CAPÍTULO II

Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas de España: un

mal remedo de ciudad, sin dejar de ser aldea; o mejor, todo lo malo de

la aldea y de la ciudad, sin tener nada de lo bueno de ellas. No tenía

de la aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni el aire

puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el plácido aislamiento;

pero sí sus miserias, sus _vecindades_, su escasez de recursos, su

soledad, su desamparo, su pequeñez. No tenía de la ciudad los

monumentos, los espectáculos, la policía, la provisión de todo, la

cultura, las comodidades; pero sí sus etiquetas, sus necesidades, sus

estrecheces, su esclavitud, sus pestilencias. Regía allí la ley de

razas, si no por colores, por posiciones o categorías, y se guardaban

las distancias hasta en la casa de Dios, único punto de la tierra en que

es un hecho la decantada igualdad social, menos cuando se trata de esos

ridículos términos medios entre la confusión de las grandes poblaciones

y la tranquila sencillez de la vida campestre.

Remedo de aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de

tiendas de gran fachada, no se vendía en ellas lo más indispensable para

la vida que allí hacía la gente encopetada; gruñían y se revolcaban los

cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves de corral en las

grietas de las aceras y en los rincones de la plaza, y en el campo

inmediato, mitad jardín y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las

flores, ni maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno crecía.

Por todo este conjunto desentonado y angustioso, habían trocado Simón y

Juana su pintada casita de aldea, sus hermosos horizontes y sus floridos

linderos, cuatro años antes del momento en que el lector y yo entramos

en la villa de que se trata.

Corría el mes de mayo a la sazón, y el follaje, los pájaros, las flores

y el céfiro que los columpiaba, llenaban toda la campiña. De todos estos

primores de la naturaleza, sólo alcanzaba a la villa tal cual penacho de

mortecinas flores, que algunos frutales raquíticos dejaban ver sobre los

mohosos lomos de esta y de la otra tapia, aun en las calles más

céntricas, como anuncio burlesco de una fruta que no había de llegar a

la madurez.

Tenía aquel pueblo también, como todos los pueblos, como todos los

hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su _anankée_

insuperable, como diría Víctor Hugo. Este _anankée_ era un regato, el

cual regato nacía en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante

el verano a la pobre campiña que atravesaba, tenía la desvergüenza de

inundar varias veces cada invierno, y merced a las aguas que le

prestaban las lluvias y las destilaciones del cerro, la parte más baja

de la villa a cuya proximidad pasaba.--Aquel regato, los desmanes de

aquel regato, el partido que podía sacarse de aquel regato encauzado

convenientemente, eran la pesadilla y el tema sempiterno de todos los

municipios de la villa y de sus más reposadas deliberaciones.

La cuestión del regato reaparecía nueva y palpitante de interés entre el

vecindario a cada Congreso que se constituía en Madrid, a cada municipio

que se elegía en la villa, a cada gobernador que se cambiaba en la

capital de la provincia. Y dicho queda con esto que la tal cuestión

apenas se olvidaba un punto.

¡Y era de oír cómo se hablaba entre aquellas gentes de _canalizar_, de

_fecundizar_, de _obras de fábrica_, del _curso del río_, de

_empalizadas, murallones y_ otras magnitudes por el estilo, ni más ni

menos que si trataran de dar nuevo cauce al _Amazonas_, o de poner un

dique a los furores del Atlántico, cuando, en rigor, todo estaba

reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa, en un

trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras tantas de

profundidad!

Esta era la necesidad más apremiante; y era otra, bastante urgente, la

de abrir algunos canales de riego, por los cuales se distribuyera

convenientemente el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase

toda la campiña por igual, de modo que en verano conservara alguna

frescura, ya que en tan calorosa estación todo canal era inútil, puesto

que se secaba el regato hasta su origen, y no corrían por su cauce otras

cosas que las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas y

las cucarachas.

Cabalmente el día en que nosotros entramos en la villa con esta

narración, había en las Casas Consistoriales reunión de contribuyentes

para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber ido a las

Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato, al cual representante

iba a encomendarse la tarea, no floja, de conseguir del Gobierno la

protección tantas veces intentada en vano por el vecindario de la villa.

Estaba el salón de bote en bote, como decirse suele; pero figurando en

los bancos de preferencia, inmediatos a la comisión, el _se__ñorío_, o

sea la gente de levita, aunque allí la gastaban casi todos.

