Siempre fué la vida marítima asunto adecuado y nobilísimo para el arte.
Dondequiera que el empuje de la voluntad humana se muestra; dondequiera
que la _fuerza_, principal elemento artístico y quizá razón suprema de
todos los grandes efectos de la poesía, llega a revestirse de la
majestad solemne y serena o del poder avasallador y turbulento, la
emoción estética se engendra necesariamente y obra con profundísima
energía en el ánimo del contemplador, por avezado que esté a lo delicado
y a lo tierno. Y si esta energía no se desenvuelve en el vacío de la
contemplación, ni se apaga estéril en el campo de las ideas y del
pensamiento puro, región helada y poco accesible a la mayoría de los
humanos, sino que lucha a brazo partido con las fuerzas tiránicas de la
naturaleza física o con otras voluntades personales tan imperiosas y tan
férreas como la del héroe mismo, la emoción llega a lo trágico, y en
medio del conflicto se disfruta el espectáculo más digno de la
consideración humana, el que más eleva y ennoblece el espíritu, el de
un poder racional y consciente en el pleno uso y ejercicio de su
soberanía, que se reconoce y afirma más a sí propia cuando más braman en
torno suyo las tempestades y más amenazan vencerla y sumergirla.
Y cuando estas tempestades no son metafóricas; cuando real y
verdaderamente despliega el mar todas sus furias, y no por excepción,
sino constante y diariamente, va educando el mar en los pueblos que le
ciñen y sin cesar le hostigan y provocan a desafío, una raza tan entera,
tan indomable y tan bravía como los mismos huracanes, cuyo rugido
acaricia su sueño; tan áspera como las puntas de la costa, sin cesar
invadidas, salpicadas y agrietadas por la deshecha espuma; tan amarga y
tan acentuadamente salina en la voz y en los ademanes, como que la
comunicaron su penetrante acritud las ondas mismas; tan avezada a mirar
la muerte de frente, que ni cabe en su ánimo el temor pueril, ni la
alegría insensata, ni el fácil y liviano contentamiento, sino una cierta
melancolía resignada, un cierto modo grave, llano y sereno de mirar las
cosas de la vida como si fuese palestra continua, en que el brazo se
fortifica y se dilata el pecho, y la batalla se acepta cuando viene, sin
provocarla estérilmente.
Tal es la raza, tales las costumbres que ha retratado Pereda en su
última novela, la mejor y más genial de las suyas. No parece sino que el
asunto ha tenido virtud bastante para levantar el ingenio del autor a
regiones que ni él mismo sospechaba hasta ahora. Todo el mundo le
reconocía como insuperable descriptor de costumbres populares, como
maestro en el diálogo, como dechado en el idilio rústico. De todas sus
novelas podían citarse admirables páginas aisladas; algunos dudaban que
hubiese encontrado la novela perfecta. Los más amigos del novelista,
todavía más conocedores que él de su propia fuerza, murmuraban siempre
en sus oídos un _más allá_, y no le dejaban adormecerse con los halagos
de la muchedumbre de los lectores, cuyo criterio estético se reduce a
admirar lo que está más cerca de sus gustos y propensiones. Por eso,
después de _Pedro Sánchez_, como después de _El sabor de la tierruca_ y
_De tal palo...,_ oyó siempre Pereda la voz de quien mejor le quería,
repitiéndole: «Tú eres ante todo el autor de _El Raquero_, de _La Leva_
y de _El fin de una raza_. Si quieres elevar un verdadero monumento a tu
nombre y a tu gente, cuenta la epopeya marítima de tu ciudad natal. Dios
te hizo, aún más que para ser el cantor de las flores y de la primavera,
para ser el cantor de las olas y de las borrascas. Tú solo puedes traer
a la literatura castellana ese mundo nuevo de intensas melancolías y de
rudos afectos. Hazte cada día más _local_, para ser cada día más
universal; ahonda en la contemplación del detalle; hazte cada día más
íntimo con la realidad, y tus creaciones engañarán los ojos y la mente
hasta confundirse con las criaturas humanas.»
