También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos
de su amor propio, que aquella noche, al volver da la oficina, había
sufrido nuevos golpes. La última carta de la _mano oculta_ revelaba
un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no poder dar
paso alguno de que no tuviera conocimiento la persona que le protegía.
Cierto que agradecía la protección; pero habríala estimado más si no
significara para él la pérdida de toda libertad. Al día siguiente,
el anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de cuanto al
señorito le había ocurrido en la oficina: le reprendió por la compañía
del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés y más la
sociedad, pues en aquellos adquiriría hábitos de grosería y desparpajo,
y aprendería en esta la finura y distinción de un perfecto caballero.
—Hijo mío —decíale don Pedro, resueltamente conforme con las opiniones
de la incógnita—, no te importe esa vigilancia que puede ser algo
molesta, pero que sin duda te apartará de muchos peligros. Frecuenta
la sociedad, pues ya tienes relaciones que te introduzcan en casas
decentes, donde hallarás exquisito trato, buen comer y placeres
honestos. En fin, te conviene _mejorar el terreno_. Es la única manera
de irnos librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos
locos. No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la
buena escuela de tu padrino don Narciso.
—Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta de
libertad que me resulta de esta subordinación cargantísima a un poder
misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero enteramente
inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de
evadirme de tan enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo
que resulte ignorado por mi anónimo gobernante. ¿Por ventura, el
servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan
perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad
con que lo burlo? En la oficina hay ojos que me observan; aquí, en
casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las casas
que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que _allí lo
sepan_. Pues yo quisiera respirar a mis anchas, y decir: «Te fastidias,
que no lo sabes».
En el curso de octubre fue introducido el venturoso macebo por Mesonero
Romanos en casa del médico Rivas, padre de tres niñas preciosas, muy
saladas: Marianita, Mariquita y Juanita, conocidas en el mundo poético
por _Laura, Silvia_ y _Rosaura_, con que las designaban sus novios o
pretendientes (en aquel tiempo se solían llamar _amantes_), que eran
poetas de lo más granadito entonces. Las chicas, eso sí, descollaban
por su picante belleza, así como por su ingenio; una de ellas también
versificaba, otra pintaba, y las tres hacían en el canto y baile
angélicos primores.
Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico, y a
la segunda noche echó de ver que la mayor de las niñas le gustaba
extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender que era
correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de
florecillas verbales, y alguna breve y ardorosa promesa. Al fin de la
semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran novios. Pero,
¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente
réspice:
«Niño, me desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con
la chica mayor del cirujano Rivas. Simple, ¿en qué estás pensando?
¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos
la venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son.
Pero ya en el nido de sus tiernos corazones ha batido sus alitas otro
amor...».
—¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos... Adelante.
Sigue leyendo.
Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura:
«Las tres tienen sus adoradores. Mesonero es el zagal de la tercera
pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la segunda, Silvia
bella, quema el incienso de su inspiración socarrona Bretón de los
Herreros. Y, por último, escucha y tiembla... Ventura de la Vega, tu
amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a
toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que
os cantó la niña el aria de _Elisabeth_, del maestro Caraffa, quedó
concertado entre Ventura y los padres encender pronto la antorcha de
Himeneo... Conque ya ves...».
—¡Qué elegancia de estilo: _encender la antorcha_!...
Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de que
ya se habían dado los pasos para redimirle de la quinta de cien mil
hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la del siguiente
día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no
pensara más en la bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues
relaciones iba ganando para ello, en casas de más categoría, en los
dorados salones aristocráticos.
«Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico muy introducido,
puede llevarte a casa de Campo-Alange, y el almibarado Clemencín
(llamémosle don Agapito) a casa de Castro-Terreño».
—Ya ves —decía Hillo cayéndosele la baba— con qué seguro dedo te
marca tus altos destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has
podido figurarte que te íbamos a permitir entroncar con la hija de
un cirujano? ¡Don Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una
simple Laura, sin más títulos que los ovillejos que le endilgan poetas
chirles!... No, hijo, tú no puedes _encender la antorcha_ sino con
damas de otro cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas
de duques o archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el
consejo que te da quien darlo puede, y mete la cabeza en las áureas
viviendas de los Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis.
Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines de
octubre le introdujo un amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de
Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de Almodóvar y de
Campo-Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad
fría y correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo
general poco afortunado, la cual cautivaba a cuantos la veían, no solo
por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su
ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy
redicha por Chateaubriand, De Jouy y otros coetáneos, siendo también
algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis.
Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y figura
eran del agrado de la marmórea, de lo cual vino que él también se
sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo hiciese
comprender en delicadas perífrasis. La _oculta mano_ escribió:
«Bien, bien, caballerito: ese es el camino. Recomiendo, no obstante,
moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con demasiados ímpetus
por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo
es. En él hay asperezas y obstáculos enormes, que tú no ves, pobre
niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más democrática
del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a
ninguna persona bien vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie
se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a donde va. Yo creo
que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por más que solo sea
aparente, esa igualdad significa que nuestra aristocracia pierde
el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo castizo, el
cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que
traerán un desquiciamiento social. Perdona mi pedantería».
