Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas de España: un
mal remedo de ciudad, sin dejar de ser aldea; o mejor, todo lo malo de
la aldea y de la ciudad, sin tener nada de lo bueno de ellas. No tenía
de la aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni el aire
puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el plácido aislamiento;
pero sí sus miserias, sus _vecindades_, su escasez de recursos, su
soledad, su desamparo, su pequeñez. No tenía de la ciudad los
monumentos, los espectáculos, la policía, la provisión de todo, la
cultura, las comodidades; pero sí sus etiquetas, sus necesidades, sus
estrecheces, su esclavitud, sus pestilencias. Regía allí la ley de
razas, si no por colores, por posiciones o categorías, y se guardaban
las distancias hasta en la casa de Dios, único punto de la tierra en que
es un hecho la decantada igualdad social, menos cuando se trata de esos
ridículos términos medios entre la confusión de las grandes poblaciones
y la tranquila sencillez de la vida campestre.
Remedo de aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de
tiendas de gran fachada, no se vendía en ellas lo más indispensable para
la vida que allí hacía la gente encopetada; gruñían y se revolcaban los
cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves de corral en las
grietas de las aceras y en los rincones de la plaza, y en el campo
inmediato, mitad jardín y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las
flores, ni maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno crecía.
Por todo este conjunto desentonado y angustioso, habían trocado Simón y
Juana su pintada casita de aldea, sus hermosos horizontes y sus floridos
linderos, cuatro años antes del momento en que el lector y yo entramos
en la villa de que se trata.
Corría el mes de mayo a la sazón, y el follaje, los pájaros, las flores
y el céfiro que los columpiaba, llenaban toda la campiña. De todos estos
primores de la naturaleza, sólo alcanzaba a la villa tal cual penacho de
mortecinas flores, que algunos frutales raquíticos dejaban ver sobre los
mohosos lomos de esta y de la otra tapia, aun en las calles más
céntricas, como anuncio burlesco de una fruta que no había de llegar a
la madurez.
Tenía aquel pueblo también, como todos los pueblos, como todos los
hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su _anankée_
insuperable, como diría Víctor Hugo. Este _anankée_ era un regato, el
cual regato nacía en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante
el verano a la pobre campiña que atravesaba, tenía la desvergüenza de
inundar varias veces cada invierno, y merced a las aguas que le
prestaban las lluvias y las destilaciones del cerro, la parte más baja
de la villa a cuya proximidad pasaba.--Aquel regato, los desmanes de
aquel regato, el partido que podía sacarse de aquel regato encauzado
convenientemente, eran la pesadilla y el tema sempiterno de todos los
municipios de la villa y de sus más reposadas deliberaciones.
La cuestión del regato reaparecía nueva y palpitante de interés entre el
vecindario a cada Congreso que se constituía en Madrid, a cada municipio
que se elegía en la villa, a cada gobernador que se cambiaba en la
capital de la provincia. Y dicho queda con esto que la tal cuestión
apenas se olvidaba un punto.
¡Y era de oír cómo se hablaba entre aquellas gentes de _canalizar_, de
_fecundizar_, de _obras de fábrica_, del _curso del río_, de
_empalizadas, murallones y_ otras magnitudes por el estilo, ni más ni
menos que si trataran de dar nuevo cauce al _Amazonas_, o de poner un
dique a los furores del Atlántico, cuando, en rigor, todo estaba
reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa, en un
trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras tantas de
profundidad!
Esta era la necesidad más apremiante; y era otra, bastante urgente, la
de abrir algunos canales de riego, por los cuales se distribuyera
convenientemente el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase
toda la campiña por igual, de modo que en verano conservara alguna
frescura, ya que en tan calorosa estación todo canal era inútil, puesto
que se secaba el regato hasta su origen, y no corrían por su cauce otras
cosas que las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas y
las cucarachas.
Cabalmente el día en que nosotros entramos en la villa con esta
narración, había en las Casas Consistoriales reunión de contribuyentes
para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber ido a las
Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato, al cual representante
iba a encomendarse la tarea, no floja, de conseguir del Gobierno la
protección tantas veces intentada en vano por el vecindario de la villa.
Estaba el salón de bote en bote, como decirse suele; pero figurando en
los bancos de preferencia, inmediatos a la comisión, el _se__ñorío_, o
sea la gente de levita, aunque allí la gastaban casi todos.
Abierta la sesión, y después de leída la exposición de razones que se
elevaba a la consideración del Gobierno, dijo el presidente:
--Creo, señores, que en esto todos estaremos conformes. Que las crecidas
del río perjudican a la población, y que el canalizarle aprovecharía a
la campiña no puede negarlo nadie.
