[Ilustración]A mediados de noviembre, no podía resistirse el calor en
los camarotes del «María Cristina». Las aguas del golfo mexicano me
parecieron aquella noche tan tibias, como si las hubiera calentado
el fuego central de la tierra. Recuerdo haber pasado una noche
angustiosa, una noche de verano en un camarote caldeado todo el día
por el sol de los trópicos, y el aire abrasador de la zona tórrida.
El primer rayo de luz que filtró por la porta, avivó mis deseos de
dar el último adiós á las tierras mexicanas, y me levanté rápidamente
para ver la silueta de la ciudad apestada, la traza del puerto, y los
muros artillados del castillo de San Juan de Ulúa.
El capitán del «María Cristina» no parecía tranquilo; el barómetro
bajaba y oscilaba sometido á cambios bruscos de presión; el mar
aparecía manchado en su superficie, inquieto, como si en su seno
se agitaran fuerzas de resultantes infinitas; la montaña estaba
cubierta de niebla, mostrándose ceñuda é irritada; el norte crecía
al bajar por riscos y malezas, despeñándose sobre las llanuras en
busca del equilibrio que no hallaba en las capas calientes y bajas
de la atmósfera, y el vapor que salía á chorros de las calderas del
trasatlántico, al chocar contra las placas vibrantes del silbato,
parecía responder á la impaciencia del capitán para acabar pronto y
cambiar el peligroso puerto de Veracruz por el mar libre, cruel á
veces, pero jamás traidor, donde la fiereza de las olas y la pericia
del que manda una nave, pueden luchar noblemente, oponiendo á la
fuerza de las aguas, la fuerza del ingenio y del saber.
Mis compañeros de viaje iban embarcándose y tomando posesión de sus
camarotes; los botes, llenos de equipajes y mercancías, rodeaban
el buque con deseos de acabar pronto, y al terminar la maniobra y
recogerse la balija del correo, contemplo por última vez la ciudad
de Veracruz extendida sobre playa bajísima, rodeada de dunas,
donde crecen ejemplares aislados de palmera real; ciudad levantada
con edificios de fisonomía española, de poca altura, rematados
por azoteas, pintados con colores chillones, ostentando grandes
rótulos de fondas, que de lejos recuerdan los paradores de nuestras
diligencias, con un puerto apenas esbozado, abierto á su principal
enemigo, el norte, que entra en aguas de Veracruz como dueño y
señor de vidas y haciendas, sin que haya buques con anclas bastante
robustas, ni cables bastante fuertes para contrarrestar las furias
de aquel coloso que convierte el puerto de Veracruz en uno de los
puertos más peligrosos del mundo.
Mientras el «María Cristina» arría sus escaleras y cierra sus
escotillas, doy la última mirada al San Juan de Ulúa, tan
desmantelado y pobre como otros castillos que todos conocemos,
retrotrayendo á mi memoria los recuerdos que guarda en su recinto;
y el buque empieza á mover su hélice poderosa y á luchar con
la mar de proa al principio y de costado más tarde, que ha de
mantenerse constantemente en su travesía de Veracruz á la Habana.
El trasatlántico español se mantiene gallardamente sobre el mar
embravecido; al cuarto de hora de navegar, el pasaje recobra su
tranquilidad al ver cómo lucha el coloso contra el mar con ventaja,
y cómo, á pesar del viento y el oleaje, el «María Cristina» anda con
bastante rapidez y sin que los balanceos fatiguen excesivamente á
los atribulados pasajeros. La travesía no fué afortunada; fatigónos
el norte constantemente y el pasaje se mareó hasta el estrecho
de la Florida. En tres días se atraviesa el golfo de México y
puede llegarse sin dificultad desde Veracruz á la Habana con tres
singladuras. Nosotros pusimos cuatro, y no pudimos decir que
perdiéramos el tiempo.
No estuvo, pues, agradable la travesía, ni puedo contar este viaje
entre los llamados de recreo. Cinco personas acudíamos sólo á la mesa
de primera, y aun no todos los días pudimos resistir hasta el fin
los balanceos del «María Cristina». De los cinco, uno era un fraile
italiano que iba á Bilbao, para partir, á los pocos días de llegar á
España, en dirección á Chile; otro, era un mexicano que acompañaba á
dos hermanas suyas á la Habana; los tres restantes, dos mexicanos de
Córdoba y yo, íbamos á la capital de Cuba por recreo y curiosidad.
