Docena y media de casucas, algunas de ellas formadas en semicírculo, a
lo cual se llamaba _plaza_, y en el punto más alto de ella una iglesia a
la moda del día, es decir, ruinosa a partes, y a partes arruinada ya,
era lo que componía años hace, y seguirá componiendo probablemente, un
pueblo cuyo nombre no figura en mapa alguno ni debe figurar tampoco en
esta historia.
En el tal pueblo todos los vecinos eran pobres, incluso el señor cura,
que se remendaba sus propios calzones y se aderezaba las cuatro patatas
y pocas más alubias con que se alimentaba cada día.
Los tales pobres eran labradores de oficio, y todos, por consiguiente,
comían el miserable mendrugo cotidiano empapado en el sudor de un
trabajo tan rudo como incesante.
Todos dije, y dije mal: todos menos uno. Este uno se llamaba Simón
Cerojo, que había logrado interesar el corazón de una moza de un pueblo
inmediato, la cual moza le trajo al matrimonio cuatro mil reales de una
herencia que _le cayó_ de repente un año antes de que Simón la
pretendiera.
Era Juana, que así se llamaba la moza, más que regularmente vana por
naturaleza, a la cual debía algunos favores, no muchos en verdad; pero
desde los cuatro mil de la herencia, fué cosa de no podérsela aguantar.
Parecíale gentezuela de poco más o menos toda la que la rodeaba en su
pueblo, y se prometió solemnemente morir soltera si no se presentaba por
allí un pretendiente que, a la cualidad de buen mozo, reuniese un poco
de educación, algo de mundo y cierto _aquel_ a la usanza del día.
Simón Cerojo, que acababa de recibir su licencia de soldado, que sabía
un poco de pluma y había corrido media España con su regimiento, de cuyo
coronel fue asistente cinco años, y era, además, un mocetón fresco y
rollizo, se creyó con todas las condiciones exigidas por la vanidosa
muchacha; y se atrevió a pretenderla, no sin llevar encima, por memorial
y a mayor abundamiento, en su primera visita, un reloj de cinco duros y
alguna de la ropa que, como prenda «de una buena estimación y una fina
amistad», le había regalado su coronel al despedirle. Aceptó Juana la
pretensión de buen grado, y se celebró en su día la boda, con la posible
solemnidad; y como Simón, huérfano de padres años hacía, y sin pizca de
parentela en el mundo, poseía en su pueblo, por herencia, una casuca con
su poco de balcón a la plaza, trasladóse a ella el flamante matrimonio.
Como Simón manejaba la brocha casi tan bien como la pluma y la azuela,
dando un pellizco al caudal de su mujer, blanqueó la fachada principal,
pintó de verde el balcón y las ventanas y una cruz del mismo color sobre
cada hueco; puso por veleta en el tejado, después de retejarle
convenientemente, un guardia civil de madera, apuntando con su fusil
(obra admirable y admirada, que él mismo talló), y arregló el cuarto del
portal, que hasta entonces había estado sirviendo de cubil. Colocó en
él, según lo previamente pactado y convenido con su mujer, un mostrador
y una estantería que improvisó con cuatro tablones viejos, e invirtió el
resto de la herencia en aceite, aguardiente de caña, hormillas, hilo
negro, cordones de justillo y otras baratijas por el estilo.
Distribuyóse todo convenientemente entre el mostrador y la anaquelería;
sentóse Juana detrás del primero, muy grave y emperejilada; colocó Simón
sobre la puerta principal, y mirando a la plaza, un letrero verde en
campo rojo, que decía:
_Abacería de San Quintín_,
en memoria del regimiento en que él había servido, y quedó abierto al
público aquel establecimiento, tan necesario en un pueblo que hasta
entonces había tenido que surtirse en la villa, a dos leguas de
distancia, de los artículos más indispensables.
Por eso se celebró el acontecimiento como uno de los de más
transcendencia, por aquellos sencillos habitantes, y fueron los
tenderos, durante algunos días, el objeto de la admiración de todos sus
convecinos; admiración que recibieron los admirados con toda la dignidad
del caso: Simón, con los brazos remangados hasta el codo, de pie, y con
el índice y el pulgar de cada mano apoyados sobre el mostrador; Juana,
sentada detrás de éste, con el hocico plegado y los párpados muy caídos.
