—Una de estas noches, amigo Serrano —dijo don Fernando—, va usted a
venir conmigo al Príncipe, para que me diga los nombres de todas las
señoras que veamos en los palcos. En el tiempo que llevo aquí, he
hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto
de Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y
a Mesonero Romanos. El señor a quien debo este conocimiento me le
presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de casa don
Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted?
—¿Cómo no?... Iglesias..., hombre de mucho talento, de gran porvenir...
—Pues me presentó a ese..., ¿cómo se llama?, Alonso..., Juan Bautista
Alonso, con quien me encontró después una noche en la segunda fila de
lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he conocido a Vega, he
hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo y en el
Parnasillo...
—Alonso es poeta y un buen periodista..., chico que vale. Será
ministro... ¿Y no ha querido catequizarle a usted para la sociedad _Los
Numantinos_?
—A mí, no... Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida política
me seduce.
—A mí..., sí..., pero no puedo consagrarme a ella, por...
Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado y
convulso, faltábale poco para echar los bofes y escupir el alma.
—Con esta maldita tos —dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba de
babas, mocos y lágrimas el encendido rostro—, ¿cómo quiere usted que
sea uno político y orador?... Mi naturaleza es émula de mi bolsillo en
el agotamiento, en la extenuación... No me forjo ilusiones de vivir el
año que viene: estoy tísico pasado.
Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento, porque
en verdad la flaqueza y el color cadavérico de su amigo invitaban a
entonar el responso. No espantado de la muerte, o echándoselas de
valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con entereza estoica un
poquito afectada. Era moda entonces morirse en la flor de la edad,
tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos convenido en que
seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre las distintas
vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un fallecimiento
poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de verdinegro y
puntiagudo ramaje.
—Estos pobres huesos —prosiguió Serrano— están pidiendo la mortaja. Le
diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto gozar...
Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las novelas.
Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen siglos... ¡Y
que llegue uno al borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin,
doblemos la hoja triste... ¿Me decía usted que desea ir conmigo al
teatro para que le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino
que veamos en palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola
con candil, persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá
no tengo nada que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos), me
dedico a conocer _de visu_ a todo el mundo, y a la averiguación de
vidas ajenas... Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago
también paralelas. Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío,
que aquí no hay nadie que no tenga su historia... y las hay de oro.
¡Con decirle a usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más
inocentes...!
—¡Caramba!
—¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?
—¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?
—En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente
depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la
instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se
introduzca en la sociedad.
—¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas historias?
¡Por Dios, Serrano...!
—Nadie... Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona
bien vestida que no lleve consigo su misterio: este misterio es algo
que no debe saberse, y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted...
Nada es aquí tan público como las cosas secretas... En fin, por tener
todo el mundo historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena,
que acaba de llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en
las tablas del teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la
comedia.
—¡Yo! —exclamó Calpena palideciendo—. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy nadie!
—Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.
—Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, amigo
Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela?
—Inconveniente, ninguno...; pero la tos..., ya ve..., no puedo
hablar..., me ahogo...
Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo pasado,
aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se quedó un
rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa, las
manos trémulas...
—Pues sí..., esta maldita tos no me deja vivir... Si yo no tosiera,
sería orador, créame usted... Pues no hay que tomar a mala parte esto
de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no
puedo aún decir a usted cosas concretas...
—¿Pues no asegura que lo sabe todo?
—Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que se
han fijado en el joven Calpena... Lo que yo he oído no es ofensivo
para usted, ni mucho menos.
—Sea lo que quiera, debo saberlo.
—La tos otra vez... Me ahogo...
—¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la
botica más próxima.
—No..., gracias... Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin sentir
el menor alivio.
—Ya pasa..., ya puede hablar.
—La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Solo he
oído formular preguntas, aventurar alguna hipótesis... Conjeturas,
presunciones..., que será, qué no será...
—¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los curiosos
investigadores, y yo pregunto también: «¿Quién soy?... Calpena, ¿quién
eres?».
—¿Pero usted no lo sabe?...
Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus
dudas, don Fernando se enmendó diciendo:
—Sé quien soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que aparezca,
hay siempre incógnitas que resolver.
—¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne?
—Hombre, todo, todo precisamente, no.
—Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el
ministerio.
—Juro a usted que lo ignoro.
—Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y ofrecen
a veces concomitancias increíbles. A mí, para que me dieran la plaza
mísera que tengo, me recomendó la persona más opuesta a mis ideas, don
Antonio Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de uno
de sus niños. Por un empleado del personal he sabido que, en el libro
donde constan los padrinos de cada empleado, figura usted como hechura
y ahijado del propio Mendizábal, lo que nadie extrañará, porque bien
podría el ministro ser amigo, deudo de su familia de usted.
—No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por mí.
—En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes
no puede negar un favor de esta clase. Por indiscrección de un amigo
de la secretaría particular, puedo... no afirmar, ¡cuidado!, sino
sospechar..., con vehementes indicios de acierto...
Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del concepto.
Un amago de tos determinó pausa expectante, que a Calpena le pareció un
siglo. Por dicha, no fue más que amago, y Serrano pudo decir claramente:
—Si se empeña usted en oírme lo que sabe..., ¡vaya si lo sabe!..., le
diré que debe su plaza a la duquesa de Berry...
Pausa.... Solo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de
Serrano. El estupor de Calpena acabó por resolverse en una risa
nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla.
—¡La duquesa de Berry!... ¿Está usted loco? ¿La esposa del príncipe
asesinado a la salida de la Ópera, hijo de Carlos X...?
—Justo... Carolina de Nápoles, hermana de nuestra reina gobernadora
doña María Cristina.
—¿Y esa señora es la que figura como...?
—No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por
indicios de secretaría, sé yo...
—¡Locura, delirio! —exclamó Calpena levantándose, como hombre que
quiere poner fin por la ausencia a una conversación enfadosa—. Si usted
me probara eso... —indicó Fernando, fingiendo indiferencia.
—¿Prueba?... ¡Oh!... Me remito al gran demostrador de verdades, el
tiempo...
—Pero ¿cómo es posible...? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con
esa princesa...?
Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no hizo
más que balbucir:
—No puedo. La tos, la tos...