Cito estas personas, que recuerdo como si las estuviera viendo,
porque están relacionadas con un acontecimiento que me causó en la
Habana una impresión dolorosísima.
El fraile italiano tenía un miedo terrible al vómito y su mayor pena
consistía en tener que pasar cuatro días en la Habana, esperando la
salida del vapor; el mexicano que acompañaba á sus hermanas, tenía
la constante preocupación del mismo mal, y sólo los dos chicos de
Córdoba, que no tenían más allá de 25 años cada uno, contaban, con
placer, las horas que faltaban para llegar á Cuba, donde confiaban
pasar unas cuantas semanas de recreo en la Chorrera y los sitios más
reputados de la isla por sus placeres y atractivos. No teníamos á
bordo noticias ciertas del estado sanitario de la grande Antilla;
se sabía que el año había sido rudo y que la fiebre había atacado
fuertemente en la Florida, en las costas del Pacífico y el Atlántico
de México, en Cuba y Puerto Rico, lo mismo á los extranjeros que á
los hijos del país; pero, estando ya avanzada la estación, á mediados
de noviembre, los más recelosos creían que el peligro en Cuba debía
ser remoto y que era probable librar bien del contagio.
Los compañeros de Córdoba, acostumbrados á vivir en la zona rayana
á la fiebre, no parecían preocuparse ni parar mientes en lo que
decíamos; llegamos á la Habana, cada cual tomó su camino y aquellos
muchachos, guiados por algunos compatriotas suyos que viven en Cuba,
empezaron la vida regalada que imaginaron, contentos y alegres, en
los sonrientes campos del valle de Orizaba.
A los ocho días de estar en la Habana y cuando ya me convencí de que
había cometido una imprudencia, leyendo un periódico de la localidad
supe que uno de los dos muchachos de Córdoba acababa de morir de
un ataque fulminante de fiebre amarilla. En el mismo diario leí en
seguida: «la fiebre ha tenido este mes un aumento de consideración»,
no ignorando allí nadie que habían muerto algunos pasajeros que
acababan de llegar á la Habana en el «Alfonso XII», procedentes de
la península, y produciendo entre los novatos una alarma que no
sabíamos disimular.
Después de cuatro días de navegación, la isla de Cuba empezó á
dibujarse en el horizonte. Uno de los objetos de mis ansias estaba ya
á la vista; pude dar la vuelta al mundo, y preferí visitar nuestras
Antillas y estudiar sobre aquella tierra candente las múltiples
cuestiones que la agitan y devoran. Los montes de la isla fueron
creciendo á mi vista, como si salieran lentamente del fondo de los
mares, y á las nueve de la mañana, en día de luz intensa, dorando el
sol aquellas tierras y caseríos, centelleando en las aguas tranquilas
los rayos de luz ardiente, el «María Cristina» atravesó la boca de
la bahía, entre el castillo del Morro y el castillo de la Punta,
mientras un corneta tocaba la marcha real española con ansias, sin
duda, de saludar el pabellón de la patria, arbolado en los mástiles
del trasatlántico.
Los pasajeros del «María Cristina» contemplaban ávidamente el
puerto de la Habana, de cuyo tráfico se cuentan maravillas; y vimos
aparecer, en primer término, los buques de la escuadrilla española;
en el fondo y amarrados á los muelles algunos vapores nacionales y
extranjeros; y cruzar la bahía los _ferryboats_ á la americana,
con sus máquinas de balancín, moviéndose lentamente, para transportar
pasajeros y mercancías á Puerto Real, camino de Guanabacoa y
Matanzas. Los muelles se desarrollan siguiendo las inflexiones
de tierra firme, y á lo largo de los mismos vense acumuladas las
mercancías, azúcar, café, ron, frutas, en tinglados de escasa cabida
y corte anticuado, que no responden á la riqueza y fama del comercio
de un puerto de primera clase, y de la ciudad más rica y famosa del
archipiélago antillano.