Abierta la sesión, y después de leída la exposición de razones que se

elevaba a la consideración del Gobierno, dijo el presidente:

--Creo, señores, que en esto todos estaremos conformes. Que las crecidas

del río perjudican a la población, y que el canalizarle aprovecharía a

la campiña no puede negarlo nadie.

--Conformes--dijeron todos.

--Medios que se proponen para llevar a cabo esta empresa--continuó el

presidente--: Que pague el Gobierno la mitad de los gastos calculados, y

la otra mitad el pueblo.

--Conformes--contestó la concurrencia.

--Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte, y cuya

aprobación solicita--añadió el presidente hojeando la instancia en

borrador, que estaba sobre la mesa--. Primero: la demolición de la

capilla de San Roque que se halla a la vera del río... Señores--dijo

volviéndose al auditorio, en ademán resuelto--: La comisión ha tenido

presente, al hacer esta proposición, la proximidad de la capilla al

sitio en que ha de abrirse el nuevo cauce; los sillares y la madera que

puede darnos para la obra de fábrica que está indicada allí mismo, y el

dinero que han de valernos los ornamentos y las esculturas, sacados

oportunamente a remate. Se me dirá por algunos que en esa capilla se

dice la primera misa en los días festivos, por lo cual es, hasta cierto

punto, una necesidad para el vecindario la conservación de ese pequeño

templo; pero, señores, lo cierto es también que esa necesidad es

puramente moral, al paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la

hacienda y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, señores,

que somos muy liberales.... Digo, por tales os tengo... (_Voces

estrepitosas: ¡Sí, sí_!) Pues bueno: si, como liberales que somos, no

nos pagamos de ciertas preocupaciones añejas... (_Voces: ¡No, no_!), ¿a

qué desechar ese recurso, cuando con él podemos remediar en gran parte

la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces cada invierno, y,

en sentido inverso, todo el verano? (_Muchas voces: ¡Abajo la capilla de

San Roque! ¡Abajo los curas_!) ¡No tanto, señores, no tanto!; con la

capilla hay bastante _por ahora_. (_Bravos frenéticos en la sala_.)

Ábrese discusión sobre este asunto.

Momentos de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban

conformes con la opinión del presidente, o que nadie se atrevía a

manifestar otra distinta.

Creyendo lo primero, iba a dar la comisión por aprobada la base, cuando

se levantó un pobre cura, viejo ya, y achacoso como viejo, que había

obtenido voz, pero no voto, en el salón, por una especial merced de los

congregados, a protestar contra las palabras del presidente. Demostró,

en voz cascada y lenta, pero impávido, primero: que era una superchería

lo de que la demolición de la capilla pudiese proporcionar los recursos

a que se refería el presidente; que no había en el edificio más sillares

que los pequeñísimos y carcomidos de la puerta; que los ornamentos no

valdrían, en subasta, dos pesetas, y que no llegarían a treinta reales

las esculturas del pobrísimo y desmantelado altar. Esto lo demostró como

dos y dos son cuatro. Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los

risueños cálculos del presidente, la fe de un pueblo católico, las

santas tradiciones, las exigencias del culto divino, el respeto al

derecho de los demás y a la ley común, exigían que no se procediese tan

de ligero en un asunto tan grave, siquiera porque no se dijese por algún

malicioso que se obedecía a un _resabio de partido_ más bien que al

rigor de una apremiante necesidad.

Todo lo cual valió al pobre sacerdote una tempestad de murmullos, entre

los cuales tuvo que sentarse, abandonando en seguida el salón, por no

autorizar con su presencia la discusión de un punto para él

indiscutible.

Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando pidió la

palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa frente, pero de mucha

cara, abultado de pecho, ancho de espaldas, muy atusado de pelo y crespo

de bigote, grueso de manos y amanerado en el vestir. Aquel hombre era

Simón Cerojo, que tenía ya toda la gordura y todo el lustre, y aun todo

el traje, propios de un tratante en _caldos_ que va en próspera fortuna,

pero que no ha llegado todavía a la mitad de su carrera.

--Señores--dijo Simón, después de carraspear mucho y de atusarse el pelo

no poco--: Yo, el más incompetente y el más... y el más ineto (_Risas

hacia los bancos de la comisión_), y el más ineto, digo, de los

presentes que aquí estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que

nadie ha querido hacerlo después que usó de la palabra el dino señor

cura. (_Risas y jujeos a su lado_.) Sí, señores, dinísimo... (_Risas

generales_.) ¡Dinísimo digo, y circunspecto añado! (_Carcajadas_.) Pero

voy al caso. Dice el señor presidente que el interés moral no es quién

contra el interés material y del momento. No diré que no tenga razón el

señor presidente; pero tampoco diré que la tenga. (_Más jujeos_.) Me

explicaré, señores; que, por lo visto, aquí todos son eruditos y saben

latinidades. (_Risas de levita y aplausos de chaquetón_) Que es

respetable la necesidad de echar el río por otra parte, y respetable la

cantidad que valga la ermita después de derribada, y respetables los

materiales que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: «No es

respetable el interés moral.» Yo no diré que lo sea; ¡pero las

aparencias tan siquiera, señores; las aparencias! (_Risotadas acá y

allá_.)

