poder insertar en estas páginas los nombres de los
comerciantes habaneros que han ayudado al Padre Viñes en su obra; que
aunque el hombre de negocios viera en la obra del ilustre jesuita,
tras la idea fecunda la utilidad recabada, no pidiendo á los hombres
más de lo que puede dar la naturaleza humana, aun así y como ejemplo,
citaría gustoso aquellos nombres, para que Barcelona viera que en
otras partes y en territorio patrio, se realiza holgadamente lo
que aquí sólo ha podido esbozarse, en la Real Academia de Ciencias
y Artes, gracias á la munificencia, nunca bastante agradecida, de
nuestras corporaciones populares.
También he pedido yo limosna aquí en nombre de la ciencia, pero
con éxito escaso ó nulo, mas no importa el resultado á quien está
dispuesto á igual prueba cuantas veces sean menester, guardando sólo
en su corazón este desengaño con el dolor que no afecta á su humilde
condición, si no á la creencia de que estamos aún muy lejos de los
entusiasmos que levantan el espíritu público y preparan los hombres
y las multitudes á grandes empresas dignas de España.
Vi en el colegio de los jesuitas cuanto revela la tradición de
personas avezadas á montar, organizar y desenvolver el difícil
servicio de la enseñanza; museos copiosos y bien clasificados,
colecciones bien entendidas, gabinetes ricamente dotados; pero, en
los altos del edificio, en el observatorio, falta ya el espíritu
vivificador del Padre Viñes, falta el entusiasmo del que convierte
el servicio en un culto, del que ve á Dios en todas partes y cree
hallarse más cerca de Él cuando busca é interpreta sus leyes
augustas, cuando siente palpitar la tierra en el sismómetro, cuando
sigue la nube é investiga donde se halla el vórtice del ciclón,
cuando combina elementos directos ó comunicados para la predicción
del tiempo del día siguiente, cuando acumula paciente los elementos
estáticos y dinámicos de la atmósfera para descubrir la síntesis
hermosa y espléndida de las leyes de los meteoros, pensando siempre
en el fin, que escapa hoy á la inteligencia humana y que habrá
hallado el Padre Viñes, sin duda alguna, en un mundo mejor, premio de
sus virtudes, su ciencia y su abnegación.
Continúe pagando el observatorio de los Padres Jesuitas de la Habana
la contribución debida á la ciencia, que honrará así la memoria del
que fué gloria purísima de la meteorología española.
Al día siguiente salí temprano del hotel, en día cubierto del mes de
noviembre, atravieso el Parque y por la calle del Obispo me dirijo
al muelle de Luz en busca del Ferryboat, que atraviesa la bahía
en pocos minutos, atraca junto á la estación de Regla, subo en el
Pullman correspondiente y bajo poco tiempo después en Guanabacoa,
casi suburbio de la Habana, para visitar el colegio de los Padres
Escolapios, dirigido por el P. Muntadas.
La calidad de catalán es una credencial que abre todas las puertas
de la casa; el P. Muntadas, que estaba enfermo, tuvo la galantería
de recibirme, de hablarme de una porción de cosas que embellecía
su palabra fácil y sencilla, y de expresarme su pena por haberle
impedido el mal estado de su salud visitarme en la Habana, como
deseaba.
Agradecí, como pude, tanta bondad, y guiado por dos Padres hijos de
Cataluña, recorrí detenidamente el colegio de Guanabacoa.
No tiene aquella casa apariencias de edificio moderno; su claustro
central cuyo patio adornan plantas tropicales, sus paredes desnudas
y enjalbegadas, su ornamentación modesta y anticuada dan al conjunto
del edificio aire de convento levantado en tiempos medioevales. Pero
en cuanto se recorren las salas de museos, laboratorios y gabinetes
de enseñanza, y se fija la atención en los aparatos é instrumentos
del gabinete de física y en el laboratorio de experiencias químicas,
en las colecciones de animales y plantas disecados, en los elementos
petrográficos, minerales, rocas y fósiles, se ve fácilmente que el
espíritu científico moderno ha entrado por aquellas puertas, para
mantener en su punto el crédito de la enseñanza que han enaltecido
siempre los hijos de San José de Calasanz.