Así al principio; y luego, con bastante más sencillo ceremonial, fueron
los de la tienda recaudando poco a poco las roñosas economías de
aquellos campesinos, a cambio de sus bebidas y chucherías, no cobrando
siempre al contado, pero cuidando, en las _fías_, de sacar hasta los
intereses al vencer los plazos.
Por esta razón, la casa de Simón Cerojo era la única que en el pueblo de
que se trata ofrecía un aspecto bastante risueño..., si bien se nublaba
un tantico los días festivos, por reunirse en ella más gente de la que
dentro cabía, a jugar a las cartas y a beber algo que no se parecía al
agua sino en el color. Mas eran éstas ligeras nubéculas que trataba de
disipar el señor cura con algunas pláticas oportunas desde el altar
mayor, aunque sin conseguirlo; pero que jamás (sea dicho en honor de
aquellas buenas gentes) dieron que hacer cosa alguna al juzgado de
primera instancia.
Ya irá comprendiendo el lector por qué al decir que _todos_ los vecinos
del consabido pueblo comían el pan amasado con el sudor de su rostro,
exceptuamos a Simón Cerojo.
Es de advertir que éste era la persona más notable del pueblo, no
solamente por su condición de comerciante, de hombre de pluma y de
campanudo consejo, sino por estar agarrado a buenas aldabas, o séase por
privar con gente de mucha _soflama_.
En efecto: ya se ha dicho que Simón fué durante cinco años asistente de
su coronel, y que le despidió colmándole de atenciones, y, al decir del
licenciado, de pruebas «de una buena estimación y una fina amistad».
Pues sépase ahora, y es la verdad, que a pesar de haber sido ascendido a
general en menos de dos años, por no sé qué ni cuántos pronunciamientos,
el tal señor coronel no se desdeñaba de responder muy atento a las
cartas en que Simón le enviaba la enhorabuena, ni le escaseaba las
ofertas de hacer algo por él cuando fuese necesario; ofertas que
cumplió en dos ocasiones, en las cuales el ex asistente le puso a
prueba, no muy dura por cierto, en beneficio de dos convecinos suyos que
se creyeron atropellados por la Administración de Hacienda.
--Y ¿cómo Simón--se nos preguntará--estaba al tanto de esos ascensos y
de esas evoluciones de su antiguo jefe, viviendo en aquel humildísimo
rincón?
Para responder a esta pregunta, hay que poner de manifiesto algo que
Simón no mostraba a sus convecinos; y como yo había de denunciárselo al
lector más tarde o más temprano, lo haré en este momento, y eso
tendremos adelantado.
Había en la naturaleza de Simón algo refractario a lo imposible. Para
él, dentro de lo humano, todos los hombres eran capaces de todo; y si
cuando le tocó la suerte de soldado alguien le hubiera dicho en broma
«adiós, mi general», él, encogiéndose de hombros, de seguro habría
contestado muy serio para sus adentros: «¿Quién sabe?...»
No por esto le asustó su condición de soldado raso mientras sirvió de
asistente a su coronel. El cómo y el cuándo no preocupaban a Simón gran
cosa. Gustábale mucho viajar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad;
y viendo aquí y escuchando allá, fue familiarizándose con ciertas cosas
y acontecimientos, pero sin enamorarse de ellos. De este modo, al tomar
su licencia en Madrid, salió hacia su pueblo sin penas ni alegrías; y al
mirar a la corte desde lejos, envióle una despedida que tanto podía
significar «adiós para siempre», como «hasta la vista».
Sentía, sin embargo, dentro de sí mismo, aunque muy poco pronunciada,
una afición especial: la política; y el temor de perderla de vista, era
lo único que le hacía poco placentero el recuerdo de su pueblo. No
necesito decir que la política que amaba Simón era la callejera, la
política de las noticias. Esta le embelesaba tanto, que haciendo una
calaverada, como él decía, invirtió una parte de la rumbosa
gratificación que le hizo el coronel al despedirle en la suscripción a
un periódico noticiero y baratito, que no le faltó un solo día después
de llegar a su casa. He aquí por qué estaba al tanto de los ascensos de
su coronel.
