Por primera vez he leído un libro de Pereda al mismo tiempo que el
público, y sin estar iniciado previamente en el secreto del autor. Fue
voluntad suya y mía, para que nada extraño a la obra misma preocupase mi
juicio, y no hablasen en favor de ella intimidades de las que
forzosamente nacen entre el crítico y el libro que va a juzgar, cuando
él ha asistido a la elaboración de este libro, embriagándose con el
fervor de la producción ajena, y participando de ella en algún modo. He
querido por esta vez sola no saber nada de lo que Pereda escribía en
Polanco este verano, y tomar su novela como obra de un extraño. He
procurado olvidarme de que el autor era montañés, y entrañable y
fidelísimo amigo mío desde que tengo uso de razón, y amigo de los de mi
casa antes que yo naciera; y haciendo un esfuerzo, que me ha costado
mucho, y que no pienso volver a repetir, he detenido mi impaciencia, que
me llevaba a leer con el pensamiento antes que con los ojos las páginas
de un libro, que más que libro parece fragmento de la realidad viva; y
he tenido el valor de estarle aplicando por días y días eso que llaman
_el escalpelo de la crítica_.
Y el libro ha salido triunfante de la prueba. Yo soy quien me quedo con
el sentimiento de no haberle disfrutado con fruición espontánea y
sincera, sin pensar ni en la crítica ni en el público, dejándome llevar
sólo por la magia del relato y por las dulces memorias que en mi
espíritu evocaba. ¡Duro e impertinente oficio el del que intenta razonar
su propia impresión y la impresión ajena, para ahuecar luego la voz y
decir solemnemente al público lo que mucho mejor sienten y mucho mejor
expresaran, si tal expresión cupiese en palabras, los críticos que no
escriben, los espíritus delicados y rectos a quienes no aqueja la
comezón de hacer confidente suyo al público, y que por lo mismo rinden
al autor, a quien admiran con admiración silenciosa, tributo más de
agradecer que el de vanos artículos encomiásticos!
Pero los tiempos andan tales, y crece tanto la depravación del gusto,
que empieza a ser ya deber de conciencia en todo el que clara u
obscuramente profesa algún género de magisterio literario, alzar la voz
cuando una obra maestra aparece, y llamar la atención del vulgo
circunstante, para que no pase de largo por delante de ella, y se guarde
de confundirla con el fárrago de producciones insulsas y baladíes que
son actualmente el oprobio de nuestras prensas.
Por eso escribo hoy acerca de _La Puchera_, no precisamente por ser obra
montañesa, sino por ser el mejor libro de amena literatura que en estos
últimos tiempos ha aparecido en España.
Quién sea Pereda, y cuál el valor de sus escritos, no necesito yo
declarárselo a un público que ya comienza, aunque algo tardíamente, a
hacerle justicia y a conocerle y admirarle. Su fama, modesta al
principio, y reducida al círculo de sus paisanos, es hoy universalmente
española, y traspasa ya nuestras fronteras, como lo prueban recientes
traducciones de novelas suyas en francés y alemán. Su carácter local le
favorece mucho más que le perjudica, en el momento presente. De su
aparente limitación nace su fuerza positiva. El arte, como la historia,
tiene algo de concreto, limitado y relativo; lo abstracto y lo general
le matan. Con razón, aunque en términos demasiados absolutos, afirmaba
Goethe que en la vida de las llamadas _clases altas_, que son en todo
país las más semejantes y las más descoloridas, no había encontrado ni
un átomo de poesía. Poesía puede haber; pero anda muy oculta bajo la
dura ley social, que obliga a todos a decir la mitad, cuando mucho, de
lo que piensan y de lo que sienten, y que al detener en los labios la
expresión pintoresca y enérgica, engendra hábitos de convención elegante
y de disimulo académico, a los cuales difícilmente se allana, ni
siquiera para remedarlos, una naturaleza artística tan sana, robusta y
viril como la de Pereda.
Por eso, a mi juicio, erró en la _Montálvez_, no por culpa suya, sino
por culpa del asunto. Por eso ha acertado plenamente en las dos grandes
formas del idilio rústico y del idilio marítimo, que son los verdaderos
timbres de su gloria. En ambos géneros, así como no ha tenido maestros,
tampoco es fácil que llegue a tener rivales, a lo menos en nuestra
lengua castellana.
_La Puchera_ (título que a los lectores melindrosos habrá parecido
vulgar, pero que tiene sublime explicación en uno de los capítulos de la
novela) reúne ambos géneros de excelencia: es a un tiempo novela
campesina y novela costeña, respondiendo al modo de ser _anfibio_ de los
habitantes de aquel rincón de nuestra provincia, donde pasa la escena;
el más amado del autor, aquel con quien sus ojos están más encariñados.