Los dormitorios, espaciosos y bien dispuestos; el comedor limpio y
ventilado; el gimnasio, la piscina, el patio de recreo, elementos que
se han ido creando á medida del crecimiento de la casa y el favor del
público: la capilla, el salón de actos académicos, en cuyo fondo hay
un teatro destinado al recreo y á la educación de los colegiales,
forman un conjunto harmónico que revela la manera de desenvolverse la
enseñanza en aquel centro de educación científica, moral y religiosa.
Las celdas de los Padres se hallan en la parte alta del edificio.
Desde ellas, y estando las puertas abiertas, con vistas al patio
central, se abarca el conjunto de una galería de arcos adintelados,
sostenidos por pies derechos de madera y una barandilla sencillísima
que los enlaza, que recuerda las casas de campo catalanas, estando
esa ilusión sostenida entonces por cuanto me rodeaba, y especialmente
por la lengua empleada, y que me parecía dulcísima, en lejanas
tierras, esa lengua catalana que tantas veces he juzgado, con perdón
sea dicho de los catalanistas, ruda, áspera y concisa en demasía.
Los Padres, casi unos muchachos, que hacía poco tiempo habían
salido de Barcelona, apenas aclimatados, sufriendo los rigores de
aquel clima inclemente, recordaban con las ansias de la nostalgia
á la patria ausente. Uno de ellos criaba en su celda no sé cuantos
pájaros, consolándose quizá con el canto de aquellos alados
prisioneros más felices que él, digno esclavo del deber y de
cristiana resignación.
Me despidieron en la puerta con afectuosos apretones de mano y
ojos encendidos por el llanto, que pensaron enviar sin duda á la
tierra, con sus votos de un viaje venturoso, algo de su sér, de sus
recuerdos, que me llevaba con sus ansias á la patria catalana.
Volví á la Habana y dediqué la tarde y parte de la noche á visitar
una fábrica de hilados de yute y henequen y la planta eléctrica,
fusionada á la fábrica del gas, que funcionan con gran prosperidad.
La fábrica de yute y henequen que trabaja bajo la razón social
Heydrich Raffloer y C.ª, empezó muy modestamente; hasta ahora se ha
dedicado á la fabricación de jarcia, pero intenta ya mayores empresas
y trata de tejer sacos de yute, en grande escala, para facilitar
envases á la industria antillana del azúcar, café y cacao. Posible
es que se esté montando ya la maquinaria norte americana que estaba
encargada hacía tiempo en los Estados Unidos, y que cuente ya la
Habana con un elemento más de riqueza, instigador y ejemplo vivo de
otras empresas de mayor alcance, que vayan á aumentar la riqueza y
los recursos poderosos de la perla de las Antillas.
En barrio apartado y junto al mar, en edificio de pobre apariencia,
ha levantado la industria la planta eléctrica de la Habana.
No corresponde el interior á lo que, visto desde fuera, parece cuadra
abandonada de un edificio industrial de pocos medros. En cuanto se
entra en la sala de dinamos, recuérdase enseguida la limpieza, el
orden, la pulcritud, la habilidad característica de la raza yankee.
Todo brilla allí, atestiguando la prosperidad y un servicio bien
organizado, las máquinas de vapor de no sé cuantas expansiones, con
su marcha silenciosa y acompasada, las dinamos con sus pasmosas
rotaciones y sus corrientes nacidas misteriosamente en aquella
ordenada masa de hilos metálicos, sugestionada por la acción de un
poderoso imán que van á encender los carbones filiformes de lámparas
incandescentes, situadas á largas distancias, donde se acumula el
calor, por miles de grados, ante la resistencia que les opone una
frágil y apenas perceptible línea de substancia carbonizada, ó los
carbones cónicos de arco voltaico separados por tenue capa de aire
que resulta para la corriente resistencia enorme, vencida acumulando
en reducido espacio un foco portentoso de calor que adornan todos
los colores de una luz que se descompone en mil matices, y que
deslumbra como si fuera un pedazo de materia arrancado del sol.
¡Misterios de la ciencia que, sabiendo tanto, no ha logrado aun
arrojar de su seno el empirismo, como no ha logrado el sol limpiar
sus manchas, ni ha conseguido el hombre desarraigar de su mente el
misterio, que nos sale al paso á cada instante, proclamando nuestra
ignorancia y nuestra mísera condición!