Era Simón de voz sonora, reposado en el hablar, de palabra rebuscada y
frase difícil; pobre de imaginación, por ende, y no muy sutil de
entendimiento; muy aficionado a perorar, y liberal de conveniencia, si
es que tenía alguna opinión política. Y digo de conveniencia, porque en
sus expansiones con el coronel solía decirle: «Me gustan los liberales
porque con ellos hablan todos y de todo cuanto les da la gana. No estoy
yo, como _los otros_, porque sólo hablen de ciertas cosas los que lo
entienden.»
Instalado Simón en su pueblo, como sabemos, se guardó muy bien de
ocuparse en otra cosa que en su familia y su negocio. Pero ¿le tomó
tanto cariño a este último, que estuviese resuelto a seguir explotándole
mientras a ello se prestase? No por cierto. Antes al contrario: a medida
que se iba haciendo independiente, iba mirando con menos apego los
reducidos horizontes de la aldea.
No se acentuaba en él una ambición determinada, quizás porque se creía
capaz de todo, en teniendo alas con que volar. Pero todavía no le
atormentaba la prisa; y esto podía consistir en que tenía que ocuparse
en refrenar la que devoraba incesantemente a su mujer, que volaba en
ambiciones mucho más alto que él. Simón, cuando menos, tenía la
habilidad o el privilegio ingénito de saber disimular. Juana, por el
contrario, se había hecho insufrible. _Despachaba_ detrás del mostrador
con más humos que un ministro en su poltrona, recibiendo a sus
parroquianos con un hocico y unos dengues como una señorona de horca y
cuchillo. Indignábale la osadía de los muchachos que, a veces y por
curiosear, asomaban la cabeza dentro del establecimiento, y prohibía
severamente a su hija, niña de tres años, jugar con sus conocidas, por
no haber entre ellas ninguna de su _parigual_.
Un día dijo a su marido, que estaba meditabundo, sentado junto a ella
detrás del mostrador:
--Simón, la verdad es que esto se va poniendo cada vez más inaguantable.
--¿Eh?--respondió Simón, un tanto azorado, como si le hubieran
descubierto un secreto.
--Quiero decir que tú y yo estamos siendo los _cerineos_ de todo el
pueblo, y que el oficio no tiene nada de divertido.
--Pues no te entiendo, Juana--repuso Simón, disimulando el placer con
que entraba a discutir aquel punto.
--Digo que esta casa es el paño de lágrimas de toda esa _gentuza_. Que
un vecino no tiene que comer; pues aquí a empeñar la manta o el jergón.
Que otro necesita un par de pesetas; aquí a vender el grano. Que otro
quiere un empeño para _allá arriba_; aquí a buscar la carta tuya. Que a
una le pega el marido una paliza; aquí al vuelo a llorar la lástima. Que
me echo yo un refajo nuevo; aquí en seguida a saber lo que me costó, y
en qué tienda de la villa le compré.... Que el medio cuarterón de
aceite, que los dos cuartos de hilo, que la moneda roñosa, que la fía....
Vamos, Simón, que esto es un laberiento que acaba conmigo.
--¿Y nada más?--díjola Simón con mucha flema.
--¿Y te parece poco?
--Pues ven acá, mal pecao, y dime: sin ese cuarterón de aceite, y esos
dos cuartos de hilo, y ese grano comprado a lance, y el empeño de la
manta, y el servir a todo el que se presenta, si se puede y vale la
pena, ¿qué sería de nuestros intereses? Acuérdate que cuando nos
establecimos, apenas había en casa cuatro mil reales mal contados. ¿Te
dejarías hoy ahorcar por treinta mil?
--Cierto es eso, Simón, y no me quejo yo de la fortuna.
--Pues ¿de qué te quejas entonces?
