XIV

También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos

de su amor propio, que aquella noche, al volver da la oficina, había

sufrido nuevos golpes. La última carta de la _mano oculta_ revelaba

un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no poder dar

paso alguno de que no tuviera conocimiento la persona que le protegía.

Cierto que agradecía la protección; pero habríala estimado más si no

significara para él la pérdida de toda libertad. Al día siguiente,

el anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de cuanto al

señorito le había ocurrido en la oficina: le reprendió por la compañía

del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés y más la

sociedad, pues en aquellos adquiriría hábitos de grosería y desparpajo,

y aprendería en esta la finura y distinción de un perfecto caballero.

—Hijo mío —decíale don Pedro, resueltamente conforme con las opiniones

de la incógnita—, no te importe esa vigilancia que puede ser algo

molesta, pero que sin duda te apartará de muchos peligros. Frecuenta

la sociedad, pues ya tienes relaciones que te introduzcan en casas

decentes, donde hallarás exquisito trato, buen comer y placeres

honestos. En fin, te conviene _mejorar el terreno_. Es la única manera

de irnos librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos

locos. No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la

buena escuela de tu padrino don Narciso.

—Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta de

libertad que me resulta de esta subordinación cargantísima a un poder

misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero enteramente

inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de

evadirme de tan enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo

que resulte ignorado por mi anónimo gobernante. ¿Por ventura, el

servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan

perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad

con que lo burlo? En la oficina hay ojos que me observan; aquí, en

casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las casas

que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que _allí lo

sepan_. Pues yo quisiera respirar a mis anchas, y decir: «Te fastidias,

que no lo sabes».

En el curso de octubre fue introducido el venturoso macebo por Mesonero

Romanos en casa del médico Rivas, padre de tres niñas preciosas, muy

saladas: Marianita, Mariquita y Juanita, conocidas en el mundo poético

por _Laura, Silvia_ y _Rosaura_, con que las designaban sus novios o

pretendientes (en aquel tiempo se solían llamar _amantes_), que eran

poetas de lo más granadito entonces. Las chicas, eso sí, descollaban

por su picante belleza, así como por su ingenio; una de ellas también

versificaba, otra pintaba, y las tres hacían en el canto y baile

angélicos primores.

Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico, y a

la segunda noche echó de ver que la mayor de las niñas le gustaba

extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender que era

correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de

florecillas verbales, y alguna breve y ardorosa promesa. Al fin de la

semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran novios. Pero,

¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente

réspice:

«Niño, me desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con

la chica mayor del cirujano Rivas. Simple, ¿en qué estás pensando?

¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos

la venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son.

Pero ya en el nido de sus tiernos corazones ha batido sus alitas otro

amor...».

—¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos... Adelante.

Sigue leyendo.

Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura:

«Las tres tienen sus adoradores. Mesonero es el zagal de la tercera

pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la segunda, Silvia

bella, quema el incienso de su inspiración socarrona Bretón de los

Herreros. Y, por último, escucha y tiembla... Ventura de la Vega, tu

amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a

toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que

os cantó la niña el aria de _Elisabeth_, del maestro Caraffa, quedó

concertado entre Ventura y los padres encender pronto la antorcha de

Himeneo... Conque ya ves...».

—¡Qué elegancia de estilo: _encender la antorcha_!...

Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de que

ya se habían dado los pasos para redimirle de la quinta de cien mil

hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la del siguiente

día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no

pensara más en la bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues

relaciones iba ganando para ello, en casas de más categoría, en los

dorados salones aristocráticos.

«Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico muy introducido,

puede llevarte a casa de Campo-Alange, y el almibarado Clemencín

(llamémosle don Agapito) a casa de Castro-Terreño».

—Ya ves —decía Hillo cayéndosele la baba— con qué seguro dedo te

marca tus altos destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has

podido figurarte que te íbamos a permitir entroncar con la hija de

un cirujano? ¡Don Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una

simple Laura, sin más títulos que los ovillejos que le endilgan poetas

chirles!... No, hijo, tú no puedes _encender la antorcha_ sino con

damas de otro cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas

de duques o archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el

consejo que te da quien darlo puede, y mete la cabeza en las áureas

viviendas de los Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis.

Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines de

octubre le introdujo un amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de

Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de Almodóvar y de

Campo-Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad

fría y correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo

general poco afortunado, la cual cautivaba a cuantos la veían, no solo

por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su

ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy

redicha por Chateaubriand, De Jouy y otros coetáneos, siendo también

algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis.

Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y figura

eran del agrado de la marmórea, de lo cual vino que él también se

sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo hiciese

comprender en delicadas perífrasis. La _oculta mano_ escribió:

«Bien, bien, caballerito: ese es el camino. Recomiendo, no obstante,

moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con demasiados ímpetus

por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo

es. En él hay asperezas y obstáculos enormes, que tú no ves, pobre

niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más democrática

del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a

ninguna persona bien vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie

se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a donde va. Yo creo

que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por más que solo sea

aparente, esa igualdad significa que nuestra aristocracia pierde

el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo castizo, el

cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que

traerán un desquiciamiento social. Perdona mi pedantería».

