Al quedarse solo, Mendizábal escribió una carta de cuatro pliegos a
Córdova, general en jefe del ejército del Norte. Con nerviosa mano, sin
cuidarse de la estructura gramatical, trazaba los conceptos, en algunos
puntos ampulosos, pedestres en otros, fiel imagen de su pensamiento,
que empezaba a ser desordenado y vacilante por el cansancio de la
tremenda lucha. Anhelaba mostrarse amigo del que en su mano tenía la
mayor fuerza existente en España, estar en su gracia, pues tomado el
pulso al país y a la raza, si mucho temía don Juan del paisanaje de
levita y chaqueta, más temía de la tropa... Aunque aplicar quiso toda
su atención a la escritura, no lo lograba: el pensamiento se dividía,
fluctuaba, y dejando a la pluma formular con incorrecta sintaxis los
conceptos epistolares, se escabullía por otros espacios. Trajo el
ministro a su imaginación la historia de los últimos años, desde el
14, y veía las trifulcas, los sangrientos y bárbaros motines, las
sediciones militares, siniestro brazo de la idea disolvente, ya se
llamase liberal, ya realista... Con estas imágenes se confundía en su
mente otra, que como un espectro familiar de continuo se le presentaba.
Era su promesa de terminar la guerra civil en seis meses. ¡Lucido
quedaría si no la cumplía; si el ejército cristino, reforzado pronto
con los cien mil hombres de la quinta, no lograba sofocar la facción
y restablecer la anhelada paz! Su ensueño era Córdova, el caudillo
denodado y caballeresco, y en medio de aquel trajín electoral, anuncio
de las trapisondas parlamentarias y políticas que habían de sobrevenir
con la apertura de los Estamentos, volvía don Juan Álvarez sus
inquietos ojos al Norte, mirando a lo que era su temor y su esperanza.
Si el general no le ayudaba, su empresa de salvación nacional fallaría
sin remedio. Y para que Córdova coadyuvase a la gran obra, era preciso
que venciera, o por lo menos que con rudos achuchones quebrantase a
los carlistas; y para esto era indispensable enviarle recursos en
hombres y dinero. La carta, en su difuso estilo, plagada de noticias de
acá y de allá, de referencias diplomáticas y de rumores de intrigas,
vino a parar en positivas promesas. «Dentro de quince días le mandare
a usted millón y medio. El mes próximo podré mandarle otro tanto, y
si puedo más, más». Hablábale de remesas de vestuario y calzado, de
arreglo de hospitales. Exponía también planes estratégicos que a él se
le ocurrían. «Respetando su iniciativa, le diré que si usted lograra
ocupar el Baztán con quince mil hombres, podría atacar a los facciosos
por retaguardia... Eso usted verá...».
Concluía ofreciendo remesarle nueve millones antes de tres meses, y
manifestaba viva intranquilidad por la lentitud de las operaciones.
Aplicando a todo su febril genio de travesura y arbitrismo, habría
querido que Córdova moviese en tres días su grande ejército, que
desalojase a los carlistas de sus formidables posiciones, que los
arrollase, que los deshiciese, dispersando a unos, matando a los más,
y cogiendo prisionero a don Carlos con toda su trashumante corte. ¡Qué
hermoso sería esto, y con cuánto desahogo podría dedicarse entonces
el Presidente a la reforma del país, que era su ilusión, su sueño!...
Pero, ¡ay!, al llegar a este punto, cruelísima duda le asaltaba. Si
Córdova obtenía una victoria rápida y decisiva, cortándole de una vez
a la hidra todas sus patas y aplastándole la cabeza, Córdova y no otro
había de emprender y realizar la salvación de la infeliz patria. Buen
tonto sería, juzgando el caso con el criterio genuinamente español, si
siendo él el vencedor guerrero, dejaba a otro la gloria de la campaña
política. Lógico era, no obstante, que el militar allanara el camino,
y que el civil marchase por él desembarazadamente hacia la victoria
política y social. Pero aunque poco ducho aún en artes de gobierno, don
Juan de Dios conocía la historia, más por lo que había visto que por lo
que había leído, y no ignoraba que, en nuestra tierra de garbanzos y
pronunciamientos, el guerrero victorioso es el único salvador posible
en todos los órdenes.