--Conformes--dijeron todos.
--Medios que se proponen para llevar a cabo esta empresa--continuó el
presidente--: Que pague el Gobierno la mitad de los gastos calculados, y
la otra mitad el pueblo.
--Conformes--contestó la concurrencia.
--Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte, y cuya
aprobación solicita--añadió el presidente hojeando la instancia en
borrador, que estaba sobre la mesa--. Primero: la demolición de la
capilla de San Roque que se halla a la vera del río... Señores--dijo
volviéndose al auditorio, en ademán resuelto--: La comisión ha tenido
presente, al hacer esta proposición, la proximidad de la capilla al
sitio en que ha de abrirse el nuevo cauce; los sillares y la madera que
puede darnos para la obra de fábrica que está indicada allí mismo, y el
dinero que han de valernos los ornamentos y las esculturas, sacados
oportunamente a remate. Se me dirá por algunos que en esa capilla se
dice la primera misa en los días festivos, por lo cual es, hasta cierto
punto, una necesidad para el vecindario la conservación de ese pequeño
templo; pero, señores, lo cierto es también que esa necesidad es
puramente moral, al paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la
hacienda y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, señores,
que somos muy liberales.... Digo, por tales os tengo... (_Voces
estrepitosas: ¡Sí, sí_!) Pues bueno: si, como liberales que somos, no
nos pagamos de ciertas preocupaciones añejas... (_Voces: ¡No, no_!), ¿a
qué desechar ese recurso, cuando con él podemos remediar en gran parte
la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces cada invierno, y,
en sentido inverso, todo el verano? (_Muchas voces: ¡Abajo la capilla de
San Roque! ¡Abajo los curas_!) ¡No tanto, señores, no tanto!; con la
capilla hay bastante _por ahora_. (_Bravos frenéticos en la sala_.)
Ábrese discusión sobre este asunto.
Momentos de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban
conformes con la opinión del presidente, o que nadie se atrevía a
manifestar otra distinta.
Creyendo lo primero, iba a dar la comisión por aprobada la base, cuando
se levantó un pobre cura, viejo ya, y achacoso como viejo, que había
obtenido voz, pero no voto, en el salón, por una especial merced de los
congregados, a protestar contra las palabras del presidente. Demostró,
en voz cascada y lenta, pero impávido, primero: que era una superchería
lo de que la demolición de la capilla pudiese proporcionar los recursos
a que se refería el presidente; que no había en el edificio más sillares
que los pequeñísimos y carcomidos de la puerta; que los ornamentos no
valdrían, en subasta, dos pesetas, y que no llegarían a treinta reales
las esculturas del pobrísimo y desmantelado altar. Esto lo demostró como
dos y dos son cuatro. Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los
risueños cálculos del presidente, la fe de un pueblo católico, las
santas tradiciones, las exigencias del culto divino, el respeto al
derecho de los demás y a la ley común, exigían que no se procediese tan
de ligero en un asunto tan grave, siquiera porque no se dijese por algún
malicioso que se obedecía a un _resabio de partido_ más bien que al
rigor de una apremiante necesidad.
Todo lo cual valió al pobre sacerdote una tempestad de murmullos, entre
los cuales tuvo que sentarse, abandonando en seguida el salón, por no
autorizar con su presencia la discusión de un punto para él
indiscutible.
Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando pidió la
palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa frente, pero de mucha
cara, abultado de pecho, ancho de espaldas, muy atusado de pelo y crespo
de bigote, grueso de manos y amanerado en el vestir. Aquel hombre era
Simón Cerojo, que tenía ya toda la gordura y todo el lustre, y aun todo
el traje, propios de un tratante en _caldos_ que va en próspera fortuna,
pero que no ha llegado todavía a la mitad de su carrera.
--Señores--dijo Simón, después de carraspear mucho y de atusarse el pelo
no poco--: Yo, el más incompetente y el más... y el más ineto (_Risas
hacia los bancos de la comisión_), y el más ineto, digo, de los
presentes que aquí estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que
nadie ha querido hacerlo después que usó de la palabra el dino señor
cura. (_Risas y jujeos a su lado_.) Sí, señores, dinísimo... (_Risas
generales_.) ¡Dinísimo digo, y circunspecto añado! (_Carcajadas_.) Pero
voy al caso. Dice el señor presidente que el interés moral no es quién
contra el interés material y del momento. No diré que no tenga razón el
señor presidente; pero tampoco diré que la tenga. (_Más jujeos_.) Me
explicaré, señores; que, por lo visto, aquí todos son eruditos y saben
latinidades. (_Risas de levita y aplausos de chaquetón_) Que es
respetable la necesidad de echar el río por otra parte, y respetable la
cantidad que valga la ermita después de derribada, y respetables los
materiales que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: «No es
respetable el interés moral.» Yo no diré que lo sea; ¡pero las
aparencias tan siquiera, señores; las aparencias! (_Risotadas acá y
allá_.)