—¡Por san Cucufate!, no es pedantería —exclamó don Pedro palmoteando—,

sino profundísima filosofía de la historia. Sigue.

«Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma

de cortesía tolerante... En el fondo, en los hechos, no hay tal

igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la marmórea,

empiezan a preguntar: _ese Calpena_, ¿quién es? ¿De dónde ha salido

este barbilindo?... Y ya verás, ya verás cómo empiezan pronto los

desdenes, las envidias... Para que nada de esto ocurriese y tus

caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera

hubiese personas que evidentemente te protegieran, que respondiendo

de ti, dijesen a quien deben decirlo: _ese pobrete_ es digno de

la niña, y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora

te digo que la estatua erudita, lectora de Chateaubriand y aun de

Destut-Tracy, heredará tres millones y medio, no lo hago porque veas

en la riqueza un incentivo a tu inclinación, no. _Ese don Nadie_ no

busca un enlace de conveniencia, ni necesita los millones ajenos,

porque es de los que, por su gran mérito, pueden permitirse la

libertad de ser pobres».

—¡María Santísima, qué frase!... Adelante.

«De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de

mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy

disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún

medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad

y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que

su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre,

su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de

grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues

aunque el pobre general nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso

no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses;

y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la

aventaje en nobleza y virtudes... No escribo más. Me duele la cabeza.

¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?».

Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto se

entusiasmó don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las

lágrimas.

—¿Ves, ves —le dijo— cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una mujer de

inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a Destut-Tracy!...

¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día iremos de paseo al

Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya me figuro

su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa Minerva,

su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino, ese... Y ya

sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi tema: hay

que _rematar la suerte_.

En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario

particular del primer ministro, muy a gusto de este, al parecer,

pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas

que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la

confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las

dificultades de su magna empresa.

Por aquellos días, ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba todo

lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había llegado

a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale Serrano los

nombres de todas las personas que en palcos y butacas veían, sin que

de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. Y como a cada

nombre que el tísico decía, agregaba comentarios injuriosos, pues para

él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni

esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena

no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como

terrible.

Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas

Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o

literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o bien

de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad

comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de

su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias

habilidosas de sus dos niñas.

—Es ridículo —decía— que a una persona como usted, introducida en la

mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde

casa, donde todo es pobreza..., también alegría, eso sí... Pero yo

creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa,

discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa..., y

el instrumento es de lo mejor que ha fabricado don Tiburcio Martín,

plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito

con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir

_Mujeres célebres_. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está

agarrada noche y día a la de Madama Staël... Y en casa puede usted ver

a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque

soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; solo que

es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle

leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un

dramita que titula _El Trovador_ o cosa así, y en casa nos ha parecido

tan bueno que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver

si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro

chicarrón va por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el

teatro. No les falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no

la hay más que para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no

os acobardéis, que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí...

¡Milagro será que no os saque adelante Milagro!... Je, je...».

Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría

la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al

mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con doña Jacoba Zahón,

añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que

aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo

entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta

debía presentarse a recogerlo.

—Seguramente —dijo Milagro— es una caja de pedrerías... ¿Por qué se

asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy

conocida: _Zahón y Negretti_, calle de Milaneses. Hoy, por muerte de

Zahón, se ha quedado al frente la viuda, para quien algunas noches

trabajo, escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en

orden.

—No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo

—observó Calpena—, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de

valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa?

—No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si no ha

pasado doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado enferma,

o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha traído.

—Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a

Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa

señora es jorobada.

—Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su

casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria,

genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda

desconfianza...

—Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o papeles

políticos. Dígame usted... aquí en confianza, ¿esa señora conspira?

—¡Conspirar la Zahón...! —dijo Milagro perplejo—. No..., que yo sepa,

no... ¡Conspirar...! Para la Zahón no nay más política que ganar

dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en

sus garras.

—Ello será como usted lo dice; pero yo puedo asegurarle que un

compañero mío de hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa,

supo, a los pocos días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese

encargo, y tanto él como sus amigos López y Caballero creían, y así me

lo dijeron, que el paquete era de papeles políticos y venía destinado

al eterno conspirador don Eugenio Aviraneta.

—Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al

oscuro en logias y _sublimes talleres_ soterráneos, ven visiones, y

como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos y

otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del

fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no

acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted

puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de don Vicente

González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía

de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una

lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no

puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en

cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más

sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis

hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de

Bertrán de Lis...

—¿Y la señora de Arnao...?

—Reventó..., naturalmente... Su muerte debió ser un nuevo cargo para

la Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato... político.

Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor

ministro.

Mendizábal · 第 16 / 36 题