—¡Por san Cucufate!, no es pedantería —exclamó don Pedro palmoteando—,
sino profundísima filosofía de la historia. Sigue.
«Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma
de cortesía tolerante... En el fondo, en los hechos, no hay tal
igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la marmórea,
empiezan a preguntar: _ese Calpena_, ¿quién es? ¿De dónde ha salido
este barbilindo?... Y ya verás, ya verás cómo empiezan pronto los
desdenes, las envidias... Para que nada de esto ocurriese y tus
caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera
hubiese personas que evidentemente te protegieran, que respondiendo
de ti, dijesen a quien deben decirlo: _ese pobrete_ es digno de
la niña, y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora
te digo que la estatua erudita, lectora de Chateaubriand y aun de
Destut-Tracy, heredará tres millones y medio, no lo hago porque veas
en la riqueza un incentivo a tu inclinación, no. _Ese don Nadie_ no
busca un enlace de conveniencia, ni necesita los millones ajenos,
porque es de los que, por su gran mérito, pueden permitirse la
libertad de ser pobres».
—¡María Santísima, qué frase!... Adelante.
«De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de
mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy
disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún
medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad
y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que
su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre,
su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de
grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues
aunque el pobre general nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso
no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses;
y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la
aventaje en nobleza y virtudes... No escribo más. Me duele la cabeza.
¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?».
Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto se
entusiasmó don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las
lágrimas.
—¿Ves, ves —le dijo— cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una mujer de
inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a Destut-Tracy!...
¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día iremos de paseo al
Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya me figuro
su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa Minerva,
su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino, ese... Y ya
sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi tema: hay
que _rematar la suerte_.
En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario
particular del primer ministro, muy a gusto de este, al parecer,
pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas
que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la
confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las
dificultades de su magna empresa.
Por aquellos días, ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba todo
lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había llegado
a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale Serrano los
nombres de todas las personas que en palcos y butacas veían, sin que
de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. Y como a cada
nombre que el tísico decía, agregaba comentarios injuriosos, pues para
él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni
esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena
no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como
terrible.
Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas
Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o
literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o bien
de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad
comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de
su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias
habilidosas de sus dos niñas.
—Es ridículo —decía— que a una persona como usted, introducida en la
mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde
casa, donde todo es pobreza..., también alegría, eso sí... Pero yo
creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa,
discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa..., y
el instrumento es de lo mejor que ha fabricado don Tiburcio Martín,
plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito
con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir
_Mujeres célebres_. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está
agarrada noche y día a la de Madama Staël... Y en casa puede usted ver
a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque
soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; solo que
es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle
leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un
dramita que titula _El Trovador_ o cosa así, y en casa nos ha parecido
tan bueno que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver
si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro
chicarrón va por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el
teatro. No les falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no
la hay más que para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no
os acobardéis, que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí...
¡Milagro será que no os saque adelante Milagro!... Je, je...».
Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría
la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al
mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con doña Jacoba Zahón,
añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que
aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo
entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta
debía presentarse a recogerlo.
—Seguramente —dijo Milagro— es una caja de pedrerías... ¿Por qué se
asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy
conocida: _Zahón y Negretti_, calle de Milaneses. Hoy, por muerte de
Zahón, se ha quedado al frente la viuda, para quien algunas noches
trabajo, escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en
orden.
—No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo
—observó Calpena—, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de
valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa?
—No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si no ha
pasado doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado enferma,
o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha traído.
—Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a
Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa
señora es jorobada.
—Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su
casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria,
genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda
desconfianza...
—Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o papeles
políticos. Dígame usted... aquí en confianza, ¿esa señora conspira?
—¡Conspirar la Zahón...! —dijo Milagro perplejo—. No..., que yo sepa,
no... ¡Conspirar...! Para la Zahón no nay más política que ganar
dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en
sus garras.
—Ello será como usted lo dice; pero yo puedo asegurarle que un
compañero mío de hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa,
supo, a los pocos días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese
encargo, y tanto él como sus amigos López y Caballero creían, y así me
lo dijeron, que el paquete era de papeles políticos y venía destinado
al eterno conspirador don Eugenio Aviraneta.
—Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al
oscuro en logias y _sublimes talleres_ soterráneos, ven visiones, y
como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos y
otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del
fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no
acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted
puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de don Vicente
González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía
de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una
lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no
puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en
cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más
sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis
hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de
Bertrán de Lis...
—¿Y la señora de Arnao...?
—Reventó..., naturalmente... Su muerte debió ser un nuevo cargo para
la Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato... político.
Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor
ministro.