La visita hecha á la planta eléctrica fué sumamente entretenida; un
subjefe norte americano, encargado de la maniobra diaria, mostró
grande empeño en que viera, con todos sus detalles, el montaje, la
disposición, el reparto de las dinamos con relación á los barrios
de la ciudad, el desarrollo que ha ido teniendo el alumbrado
eléctrico en la Habana, y una porción de detalles muy ingeniosos que
no serían una novedad para los iniciados en estos estudios, y que
resultarían enojosos para los profanos. No insisto, pues, en esta
descripción como no sea para decir que la electricidad tiene en la
Habana fervientes admiradores, y que es posible alcance, en breve,
gran desarrollo en la vialidad y en la pequeña industria, como lo ha
alcanzado ya como elemento de iluminación en las calles, las casas y
los edificios públicos más notables de la ciudad.
Y antes de describir lo más interesante, sin duda alguna, de la
industria habanera, por su riqueza, su trascendencia y su colorido
local: «la fábrica de tabacos», permítame el lector, aunque sea
desviando por completo el curso de sus ideas, y dando un salto en
el orden de los asuntos tratados, pero ajustándome á lo contingente
de la vida, que, en su curso diario, pasa incesante de lo serio
á lo jovial, y de lo trascendente á lo fútil, como corre un río
en las horas del día tan pronto sobre lecho blando y de suave
pendiente, como sobre accidentado asiento que transforma el agua
pura y cristalina en espumas y airadas corrientes, en cataratas que
rugen y rompientes que amenazan, así he de pasar ahora de lo serio
y hondo de la enseñanza que es agua fecunda, y de la electricidad
que es luz, calor y fuerza que espanta, á una escena pintoresca,
de color tan singular, que ya querría verla en un cuadro de pintor
colorista, capaz de sentir en su cerebro todas las vibraciones de
la luz ardiente y poderosa de los trópicos para trasladarla, con
el aliento del genio, á la tela que admite el tono, el color, la
perspectiva, el movimiento, el aire, todas las condensaciones de la
realidad arrancadas al arte del dibujo y la pintura por el artista
de raza. Escena que aún contemplo gozoso con los ojos entornados, y
que tropiezo con ella después de ver los portentos de la ciencia en
la planta eléctrica, y los adelantos de la industria en la fábrica
de yute y henequen, cuando las calles, iluminadas artificialmente,
cerrado ya el crepúsculo y engalanadas con guirnaldas de flores
y cadenas de papel están llenas de bote en bote, esperando una
procesión de negros, devotos del arcángel San Rafael que llevan
en andas, con alegría infantil, formando un conjunto abigarrado
de hombres, mujeres y niños, con sus trajes de días de fiesta,
multicolores, brillantes, limpios, más brillantes y limpios cuando
se proyectan sobre aquellas caras sebosas, relucientes, de fisonomía
variadísima, que no me canso de mirar, llevando cirios encendidos y
ramos de flores, pero sin que nadie consiga poner orden en aquella
masa que reza, canta y ríe, contenta de ser admirada y lucir sus
mejores preseas; cuando estallan de repente las luces de bengala que
abrillantan el cuadro con sus colores rojos y verdes, encendiendo
todas aquellas fisonomías con tonos indescriptibles y formas
apocalípticas, extrañas é inconcebibles. Y aquel arcángel que sonríe,
con su cara afeminada, con su tez blanca y sonrosada, cubierto el
busto de flores y joyas, sostenido por aquellas manos negras de piel
rugosa y la atención de ojos que centellean en el fondo de órbitas
horrendas, los pobres negros que murmuran oraciones dirigidas á aquel
sér de raza distinta que les mira compasivo, forman, en realidad, un
contraste que me domina, y sigo aquella procesión sin cansarme de
admirar aquel extraño y abigarrado conjunto, creyendo que me hallo
en el continente negro, en aquella Abisinia cristiana, á miles de
millas de la realidad, donde esos espectáculos han de ser frecuentes
y revestir formas tan raras como las que me proporcionó la Habana
negra aquella noche, mostrándome una escena que ha quedado grabada en
mi imaginación con caracteres tan hondos y tan brillantes, que los
juzgo imborrables é imperecederos en mi memoria.
Los fabricantes de azúcar tienen montados sus artefactos en los
campos de Cuba; los que tuercen tabaco tienen sus manufacturas en la
ciudad de la Habana.