No sé si la impresión que me causó la bahía de la Habana corresponde
á la realidad de las cosas; parecióme, en primer término, escasamente
concurrida; ni el número ni la calidad de los buques anclados en
el puerto respondían á la idea que me había formado del tráfico de
la Habana, y digo que no ha de ser justa la impresión recibida,
porque llegué á la isla en plena crisis, pocos meses después de la
suspensión de pagos del Banco Español de la Habana, y cuando el stock
de azúcar en almacén era tan formidable que bastaba él solo para
explicar la paralización de todas las fuerzas vivas de la isla.
El desembarco efectuóse rápidamente; multitud de barcos, tripulados
por negros, en su mayor parte, ofrecía á los pasajeros cómodo
vehículo para saltar á tierra. Los botes de la bahía, cubiertos con
toldo de lona que preserva á los viajeros de los rayos solares,
llevan los bultos á la Aduana, donde se molesta muy poco á los que
declaran estar exentos del pago de derechos, siendo todo el mundo
tratado allí por los funcionarios del ramo con exquisita cortesía.
Un coche de plaza, que no ofrece cosa alguna que merezca contarse,
cruzando plazas y calles, condújome por la de O’Reilly al Parque,
donde está emplazado mi albergue llamado Hotel de Inglaterra.
Acostumbrado á los hoteles de la América del Norte, me avengo con
dificultad á la indumentaria de mi habitación, situada en un patio
central, sin luz directa, pobremente amueblada, mal oliente y... muy
cara, tan cara como pudiera serlo un cuarto de primer orden en un
hotel de primera clase. Recapitulo, pues, mis impresiones habaneras,
mientras hago un _bout de toilette_, y no resultan lisonjeras.
Sospecho que, al ir del puerto á la fonda, he atravesado una buena
parte de la ciudad, la más nueva quizá, y la policía municipal
resulta estar tan atrasada que es difícil ver una ciudad más sucia,
más pobre y más toscamente empedrada que la Habana.
Calles estrechas, estrechísimas, por cuyas aceras no puede pasar
más de una persona, si ha de quedar arroyo bastante holgado para
que crucen por él dos carruajes sin peligro; casas bajas, tan bajas
que en su mayoría no tienen más de un piso; toldos horizontales ó
ligeramente inclinados, con otros verticales y divisorios en las
calles, que tamizan la luz y dan al interior de las tiendas una
entonación triste y pobre; almacenes grandes en general, pero poco
adornados y vistosos, por más que hay en ellos cuanto puede necesitar
la dama de gusto más refinado y exquisito; arroyos llenos de baches,
descuidados, mal barridos, aun aquellos que corresponden á calles
principales y de más escogida y numerosa concurrencia.
Listo ya para salir á la calle, desde el saloncito de conversación
del hotel de Inglaterra, fijo mi atención en el Parque, sitio
céntrico de la ciudad y de reunión durante la noche, cuando una
música militar solicita el favor del público, y observo en el centro
una dilatada plataforma en medio de la cual está emplazada, sobre
zócalo sencillísimo, una estatua en mármol de doña Isabel II, obra
de un escultor cuyo nombre no me interesa, y á los costados del
monumento, macizos de flores que alternan con árboles desmedrados,
candelabros de gas y asientos de madera. Rodean la plaza ó Parque
los teatros más notables de la Habana: Tacón, Pairet y Albisu, pero
ninguno de ellos presenta fachadas monumentales que fijen la atención
del viajero y merezcan una descripción detallada.
Llama la atención en aquella plaza la falta de criterio con que se
determinó su traza, pues siendo porticada en algunas partes, presenta
soluciones de continuidad inexplicables, en otras, con evidente
desventaja para la buena visualidad del conjunto. Hay en la misma
el Centro de bomberos del comercio, instituto digno de merecidas
alabanzas; algunos edificios particulares vistosos, uno de ellos
paralizado hace bastantes años; cafés bastante lujosos y de holgadas
formas, y uno de los casinos más famosos del mundo, conocido con el
nombre de «Centro Asturiano.»
Mas todo esto y lo que me queda por reseñar, que no es poco, nada
significa al lado de lo que compone la estructura íntima de un centro
donde se agita todo el trabajo fecundo de la isla, se acumulan
enormes riquezas, se acrecientan grandes ambiciones y se alimentan
esperanzas pavorosas para el porvenir del poderío y la riqueza de
España. Algo he de decir de todo eso, que su estudio interesa á todos
los que aman la patria, su integridad, sus prestigios y su gloria.
[Ilustración: EL PARQUE]