IX

Era verdad que don Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero

hacia el joven Calpena, afecto absolutamente desinteresado, pues no

se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo, viéndole en

camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos

peligrosos que probablemente se abrirían ante él; aconsejarle,

dirigirle, evitarle todos los escollos, para que gozase libre y

desembarazadamente de los bienes que el cielo le deparaba.

No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa de

que había tomado medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita

fueron entregados a los tres días de la prueba, y la terminación de lo

demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin don Fernando

a ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de

corbata, calzado, peluquería, etc., era cosa muy fácil en un joven a

quien dotó la naturaleza de airosa figura, hermoso rostro, y modales

finísimos _a nativitate_. Hillo le contemplaba embobado, viendo en él

un perfecto tipo de raza aristocrática. El propio duque de Osuna, don

Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los agregados de la Embajada

inglesa.

Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los teatros.

Hillo no le acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal. Fea cosa

era ir a los toros; pero más disculpable para un clérigo que el teatro,

por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso en ellas

descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida corona.

Con todo, buenas ganas tenía de colarse una noche en la cazuela,

disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el efecto

que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse y

acicalarse, y poner en sus manos el sombrero y bastón cuando salía.

Aunque el niño volviese tarde, don Pedro no se acostaba hasta que le

veía entrar, y allí eran sus preguntas:

—Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has dado golpe? Apuesto a que

todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han dirigido a

tu gallarda persona.

En el Príncipe daban _Norma_, cantada por la señora Oreiro de Lema

y el señor Unanue. En la Cruz, _La joven reina Cristina de Suecia_,

traducida del francés. Así de las obras como de la ejecución, pedía

el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se las daba,

advirtiendo la absoluta ignorancia teatral del buen señor, que no había

visto nunca más pieza que _El mágico de Astrakán_, allá en Zamora,

siendo él una criatura.

Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe, y viéndole tan

aficionado, decía don Pedro:

—¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!... La suerte es que

este chico se pasa de prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de

esas culebronas que...

Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los destinos

de don Fernando Calpena, que a fines de septiembre nadie había ido a

recoger el misterioso encargo traído de Olorón; que una tarde llegó

carta anónima, no llevada por _Edipo_, sino por persona desconocida

que la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver Fernando

del teatro, creía que le seguían dos personas buscándole las vueltas

y espiándole los pasos. La carta no traía dinero: estaba escrita por

mano nada premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta,

y solo contenía lacónicas advertencias y admoniciones cariñosas:

«Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción que los

blancos... También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el

teatro tan estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas... Por

más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu entusiasmo, la Ridaura

no hace nada de particular en su parte de Adalgisa... Oye, niño: que

vayas a misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no

estar en la iglesia tan distraído. A la iglesia no se va a mirar a

las muchachas, sino a rezar con devoción... — P. D. Cuando se te

acabe el dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la

negra para anunciar que lo has recibido».

—Observaciones son estas —decía Hillo radiante de satisfacción—

atinadísimas. Mi leal opinión es que no debes ponerte la corbata

escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de nuevas remesas de

metálico. No hay que abusar, hijo.

La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver

Méndez de su oficina. Traía un pliego de oficio dirigido a Calpena, y

al ponerlo en sus manos, le dijo:

—Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que indagara las

señas. Corrió entre nosotros de mano en mano, hasta que vi el nombre...

¡Qué casualidad! «¡Pero si le tengo en mi casa!». Ábralo usted pronto,

que, si no me engaño, es nombramiento.

Calpena se quedó frío de estupor. Don Pedro, como el que sueña

despierto, exclamó:

—¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales, o

de Colector del Noveno y Medias Annatas.

Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial de la

Secretaría de Hacienda, con doce mil reales: firmaba _Mendizábal_. Un

tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva dádiva, parabólicamente

arrojada por la _mano oculta_ sobre aquel venturoso mortal, no

correspondía, con ser grande, a las hipérboles que soñara la desbocada

fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello, no tardó en

conformarse y dijo:

—Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así. Papilla

de doce mil reales no se da ni a los hijos de los ministros. Y aquí

estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste cátedra con seis

mil, sin que hasta la presente... Pero no importa... Conque, hijo,

alégrate y toca las castañuelas, que por lo que veo, el mundo es tuyo.

Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar posesión y a darle las

gracias al señor de Mendizábal.

Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías inquietudes

y el gozo retozón de su vanidad halagada, Calpena contestó que no

pondría los pies en el ministerio sin dar antes un paso que su

decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana

siguiente en la diligencia de buscar al llamado _Edipo_, lo que no

le fue difícil recorriendo oficinas y retenes policiacos; pero el

tal no le dio ninguna luz. No era más que un simple _intromedario_:

llevaba los mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban

de segunda mano, o sea por órdenes de su inmediato jefe, el señor don

Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose don Fernando a buscar

a este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos

plantones, al anochecer del día siguiente, y encontrose frente a

un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le

escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró

que de la credencial no tenía la menor noticia, y que de la remesa de

encarguitos, así como de la preparación de aposento, no podía revelar

cosa alguna por habérsele impuesto absoluta reserva _bajo pérdida de

destino_...

—Y francamente —dijo al terminar—, no hay más remedio que defender la

plaza como se pueda, mayormente cuando a uno le tienen entre ojos por

ser criado a los pechos de don Tadeo Ignacio Gil... Gracias que Olózaga

me considera y está contento de mí... En una palabra, caballerito, no

me pregunte usted nada, porque no he de responderle. Precisamente el

señor Subdelegado me estima, como he dicho, porque no hay quien me

iguale en el don de silencio. Y si me permite usted darle un consejo,

le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello, como es el

callar. Lo difícil, señor mío, es callarse cuando a uno le pegan; pero

callarse cuando le miman y regalan..., ¡qué cosa más fácil! Créame a

mí: déjese llevar, déjese querer...

No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del

polizonte, se volvió a su casa don Fernando, y antes de poder contar

a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva sorpresa:

carta del misterioso corresponsal, que decía:

«Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió

de amanuense en el hotel _Meurice_, en París, no le hables de tal

cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para darle

las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta, y

si trabajases algún día en su despacho particular, no te muestres

cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la mano,

que le entusiasman los incansables, como él.

»No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de _Los hijos de

Eduardo_, traducido de Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen que es

cosa buena. Y si repiten el _Don Álvaro_, de Angelito Saavedra, no

dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado estuviste en el

cuarto de Florencio Romea, donde conociste a Ventura de la Vega.

Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos: fácilmente

pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas..., y esto no me gusta.

»Con perdón del señor Utrilla, la levita verde no te ha quedado bien.

Hace unas arruguitas en la espalda que no aumentarán la fama del

primer sastre de Madrid. Que te la vea puesta, y mándasela después

para que te la arregle. De paso te encargas un _surtout_ color

barquillo, y que te lo hagan pronto, que las noches ya refrescan;

pero no tanto que pidan capa... Los mejores guantes son los de

Dubosc, y las mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe.

El reloj que tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor.

Además de que es feísimo, se atrasa que es un gusto, y así llegas

tarde a todas partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo

vendas ni lo des a nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando

don Narciso te tiraba de las orejas por no saber los latinajos.

»Bobillo, no te entretengas más de una hora en el _Café Nuevo_, y

mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas. Cuidadito con

Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y malicioso.

Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de Togores, de

Juanito Pezuela y de Donoso Cortés... Con Espronceda y otros tan

arrebatados, _buenos días y buenas noches_, y nada de intimidades...

Suscríbete a _La Abeja_, lee _El Español_, y hazle la cruz al _Eco

del Comercio_.

»Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés».

Suspiró Calpena al acabar la lectura, y don Pedro, echando lumbre por

los ojos, dijo:

—Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura, qué

purísimo y entrañable afecto!...

—Lo que yo creo —observó el joven— es que vivo espiado dentro y fuera

de casa, pues la desconocida persona que me escribe sabe todos mis

pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se entera de cuándo se me

atrasa el reloj.

—¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto

que tener quien así cariñosamente le vigile, designándole los buenos

caminos y apartándole de los atajos peligrosos? Ahora no hay que pensar

sino en presentarte en el ministerio, tomar posesión y ponerte al habla

con el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes que

político, a quien yo tenía entre ojos; pero ya me va gustando, ya me

va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es rana... Ya ha

olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la edad

serás procurador, prócer, o lo que te dé la real gana, y el muy tuno

quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado, hacerte de su partido...

Meditabundo, Calpena no siguió a don Pedro en sus apreciaciones

optimistas. Casi toda la noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre

inquisitiva, revolviendo en su mente los claros recuerdos de su niñez,

busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases o

reticencias de don Narciso, o de alguien de su familia; mas en ningún

repliegue del pasado vislumbró hilo que le guiara por aquel laberinto

en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco Hillo durmió

aquella noche con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente

le permitía. Viva excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el

lanzarse a un desenfrenado juego de acertijos, admitiendo y desechando

hipótesis. «Esto no lo hace más que una madre —se decía—. Y que esa

madre es persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien

claro está: riquezas hay; nobleza también. No me falta más que el

nombre para llegar a la completa solución del enigma. Luego viene el

otro problema: el papá. Por san Dionisio Areopagita, esta sí que es

gorda. ¡Dios mío, el padre...! No sé por qué me ha dado en la nariz

tufo de sangre real... Sí, sí. Tiene mi Fernandito en toda su persona

un sello de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna duda,

no, señor... Por la fisonomía, nada saco en limpio... Como narigudo, no

lo es; ni tiene el labio inferior echado para afuera... Por tanto, no

parece...».

Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es

posible imaginar, y al amanecer despertó sobresaltado con una idea,

que en su cerebro como ladrón furtivamente se introdujo, hallándose en

ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté

—dijo a media voz incorporándose en la cama—. Es... de Napoleón y de...

No será difícil descubrir una duquesa o marquesa que...».

Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba, volvía

en sí de aquella aberración, razonando de este modo: «No... porque,

bien mirado, no tiene el tipo de los Bonapartes..., digo, me parece a

mí. Yo no he visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa, porque

a Napoleón I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día

siguiente de la batalla de Astorga, no alcanzamos a verle..., no vimos

más que un bulto..., el bulto de un jinete, a lo lejos, por el camino

de Otero... Al rey Botellas tampoco le eché la vista encima... Solo por

las pinturas se hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores...

No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el bigote al niño, y

engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia... ¡Qué

demonio!... esperemos, y Dios lo dirá».

X

Uno de los primeros días de octubre, a los veinte próximamente de su

llegada a la corte, inauguró Calpena su vida burocrática, presentando

su credencial en la Secretaría de Hacienda (plazuela de Ministerios),

y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de Sección o _Mesa_,

un don Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada que ver con don

Alejandro Oliván, entonces redactor de _La Abeja_, ni con don Ángel

Iznardi, redactor de _El Eco del Comercio_). Hechura de don Luis López

Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez y por Toreno, bien agarrado en

todos los gabinetes por sus excelentes relaciones, era un señor bueno

como el pan, sencillo como una codorniz, afable, angosto de cerebro, y

tan ancho de conciencia burocrática que en ella cabía, y aun sobraba

conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su llaneza

patriarcal parecía olvidar las jerarquías, alternando amigable y

democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer _El

Español_, _El Eco_ y _La Abeja_, fumar cigarrillos, repetir y comentar

todo lo que en Madrid se hablaba de política y literatura, echando de

vez en cuando una plumada a los expedientes, por vía de distracción, y

sin suspender la grata tertulia. Cada cual salía y entraba en aquella

bendita oficina a la hora que mejor le cuadraba. Eran cinco los

funcionarios, con Calpena seis, repartidos en tres mesas, con la del

jefe cuatro, de distinta hechura y edad, si bien todas representaban

una antigüedad venerable. Dígase que la tinta era excelente, hecha en

la casa; las plumas, de ave; los tinteros, de cobre; y que sobre las

bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los negros polvos de

secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales. Inauguraba el

bueno de Oliván su trabajo cortando plumas, en lo que ponía exquisito

cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica que echaba en

las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que la de un escribano.

Mientras duraba el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que

recalaban por allí de diez y media a once; les refería incidentes o

sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía

contar algo de teatro y toros, alguna mujeril aventura, y así se

pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le traían a don Eduardo

su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y

se comía su tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían

y entraban los mozos de café con servicios para el jefe y algunos

subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas; otro

escribía versos, y el de la última mesa las cartas a su novia. Luego se

trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz alta _El Español_, para

que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse a la sección próxima,

donde había otro jefe que _veía largo_ en política, y anunciaba con

seguro vaticinio todo lo que iba a pasar. Más tarde descansaban,

fumando un cigarrillo. Don Eduardo recibía cortésmente a las personas

que acudían al despacho de algún asunto, y para hacerles ver la

actividad que allí se desplegaba, les ponía ante los ojos rimeros de

papeles que debían pasar pronto a la sección correspondiente, y otros

rimeros de papeles que acababan de llegar, después de lo cual les

prometía no detener los expedientes más que el tiempo necesario para

_el concienzudo examen de los mismos_. Luego se limpiaba el sudor de

la calva, y contaba a sus subalternos lo que el otro jefe de sección

le había dicho: que todo iba muy bien; que la quinta de cien mil

hombres daría un resultado maravilloso, y que no había duda de que

Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al señor Mendizábal en

el Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López

y Caballero, y Toreno y Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito

_moderado_. Había, pues, situación Mendizábal para un rato, y se verían

realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en su

famosa exposición a la reina. Pero la noticia culminante era que la

Milicia urbana se reorganizaría, tomando el nombre sonoro y magnífico

de _Guardia Nacional_.

—Todo será _a estilo de Francia_ —concluía don Eduardo—; y lo mejor es

que a los milicianos de Madrid y su provincia se nos da carácter de

ejército regular, formando con nosotros una división mandada por un

jefe superior, y bajo la inspección de un general... Por eso ha dicho

San Miguel que seremos el ángel custodio de las instituciones.