--Quiero decirte que sin tanto trabajo como el que aquí tenemos,
podíamos hacer más..., pinto el caso, en otra parte.
--¡Conque en otra parte!... Y ¿cómo? ¿Se te figura a ti que estos cuatro
cachivaches que uno tiene en casa van a producir más en otro lado, donde
haya que pagar la tienda y hasta el agua que uno beba?
--Claro que no. Pero decía yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el
caso, un estanco que te sacara el general... en la villa....
--Aguárdate un poco--dijo Simón, fascinado de repente con la indicación
de su mujer--. No había dado yo en lo del estanco.
--Y de este modo--continuó Juana, explotando aquella favorable actitud
de su marido--podríamos enseñar algo a la niña para el día de mañana, si
la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo.... Porque aquí, ya
ves tú que nada bueno puede aprender.
--¡Que estamos conformes, mujer!... Pero....
Y Simón se rascaba la cabeza y fruncía la boca.
En esto entró el señor cura, venerable viejecito, a comprar dos cuartos
de hilo negro para recoserse la sotana.
--Más a tiempo no podía usted llegar, señor don Justo--le dijo Simón.
--Pues ¿que ocurre?--preguntó el cura.
--Algo muy serio para nosotros--respondió Simón ingenuamente.
--Que no le importa un rábano a nadie de fuera de esta casa--saltó Juana
con acento brusco, temiendo que la intrusión de un tercero pudiera
torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba.
--Pues quedaos con Dios--dijo el señor cura, que ya conocía el humor de
Juana, disponiéndose a salir de la tienda.
--Poco a poco, señor don Justo, y usted perdone--dijo Simón
deteniéndole--, que para estas ocasiones son los consejos de los hombres
de saber.
--Pues aconséjate de tu mujer--repuso el cura--, que parece no necesitar
consejos de nadie.
--Mi mujer, que quiera que no, tomará el que usted le dé--añadió Simón
mirando con firmeza a Juana.
Hizo ésta un gesto de desagrado, y continuó su marido:
--Es el caso, señor cura, que quisiéramos trasladarnos a la villa con la
tienda y algo más que pudiéramos añadirla.
--Si ese es vuestro gusto--dijo el cura,--¿quién os lo ha de impedir?
--No se trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos, como
el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por el rabo.
--Pues si temes eso, ¿por qué te quieres mover de aquí?
--Es que, por otra parte, parece que nos conviene ir a la villa.
--Pues entonces id benditos de Dios.
--No me explico bien, señor don Justo.
--Pues explícate mejor.
--Voy a hacerlo sin rodeos. A usted ¿qué le parece? ¿Nos conviene o no
nos conviene salir de aquí?
--Antes de responder a esa pregunta, necesito que tú me respondas a
otra.
--A cuantas usted quiera, señor cura.
--Pregunto, pues: ¿es sólo el deseo de acrecentar vuestras ganancias,
extendiendo el comercio y la parroquia, lo que os mueve a abandonar este
pacífico rincón, o hay en vosotros alguna otra ambición de distinto
género?
Al sentir esta estocada al pecho, Simón miró a Juana, Juana miró a
Simón; y el señor cura, mirando al uno y a la otra, adivinó lo que, al
cabo de un rato y después de sonreír y vacilar mucho, contestó Simón en
estas palabras:
--Ya veo, don Justo, que para usted no hay secretos ni disculpas. La
verdad es que tenemos una niña que no puede educarse aquí como nosotros
quisiéramos. Por otra parte, Juana, como no ha nacido en este pueblo, no
le tiene gran ley que digamos.... Además de que también yo tengo acá en
mis adentros cierto escarabajeo que... en fin, señor cura, ya sabe
usted que la paloma no vuela a su gusto en el palomar.
--No te hacía yo pájaro de tan alto vuelo, Simón--dijo don Justo con
sorna.
--Es un decir, señor cura--añadió Simón algo confuso--. Por lo demás,
esto es todo lo que tenía que decirle a usted. Conque hágame el favor de
darme su parecer sin reparos ni miramientos.