No me interesaba gran cosa el cultivo de la caña y la fabricación
de azúcar, que puede estudiarse en muchos ingenios de la península
y especialmente en los alrededores de Málaga, donde tuve ocasión,
hace ya muchos años, de examinar tan interesante industria; por otra
parte, en los ingenios, la máquina y la química dominan, en absoluto,
el procedimiento; en las manufacturas del tabaco, la inteligencia
y la habilidad del obrero constituyen la esencia de una de las
industrias más ricas del mundo.
Y como estaba ya tan fatigado de ver en los Estados Unidos la
supremacía de la máquina sobre la inteligencia y la habilidad
del obrero, como la máquina resulta ya invasora hasta llegar al
embrutecimiento de los encargados, no de dirigirla, sino de
manejarla y auxiliarla, convirtiéndose el obrero en obediente y
sumiso servidor de la materia inerte, al entrar en las cuadras
de las manufacturas de tabacos, en donde el obrero pone toda su
inteligencia y la habilidad de sus manos á beneficio de un poderoso
instrumento de trabajo, que en vez de atrofiar el cerebro y los
brazos aguza el entendimiento y afina la voluntad, parece que el
espíritu halla allí más dilatados horizontes, algo que encarna
mejor en la naturaleza humana, que la máquina pone frente á frente
dos terribles desigualdades, tan hondas como invencibles: la del
ingeniero, que ha llegado á vencer tantas resistencias y acumular
tantas combinaciones que pasman, presentando al mundo una obra
digna del cerebro humano, obra de la reflexión y del estudio, y la
del obrero, incapaz de comprender el fundamento ideal, la fórmula
sintética, el esquema de líneas matemáticas, la serie de coeficientes
cuya intervención habilísima ha producido el mecanismo, y que, no
siendo capaz de comprenderlo, vese reducido á la triste condición de
esclavo de aquella inteligencia tan grande que impone al ignorante,
sin quererlo, la triste esclavitud del trabajo inconsciente.
En las manufacturas de tabaco, el asombro toma una dirección
más humana y consoladora; veo en una mesa una cantidad enorme
de hoja curada y dispuesta para su clasificación, y un obrero
inteligentísimo, formado al calor de un aprendizaje largo y fecundo,
que las va amontonando, pero con tanta precisión, rapidez y cuidado,
con mira á una clasificación tan larga y enrevesada, con objetos
tan múltiples, teniendo siempre á la vista la serie de tabacos de
clases, formas y condiciones variadísimas, que ha de satisfacer las
exigencias de mercados, de gustos y necesidades distintas, que la
separación de tan gran número de hojas, que apenas logra distinguir
el profano, supone dos cosas que no podrá conseguir jamás la máquina,
que aquella selección tan fina habrá de ser siempre obra de la
inteligencia humana y su labor objeto que asegure á la mano de obra
el porvenir, casi siempre incierto, para el proletariado que dedica
hoy sus brazos á la industria.
Pero no he de adelantar ideas, si no he de introducir confusión en
cuanto voy á decir, respecto á la industria tabacalera.
Importa ante todo formar concepto de la preparación de la hoja que
llega á la Habana, formando paquetes de un octavo de metro cúbico
aproximadamente, que entran en almacén, y se amontonan en un recinto,
sin ventilación alguna, mediante una clasificación previa, en que la
procedencia tiene un interés de primer orden. Para los que no estamos
acostumbrados á la atmósfera que se forma en un almacén de tabaco en
rama, la respiración es tan difícil que la primera impresión es de
asfixia, de algo que se agarra á la garganta, irrita la tráquea y
comprime los bronquios, poco dispuestos á sufrir aquellas emanaciones
acres en que parece dominar un alcaloide. Pasada la primera alarma,
los pulmones van tranquilizándose, y la circulación se restablece,
aunque esté poco satisfecha, respirando aquel aire que dicen ser
antiséptico, y enemigo resuelto del cólera y la fiebre.
En los paquetes que van arrollados á la corteza de la palma real ó
cocotero, que no estoy seguro de este detalle, se ha cuidado ya de
que la hoja forme manojos, dispuestos de manera que no pierda la
homogeneidad, textura y humedad necesaria para conservar su finura,
sólo comparable á la piel de cabritilla más suave y delicada.