No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición de

conceptos, vicio que los retóricos llaman _batología_.

—¿No saben? Se suprimen las _cartas de seguridad_, esa rémora, señores,

para la gente honrada que tiene que viajar de un punto a otro. Yo

soy partidario de que se _corten abusos_. Los que han viajado por el

extranjero nos dicen que estamos en el siglo XV, y francamente, yo

quiero pertenecer a _mi siglo_... Seamos todos de nuestro siglo,

entrando por el aro de las grandes reformas... Otra de las buenas

noticias es que se suprimen _las pruebas de nobleza_ para ingresar

en los establecimientos científicos, ora civiles, ora militares...

Realmente, semejante ranciedad era un resabio de la Edad Media. Ábrase

la enseñanza para todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo

la Edad Media!... Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo

con Caballero y los de _El Eco_; nada más que en este particular, pues

opino, como él, que la _demo... cracia_, así se dice, la _democracia_

exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del

pueblo, como soy partidario de que el pueblo sea moral, y de que los

empleados trabajen... Mi sistema es: pocos empleados, pocos, pero muy

bien pagados.

Dichas estas cosas, y otras de igual trascendencia y filosofía, el

jefe bromeaba un poco con sus subordinados: con este por si a novia le

daba calabazas; con aquel por si era alabardero en los teatros; con

el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le

quedaba pegada en ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones

de aquel material. Luego les recomendaba benévola y paternalmente que

no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el

ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía

botellas vacías o medio llenas, el _Diccionario geográfico_ de Miñano,

confundidos sus tomos con los de novelas y viajes, entre estos el de

_Enrique Watson al país de las Monas_.

—Yo soy partidario —decía— de que haya orden en las oficinas, para

que el trabajo se haga como Dios manda, y cada cual encuentre lo que

necesita para el pronto despacho de los asuntos...

Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas del

día: los sombreros parecían alegrarse en lo alto de las perchas, viendo

próximo el instante de que sus dueños los cogieran para echarse a la

calle.

—Vaya, ya es hora, ciudadanos —decía don Eduardo, atusándose los

mechones laterales, y cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su

calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el respeto de la protección

sombreril—. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana.

Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía

frío, al café, donde con charla sabrosa de literatura, de política o

de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de cenar.

Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su

iniciación burocrática no había hecho más que extender algunos oficios

y copiar dos o tres estados de recaudaciones.

El jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún no bien

manifiesta, pero que lo sería pronto; y los compañeros le mostraron

afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su buena ropa.

Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños bonitos, con

sueldos desmesurados, y que no iban más que a cobrar y a distraerse un

rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una

o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los empleados,

que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la

irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando

hacer amistades que _en su día_ valieran para el ascenso, o para la

reposición en caso de cesantía. En la sección de Calpena todos los

funcionarios eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta

años y solo disfrutaba ocho mil reales, vestía ropa vuelta del revés

y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes

provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese

regularmente por el sistema económico de no pagar al sastre. Sobre

todos descollaba Calpena, no solo por su elegancia y buena figura,

sino por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en

el pago de cafés y refrescos después de la oficina. Con uno de sus

colegas, extremeño, envejecido prematuramente y seco como un esparto,

habitante en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano

fósil de diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa

erudición que ostentaba en cosas y personas de Madrid. Muchas tardes

iba con él al _Nuevo_, y se le pasaban mansamente las horas oyéndole

contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes que

resultaban perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano (que así se

llamaba) supo Calpena que su jefe, don Eduardo Oliván, era un hombre

desgraciadísimo en su vida doméstica, aunque no conocía, o aparentaba

no conocer su propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la

proyección de su mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una

triste celebridad. Ponderó Serrano la seductora hermosura de la mujer

del jefe, y algo dijo también de su familia, muy conocida en Madrid. Se

la veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no

tenía, alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces,

o en rentas que estaban a la vista de todo el mundo. Las de aquella

buena señora eran un tanto enigmáticas.

—Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy general en jefe del

ejército del Norte, don Luis Fernández de Córdova. Los sucesores de

este son de menor categoría militar y civil. El último que ha caído en

las redes de nuestra _jefa_ es ese capitán de artillería... Escosura,

Patricio de la Escosura... ¿No le conoce usted? De seguro que sí. En el

Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que retrató Bretón en

el _don Martín_ de la _Marcela_.

—No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos.

—Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra sociedad...

Pues el _don Amadeo_ es Pezuela, y el _don Agapito_, el chico de

Clemencín.

Mendizábal · 第 12 / 36 题