Todo esto lo ha hecho Pereda, mucho más porque su buen genio se lo
decía, que porque se lo dictasen al oído sus paisanos y sus amigos. Y en
_Sotileza_, aquella misma robusta inspiración que había dado perpetua
vida a _Cafetera_, al _Tuerto_ y a _Tremontorio_, ha roto el estrecho
marco del cuadro de género y penetrado en el ancho y generoso cerco de
la gran pintura, poniendo con entera franqueza a sus héroes entre cielo
y mar, y haciéndoles verdaderos protagonistas de una acción trágica, que
llega y toca a lo más alto de la pasión humana, acentuada aquí en
vigoroso contraste con una naturaleza bravía y rebelde. Porque lo
primero que hay que admirar en _Sotileza_, y lo que desde luego la da
conocida ventaja sobre las novelas anteriores de su autor, es el tener
verdadera acción, y acción tan bien graduada, tan natural, tan sencilla,
tan en línea recta, tan consonante con los datos psicológicos y
fisiológicos de los personajes, tan a tiempo ligada, tan a tiempo
resuelta, tan ajena de todo lo que parezca artificio, violencia o amaño,
que el ánimo no puede menos de pararse gustosamente ante tan severa
estructura y trama tan bien concertada. Todo el libro parece concebido
en un solo aliento; los personajes han recibido al nacer tales bríos,
que, semejantes a los dioses homéricos, alcanzan de un solo salto cuanto
espacio puede divisar el espectador colocado a orillas del mar sobre
altísima roca. Todo tiene en este libro un sello de fiereza titánica, de
salvaje energía, de grandiosidad sublime: la tierra, y el mar, y los
hombres. Nada hay débil, enteco ni afeminado: recorriendo tales páginas,
se respira un soplo de barbarie que _hace bien_, que templa los nervios
y vigoriza la sangre. La expresión es lo más libre y lo más suelta que
puede darse: el autor ha agotado los infinitos recursos del vocabulario
_callealtero_, crudo, pintoresco, desgarrado, apestando a _parrocha_ y a
pescado podrido; pero todo esto, ¡con qué arte y con qué soberano
conocimiento de las condiciones de la lengua, a la cual se puede vencer
y domar por halagos, pero no forzar brutalmente como vil concubina!
Al fin del libro va un glosario de los términos náuticos y de las frases
populares empleadas en el libro; pero ¡con qué habilidad están
derramados por todo él, bien al contrario de esa pedantesca ostentación
de ciertos novelistas franceses de escuelas modernísimas, que, haciendo
gala de un externo y superficial conocimiento del tecnicismo de tal o
cual arte o ciencia, le derraman a carretadas en todas las páginas de su
libro, con la necia ostentación del aventurero llegado de improviso a
los honores y a la riqueza! No: Pereda no ha tenido necesidad de hacer
estudio especial de la lengua de los marineros de la calle Alta para
escribir _Sotileza_. Esa lengua la tiene él aprendida muchos años hace,
no por _dilettantismo_ erudito, sino porque ha vivido en perpetuo y
desinteresado comercio con el pueblo.
Esa lengua tan palpitante y tan densa, que tan diversos matices
adquiere, ya el de brusquedad estúpida y semisalvaje en _Muergo_, ya el
de dulcísima elegía amatoria en labios de _Cleto_, ya el de patriarcal
ternura en boca del _tío Mechelín_ y de su mujer, ya el de reconcentrada
soberbia femenina en _Silda_, especie de diana selvática y feroz de un
barrio de pesca, presenta tales variedades y se mueve con tal libertad
en ondulaciones tan diversas, que nadie diría que por primera vez viene
ahora el arte, y que ninguno ha precedido a Pereda en trabajarla y
domeñarla.
Y para que mayor sea el contraste, suena de vez en cuando, entre esas
rudas voces que traen la impresión de resaca de la playa, la voz medio
marítima, medio frailuna, del padre Apolinar, el tipo de fraile más
asombroso que yo he visto en novelas, desde el _Fra Cristóforo_, de
Manzoni, personaje de más noble alcurnia que el de Pereda, pero no más
rico que él de aquella elevación moral, que por lo mismo que nace como
fruto espontáneo y agreste, y se desarrolla sin más riego que el de los
cielos, trae estampado el sello de primitiva grandeza que acompaña a la
fuerza del bien cuando se desenvuelve sin conciencia de sí propia.
El pensamiento artístico de _Sotileza_, la idea primera es tan honda,
que casi parece un enigma. Pero entendamos bien: no es el enigma pueril
en que se deleitan los hacedores de novelas transcendentales. _Sotileza_
es un enigma sorprendido valerosamente, y sin intención ulterior, en las
profundidades de la naturaleza humana. El autor le ha planteado; pero en
la conclusión le elude más bien que le resuelve. Ha hecho bien, después
de todo. En el arte agradan y dominan siempre aquellos personajes en
quienes resta un fondo inaccesible a las miradas de la crítica. De este
modo quedan como algo simbólico y misterioso entrevisto en el crepúsculo
de la poesía, que adivina tales naturalezas más bien que las penetra.