--Pues sin miramientos ni reparos voy a dártele desde el fondo de mi
corazón, en vista de lo que me dices..., y de lo que te callas, y,
sobre todo, de que me le pides:
Lleváis aquí cuatro o cinco años de establecidos, y en ese tiempo habéis
hecho una fortuna que os permite ser las personas más independientes del
pueblo. Todos en él os necesitan, casi todos os respetan y muchos os
envidian. Dejar esto, que es seguro y positivo, por la esperanza
ilusoria de otra cosa mejor, téngolo por verdadera temeridad a más de
insigne ingratitud. Dados vuestros antecedentes, vuestra procedencia,
vuestra educación, concededme, y no os ofendáis por ello, que lo
probable, lo racional, lo seguro, es que no hagáis en parte alguna papel
más alto y más airoso que el que hacéis aquí. Y en cuanto a la educación
de vuestra hija..., ¿qué he de deciros? Yo tengo para mí que el mejor
colegio para una niña es una buena madre; especialmente cuando la niña,
como la vuestra, se ha envuelto en toscos pañales y no conoce otras
grandezas que las que Dios ha impreso en sus obras. Tal es mi parecer,
en substancia; y si aún os resulta largo, os le condensaré en dos
axiomas, que no por ser vulgarísimos, dejan de ser muy dignos de que
meditéis sobre ellos:
_La piedra movediza no cría moho.
Más vale ser cabeza de ratón que cola de león_.
Pensativo dejó al matrimonio el desengañado parecer de don Justo; pero
todavía se atrevió Simón a hacer este pequeño reparo:
--En todo caso, señor cura, siempre nos quedará el recurso, si nos pinta
mal fuera de esta casa, de volvernos a ella con los trastos.
--¡Por supuesto!--dijo con ironía don Justo--. Al salir de aquí dejáis a
la fortuna clavada detrás de la puerta, hasta que volváis a decirla que
os ampare. ¡Como si no hubiera otros que se aprovecharán de ella en
cuanto vosotros la abandonéis! ¡Inocentes!
Volvió a mirar Simón a su mujer, como preguntándola: «¿qué te parece de
esto?»; pero con tal mirada y tal semblante le contestó Juana, que, no
pudiendo aquél resistirla sereno, volvió sus ojos al señor cura, y le
dijo por decir algo:
--Lo pensaremos, señor don Justo.
--Y haréis bien--replicó éste.
Y como había leído muy claro en la última mirada de Juana a su marido,
comprendiendo que estaba allí de más, concluyó con estas palabras:
--Conque, hijos míos: dicho lo dicho, me largo a mis quehaceres; pero
conste que no me he mezclado en vuestros asuntos hasta que lo habéis
solicitado, y no dudéis que aquí o dondequiera que la fortuna os
coloque, no han de faltaros mis pobres oraciones ni mis deseos de que
Dios, autor y dispensador de toda felicidad, os la dé tan cumplida como
duradera.
--¡Amén!--dijo Juana en un arranque de despecho, mientras salía de la
tienda el santo varón.
Simón se quedó pensativo.
Iba, de fijo, a promoverse un altercado entre la mujer, que estaba
dominada por el demonio de la impaciencia, y el marido, que no lo
estaba tanto, cuando entró la niña llorando en la tienda.
--¿Qué tienes, hija del alma?--le preguntó Juana entre iracunda y
alarmada.
--Te me peló... Titina... la del Toco.... Hi, hiiii...
--¿Que te pegó Cristina la del Cojo, hija mía?--dijo Juana, único
intérprete capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas por
la media lengua de la inocente--. ¿Y por qué te pego, ángel de Dios?
--Hi... hiii.... Polque telía tugal tomigo, y yo..., hi, hiii..., no
telía tugal ton ella, y... y... y la llamé piojosa.
--¡Hiciste bien en llamárselo, hija mía! ¿Quién es ella para ponerse a
jugar contigo?--exclamó, en un sincero arranque de soberbia, la mujer de
Simón--. Y si después de esto no saca tu padre al suyo los ojos, o el
dinero que le debe, te digo que no tendrá sangre ni vergüenza.