Reirvos lo que queráis, si eso vos engorda, que yo por ello no he de ser

ni menos contingente... (_Asombro_), ni menos liberal. (_Sensación_.)

Decía, señores, que debemos salvar las aparencias, ya que no pueda

salvarse la ermita de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el

que más... _Rumores_. Sí, señores, tan cristiano como el que más; pero

más liberal que el primero que se presente. (_Estrepitosos aplausos_.) Y

claro está que mi concencia no se asusta porque haiga una iglesia más o

menos...; ¡porque yo no soy de esos fariseos que especulan con la

religión!... Frenéticos aplausos, ¡ni tampoco de esos otros que no

quieren nada con ella! (_Rumores_.) Me gusta vivir bien y ser tolerante

con todos. Por eso soy buen cristiano... (_Murmullos_), ¡buen

católico!... (_Risas_) ¡y buen liberal! (_Aplausos. El orador se limpia

la cara con el pañuelo, y pide un vaso de agua con anisete, que no le

sirven_.) Repito que si el derribo de la capilla es tan necesario como

se dice, que se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del

señor cura, que, al cabo, todavía hay muchas almas que le escuchan.

¿Cómo yo había de oponerme a ningún proyecto de interés general? Que

caiga la ermita, si está de Dios que ha de caer; pero que caiga con el

respeto debido a los que se oponen a ello. Esto es lo que quería yo

decir..., porque yo soy muy contingente, muy tolerante y muy liberal.

He dicho. _(Aplausos, risotadas y murmullos. El orador recibe las

felicitaciones de algunos colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el

pañuelo, y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.)_

No habiendo quien quisiera ilustrar más el asunto, púsose a votación, y

fué aceptado casi por unanimidad lo propuesto por la comisión.

Y continuó el presidente:

--Segundo medio de arbitrar recursos: «Se autoriza al municipio para

imponer a los artículos de _beber_ y _arder_ un recargo de seis por

ciento.»

--Eso no, ¡voto al demonio!--dijo Simón Cerojo, poniéndose de pie sobre

el banco y echando espumarajos de ira por la boca, contra su mesura, su

tolerancia y su _contingencia_ acostumbradas.

--¡Lo mismo digo!--gritaron otras muchas voces alrededor de Simón--.

¡Fuera ese artículo! ¡Abajo la comisión!

--¡Orden!--gritaba el presidente dando bastonazos sobre la mesa.

--¡Afuera _la canalla_!--vociferaban los señores propietarios,

encarándose con la masa tabernera.

--¡Abajo los tiranos!--gritaban algunos _caldistas_ desde lo último de

la sala--. ¡Viva el pueblo que trabaja!

--¡Viva el duque de la Victoria!--gritó un zapatero.

--¡Orrrden!

--¡Abajo los de arriba!

--¡A la calle los de abajo!

--¡Orrrrrdeeennn!

Y nadie se entiende allí, porque todos gritan y se revuelven y manotean,

armándose un tumulto tan espantoso, que me río yo de los que se

promueven cada día en el «templo de nuestra Representación nacional».

Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio, se calma la tempestad.

--Es digno de observación, señores--dijo entonces el presidente--, lo

que acaba de pasar aquí. Un hombre que, según él mismo nos ha dicho, es

todo _tolerancia_, todo _moderación_ y todo _contingencia_ (_Risas_), es

cabalmente quien ha amotinado el salón en cuanto ha visto que se tocaba

al pelo, no más, de sus intereses particularísimos. _(Simón Cerojo pide

la palabra para una alusión personal.)_ ¡Así es, señores, el patriotismo

de algunos hombres! Y no digo más.

--Señores diput..., digo circunstantes: cumple a mi hombría de bien, a

mi lealtad y a mi... contingencia (_Risas_) dejar bien claro este

punto. Yo no me he rebelado contra la base que se ha leído sólo por lo

que toca a mis intereses, sino por lo que no toca a los de los demás.