_Sotileza_, con ser muy mujer, tiene algo de esfinge tebana, y el autor
no ha hecho más que levantar una punta del velo sagrado. Todos los
instintos de su rebelde y altiva naturaleza han recibido desde el
principio una dirección extraña, merced a aquella vida errabunda de
playa y de muelle de las Naos en que gastó sus primeros años. Su corazón
es recio y duro para amar. El mismo agradecimiento apenas ha llegado a
rayar aquella piedra tosquísima. Quizá duerman en su corazón escondidos
deseos, tanto más fogosos cuanto más contenidos; pero nunca asoman a la
lengua. Lo mismo rechaza el amor brutal de _Muergo_, que el honrado y
caballeroso de _Andrés_ o el suave y delicadísimo de _Cleto_. Si alguna
inclinación muestra, es aquella que Petronio atribuía con tan enérgicas
palabras a las matronas de su tiempo: «_Quoedam foeminoe sordibus
calent_.» A _Sotileza_, el oculto incentivo que la lleva hacia _Muergo_,
por extraña aberración fisiológica, es la suciedad, la barbarie, el
desaseo, la ingénita grosería de aquel semibruto. Con todo eso, Pereda
no ha pasado la línea en materia en que tan fácil era resbalar,
siguiendo las huellas de otros naturalistas; y como su franco y bien
nacido ingenio no le lleva a pintar lo excepcional y monstruoso, sino a
mirar con amplitud la vida, no insiste en el imperceptible punto
mórbido, y logra conservar a la heroína la más arrogante y señoril
castidad desde el principio hasta el fin de la obra.
Los pescadores que intervienen en la obra nada tienen del marinero
idealista, del _Gilliat_ de Víctor Hugo (pongo por caso). Su horizonte
es tan estrecho como su condición, sus propósitos tan limitados como sus
medios. El duelo continuo que sostienen con la mar, influye en el temple
de su voluntad mucho más que en el calor de su fantasía. Su vida y su
muerte tienen una simplicidad heroica, tanto más grande cuanto menos
buscadora del efecto y menos sabedora de sí misma. El mar interviene
como tremendo coro de tal drama, levantando y agigantando los hombres y
las cosas con su presencia. Unas veces risueño, como en _el día de
pesca_, acompaña el idilio amoroso de Andrés; otras veces es campo de
palestra virgiliana para las barcas del cabildo de Abajo y del de
Arriba; y en la prodigiosa _galerna_ final parece que lleva consigo, al
estrellarse contra las _Quebrantas_ y salpicarlas de rabiosa espuma,
todas las iras, todos los odios y todas las venganzas de los personajes.
¡Arte singular de Pereda: saber hacer paralelos de esta suerte los
fenómenos de la naturaleza y los del espíritu!
Todo esto y mucho más podrá admirar en _Sotileza_ quien la mire
solamente bajo la razón de arte. Pero ¿qué he de decir yo, que no
solamente soy montañés, sino santanderino y _callealtero_? ¿Qué he de
decir de un libro que es la epopeya de mi _calle_ natal, libro que he
visto nacer y que casi presentía y soñaba yo antes de que naciese?
Nunca comprenderán los extraños de qué manera suenan para nosotros en el
libro una porción de nombres de lugares y de personas, y qué fuentes tan
escondidas van a buscar en el alma de aquellos para quienes el libro ha
sido principalmente escrito, de aquellos cuyo aplauso desea Pereda más
que otro alguno. Ya no morirá la calle Alta, aunque acaben de caer las
pocas casas viejas que le restan en pie, porque consagrada queda en el
arte hasta la menor de sus piedras. Y cuando se extinga hasta el último
resto de aquella raza marinera, de la cual en otra ocasión he escrito
que «en la Edad Media daba caza a los balleneros ingleses en los mares
del Norte y ajustaba tratados de paz y de comercio con sus reyes»,
todavía vivirán en un libro de sólida e indestructible fortaleza ciertos
nombres y reminiscencias que tienen virtud de conjuro, como todo lo que
toca la vara mágica del arte. Otros juzgarán el libro; que yo en esta
ocasión me reconozco incompetente para todo lo que no sea saludar,
desde lo más íntimo de mi alma, la bandera que flota sobre el libro, la
_bandera blanca y roja de la matrícula de Santander_.
(_La Época_ del 27 de marzo de 1885.)