Antes de que la hoja pase del almacén á la mesa del operario ha
de entrar en la cámara de fermentación, encerrándola á granel en
toneles de madera, abiertos por sus extremos, donde humedeciéndola
con un poco de agua salitrosa se calienta lentamente, sufriendo una
fermentación que parece tener por objeto principal neutralizar,
algún tanto, la acción de la nicotina, veneno activísimo que estraga
y embota el paladar, poco apto entonces para apreciar los aromas
delicados, y los principios esenciales del tabaco de buena hoja.
La hoja, una vez fermentada, sufre una verdadera fiscalización, en la
mesa de aquel operador de que hice mención en anteriores párrafos,
haciendo ante todo una gran división que consiste en separar la
hoja de tripa de la hoja de capa, la que resulta picada, manchada
ó excesivamente nerviosa, de la que no tiene tara alguna, mancha ó
agujero, que resulta suavísima á la mano, que se pliega con facilidad
como si fuera y es realmente untuosa al tacto, variando sólo en
el color que ha de resultar, sin embargo, homogéneo, y evitar que
_lagartee_, ó lo que es lo mismo, que expuesto el tabaco á la
luz se decolore en unas partes para formar veteados extraños, que
el comprador desecha, convencido de que aquel cambio de tonos es
resultado de una modificación intrínseca, que resulta en menoscabo de
la calidad del producto.
Hecha la clasificación por calidades y dimensiones, procede el
reparto, entregándose á los operarios, llamados _torcedores_,
la cantidad de hoja de tripa y capa que necesitan para elaborar el
tabaco, de clase única, que se confía á su habilidad.
Téngase en cuenta, por lo que al tabaco habano se refiere, que tanto
la tripa como la capa proceden de hoja cultivada en Cuba, teniendo
los fabricantes de aquella Antilla el buen sentido de no consentir,
en este concepto, ni en otro alguno que ataña á la buena calidad del
producto, la menor adulteración. Los dueños de las fábricas vigilan
constantemente la primera materia y la mano de obra, dando así un
ejemplo que no deberían perder de vista los que saben cómo se ha
perdido el crédito de nuestros vinos en los mercados del centro y
del sur de América, y qué daño inmenso se ocasiona al país cuando la
codicia nos ciega y la inmoralidad nos ahoga.
Los torcedores ocupan unas mesitas bajas, colocadas en fila,
que recuerdan las mesas de los niños en las escuelas de primera
enseñanza. La separación de mesas, en cuadras de regulares
dimensiones, es la que prescribe el movimiento holgado del obrero, y
la superficie de la tabla de las mismas, la que exige el montón de
tripa colocado en la parte izquierda, el manojo de hoja de capa en
la derecha, y la cuchilla afilada y limpia, al alcance siempre de la
mano del obrero, en el centro.
El torcedor, sentado en una silla, no muy alta, y con los tres
elementos citados en el párrafo anterior, sobre la mesa que tiene
enfrente, empieza por extender la hoja de capa sobre una superficie
lisa, valiéndose del canto de la cuchilla; en seguida, con su parte
afilada, corta los rebordes inferiores de la hoja y toda la parte
que sobresale de los nervios, de modo que el limbo se acerque lo
más posible á un plano, á una hoja de papel finísimo, sin granos,
nervios, ni solución de continuidad y, una vez conseguido, suelta
el torcedor la cuchilla, coge un pedazo de tripa, hoja de buena
calidad, pero que no tiene el color, la homogeneidad, la finura
y sobre todo la continuidad de tejido, que agujerea muchas veces
algún insecto y requiere la buena hoja de capa y lo coloca encima
de ésta, lo comprime con las dos manos, formando aproximadamente un
cilindro y luego con un golpe de mano habilísimo arrolla la capa á
la tripa, quedando ésta completamente cubierta y de modo tal que los
dos extremos del tabaco, uno se afila con los dedos y se sujeta la
parte de hoja suelta con un poco de saliva, y el otro, se corta con
la cuchilla, formando un plano normal al eje del tabaco.
La operación es tan corta y rápida, tan hábil y segura, dando al
tabaco una forma tan regular, que supone en la mano que la ejecuta
una flexibilidad inteligente, ya que con un solo golpe se consigue
dar, al conjunto, forma abultada en el centro, cilíndrica en el
extremo y afilada ó cónica en el opuesto. Los dueños de las fábricas
se complacen en enseñar esta operación á los forasteros que adivinan
la _difícil facilidad_ de ejecutarla bien y holgadamente, en
mucho menos tiempo del que he necesitado para describirla.
