De México á Veracruz

[Ilustración]Ordeno mis ideas, concentro mi pensamiento y rasgo

cuartilla tras cuartilla sin hallar la nota justa que exprese

aquí con la vehemencia requerida el placer, el goce intensísimo

experimentado en la travesía de la capital mexicana á la ciudad

llamada por Cortés Santa Vera Cruz. Requiere esta narración el empleo

de colores que no hallo en mi pobre paleta; exige esta impresión,

que vivirá perpetuamente en mi memoria, talento que no tengo, estilo

sobrio, que no necesita forma galana la expresión exacta de aquel

espectáculo grandioso, corrección de líneas que den al cuadro,

aire, luz y perspectiva, conjunto deleitoso que veo, con los ojos

entornados, ávidos aun de aquel placer tan hondamente sentido que ha

dejado en mi cerebro la sensación intensa de una belleza que no hay

pluma ni pincel que pueda abarcarla en su conjunto, que quien fuera

capaz de expresarla haría obra digna de un dios.

La imaginación que sobreexcita una narración brillante es el enemigo

mayor del que viaja; porque acontece con frecuencia que todo lo

pensado con líneas holgadas resulta pobre, lo de tonos vivos,

descolorido; donde creyó hallarse una sacudida nerviosa el espíritu

no despierta ni concibe, resultando empobrecido, para la imaginación

ardiente, lo que fantaseó la descripción colorista de un escritor

de raza. Sólo en casos excepcionales, la realidad va más allá de

lo pintado y sugerido; que la naturaleza al vestirse con todas sus

galas, muéstrase genio inimitable, que no ha nacido aún el hombre que

ha de hallar en su paleta los innumerables tonos y los brillantes

colores con que la luz matiza las tierras, las plantas y los animales

de los climas tropicales.

Salgo á las siete y media de la mañana de la capital de la república;

vuelvo á saludar á la Virgen de Guadalupe, patrona de México;

echo una rápida ojeada á las aguas descoloridas del lago Texcoco,

y á medida que me voy acercando á la Esperanza, estación situada

en la divisoria de la alta meseta mexicana, los campos de agave

van multiplicándose, el arenal va invadiendo las tierras, arenal

que parece formado de polvo diorítico finísimo, levantado por la

velocidad del tren y que llena los vagones formando nube, donde

apenas puede respirarse, como si la duna se moviera á impulsos

del huracán y amenazara sepultar bajo su oleaje estéril, aquella

manifestación de una civilización nueva que pretende dominar el

desierto, él que no respetó jamás á la caravana en días de tempestad,

abrasándola con sus arenas ardientes, y sepultándola con sus fuerzas

de gigante. Y dominando aquel cuadro, se levanta el Orizaba y el

Malintzi con sus nieves eternas, enorme cono, el primero, centinela

del Atlántico, que contempla ansioso el navegante en el proceloso

golfo de México, buscando en su silueta, oscurecida por la niebla, ó

limpia y pura proyectándose en el cielo, la predicción del tiempo,

que de aquellas altitudes inmensas baja airado el viento Norte que

levanta olas de tempestad, pone en grave peligro las embarcaciones

ancladas en el puerto de Veracruz, hace inabordables las costas de la

península de Yucatán, y corriendo los barcos la borrasca en alta mar,

moviéndose entre bajos, estrechos y playas, se estrellan muchas veces

en la costa, impotentes ante la fuerza colosal del Norte, de aquel

gradiente barométrico, salto inmenso que va de los altos neveros del

Orizaba á las tierras bajas y ardientes del golfo mexicano.

El viajero, cansado de ver campos de magüey y de respirar un

aire que se masca, sediento, cubierto el traje de arena, con los

ojos secos é irritados, llega por fin á la estación de Esperanza,

confiando también en que ha puesto término á la parte menos

interesante de la travesía, y que en el restaurant hallará medio de

refrescar sus ojos y su garganta, y reparar las fuerzas perdidas, en

hora ya apropiada para hacer un almuerzo copioso.