¡Miserables! ¡Tras de que si no fuera por uno, se morirían de hambre!...
¡Y todavía hemos de andar aquí en contemplaciones, pedriques y
gazmoñerías, para hacer lo que nos dé la gana de nuestra hacienda! |Ah,
si yo tuviera los calzones!...
Disponíase a responder Simón a Juana desde la puerta, contra la cual
estaba recostado, mirando a la calle, cuando salió botando, de hacia la
cocina, un perrazo de áspero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando
caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalación;
pero viéndola ocupada por _el amo_, saltó sobre el mostrador, sin duda
para que le sirviera de trampolín; y derribando y haciendo añicos media
docena de vasos y una botella, cruzó el espacio como un cohete; pasó,
sin tocar, sobre la cabeza de Simón; cayó en la calle, sin soltar la
morcilla, por supuesto, y desapareció en la calleja inmediata.
--¡El perro del sacristán!--gritó Simón al verle, disponiéndose a coger
una tranca.
Pero todo fue inútil: la aparición del animal, el desastre del
mostrador, el salto sobre Simón y el desaparecer en la plaza, fué obra
de un solo instante.
Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar los destrozos
causados por el perro ladrón.
--¡Y esto es de todos los días!--gritaba fuera de sí.
--Yo te aseguro--gruñía Simón--que he de hacer pagar caro a su amo este
estropicio.
--¡Sí!--decía Juana--; como la media libra de tocino que te robó de
entre las manos el otro día ese mismo demonio de animal! ¡Como el pollo
que me sacó de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! ¡Como el
grano que se zamparon ayer en el desván las gallinas del vecino! ¡Como
tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio!
Y como todo lo convertía al punto en substancia aquella impetuosa mujer:
--¡Cuando te digo--concluyó--que no se puede vivir en este pueblo!, ¡que
nos han de dejar en él sin camisa y sin salud!
--La verdad es--refunfuñó Simón--que se le acaba a uno la paciencia para
bregar con esta gente.
--Eso te estoy predicando yo todos los días, y no me haces maldito el
caso.
--Más de lo que a ti se te figura.
--Poco se te conoce.
--Porque me gusta más hablar a tiempo que hablar mucho.
--Pues ¿a qué esperas, alma de hielo?
--A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle
hoy mismo.
--¡Acabaras, con dos mil demonios!--exclamó Juana en un desahogo de
insensata alegría.
--Las cosas, mujer, han de seguir su marcha natural--dijo Simón con
acento solemne y reposado, como si hubiera consignado una gran
sentencia--. Te aseguro--añadió en tono aún más campanudo--que _esto del
perro me ha llegado al alma_, y que me pesa en ella mucho más que las
palabras del señor cura.
No hay que reírse de esta ocurrencia de Simón, que a razones de igual
peso suelen agarrarse ciertas pasiones para triunfar del corazón humano
cuando éste desea ser vencido.
* * * * *
Algunos días después vió el vecindario dos carros _enrabados_ a la
puerta de la abacería; luego vió cargar en uno de ellos las aceiteras,
los barriles, los cacharros, las chucherías de la tienda, ¡hasta los
estantes y el mostrador!; vió en seguida cómo en el otro carro se
colocaron los colchones, las camas desarmadas, la batería de cocina...,
todo el ajuar de la casa de Simón; cómo se acomodaron en un hueco dejado
al efecto sobre los colchones, Juana y su niña, después de haberse
restregado la primera los zapatos contra el suelo repetidísimas veces,
mirando al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde tan
necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo la ofendía; vió
la gente también cómo, después de sacar hasta la escoba, cerró Simón la
puerta y se guardó la llave en el bolsillo, y luego ponerse en
movimiento los carros, a los cuales seguía Simón, saludando con gravedad
a cuantas personas le despedían desde lejos con un movimiento de cabeza;
no vió una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo el cual iba;
y vió, por último, que los dos carros y Simón, que marchaba siempre
junto a ellos, después de atravesar la plaza, tomaron el camino de la
villa y desaparecieron en él.