Los torcedores trabajan en silencio y escuchan con suma atención á un
lector que ocupa el centro de la cuadra encima de un entarimado que
domina la altura media de las mesas.
No recuerdo quién paga al lector, si el dueño de la fábrica ó los
torcedores, que distraen algún tanto la monotonía de su trabajo,
puramente manual, con las descripciones románticas ó realistas de los
novelistas favoritos. Lo que sí se ve claramente es que los obreros
aceptan con gusto esta intervención de la literatura en sus faenas
diarias.
El lector, á juzgar por los que he oído, no se distingue por su
fácil y prosódica expresión, y si ha hecho profesión de tal, ó el
oficio es difícil ó el estudio resulta deficiente. Habla despacio
y claro, levanta mucho la voz, pero las narraciones resultan
descoloridas y las acentuaciones y los incisos mal apuntados. La
verdad es que, á juzgar por el papel que representa, más que lector
resulta pararrayos, que en tiempo de la guerra separatista, y aun
posteriormente, en aquellas cuadras donde el elemento peninsular se
codea con el mestizo, y el español de pura raza con el insurrecto
presunto, se acumulaba tanta electricidad y se fraguaban tan
pavorosas tormentas, que el silencio, interrumpido sólo por el
lector, pareció á tirios y troyanos, á patronos y obreros un
procedimiento apropiado para templar opiniones que pasaban fácilmente
de los labios á las manos, de los argumentos á la cuchilla,
convirtiéndose el fecundo campo del trabajo en semillero de odios en
que germinaba potente la guerra civil.
El lector, con sus descripciones, distrae la atención del obrero,
evita discusiones, mantiene amistades, alcanzándose con poco dinero,
si no la paz que exige del espíritu mayores estímulos, siquiera
tregua y descanso.
En la fábrica «La Corona», que es la que mejor he visto en la
Habana, hay instalada la confección de cigarrillos con una serie de
máquinas sumamente ingeniosas que con rapidez, perfección y economía,
preparan, al día, una cantidad fabulosa de cajetillas.
No tuve tiempo para estudiar detenidamente esta industria; una rápida
ojeada no basta para ahondar en lo que es algo difícil y complicado,
y para no exponerme á decir cosas vagas é inciertas, vale más añadir,
como término de este artículo, algunas notas estadísticas que darán
idea de la importancia que tiene en el mundo la industria tabacalera
de Cuba.
En la Habana se cuentan unos cien fabricantes de tabaco, y, entre
ellos, hay quince casas reputadas como las primeras entre las mejores.
La hoja superior, única, la que da al tabaco cubano su reputación es
la de Vuelta de Abajo, cuya cuenca tiene una extensión calculada de
240 leguas cuadradas. Esta hermosa y riquísima región produce unos
750 kilogramos de hoja fina por hectárea, mientras producen sólo
unos 400 kilos por hectárea las otras comarcas, lo que supone un
rendimiento de un 10 por 100 sobrepujado grandemente en Vuelta de
Abajo.
El suelo de Cuba, ligeramente arenoso, suelto, fresco y muy rico,
y su clima, se prestan admirablemente al cultivo de las mejores
especies de tabaco. El valle de Güines da el mejor rapé, la
cuenca del río San Sebastián la hoja mejor para cigarrillos, y en
Consolación, San Cristóbal, Guanajay y Holguín hojas de varias
clases, que suelen mezclarse para disminuir su fuerza excesiva.
La Habana produce anualmente unos 200 millones de cigarros, y la
isla consume, con ayuda de los torcedores, que tienen una afición
grandísima al producto que elaboran, por valor de 25 millones de
pesetas.
En tabacos y cigarrillos, en un país en que fuman los hombres, las
mujeres y los niños, ¿quién es capaz de calcular la cantidad de hoja
consumida?
¡Bendito país, que tiene campos y tierras tan fecundos, productos tan
valiosos y manufacturas tan ricas! España, mientras cuente con su
imperio colonial, nunca será tan pobre como se dice, pues posee las
islas más ricas, más hermosas y más fecundas de la tierra.