Terminada la carta, vagó su mente en aquel meditar triste. ¿Quién
salva, quién no salva? ¿Sería un error suyo gravísimo haberse creído
capaz de fundar una nación grande y rica sobre las ruinas de las
facciones deshechas y de las banderías sojuzgadas? De Londres había
salido con esta ilusión; con ella entró en Madrid. Sus entrevistas
con la reina gobernadora la confirmaron. El entusiasmo patriótico, la
fe en sí mismo y en la eficacia de sus manejos se avivaron cuando Su
Majestad le encargó del tejemaneje gubernamental. Ya tenía la máquina
en su mano. Ya era dueño de sus iniciativas. ¿No podría desarrollar
libremente sus ideas, aplicar su voluntad potente a la grande obra?
Las cosas, y más que las cosas las personas, enfriaron su entusiasmo al
mes de gobierno. Cierto que le ayudaba la opinión vocinglera; pero las
principales figuras políticas no hacían nada en su favor. Los adictos
de fila pedían destinos y actas, y esperaban que el jefe lo diera todo
hecho. Los contrarios aparentaban una calma prudente, tras de la cual
don Juan de Dios creía sentir el sordo roer de las conspiraciones. Aún
no había perdido la confianza en sí mismo; seguía creyendo en su papel
providencial; pero ya le anunciaba el corazón que la empresa no era
coser y cantar, y que tendría que tragar mucha quina antes de rematarla
dignamente.
Conferenció con Galiano, a la hora convenida, sobre asuntos
electorales; con Saavedra, sobre la probable benevolencia de los
moderados Toreno y Martínez de la Rosa; con Olózaga, para ver de
que las sociedades secretas hiciesen entender a las juntas que
había llegado la hora de poner fin a la bullanga, pues en _Palacio_
comenzaban los infalibles síntomas de desconfianza y miedo. De esto
le había hablado aquella misma tarde don Fernando Muñoz, dándole una
prueba de verdadero aprecio. Y, francamente, no había que esperar
ninguna ventaja política, mientras no se diese a toda la gente de
allá, real o morganática, una plácida confianza y un sueño tranquilo.
Con Williers habló de asuntos diplomáticos y de eso que tiempo ha
viene siendo la constante pesadilla de los pueblos débiles: _la
actitud de Inglaterra_. Mendizábal era muy afecto al leopardo, y
esperaba un apoyo más positivo que el de la prometida legión. El
astuto representante de la Gran Bretaña repitió a nuestro ministro
sus recomendaciones de siempre: refrenar la anarquía, no temer la
libertad practicada dentro de las leyes, poner en funciones regulares
el Parlamento, acudir a la guerra con toda clase de recursos, y trazar
las grandes líneas del porvenir efectuando la venta inmediata de toda
la propiedad territorial de las órdenes religiosas.
Cerca de la una, Mendizábal se quedó solo; mas no se resolvió a
retirarse a su casa, porque el aposento ministerial le retenía, le
agasajaba; temía dejarse allí las ideas si se iba, y con sus ideas
la ilusión risueña y querida de salvar al país y hacerlo dichoso. No
menos de media hora estuvo paseándose de un ángulo a otro, a la luz ya
mortecina de los quinqués, entre los retratos de personas reales o de
eminencias políticas: la reina Amelia, clorótica y triste; Fernando,
sanguíneo y echando a borbotones la perfidia por sus ojos de fuego,
el sarcasmo por su belfo labio..., más allá, personajes de peluca que
habían gobernado la Hacienda y la Marina: Patiño, Ensenada; en un
ángulo Riperdá, con su risa ladina; en otro Macanaz, con su hermosa
cabeza poblada de ricitos.