Reirvos lo que queráis, si eso vos engorda, que yo por ello no he de ser
ni menos contingente... (_Asombro_), ni menos liberal. (_Sensación_.)
Decía, señores, que debemos salvar las aparencias, ya que no pueda
salvarse la ermita de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el
que más... _Rumores_. Sí, señores, tan cristiano como el que más; pero
más liberal que el primero que se presente. (_Estrepitosos aplausos_.) Y
claro está que mi concencia no se asusta porque haiga una iglesia más o
menos...; ¡porque yo no soy de esos fariseos que especulan con la
religión!... Frenéticos aplausos, ¡ni tampoco de esos otros que no
quieren nada con ella! (_Rumores_.) Me gusta vivir bien y ser tolerante
con todos. Por eso soy buen cristiano... (_Murmullos_), ¡buen
católico!... (_Risas_) ¡y buen liberal! (_Aplausos. El orador se limpia
la cara con el pañuelo, y pide un vaso de agua con anisete, que no le
sirven_.) Repito que si el derribo de la capilla es tan necesario como
se dice, que se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del
señor cura, que, al cabo, todavía hay muchas almas que le escuchan.
¿Cómo yo había de oponerme a ningún proyecto de interés general? Que
caiga la ermita, si está de Dios que ha de caer; pero que caiga con el
respeto debido a los que se oponen a ello. Esto es lo que quería yo
decir..., porque yo soy muy contingente, muy tolerante y muy liberal.
He dicho. _(Aplausos, risotadas y murmullos. El orador recibe las
felicitaciones de algunos colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el
pañuelo, y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.)_
No habiendo quien quisiera ilustrar más el asunto, púsose a votación, y
fué aceptado casi por unanimidad lo propuesto por la comisión.
Y continuó el presidente:
--Segundo medio de arbitrar recursos: «Se autoriza al municipio para
imponer a los artículos de _beber_ y _arder_ un recargo de seis por
ciento.»
--Eso no, ¡voto al demonio!--dijo Simón Cerojo, poniéndose de pie sobre
el banco y echando espumarajos de ira por la boca, contra su mesura, su
tolerancia y su _contingencia_ acostumbradas.
--¡Lo mismo digo!--gritaron otras muchas voces alrededor de Simón--.
¡Fuera ese artículo! ¡Abajo la comisión!
--¡Orden!--gritaba el presidente dando bastonazos sobre la mesa.
--¡Afuera _la canalla_!--vociferaban los señores propietarios,
encarándose con la masa tabernera.
--¡Abajo los tiranos!--gritaban algunos _caldistas_ desde lo último de
la sala--. ¡Viva el pueblo que trabaja!
--¡Viva el duque de la Victoria!--gritó un zapatero.
--¡Orrrden!
--¡Abajo los de arriba!
--¡A la calle los de abajo!
--¡Orrrrrdeeennn!
Y nadie se entiende allí, porque todos gritan y se revuelven y manotean,
armándose un tumulto tan espantoso, que me río yo de los que se
promueven cada día en el «templo de nuestra Representación nacional».
Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio, se calma la tempestad.
--Es digno de observación, señores--dijo entonces el presidente--, lo
que acaba de pasar aquí. Un hombre que, según él mismo nos ha dicho, es
todo _tolerancia_, todo _moderación_ y todo _contingencia_ (_Risas_), es
cabalmente quien ha amotinado el salón en cuanto ha visto que se tocaba
al pelo, no más, de sus intereses particularísimos. _(Simón Cerojo pide
la palabra para una alusión personal.)_ ¡Así es, señores, el patriotismo
de algunos hombres! Y no digo más.
--Señores diput..., digo circunstantes: cumple a mi hombría de bien, a
mi lealtad y a mi... contingencia (_Risas_) dejar bien claro este
punto. Yo no me he rebelado contra la base que se ha leído sólo por lo
que toca a mis intereses, sino por lo que no toca a los de los demás.