Las mesas se llenan de viajeros; la comida, servida por gente

del país, sin ser un modelo del arte culinario, se acepta sin

repugnancia, y dispuestos ya á saborear las delicias del paisaje, en

cuanto arranca el tren agrúpanse los viajeros en la parte derecha

del vagón porque el gran espectáculo, la bajada hasta Córdoba y

Orizaba, en plena zona tropical, empieza inmediatamente con gran

contentamiento de los ojos, ávidos de contemplar aquella serie de

cuadros que se transforma en cada revuelta del camino, sin que sea

posible pararse cuando se pide á gritos calma para saborear aquel

paraíso lleno de aire purísimo y de luz intensa como no habrá visto

jamás el que sólo ha vivido en los campos y los bosques de los climas

templados, donde la primavera es tan fugaz como la dicha humana,

mientras allí, y en las altitudes medias, las brisas de primavera

mantienen la juventud de la vida en todos los seres, remozándose en

aquellos campos perpetuamente regados, bañados en aquel sol y aquel

aire que llena de flores y pájaros las selvas y los bosques, dando á

las plantas tonos de color tan brillante y tan intenso, tan variado

y tan hermoso, que no se concibe ya que pueda haberlos más hermosos,

ni aun en los mundos siderales, que la imaginación ¡pobre imaginación

humana! se pierde en la contemplación de aquel paisaje que soñó

tantas veces al leer la descripción de los bosques tropicales.

Al dejar la estación de Esperanza la transformación es tan rápida

como el cambio de una decoración teatral. A las tierras y los

arenales de las altas mesetas mexicanas, al trazado monótono de la

línea férrea sentada sobre borrosa llanura, al campo plantado de

magüey, á la choza india de paralelepípedos de adobe de color de

tierra sucio, al aire transparente y suave de las grandes altitudes,

suceden tierras fuertes y mantillosas, sobre las que parecen haber

pasado, dejando allí sus despojos, las llamaradas de un incendio,

la vía que dibuja con sus sutiles contornos una obra de ingeniería

portentosa, el bosque con sus pinares propios aun de climas templados

en las partes altas y sus plantas de la tierra caliente en las

medias y bajas de la cordillera; la choza prismática, primitiva,

cubierta de bambú, sentada con arcilla, albergue de las razas indias

descendientes de las que descubrieron los primeros pobladores, y las

oleadas de nubes y nieblas que suben del Atlántico, lamiendo aquellas

tierras calcinadas y regando aquellas flores y plantas atosigadas

por sed insaciable. Y en aquel inmenso escenario, la vista se pierde,

sin saber qué partido tomar, si dedicar la atención á un trazado de

ferrocarril, único en el mundo, en que los trenes parecen despeñarse,

atravesando túneles y puentes, muy superior á cuanto he visto en el

paso de los Alleghenies, Rocky Mountains, Sierra Nevada y en muchas

comarcas europeas, ó si fijarla únicamente en aquellos paisajes

donde crecen confundidos el plátano y la piña, los nopales y las

palmeras, los naranjos y los limoneros, la caña de azúcar y el café,

formando bosques tupidos llenos de flores de colores vivísimos, con

festones de orquídeas, con chozas escondidas á la sombra de árboles

colosales, regado todo por aguas abundantes, derretidas en los

flancos del pico de Orizaba, mientras el tren desciende rápidamente

formando zig-zag con curvas de corto radio, apoyándose constantemente

en la caja abierta en la roca de acantiladas vertientes.

[Ilustración]

Desde grande altura se ve ya la estación de Maltrata, situada en

el fondo del valle alto, sobre pequeña planicie que debió ser, en

otras edades, fondo de un lago, y más tarde se atraviesa el valle

llamado La Joya hasta entrar en la estación de Orizaba, en pleno país

tropical. La estación presenta á la llegada del tren un verdadero

cuadro de costumbres. Los negros, casi desnudos, ofrecen á los

viajeros flores y frutas, abundando las naranjas, los plátanos y las

chirimoyas, llamadas en el país la fruta de los ángeles; los indios,

con sus trajes de colores vivísimos; los mestizos, con su piel de

color cetrino y sus ojazos soñadores; la estación, rodeada de árboles

frondosísimos y arbustos de flores grandes y hermosas; la población,

dominada por la iglesia, recordando los pueblecitos escondidos en

las hondonadas de las sierras andaluzas, y todo ello animado por la

vibración nerviosa de la raza de los trópicos, gritando, sacudiendo

á los que vienen y van con la cordialidad sentida de sangre de raza

latina, inoculada por los conquistadores en las venas de la raza

indiana.