Los que hayan leído _El sabor de la tierruca, Don Gonzalo_, _De tal
palo, tal astilla_, y aquellos incomparables cuadros cortos de las dos
series de las _Escenas Montañesas_, entre los cuales sobresale el no
bastante conocido de _La hila_, aquí encontrarán, sin que el autor se
repita, el mismo mundo de alegría franca, de plácida honradez, de salud
rústica, con que ya están familiarizados. Los que han llegado a saborear
otros rasgos de Pereda, todavía de más singular y exquisita literatura,
de emoción trágica e intensa, de cruda expresión y ardiente colorido;
los que recuerdan, quizá con lágrimas, _La Leva, El fin de una raza_ y
las mejores escenas de _Sotileza_, aquí hallarán la misma grandeza y el
mismo brío; la misma arrogancia, casi épica, con que el autor realza y
ennoblece las catástrofes vulgares y los más desdeñados esfuerzos del
trabajo humano, dando nobilísimos ejemplos de una poesía verdaderamente
cristiana y verdaderamente moderna.
No sé qué género de influencia poderosa y benéfica han ejercido siempre
sobre Pereda, aldeano de nacimiento, los tipos de gente de mar y las
escenas de pesca. Pero lo cierto es que siempre que toca a ellas se
engrandece y resulta superior a sí mismo. Los personajes que entonces
crea, exuberantes de vida poética, con cierta poesía salina y acre,
tienen no sé qué grandiosidad y fiereza primitiva, crecida y educada
con los arrullos y las tremendas caricias del mar resonante. Tremontorio
y el Tuerto, el Lebrato y el Josco, son figuras de tal potencia y
resalto, que en vano se les buscaría competidores aun dentro de las
obras mismas de Pereda. Sobre todos ellos corre un viento de tempestad
heroicamente resistida y sobrellevada con heroísmo silencioso y viril,
tanto más admirable, cuanto menos consciente. Pereda sobresale en la
descripción de estas naturalezas sencillas y rudas. Y lo mejor de _La
Puchera_, lo verdaderamente incomparable, está en aquellos capítulos
donde el Lebrato y su hijo intervienen, con su locuacidad el uno, con su
timidez el otro, los dos con el mismo natural resignado y austero,
sacudido por bruscas impaciencias en el joven, acrisolado por divina
serenidad en el viejo.
En tales cuadros la vida resulta amable y digna de ser vivida, por
áspera y brava que parezca. Y el mar, inmenso coro de esta humilde
tragedia, parece asociarse al esfuerzo de sus domadores, entonando con
ritmo pausado y solemne el himno de la paz de la conciencia, que huye
del _agosto_ del Berrugo y calienta _la puchera_ del Lebrato.
He nombrado intencionadamente los dos mejores capítulos del libro, los
que por sí solos bastarían para labrar la reputación de un artista que
no tuviese tan hechas sus pruebas en este género de cuadros. El del
_agosto_, que por la pureza clásica de sus líneas recuerda el famoso
lienzo de _Los segadores_ de Leopoldo Robert, se aparta de él hondamente
por el ardor del colorido y por la embriaguez naturalista que le
convierte en acabadísimo tipo de geórgica moderna. Nunca ha sido tan
intrépido el estilo de Pereda, tan grande la fuerza plástica de su
lenguaje, y ese raro poder de asimilación que Dios le concedió para que
se hiciera íntimo de todo hilo de luz, de toda hebra de maíz, de todo
zumbido de insecto, de todo rielar del agua. Hay que remontarse a
Teócrito para encontrar idilio tan bello y humano como el rústico idilio
de Pedro Juan y de su amada. El final del capítulo traspasa ya los
lindes de lo bello, y empieza a rayar en los de lo sublime.
Lo más débil de _La Puchera_ es, a mi juicio, la historia de Inés, del
seminarista y del indiano. En la transformación de los sentimientos de
Inés, hay cierto alarde de psicología un poco infantil, que no va bien
con los hábitos literarios ni con las facultades dominantes de su autor,
a quien le basta con su psicología instintiva y adivinatoria para crear
cuerpos y almas, sin necesidad de perderse en sutiles y tortuosos
análisis. El seminarista peca por otro concepto: es real, pero con
realidad bestial y grosera, que el autor marca y acentúa con verdadero
encarnizamiento y saña. Su tía vale mucho más, y a veces habla una
lengua digna de la mismísima madre Celestina. El indiano, _rara avis_
entre los indianos de Pereda, por lo sentimental, romántico y atildado,
aparece como caído de las nubes, y sirve sólo para desenlazar la fábula.
He dicho que todo esto era débil, pero sólo en comparación con otras
bellezas más altas. Si aisladamente se lo considera, todo está bien,
todo en su punto. Pero en un libro como _La Puchera_, donde hay tanto
oro de ley y capítulos que desde el día de su aparición deben pasar por
clásicos, es lícito ser exigente y posponer lo bueno a lo mejor y lo
mejor a lo óptimo. Lo óptimo es el Lebrato y su hijo, y _Pilara_ y
Quilino, y el médico don Elías, y el magnífico tipo del Berrugo, avaro
supersticioso, que Balzac adoptaría por suyo, y la fantástica historia
del descubrimiento del tesoro, que Walter Scott hubiera robado para su
_Anticuario_.
Y ahora ya tiene el lector abierta la novela: no incurriré en la
puerilidad de contar su argumento; me basta con haber contado mi
impresión.