(_Murmullos_) Me explicaré. Se trata de hacer una obra que beneficie

los terrenos que hoy cruza el río, y se propone que la paguemos, en su

mayor parte, los que tratamos en artículos de beber y arder...,

precisamente los que no tenemos media libra de tierra en la campiña.

Contra esto me rebelo, porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este

pueblo ese modo de proceder, y por lo mismo que no es nuevo, y ya estoy

cansado de arrimar el hombro para que otros suban a lo alto, es por lo

que me rebelo con más empeño. _(Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia

arriba.)_ Yo soy muy liberal, pero no consiento que nadie me pise y me

atropelle; y también muy tolerante, pero no a costa de mis intereses,

que son el pan, y el sustento, y la... contingencia intelectual...

(_Jujeos_) de mi familia. Yo pagaré la parte que me corresponda para

echar el río por otro lado, de modo que no toque a la villa, que al

cabo, y bien sabe Dios por qué, en ella vivo; pero el que quiera buenas

tierras y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. _(Aplausos entre los

caldistas.)_

--El señor Cerojo--dijo con retintín un personaje muy soplado de la

sección de propietarios--, y los demás taberneros que le rodean, no son

muy partidarios de que se aleje el río, o mejor dicho, el agua que

lleva, de sus establecimientos. No me extraña.

--Oiga usté, sió pendón--respondió un caldista, asaz mugriento y

desengañado--, ¿piensa usté que, aunque pobres, vivimos aquí de estafar

a inocentes, como hace algún señorón que yo me sé?

--¡Al orden, señores!--gritó el presidente deseando torcer el sesgo

peligroso que tomaba el debate.

--Yo no sé cómo piensan en esto mis _cólegas_--objetó Simón, afectando

desdén hacia las palabras del propietario--; pero sé cómo pienso yo, y

por eso he dicho lo que dije; y ahora añado que siempre somos la carne

de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cómodo

y lo de lustre, allá se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta

con nosotros ni para un triste saludo de cortesía, porque lo tienen a

menos; pero cuando se trata de sacar dinero... (_Protestas de arriba_),

se nos busca y se nos mima. (_Aplausos abajo_.) Y esto es insufrible,

inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del día en que puse los

pies en la geografía de este pueblo.

--¡Señor Cerojo, señor Cerojo!--gritó el presidente sin poderse contener

por más tiempo--, esas palabras son indignas de este sitio y de esta

concurrencia, y yo espero que usted las retirará espontáneamente.

--Yo no tengo nada que retirar más que a mi persona, que voy a

retirarla de aquí ahora mismo.

--No será sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillísima,

todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha

sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y

digna que han observado otros señores comerciantes que se hallan aquí

presentes.

--Es que a esos señores no se les ha pedido nada.

--Eso es lo que usted no sabe.... ¡Señores, para que se comprenda toda

la intemperancia del señor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la

base que tanto le ha sulfurado, no se ha leído más que la mitad!

(_Atención general_.) La otra mitad dice así: «... y otro recargo de

tres por ciento sobre la clavazón y quincalla (_Protestas de los

quincalleros_), paños del reino.... (_Enérgicos rumores entre los

pañeros_), y otros artículos de vestir y calzar.» (_Alaridos en varias

partes del salón_.)

--¡Ahora no soy yo el intemperante, señor presidente!--vociferó Simón,

dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala.

--¡Orrrdeeen, señores!--gritó el presidente.

--¡Justicia era mejor!--le contestaron muchas voces.

--¡Catalana hay que hacerla en este pueblo!--añadieron otras.

--¡Orrrrdeeeen!

--¡Afuera esa _gentuza_!--gritaron otra vez los propietarios.

--¡Abajo la comisión!

--¡Y los que quieran engordar a la sombra de ella!

--¡Vivan los pobres honrados!

--¡Viva el duque de la Victoria!--volvió a gritar el zapatero.

--¡Orrrdeeen!

--¡Canalla!

--¡Ladrones!

Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes

desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre la mesa y

logra hacerse oír breves momentos.

--Señores--dice--: Por la centésima vez en mi vida presencio este

espectáculo, hijo de la misma causa que hoy le ha promovido. Esto me

demuestra que los habitantes de este pueblo estamos condenados a sufrir

cobardemente, y por los siglos de los siglos, los desafueros de ese mal

regato. La comisión, al comprenderlo así también, hace respetuosa

renuncia de su cargo y levanta la sesión.

Silbidos, denuestos, un estrépito espantoso y alguna que otra bofetada,

fueron el resultado inmediato de esta arenga, y el término de aquella

reunión.

Los Hombres de Pro · 第 24 / 54 题