Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina, para
ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que me buscase
dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo, dándome algunos
detalles que me lo probaron bien. La complicación de sus trampas y la
menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo el _Saca-mantecas_
podía ponérsele en parangón por aquel importante concepto.
--Con decirte --me susurró al oído con cierta vergüenza-- que estoy
dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto...
cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién
creerás? Tu primo Raimundo.
No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi
situación.
--Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no
me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los
tribunales.
--Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota.
--Que la busque...
--Ese es otro que tal... También la _señora_...
--Más bien _las_... Ese las tiene por gruesas...
Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para
todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por
cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes,
incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban
pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes.
Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar
unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que
tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los
compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros.
Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo
herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular,
odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como
un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me
habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres
se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los
demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban!
Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame
el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta
para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré
en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con
grosería, y eché á correr diciendo:
--Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz.
Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo mismo
le puse en la calle, gritando:
--Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí
ni á ninguno de tu pícara casta.
A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de
Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el
mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían
caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir
del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo
Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento
se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para
darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy
hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije:
--Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva,
donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme
delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres
divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu
conocimiento y satisfacción...
Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia
él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan
solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor de
vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo que
quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por las
escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este negro
vacío en mi alma y este afán de que alguien me quiera.»
Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber por
qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh! no
me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa
ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de
creer? Lo intentaría al menos.
Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no
tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus
amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al
pasillo, y oí su voz enérgica que dijo:
--Cierre usted la puerta.
La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué haría?
¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media vuelta;
pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta y me entró
un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó simplemente
brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en semejante
estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de pedir
hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La
ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi
cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los
labios á la rejilla y me puse á dar voces:
--Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me
queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño?
¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y
sois... cualquier cosa.
Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi
demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro
giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido.
Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre,
porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes.
--Camila --grité--, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida...
Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te
pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él,
burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos...
Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta, notando
en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba haciendo.
Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano, me la mojé.
La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios, donde la
pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al mismo tiempo
que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo... ¡Oh, Dios
mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y también
las risas del bruto...
Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la escalera,
creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos adelante; el
barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies, y ¡brum!... me
desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de toda la espiral
de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de vida.