(_Murmullos_) Me explicaré. Se trata de hacer una obra que beneficie
los terrenos que hoy cruza el río, y se propone que la paguemos, en su
mayor parte, los que tratamos en artículos de beber y arder...,
precisamente los que no tenemos media libra de tierra en la campiña.
Contra esto me rebelo, porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este
pueblo ese modo de proceder, y por lo mismo que no es nuevo, y ya estoy
cansado de arrimar el hombro para que otros suban a lo alto, es por lo
que me rebelo con más empeño. _(Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia
arriba.)_ Yo soy muy liberal, pero no consiento que nadie me pise y me
atropelle; y también muy tolerante, pero no a costa de mis intereses,
que son el pan, y el sustento, y la... contingencia intelectual...
(_Jujeos_) de mi familia. Yo pagaré la parte que me corresponda para
echar el río por otro lado, de modo que no toque a la villa, que al
cabo, y bien sabe Dios por qué, en ella vivo; pero el que quiera buenas
tierras y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. _(Aplausos entre los
caldistas.)_
--El señor Cerojo--dijo con retintín un personaje muy soplado de la
sección de propietarios--, y los demás taberneros que le rodean, no son
muy partidarios de que se aleje el río, o mejor dicho, el agua que
lleva, de sus establecimientos. No me extraña.
--Oiga usté, sió pendón--respondió un caldista, asaz mugriento y
desengañado--, ¿piensa usté que, aunque pobres, vivimos aquí de estafar
a inocentes, como hace algún señorón que yo me sé?
--¡Al orden, señores!--gritó el presidente deseando torcer el sesgo
peligroso que tomaba el debate.
--Yo no sé cómo piensan en esto mis _cólegas_--objetó Simón, afectando
desdén hacia las palabras del propietario--; pero sé cómo pienso yo, y
por eso he dicho lo que dije; y ahora añado que siempre somos la carne
de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cómodo
y lo de lustre, allá se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta
con nosotros ni para un triste saludo de cortesía, porque lo tienen a
menos; pero cuando se trata de sacar dinero... (_Protestas de arriba_),
se nos busca y se nos mima. (_Aplausos abajo_.) Y esto es insufrible,
inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del día en que puse los
pies en la geografía de este pueblo.
--¡Señor Cerojo, señor Cerojo!--gritó el presidente sin poderse contener
por más tiempo--, esas palabras son indignas de este sitio y de esta
concurrencia, y yo espero que usted las retirará espontáneamente.
--Yo no tengo nada que retirar más que a mi persona, que voy a
retirarla de aquí ahora mismo.
--No será sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillísima,
todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha
sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y
digna que han observado otros señores comerciantes que se hallan aquí
presentes.
--Es que a esos señores no se les ha pedido nada.
--Eso es lo que usted no sabe.... ¡Señores, para que se comprenda toda
la intemperancia del señor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la
base que tanto le ha sulfurado, no se ha leído más que la mitad!
(_Atención general_.) La otra mitad dice así: «... y otro recargo de
tres por ciento sobre la clavazón y quincalla (_Protestas de los
quincalleros_), paños del reino.... (_Enérgicos rumores entre los
pañeros_), y otros artículos de vestir y calzar.» (_Alaridos en varias
partes del salón_.)
--¡Ahora no soy yo el intemperante, señor presidente!--vociferó Simón,
dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala.
--¡Orrrdeeen, señores!--gritó el presidente.
--¡Justicia era mejor!--le contestaron muchas voces.
--¡Catalana hay que hacerla en este pueblo!--añadieron otras.
--¡Orrrrdeeeen!
--¡Afuera esa _gentuza_!--gritaron otra vez los propietarios.
--¡Abajo la comisión!
--¡Y los que quieran engordar a la sombra de ella!
--¡Vivan los pobres honrados!
--¡Viva el duque de la Victoria!--volvió a gritar el zapatero.
--¡Orrrdeeen!
--¡Canalla!
--¡Ladrones!
Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes
desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre la mesa y
logra hacerse oír breves momentos.
--Señores--dice--: Por la centésima vez en mi vida presencio este
espectáculo, hijo de la misma causa que hoy le ha promovido. Esto me
demuestra que los habitantes de este pueblo estamos condenados a sufrir
cobardemente, y por los siglos de los siglos, los desafueros de ese mal
regato. La comisión, al comprenderlo así también, hace respetuosa
renuncia de su cargo y levanta la sesión.
Silbidos, denuestos, un estrépito espantoso y alguna que otra bofetada,
fueron el resultado inmediato de esta arenga, y el término de aquella
reunión.