El tren sale, y la gente grita aún, y agita los pañuelos, mientras el

extranjero vuelve á gozar con ansia de aquel espectáculo que no llega

á saciarle, y pasan las estaciones, y se cruzan arroyos rumorosos,

mientras la tarde va cayendo y las nieblas arrastrándose por los

picachos, bajan por las vertientes dando sombras de melancolía á

aquellos espléndidos paisajes que recuerdan los tiempos bíblicos,

paraísos encantados, poblados por los primeros hombres de que nos

hablan los libros santos y las santas escrituras. Y ya á últimas

horas de la tarde, cuando se inicia el crepúsculo que anticipa

la niebla que corona las alturas, el espectáculo colorista de la

estación de Orizaba se reproduce en la de Córdoba, con la mezcla

de razas y la orgía de colores, de frutos y flores, de zarapes y

rebozos, de hombres blancos, negros y amarillos, como si aquella

tierra fecunda fuera capaz, ella sola, de vaciar en sus moldes, al

calor del sol tropical, la concreción pasmosa de todos los reinos de

la naturaleza, formados allí como centro vital para esparcirse luego

por todo el haz de la tierra.

Salgo de Córdoba y el crepúsculo va amortiguando lentamente la

tensión de mi espíritu, sostenida largo tiempo por una excitación

nerviosa de goces intensísimos; y como fin de fiesta, al entrar

el convoy en una garganta estrechísima, de vertientes arboladas,

de tonos obscuros que acrecientan turbonadas de niebla de colores

blancos y pardos que rasgan las sombras del monte, aparecen de

repente como cuadro final la cascada de Atoyac, formando vistosas

caídas y estrepitosos remolinos que animan aquel paisaje solitario,

lamiendo los pies de frondosos bosques tropicales. Desde allí,

recorrido el Paso del Macho, el país de los portentos con sus bosques

y sus arroyos, sus pueblos y sus razas, se desvanece como un sueño;

el tren atraviesa rápido la llanura de Veracruz, árida y triste,

tan triste como el pensar del viajero que, dejando á la espalda un

paraíso, teme hallar traidora muerte en las calles de la ciudad que

se considera patria y cuna de la desoladora fiebre amarilla.

Anochecido ya, los compañeros de viaje resumen sus impresiones, y

antes de llegar á la estación se calcula la mejor manera de pasar la

noche en la temida ciudad de Veracruz.

En el vagón que me ha tocado en suerte va un fraile italiano, una

familia mexicana y dos muchachos de Córdoba que van á pasar unos días

de asueto en la Habana.

El fraile italiano me incita á embarcarme en seguida, si el viento

norte, tan temible en el puerto de Veracruz, lo permite; acepto su

consejo, y después de cenar en un hotel de la ciudad, nos vamos

al puerto, poco menos que á tientas, y sin saber dónde vamos,

ni quién nos dirige. El miedo á la fiebre nos hace cometer una

verdadera calaverada, fiándonos de un botero que no sabemos quien

es, cerrada la noche, sin más luz que el fulgor de las estrellas, ni

más conocimiento de nuestro destino que el nombre del trasatlántico

español que ha de zarpar del puerto al día siguiente, con rumbo á la

Habana.

Mi buen fraile y yo, nos fiamos de nuestro acompañante, que nos

hace atravesar un portal de la ciudad, nos lleva á la escollera,

silba para que atraquen una barca, y entre el acompañante y el

botero me bajan al fondo de la lancha, temiendo ya si el miedo á la

fiebre me había hecho escoger un peligro real, embarcándome en un

puerto abierto, soplando el norte en noche obscura, y á distancia

del trasatlántico anclado junto al fuerte de San Juan de Ulúa. El

fraile no estaba muy tranquilo, ni yo tampoco: el botero empezó á

remar, el barco á moverse más de lo que convenía á la estabilidad

del vehículo, y el trasatlántico «Reina Cristina» á mostrarnos sus

cámaras y salones iluminados espléndidamente con luces eléctricas,

proyectándose su inmenso casco y silueta oscura en el fondo del cielo.

Al avanzar, el gigante iba creciendo, mi miedo á lo desconocido

aminorándose, y tras una recapitulación de tan variadas emociones

experimentadas en un solo día, al subir la escalera de á bordo y

entregar mi pasaje al camarero, parecióme que mi pecho se dilataba y

que había ganado y merecido el descanso entre los míos, amparado en

el golfo mexicano por la bandera augusta de la patria.

Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 19 / 30 题