Cansado de pasearse, Mendizábal sacó de su pupitre varios papeles,
cartas que aún no había leído, de esas cuyo escaso interés se adivina
por el sobrescrito, y que se dejan sin abrir por no desperdigar la
atención; otras de letra bien conocida, que, positivamente, no eran
de asuntos ministeriales, más bien pretensiones ridículas, jaquecas,
extravagancias, anónimos quizás, llenos de injurias repugnantes, o
denunciando algún proyecto terrorífico de las logias masónicas.
Era hombre don Juan que a lo mejor transportaba toda su atención de
lo grave a lo menudo, como espíritu aventurero que gozara en suponer
la existencia de cosas grandes, escondidas de un modo carnavalesco
detrás de cualquier insignificancia. Su imaginación le llevaba a la
puerilidad. Creía fácilmente en las posibles emergencias de sucesos
importantísimos, efecto enorme engendrado por la menor cantidad posible
de causa. No estaba exento su espíritu de superstición: esperaba
bienes repentinos, no anunciados por la lógica; temía desventuras
abrumadoras, caídas como el rayo, sin el antecedente natural de errores
determinantes.
En aquella hora de calma y soledad, aplicando a los objetos secundarios
más bien la curiosidad que la atención, fijose primero don Juan en una
cuenta de zapatero; después pasó la vista por un plan en que anónimo
arbitrista ofrecía saldar toda la Deuda de España con una simple
combinación de cifras; leyó en seguida una carta procedente de Londres,
escrita en español de colegio inglés. En la primera carilla, una mano
trémula había trazado quejas melancólicas, reproches agridulces; en
la segunda, se lamentaba de un olvido semejante, de abandono; en
la tercera, formulaba con indecisa escritura una protesta de firme
constancia a prueba de desdenes, y en la última, pedía dinero. En la
postdata suplicaba se le mandase inmediatameate orden contra la casa
_Tal_... Esta epístola y los documentos anteriores fueron a parar, en
pedazos, a la cesta de los papeles inútiles. Cogió luego otra carta,
cuyo sobrescrito era un puro adefesio, y abierta, leyó con no poca
dificultad:
«Señor don Juan excelentísimo: Por encargo de la señora doña Jacoba
Zahón, que permanece enferma en cama, le digo cómo la ropa de la
niña importa mil setecientos y veintidós reales efectivos, que
hará el favor de remitir a la mayor brevedad, para atender a las
urgencias. Pues ha de saber que se debe lo del maestro de piano y
baile viceversa, con lo demás que había pendiente del coste del mes
pasado inclusive, y son por junto naturalmente trescientos y doce
reales netos, con lo de medicinas trescientos ochenta y ocho. Doña
Jacoba espera le suministre pronto la suma total de los expresados
líquidos reales de vellón, como débitos naturales, y me encarga
conjuntamente le diga que le besa las manos, y que tendrá el honor de
visitarle en cuanto se alivie de sus reumas achacosos. Dios guarde a
usted, excelentísimo, años muchos, y mande a su servidor, que lo es —
Cayetano Lopresti».
Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto,
cogió la pizarrita en que anotar solía las obligaciones perentorias
del día siguiente, ya fuesen políticas, ya del orden familiar y
privado. Media pizarra estaba escrita ya con diversos recordatorios de
varia importancia: «Circular intendencias... Ver Argüelles, proyecto
electoral... Recuento de frailes... Relaciones de monjas... Escribir
duque de Broglie...». Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó
debajo: «Asunto Negretti... _Din. jor._ (que quería decir: mandar
dinero a la jorobada)».
Guardó unos papeles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en
el bolsillo; tiró de la campanilla. El sonido lejano de esta produjo
la aparición de un portero que surgió de entre los pliegues de la
cortina. «Mi capa..., el coche», dijo Su Excelencia dando pataditas en
la alfombra, que aún era de verano. Se le habían enfriado los pies,
calzados con zapatito mujeril.
Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de san Miguel.
Durmió mal. Volteaba el cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro
enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se enlazaban como
queriendo formar una trenza: «Ley electoral... ¡Pobre Negretti!...
La guerra... ¡Pero esa niña, esa fastidiosa niña..., esa guerra, esa
maldita guerra!...».